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Historia 46666 — capítulo 7
Renée nos miró a ambos, no debíamos tener muy buna cara, todo lo contrario.
-¿Se conocen?- pregunto Esme muy sorprendida.
-Sí.- dijimos los de mala gana al mismo tiempo.
Esme y Renée nos miraron sorprendidas. Gran cosa pensé, conocer a este engreído. Era una cosa obvio no? Casi todos iban al mismo instituto, no sabía porque se sorprendían tanto…
-
¿Y de donde?- me preguntó Renée.
-
Vamos al mismo instituto.- le explique muy apagadamente.
-¿Enserio Edward?- le preguntó Esme.- No me habías dicho nada.
Edward le hizo una mueca no muy agradable, se veía muy incomodo.
´
-¿Y como se conocieron?- preguntó Renée con una cara de felicidad increíble.
Ninguno de los 2 contestó de inmediato. Recordé la riña entre Edward y Mike…
-Somos compañeros.- contestó al fin Edward, con la voz muy dura.
-¿Enserio?- preguntó Esme llena de felicidad. Renée igual miraba expectante.
Sinceramente me preguntaba porque tanta felicidad… a mí no me traía absolutamente nada de alegría aquello…
Asentí débilmente con la cabeza, Edward no contestó.
-
No me habías dicho Bella.- me dijo Renée en forma de un reproche alegre.
-
¡Es una excelente noticia!- continuó Esme.- así podrás vigilar a Edward de cerca por mí.
Traté de sonreírle con todas mis fuerzas, ¿en verdad ser compañero de
Edward Cullen era una excelente noticia?, no logré que mis labios formaran algo decente, solo moví la boca torpemente.
-Mamá te llamaban por teléfono.- le dijo Edward cruzándose de brazos.
- Eso puede esperar cielo.- le contestó dulcemente.
Edward formó una mueca e hizo ademán de irse.
-Bella, tu madre me contó que eras una excelente alumna.- continuó Esme.- ¿es así?
- No, no tanto…
-Es excelente, no le cuesta ninguna materia.- me cortó Renée con una sonrisa
de orgullo.
-No, solo soy buena en algunas…
- Eso es estupendo entonces.- me cortó ahora Esme.- Podrías ayudar a
Edward con algunas materias…
-
No creo que sea necesario…- dijo de inmediato Edward negando fervientemente con la cabeza.
-
¡Claro que sí!- le cortó Renée.- me parece una idea genial.
Nadie nos preguntaba la opinión a nosotros, nadie me preguntaba que me parecía aquello, no porque ellas fueran amigas nosotros debíamos serlo ¡por dios!
- ¿Bella podrías ayudar a Edward entonces?
Esme me miraba dulcemente, haberle dicho que no sería descortés, tremendamente descortés, pero no podía decirle que sí…
Empecé a balbucear torpemente, y comencé a mover la cabeza en señal de negativa.
-
Claro que puede Esme.- se me adelantó Renée sin siquiera notar mi incomodidad.
-
Mamá creo que a lo mejor no es buena idea… tal vez Zac puede venir a estudiar conmigo.
-
Cielo… la última vez que me dijiste eso, terminaron en el patio jugando Basketball.
-
Pero ahora es verd…
-
Entonces no tienes problemas Isabella?.- me dijo Esme ignorando lo que decía su hijo.
No sabía que contestarle, miré a Renée luego a Esme, me sonreían. Por último miré a Edward muy a mi pesar, se veía enojadísimo, aún tenía los brazos cruzados y su seño ya no podía estar más fruncido, pero en sus ojos había algo así como… súplica? No, no podía ser, talvez la lluvia me estaba volviendo loca.
En mi mente cruzaron imagines de Edward sentado en la salita de estar de Renée, cuadernos por todos lados y yo impartiéndole una clase o corrigiéndole los ejercicios…eso era tan ridículo ¿que iba a contestar?
- Mmm… creo que si Edward no tiene problema…- fui cobarde, decidí dejar en sus manos aquella tortura.
Cobarde o no, esa era la manera más sencilla si así se le podía llamar, de sacarme aquello.
Era obvio que Edward diría que no, él tenía mas temple que yo, no tenía pelos en la lengua. De seguro daría alguna excusa, a él eso se le daba de maravilla, él podría…
Las miradas pasaron de mí, hacía Edward, Esme lo animó con una sonrisa, casi casi sentí pena por él.
-Creo que a… Isabella le puede molestar, ella está recién llegando y bueno…
Era una excusa muy pobre, muy muy pobre, yo ya había dejado en claro que no me molestaba. Estúpido. Ni para eso tenía gracia.
- No, a Isabella no le molesta para nada.- respondió por mi Renée en forma despreocupada.
Con el tiempo tendría que erradicar aquello de Renée, yo ya tenía 17 años y era capaz de responder por mi misma.
- Entonces ya está dicho.- dijo Esme juntando las manos de alegría.- el sábado
Edward no puede, tiene entrenamiento, ¿puedes el Domingo Isabella?
- Sí… si puedo.
-Puedes venir tú también Esme, hace tiempo que no conversamos.- le animó Renée.
-
¡Es estupendo!, nos vemos el Domingo entonces.- terminó Esme radiante de alegría.
-
Claro, nos vemos Esme.
Edward refunfuño y se giró rápidamente, iba echando humos y apretaba los puños.
Esme se giró dedicándonos una sonrisa digna de un ángel, aquella mujer si que era encantadora.
-
No me habías dicho nada Bella.- me dijo Renée cuando entrábamos.
-
No sabía que conocías a su madre.
-
Esme es un encanto, conocí a Edward desde muy pequeño, es un chico guapísimo.
Bufé débilmente, era guapo claro, pero además de eso era un engreído empedernido.
- Creo que le hará muy bien las clases que le darás Bella, Esme siempre se queja por lo poco que estudia, dice que se lo pasa entrenando para sus
partidos.
-Mmm…
Renée se fue a la cocina con las bolsas de comida preparada que había comprado, olían muy bien, pero yo no tenía nada de hambre, había perdido
todo el apetito.
Seguí a Renée casi inconscientemente y puse la mesa.
Comí sin hambre, Renée habló mucho durante toda la cena, estaba feliz porque le habían aumentado el sueldo.
Solo entendí la mitad de las cosas que me conversaba, no estaba de ánimo para charlas.
Cuando acabamos de comer, Renée se levantó y lavó los platos. Sin más salí de la cocina y subí a mi habitación.
Las cosas no andaban bien… ¿yo había quedado de estudiar con Edward Cullen? ¿Cómo habíamos llegado a tal cosa?
Me tendí en la cama, tenía la mente revuelta, aún no pensaba con claridad.
Porque cuando uno deseaba las cosas con fervor, con todo el corazón, ¿no sucedían?, y por el contrario, cuando ruegas con todo tu ser, cuando no quieres por nada en el mundo aquella cosa, ¿sucede?
Sentí lastima por Esme, ella se veía tan buena madre, amaba a su hijo, se le notaba en sus ojos. A simple vista se notaba como una de esas personas que ya no quedaban… alegres, dulces, comprensivas, llenas de amor, puro amor de madre, y el insensible de Edward no era capas de notarlo. El muy tarado no la trataba como ella se lo merecía.
Me desvestí lentamente, busqué mi pijama y me lo coloqué con la misma lentitud.
Cepille mi pelo con cuidado y me hice una trenza para ver si así amanecía menos abultado.
Decidí despejar mi mente colocando un CD de música que Rose me había regalado. Prendí el equipo y coloqué el CD.
La música inundo mi habitación, me sentí un poco más tranquila. Solo un poco.
Para ponerle la guinda a la torta me empezó a picar la nariz, pretendí no hacerle caso, pero muy pronto comencé con los estornudos.
Ya que ni la música ayudaba ami relajación me tendí como un saco de papas en la cama. Deje caer mis manos por los bordes, al igual que mi cabeza.
Dejaría que la sangre fluyera hacia ella. Me entretuve mirando los objetos boca abajo.
Pasé un buen rato en la misma posición, hasta que me dolió la cabeza.
Me puse de pie y apagué el equipo de música. Fui al baño a lavar mis dientes. Tomé mis remedios para evitar la alergia y me acosté.
Procuré no pensar en nada en los momentos previos a quedarme dormida. No fue fácil, sin querer llegaban a mi mente imagines de Edward y Esme, Edward me miraba enojado.
Para borrar todo eso, comencé a imaginar un lindo paisaje en mi mente. Habían árboles, flores, pajaritos y un río de aguas cristalinas recorría todo, imaginé a Rose corriendo conmigo, a mis abuelos apareciendo desde unas enormes montañas, éramos felices, me sonreían, y yo les sonreía de vuelta. Fui feliz por esos instantes, hasta que el sueño me venció y me quede profundamente dormida.
El día había amanecido peor que todos los otros, no llovía, pero en las ventanas resoplaba el viento haciéndolas sonar.
Cerré la puerta de mal humor al salir, no había dormido bien, había despertado varias veces en la noche sobresaltada por el viento que hacía crujir el techo de la casa.
Me acomodé el bolso en mi hombro y caminé lo más deprisa que pude. Solo faltaban 10 minutos para las 8, si tenía un poco de suerte llegaría a tiempo.
Doblé la esquina con impaciencia, y apresuré más el paso hasta la puerta del
instituto.
Al entrar miré mi reloj, faltaban 4 minutos para las 8, no era la mujer con más suerte en el mundo, pero había llegado a tiempo.
Según mi horario me tocaba inglés a la primera hora, entré un poco más calmada a la sala.
Revise con la mirada el puesto habitual de Edward, no estaba ahí. Supuse que llegaría mas tarde, sus amigos tampoco estaban en sus puestos, tal vez andaban juntos por ahí, eso no era de mi incumbencia.
Pasé de largo y llegue a mi habitual puesto junto a Jessica. Atrás
estaban ya sentados Mike y Eric.
Ángela me miraba un puesto mas adelante del de Jessica, y a su lado estaba Laurent la chica morena que ahora se sentaba con ella.
-Hola Bella.- me saludó Jessica muy alegremente.
-Hola.
-¿Cómo estás Bella?- me preguntó Mike tan cortés como siempre.
-Bien.
-Nos sentaremos aquí ahora, Laurent accedió a cambiarse de puesto.- me dijo Ángela.
No podía ser descortés con ella por muy mal humor que tuviera…
- Que bueno Ángela.- fue lo único que se me ocurrió decirle.
-Ella es Laurent.- continuó Ángela.
La chica se giró y me miró atentamente.
-
Soy Bella, mucho gusto.
-
El gusto es mío.- me respondió con un tono de voz que no supe reconocer.
La clase de inglés paso sin mayor inconveniente, nos mandó algunos deberes para la semana próxima.
Edward no apareció durante toda la clase, no me extrañó, de seguro aparecería en la siguiente.
No fue así, ni Edward ni sus amigos aparecieron en Biología.
En el almuerzo fuimos un grupo más grande, ahora que Ángela y Laurent se sentaban con nosotros.
Aunque no era de mi incumbencia no pude evitar mirar hacia la habitual mesa de Edward y su montón de amigos y porristas.
No estaba allí. Caí en la cuenta de que no vendrían a clases, ni Edward ni sus 3 amigos.
Las siguientes clases se me hicieron eternas, hasta que por fin sonó el timbre dando por terminado el día.
Me despedí de Jessica y los demás en la misma esquina de siempre. El día seguía con mucho viento, mi pelo se movía al ritmo de éste, desordenándolo, odiaba el viento, odiaba la lluvia, la humedad, lo verde…
Pensé en pasar a alguna cabina de teléfonos, deseaba llamar a mis abuelos o a Rose, tenía dinero suficiente en mi bolso. Me acobardó el cielo oscuro de tantas nubes, al parecer no tardaría mucho en ponerse a llover.
Al pasar por la casa de Edward me fue inevitable echar un vistazo. No se veía movimiento, al parecer no había nadie allí.
A la distancia, al fondo de la calle vi 2 cabezas que se acercaban. Una era de un pelo negro abundante y la otra dorada desordenada por el viento.
Edward y uno de sus amigos venían caminando en la dirección contraria a la mía.
El chico de pelo negro lo dejó en un cruce y despareció por la calle, Edward siguió caminando hacia su casa.
Traté de apurarme, pero sería inútil, de todas formas nos cruzaríamos igual.
Traté de aparentar que no lo veía, no quise mirarlo a los ojos.
Me crucé de frente con él, me miró y tuve que devolverle la mirada.
Me optaculisaba el paso, lo tenía de frente como una pared que no se movería.
- ¿Estas feliz?, ahora me tendrás más cerca.- me dijo dispuesto a no moverse en todo el resto de la tarde si era necesario.
Me costó asimilar aquello, ¿me decía que estaría feliz por tenerlo más cerca?
-¿A que te refieres?- le pregunté con impaciencia.
-
Sabes bien a lo que me refiero, debes estar eufórica por tenerme en tu casa el domingo.
-
¿Eufórica?, yo no fui la que inició todo esto.
-
Tú tienes la culpa por supuesto.- me dijo con cara de odio.- como la tienes
de todo lo malo que me ha pasado.
¿Me echaba la culpa a mí? Edward Cullen me estaba echando la culpa a mí de todos sus problemas…
-¿Me estás echando la culpa a mí?- le pregunté aún sin creérmelo.
-
Claro, al parecer te gusta llamar mi atención.
-
¿Qué te sucede?, tendría que estar chiflada para hacer aquello.
-
Al parecer lo estás.
-
No… espera…
Mis sienes palpitaban, me latía el corazón más de lo común por la rabia, me costó formular una oración.
- ¿Que no te das cuenta que eres tú el único culpable de tus problemas?- le dije casi gritando.
Me iba a responder pero lo corté de inmediato.
-
Tú y tu estúpida arrogancia, tú te buscas los problemas y luego le echas la culpa a los demás.
-
Mi vida estaba perfecta antes de que llegaras tú.
Lo miré a los ojos, eran intensos, de un color café muy muy claro, pero sus pupilas negras estaban grandes, grandes de ira. ¿En verdad creía que antes de que llegara yo, estaba todo perfecto?
-
No creo que haya sido así.- le dije duramente.
-
¿Y tu que sabes?, no me conoces.
-
Te conozco lo suficiente para ver como tratas a los demás… tu pobre madre…
Me recordé mentalmente que yo no era quién para tocar esos temas, no lo conocía lo suficiente, él tenía razón.
Traté de eludirlo por un lado, como tendría que haberlo echo desde un principio. Se interpuso en mi camino con un rápido movimiento y me cortó la pasada.
- ¿Mi madre que?- me exigió acercándose peligrosamente. Me miraba con ira.
De nuevo traté de eludirlo, pero me cortó el camino nuevamente.
-¿Ahora te quedas callada?- me exigió aún mas cerca.
Había visto esos ojos antes, así le miraba a Mike cuando éste lo provocaba.
-
Tú madre te quiere mucho y tu ni siquiera lo notas.- le susurre finalmente mirándolo a los ojos.
-
¿Me vienes a decir cuanto me quiere mi madre?- me dijo resoplando sonoramente.
-
No es cuanto te quiere… si no lo cruel que eres tú. Ella no se merece el trato que le das, ¿no te das cuenta que sufre por tu culpa? ¿No has visto su expresión de tristeza y decepción?
No me respondió como esperaba que lo hiciera, en cambio me miró a los ojos. Relajó la postura de los hombros y se quedó quieto.
Me sentí mal por haberle dicho eso, lo miré por unos instantes y le sostuve la mirada. Mi corazón latía desbocado…
Lo esquivé por una lado cobardemente, lanzaba la piedra y ahora escondía la mano… me fui caminando rápido hacía la casa de Renée, busqué atolondradamente las llaves en el bolso y las introduje en la cerradura.
Antes de entrar no pude evitar mirarlo, seguía parado ahí, en el mismo lugar, me miraba, cuando encontró mis ojos, apretó los puños y giró sobre sus talones.
En vez de entrar por la recién abierta puerta, me quede mirándolo caminar hacia su casa ensimismadamente.