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Historia 46673 — capítulo 23
Mithrandir miraba con expresión melancólica el pensadero en que habían vertido Arwen, Eowyn, Faramir y Aragorn sus recuerdos un par de semanas atrás, el primer día de ese año 1998, para compartir con los doce chicos del E.D.H. y sus cuatro amigos del G.A.H. sus vivencias de su retorno a la Tierra de los Mundos Perdidos luego de graduarse y su boda, por petición de ellos.
Según le contaron luego Harry y Aragorn, habían compartido un día muy agradable en el jardín de Deercourage viendo aquello y hablando de las doce bodas simultáneas que habían ayudado a preparar en navidad. Cerró los ojos y suspiró, deseando de todo corazón que todos ellos estuviesen bien y pudiesen entrenarse adecuadamente en donde ahora se encontraban para lo que conseguirían al retornar.
Sonrió cuando Galadriel, Elrond, Daphne, Isolda, Jefferson, Timothy, Gabrielle, Minerva, Clarisse, Kingsley, Molly, Arthur, Fleur, Bill, Abby, Charlie, Penélope y Percy se le unieron en respetuoso silencio, luego de recuperarse de lo ocurrido horas antes cuando abrieron el portal para el viaje en el tiempo y tranquilizarse todos al saber por las medallas que estaban bien considerando lo sucedido, aunque separados y aislados por bloqueos temporales de comportamientos irregulares.
Hablaron con mucha seriedad sobre lo ocurrido, planteándoles el anciano un cambio de estrategia desde ese momento en muchos aspectos. Había recibido un extraño mensaje una hora antes que era el que lo tenía tan pensativo. Según esto él debería avanzar con Minerva, Kingsley, Charlie y Bill, preparándolos para el viaje que harían pero sin decirles nada. También debía modificar sus planes y entrenar con más ahínco no sólo a los otros allí presentes sino a otros miembros de la O.D.F., e incluso parte del estudiantado. Así mismo debía preparar a Galadriel y Elrond para la partida de los tres, que presentía se acercaba rápidamente.
Les sonrió a sus acompañantes con suavidad, agradecido porque lo dejaban a solas luego de aceptar sus decisiones sin muchas preguntas, saliendo a prepararse según sus nuevas instrucciones. Agitó su varita en dirección al pensadero, seguro de no cometer una indiscreción porque quienes habían dejado allí esos recuerdos se los habían regalado para que él los viese, con mucho cariño. Si no lo había hecho antes era porque temía ponerse demasiado sentimental y distraerse, pero… Justo ahora quería sumergirse en sus emociones.
Era increíble, después de siete años de compartir en el colegio Hogwarts habían regresado con sus familias, presentándose esa tarde ante su mentor Mithrandir en aquella pradera para recibir las estrellas Dunedains de manos de sus padres, pero también para hacer la Promesa de Amor Dunedain, sorprendiéndolos a todos.
Luthien avanzaba feliz hacia sus dos hijos mayores, acompañada de su esposo Albus, quien portaba las dos estrellas de siete puntas. Llevaba de la mano a sus dos pequeñas de cuatro años, que caminaban muy serias por el cariño a sus hermanos mayores, intentando ser tan formales como les había pedido su mamá.
Ella estaba muy dichosa porque se había casado en segundas nupcias con un gran hombre, luego de enviudar joven con dos niños pequeños que ahora regresaban a su tierra, junto a ella, definitivamente. Luego de siete años de tenerlos solamente en las vacaciones del colegio, cuando los veían sólo por nueve días, estaba feliz por su regreso.
Volvían convertidos en una mujer y un hombre por la diferencia entre el tiempo transcurrido en sus tierras y el externo, pues en su mundo todo era distinto al lugar del que ellos ahora volvían. Los cuatro eran excelentes como magos, como Dunedains y, lo más importante, como seres humanos.
Estaba radiante al entregar a Eowyn y a Aragorn sus estrellas Dunedains, justo al volver de Hogwarts como se lo habían pedido en el último verano, para recibirlas los cuatro simultáneamente, como hacían todo desde que partieron hacia el colegio en el que su esposo trabajaba como profesor. A pesar de no tener realmente los once años cuando entraron a Hogwarts, existiendo años de diferencia entre ellos, Albus se las había ingeniado para hacerlos aparecer como sobrinos suyos de esa edad en el mundo de los magos, con diferencia de solo meses en sus nacimientos.
Albus Dumbledore. Desde que se conocieron se enamoró de su dulzura, su bondad, su firmeza y su persistencia. Una vez que se proponía algo lo conseguía, como lo averiguaron pronto ella y sus amigas, convenciéndolas de dejarlos ir a Hogwarts. Ese era el colegio en que trabajaba cuando en las tierras Dunedains, a excepción del señor Mithrandir, todos se oponían tanto a que él hubiese preferido ser profesor en él como a que sus hijos fuesen allí.
Earendil caminaba radiante para encontrarse con su único hijo, Faramir, portando con orgullo la pieza que parecía hecha de piedra granítica, aunque era en realidad muy liviana. Estaba muy dichosa al ver el hombre dulce, inteligente, fuerte y valiente en que se había convertido su hijo en tan corto tiempo.
Había sentido una gran alegría cuando, durante sus últimas vacaciones junto a ella, Faramir le confesó su amor por la que en su más tierna infancia había sido su compañera de juegos, para luego en su adolescencia y juventud convertirse en el centro de risas, pequeñas controversias, pero especialmente su alegría. Le pidió que esperase a que volviesen ya graduados de Hogwarts, a su mundo, para hacer lo que se proponían él y Aragorn, hablando luego con el que consideraba también su hijo, aconsejándolos en muchos aspectos.
Sentía un nudo en la garganta al verlo tan dichoso. No se había atrevido a decirle el día antes que se fuese a Hogwarts para su último curso que en sólo un año ella también partiría, como lo había hecho su esposo Fabian cuando él solamente era un niño. Respiró profundamente, miró a Eowyn y sonrió, tranquila al saber que él no estaría solo.
Tinuviel se acercó orgullosa de su hija menor del brazo de Arathorn, su hijo mayor. Él llevaba la estrella que sería desde ese día de su hermana menor en representación de Joseph, el padre de Arwen que había fallecido dos años antes de ella irse a estudiar en el colegio de los magos siendo una niña pequeña en los parámetros de sus tierras.
Tinuviel había sido muy feliz, primero junto a Amrod y luego junto a Joseph. Pero los había perdido a los dos y no volvió a enamorarse. Sus dos hijos eran sus amores.
Si Earendil y ella no hubiesen contraído aquella enfermedad mientras intentaban curarla en otros… Le agradecía mucho a Mithrandir que las hubiese ayudado a las dos a ocultársela a todos, principalmente a los tres hijos de ambas. Habían llegado al acuerdo que sólo se enterarían cuando se volviese inevitable el que lo notasen. Pero faltaban al menos seis meses para que aquello ocurriese y las dos aprovecharían para disfrutar a los cinco chicos. Pues su hijo Arathorn se comportaba como hermano mayor de los cuatro que, en ese día, pedirían a sus familias y a la magia unirse como sus corazones demandaban.
Leyó lo escrito en los brazos que conformaban la estrella de siete puntas y sonrió, mirando con especial cariño las siete piedras pequeñas, una en cada punta. Todas eran de diferentes colores: violeta, azul, verde, amarillo, anaranjado, rojo y blanca leche. En el centro había una gran piedra transparente y esférica que parecía agua al tacto.
Cuando Arathorn alcanzó la mayoría de edad le pidió que Arwen recibiese la estrella de su padre Amrod, pues su tío Legolas había pedido que la de él fuese suya cuando se la dejó a su hermana antes de partir al mundo de los magos, para vivir como uno de ellos. Ella aceptó un poco triste, pues sabía lo que eso significaba: en algún momento él seguiría los pasos de su hermano, ya que le apasionaba el mundo de los muggles y el de los magos.
Arathorn admiraba a Legolas. Cuando perdió a Amrod en aquellas montañas era muy pequeño. Fue su tío quien hizo de padre, hasta que ella se casó con Joseph, desde ese día su pequeño decía orgulloso que tenía dos papás, hasta que su hermano se fue y, aunque su hijo no dejó de lado su alegría y amor por ella, su "otro papá" y su hermanita, deseó seguir los pasos de su tío. Aquello se afianzó aún más en él cuando su joven esposa Ancalimé falleció tan sólo unos meses después de la boda, golpe del que se recuperó con mucha dificultad.
Miró a su hija, de pie junto a sus tres amigos, sintiéndose feliz al saber que no estaría sola. Aunque ella y su hijo no seguirían a su lado, pues pronto los dos partirían de diferentes maneras. Los hijos de sus amigas Luthien y Earendil harían más llevadera su soledad, hasta que se reuniese con el joven de ojos verdes y pelo negro que tendría su sangre y el don mezclado que heredaron de Orodreth. Su padre y su tío Amrod fueron los primeros Dunedains que lo presentaban desde los tiempos antiguos.
Faramir y Arwen llenarían sus soledades familiares mutuamente, surgiendo el amor filial, junto a Eowyn y Aragorn como sus parejas. Su don de la visión le había mostrado tantas cosas… No era momento de pensar en ello. Justo ahora quería disfrutar la dicha de verla dar el paso previo a su unión definitiva con aquél joven que la haría feliz.
—Es costumbre nuestra que al cumplir la mayoría de edad los jóvenes reciban de manos de sus padres las estrellas Dunedains, en el seno familiar en presencia de un miembro del Consejo Dunedain. —comenzó Mithrandir con voz profunda y serena, siendo claramente escuchado por todos los presentes gracias a un hechizo.
»Sin embargo, estos cuatro jóvenes han vivido lejos de nosotros desde que eran unos niños hasta ayer —continuó con tono sereno. Sonrió al ver las caras de molestia de la mayoría, las de resignación de tres madres y la picardía de uno de sus mejores pupilos—. Han pedido que hiciésemos esta pequeña reunión para recibirlas frente a sus familiares, tutores y el Consejo Dunedain, ya que también darán otra… pequeña sorpresa.
Luthien lo miró interrogante, como todos los presentes a excepción de sus dos hijas, sus amigas Earendil y Tinuviel, y su esposo Albus. Los cinco tenían el mismo extraño brillo en la mirada que tenía el anciano jefe del consejo. "¿Qué saben ellos seis? ¿Qué se les habrá ocurrido ahora a Aragorn y a Faramir?", pensó mirándolos inquieta.
Respiró profundo y avanzó junto a su esposo y las dos niñas hacia sus hijos mayores, cuando Mithrandir se los indicó, para entregarles sus estrellas. Les explicó cuidadosamente, una vez más, de qué manera los ayudarían. También les pidió que transmitiesen el conocimiento a sus descendientes cuando llegase el momento de solicitar al jefe del Consejo Dunedain las estrellas para ellos, como marcaba la tradición.
Los cuatro recibieron sus estrellas con respeto, cariño y confianza. Luego que Luthien terminase, pues primero hicieron entrega de aquello Earendil y Tinuviel con Arathorn. Mithrandir solicitó que todos permaneciesen allí unos minutos más, miró al joven hijo de Earendil y asintió.
Faramir estaba muy nervioso, pero al mirar los ojos azules de Eowyn sintió que una gran seguridad lo llenaba. Con una amplia sonrisa, transmitiéndole confianza y tranquilidad, sacó del bolsillo de su capa su varita y una pequeña caja de madera de sauce, con una rosa y un narciso labrados en su tapa.
La abrió con cuidado y la ubicó en su mano izquierda tendiéndola hacia su novia para mostrarle su interior. Allí flotaban sobre pétalos rojos dos anillos plateados con el delfín de ella y el tigre de él, sus patronus, cincelados. Extendió su mano derecha hacia ella con la varita en la palma abierta apuntado hacia él. Volvió a mirarla directo a sus ojos, latiendo aún más rápido su corazón al ver sus ojos azules brillando con alegría.
—Eowyn, ¿aceptas ser mi prometida en matrimonio para casarnos cuando tres ciclos de luna se hayan completado?
—Sí. —aceptó feliz la rubia, sintiendo que su pulso se aceleraba al máximo por la emoción tan grande que la inundaba.
—Señora Luthien, señor Albus, ¿me conceden el gran honor de ser mis testigos y padrinos el día de nuestra boda?
—Será un honor para nosotros serlo. —respondió él, con la alegría y el orgullo notándose en su voz.
Ella lo miraba con sus ojos muy abiertos, empezando a brillar con lágrimas contenidas de emoción, asintiendo. Pasados un par de minutos Luthien reunió fuerzas y logró hablar.
—Siempre te he querido como un hijo y será una dicha para mí el ser testigo y madrina de tu boda con mi hija Eowyn.
—Señora Earendil, señor Mithrandir, ¿me conceden el gran honor de ser mis testigos y padrinos el día de nuestra boda? —preguntó emocionada Eowyn.
—Será un honor para nosotros serlo. —respondieron a coro los dos, con la alegría y el orgullo notándose en sus voces.
Eowyn y Faramir se miraron entonces fijamente. Ella tomó su varita y la extendió hacia él en la palma de su mano derecha, apuntando hacia ella, ofreciéndosela como él le ofrecía la suya. Cada uno tomó la del otro y convocó en silencio sus patronus, que aparecieron junto a ellos fuertes y corpóreos, mostrando su respeto primero entre ellos y luego a la pareja de quien los había convocado. Desaparecieron en ese momento los anillos de entre los pétalos y aparecieron en sus manos, envolviendo una luz blanca las manos unidas de los dos, que procedieron a besarse apenas desaparecer la muestra de aceptación de la magia de su voto de amor.
Aragorn tomó aire profundamente, templando sus nervios, muy seguro de lo que había decidido hacer. Miró a los ojos a Arwen y sonrió al ver su determinación, sabiéndola aún más nerviosa que él.
Se concentró para transportar la cajita de madera de acebo, con una rosa y un narciso labrados en su tapa, a su bolsillo. Había tenido que ocultarla de la curiosidad de sus hermanitas. Estaba listo. Extendió su mano derecha hacia ella con la varita en la palma abierta apuntando hacia él, con la mano izquierda le tendió la pequeña cajita abierta con dos anillos plateados flotando en pétalos de rosa roja, con el fénix de ella y el unicornio alado de él, sus patronus, cincelados.
—Arwen, ¿aceptas ser mi prometida en matrimonio para casarnos cuando tres ciclos de luna se hayan completado?
—Sí. —le respondió feliz la pelirroja, con sus esmeraldas brillando con emoción.
—Señora Tinuviel, Arathorn, señor Mithrandir, ¿me conceden el gran honor de ser mis testigos y padrinos el día de nuestra boda?
—Será un honor para nosotros serlo. —respondieron a coro los tres, con la alegría y el orgullo notándose en sus voces.
—Señora Luthien, señor Albus, ¿me conceden el gran honor de ser mis testigos y padrinos el día de nuestra boda? —preguntó Arwen, radiante de felicidad.
—Será un honor para nosotros serlo. —respondieron a coro los dos, dichosos.
Arwen y Aragorn se miraron de nuevo, con las esmeraldas de ella brillando al igual que las aguamarinas de él. Arwen le ofreció la varita de ella. Cada uno tomó la varita del otro, para cerrar el pacto mágico de amor eterno según la Magia Antigua, si ésta lo aceptaba.
Convocaron en silencio sus patronus con la varita del otro. Los dos protectores surgieron fuertes y corpóreos. El fénix de ella voló frente al unicornio alado de él, detenidos el uno frente al otro, agacharon sus cabezas en señal de aceptación. El unicornio alado fue hacia Arwen, la miró a los ojos y bajó la cabeza permitiendo que lo tocase, luego se detuvo a su lado. Simultáneamente el fénix se acercó a Aragorn y se posó en su hombro. Los anillos desaparecieron de la caja y aparecieron en sus manos, brillando con una luz blanca que envolvió las manos unidas de los dos. La magia había aceptado el voto de amor de ellos, el cual fue de inmediato sellado con un beso.
Jennifer y Angelica no se contuvieron más, soltándose de las manos de Luthien corrieron hacia ellos, abrazándolos y riendo felices. Luthien, Earendil, Tinuviel, Arathorn y Albus se les unieron rápidamente. Los tutores y amigos de las dos parejas se les acercaron, felicitándolos, aconsejándolos, bromeando con los cuatro jóvenes. Luego Arathorn, Tinuviel y Earendil los acompañaron a la casa de los padres de Eowyn y Aragorn, donde les habían organizado un pequeño banquete de celebración por la recepción de las estrellas por su mayoría de edad y, ahora comprendía Luthien la picardía de Albus el día anterior cuando llegaron, el compromiso de los cuatro chicos.
A Arwen aquello la había hecho sentir muy feliz pero también muy nerviosa, pues su prometido le había dicho que se casarían tan sólo tres meses después.
Su cuñada estaba igual que ella, feliz e inquieta, radiante y descentrada. Los señores las habían reñido ya varias veces en lo que iba de esa semana por no estar concentrados en los entrenamientos, al igual que a ellos dos. Protestaban con Luthien, Tinuviel y Earendil la "pérdida de tiempo que había significado enviar a cuatro prometedores niños al colegio en el que trabajaba Albus Dumbledore".
Las tres madres ya los habían regañado a los cuatro, como no habían hecho desde que eran unos chiquillos, reunidos con todos en una misma mesa. Pero con picardía en sus regaños, lo que había aumentado el nerviosismo de ellas dos y convertido en máscaras de piedra el rostro de sus prometidos, lo cual traducía que estaban tan o más tensos que ellas pero no querían dejarlo traslucir. Los dos intentaban con sus gestos, aparentemente seguros, transmitirles una tranquilidad que ella sabía que no sentían.
Mithrandir sin embargo los miraba de una forma muy extraña cuando cometían errores mientras practicaban. Les hacía ver la razón del problema, les daba una palmadita en la espalda y les decía que continuarían al día siguiente.
Eso la ponía más nerviosa aún. Pero allí estaba Aragorn, acudiendo raudo a su lado, diciéndole esas palabras de amor que le hacían olvidarse de todo lo que la rodeaba. Cuando él estaba a su lado sentía que todo era posible, que no había nada que no pudiese hacer ella, porque sabía que su prometido la ayudaría a lograrlo. Simplemente él era la energía vital de su organismo.
Su hermano no era de ayuda. Desde que habían regresado y hecho el Pacto de Amor los había estado "acompañando" a todos los entrenamientos, sosteniendo luego conversaciones en privado con su prometido de las que Aragorn regresaba junto a ella pensativo. Esa situación la estaba desesperando. Pero lo peor para Eowyn y para ella fue la desaparición de Faramir, Aragorn y Arathorn por siete días, de la que ninguno de los tres les quiso hablar a las dos a pesar de sus preguntas.
—Aragorn, tenemos que hablar. —le dijo intentando mostrarse segura.
—Cuando tú quieras, mi amor. —le respondió meloso, con una suave sonrisa.
—Mi amor, estoy preocupada. Te desapareciste por varios días y no has querido decirme a dónde fueron o qué hicieron. Confío en ti, pero…
—Shhh —le posó con suavidad tres de sus dedos sobre sus labios, rozándolos apenas, deseando convertir ese delicado toque en otras caricias. Pero no había llegado aún el momento—. Te amo, Arwen, lo sabes. Te prometo que antes de un mes sabrás dónde estábamos y qué fuimos a hacer. Pero no me preguntes antes, por favor. —le dijo Aragorn con una voz suave, profunda, baja, llena de amor.
Cuando sintió sus dedos rozándole sus labios se estremeció. No era la primera vez que la tocaba de aquella manera, sin embargo sintió que esta vez era distinta a las anteriores. Su mirada tenía algo especial. Había separado su mano de su boca como si le hubiesen quemado los dedos con sus labios. El tono de su voz… Sentía que ya no importaba lo ocurrido en ese viaje, lo único en lo que podía pensar era que tenía frente a ella al hombre que amaba y que le correspondía plenamente.
—Te amo, Aragorn. —le dijo con un tono suave y seductor, besándolo a continuación con una mezcla de dulzura y pasión.
Al sentir la boca de ella en la suya no pudo contenerse, la abrazó por la cintura con su mano izquierda, jugó con sus rojos cabellos con la derecha, mientras con su boca le hacía sentir una parte del fuego que lo quemaba cuando estaba con ella. Hizo un esfuerzo para evitar que la pasión que ella encendía en él lo llevase a hacer algo que tenía reservado para su noche de bodas… Demostrarle de todas las maneras posibles su amor por ella.
Cuando separaron sus rostros y abrió sus párpados vio sus ojos aguamarinas mirándola con profundo amor. Acarició con sus manos su rostro, delineando el contorno de sus cejas. Sonrió al verlo cerrar de nuevo sus ojos para que ella le acariciase con suavidad los párpados y le rozase apenas las pestañas con la punta de sus dedos. Bajó con su dedo índice de la mano derecha por su nariz mientras con la izquierda le apartaba un mechón rebelde de su rostro, delineando luego muy lentamente el contorno de sus labios. Sintió el temblor de éstos bajo su contacto, mientras sus ojos la acariciaban a ella, manteniéndose muy quieto con sus dos manos en la cintura de ella. Se acercó nuevamente a él y lo besó lenta y profundamente, siendo correspondida de inmediato de la misma manera.
Con mucho cuidado y ternura Aragorn se separó de sus labios por segunda vez, deseando poder quedarse en ellos pero haciendo un esfuerzo para contenerse. Cumpliría su promesa. Rápidamente conjuro un ramo de lirios y narcisos, con tres rosas azules al centro, en medio de los dos, colocándolo suavemente entre sus manos. Sonrió al ver sus esmeraldas brillando de emoción.
—Una rosa Blue Moon por cada semana que nos separa de nuestra boda, amor mío —le dijo con una sonrisa amplia y dulce—. Se hace tarde, vamos.
La llevó hasta su casa, saludando con respeto y cariño a Tinuviel. Se dirigió luego a la cascada en que por primera vez le había declarado su amor. Necesitaba nadar un rato en el agua fría del pequeño lago al que caía el río en múltiples brazos jugando con el aire, conformándose de nuevo un riachuelo por el que escapaba de nuevo el agua unos metros más abajo, deslizándose lejos de aquél valle rodeado de colinas en el que se encontraban.
Luego revisaría una vez más cómo iba el regalo que tenían preparado para ellas. Había sido gracias a los entrenamientos que ellas no volvieron a insistir en que las llevasen allí. Tenía que recordar agradecerle a Mithrandir por ello. Lo haría cuando llegase el momento.
Eowyn había conseguido a Faramir escribiendo un listado de flores, en una escapada de un entrenamiento para intentar averiguar lo que su cuñada no había podido. "¿Qué se traen en secreto Arathorn, mi hermano y mi prometido?", se preguntaba llena de curiosidad.
—¿Para qué quieres estas flores, mi amor? —le preguntó con picardía, después de lograr robarle el pergamino, haciéndolo sobresaltarse y palidecer.
—Aragorn me mata si te lo digo —se le escapó a Faramir—. Por favor no me preguntes. —le suplicó, mirándola como niño pequeño que han atrapado en una travesura.
—Si no me explicas a mí para qué quieres estas flores, le diré a Arwen que le pregunte ella a mi hermanito. —le respondió Eowyn con picardía, sabiéndolo atrapado.
—Arwen es la rosa azul y tú, mi cielo, eres mi rosa blanca —le respondió resignado Faramir, dispuesto a decirle parte de la verdad—. Aragorn y yo queremos hacer nuestros votos mediante unos poemas y estaba intentando organizar mis ideas.
—¿Mi poema es referido a un jardín? —le preguntó Eowyn emocionada, mirando el pergamino con una brillante luz danzando en su mirada. Siempre le habían gustado muchísimo las flores.
—Eso intento.
—¿Y en ese jardín de tu poema estaremos Arwen y yo?
—A ese jardín le van a faltar las dos flores mas lindas, porque a ustedes las tendremos junto a nosotros Aragorn y yo. —le respondió su prometido con una amplia sonrisa, feliz al ver su expresión, sonriendo al oír su réplica.
—¡Ah no! Yo quiero que seamos parte del jardín de tu poema.
—No entiendes, mi amor. ¿Cómo se te ocurre pensar que las vamos a dejar puestas en la tierra para adornar un jardín? Ustedes, hermosas rosas, no son adornos, son bellezas dignas de admirar.
—¿Me prometes que en tu poema hablarás de mi cariño y protección por las plantas que nos rodean? Quiero que mis hermanitas y los pequeños que asistan ese día a la boda aprendan desde ahora a quererlas y cuidarlas como yo. —le pidió Eowyn con carita de niña consentida.
—Sólo si me prometes que me vas a dejar admirarte toda la vida, mi bella flor. —le respondió Faramir con dulzura. Cerró la pequeña distancia que los separaba, acercándose lentamente a su rostro. Sintió que su pulso se aceleraba al verla cerrar los ojos, depositando con dulzura sus labios en los de ella. Sintió que se nublaba su razón cuando una mano de ella jugaba con su pelo y la otra se aferraba a él por su espalda, mientras él la abrazaba con las dos manos por su cintura y profundizaba su beso.
—¿Interrumpo? —preguntó con picardía Arwen, escondida tras un árbol, que llegaba en ese momento junto a ellos y retrocedió levemente para que no se enterasen que los había visto besándose. Estaba dichosa de verlos así pero no quería que su prometido los consiguiese "tan juntitos", cuando varias veces le había dicho a Faramir que se contuviese de hacerlo hasta que estuviesen casados, lo que generaba discusiones entre los hermanos. Sonrió ampliamente al verlos separarse rojos como tomates—. ¿Qué hacen? —preguntó con fingida inocencia, conteniendo la risa al ver la mirada de advertencia que su cuñada le lanzaba.
—Te cuento bella rosa que estoy tratando de ganar un concurso. El juego consiste en decirle a Eowyn qué tan bonitas son las flores. Si gano, mi rosa blanca me da mi premio que consiste en un beso dulce. ¿Qué opinas? ¿Tengo alguna posibilidad?
—Yo creo que tienes una buena posibilidad. —le respondió Arwen con una amplia y pícara sonrisa.
—Yo también creo que sí. ¿Sabes por qué? Porque dejo hablar a mi corazón, porque mi boca se olvida de cómo hablar ante semejante obra de arte, porque envidio al artista que las creo, porque para eso tuvo que pasar horas al lado de ustedes que seguramente multiplicó por mil para poder contemplarlas un poco más, y porque a la vez lo admiro por haber sido tan astuto para ponerles espinas para que nos devuelvan a la realidad al querer tocarlas.
—Faramir. —dijo trémula y emocionada Eowyn, mirando a su prometido totalmente embelesada.
—Así Aragorn y yo entendemos que están ahí, al alcance de nuestras manos, que son reales y que pueden ser nuestras. Pero que hemos de ganarnos el derecho a tenerlas junto a nosotros.
—Creí que le hablabas de flores. —comentó divertida Arwen, feliz al oír la declaración de amor que le había hecho su amigo a su cuñada, de aquella manera tan especial.
—Y eso hace, mi amor. Habla de las dos flores que adornan nuestras miradas. —le respondió Aragorn que acababa de llegar junto a ellos, abrazándola por la cintura desde atrás, sonriendo en dirección a su cuñado y su hermana.
—Tú eres mi más hermosa rosa —siguió Faramir concentrado en su prometida, olvidado de todo lo que le rodeaba—. Cada pétalo es un suspiro de amor que exhala desde lo más profundo de tu corazón. Mi rosa. Te haces mujer en mi mente y quito cada uno de esos suspiros hasta ver tu piel. Piel que me enloquece, suave, tersa, piel que no puedo dejar de probar, dulce, que se estremece con mis besos, donde mis labios dibujan una historia, la historia del amor puro que siento cuando te tengo cerca, la historia que quiero escribir a tu lado. Te imagino mujer y sé que no es verdad, por eso te abrazo.
»Te quiero sentir muy cerca. El latir de tu corazón hace palpitar de emoción al mío. Mi flor convertida en mujer en mi loca mente, te deseo. Y con cada pétalo de aquella vestidura te recorro hasta estremecerte en mis brazos. Y te hago el amor, y te hago mía en mis sueños. Pero me tengo que despertar, después de haber soñado con ver tu cuerpo desnudo de pétalos. Abro los ojos y te veo otra vez, mi rosa blanca, mi amor puro, tu gracia, gentileza y admiración. Mi amiga y espero pronto, mi esposa.
Eowyn ya no pudo contenerse y besó de nuevo a su prometido, con dulzura, con pasión, con intensidad, deseando que los días que faltaban para su matrimonio se evaporasen.
Arwen se había girado a mirar a su prometido, sin romper el abrazo en que la tenía. Oía muy lejos a su amigo decir aquellas palabras, como un rumor lejano, mientras sus esmeraldas se perdían en los dos lagos que brillaban frente a ella. Sus labios se perdieron nuevamente en los de su amado, sintiendo que el tiempo y lo que les rodeaba dejaba de existir.
Cinco minutos después, cuando vio que las dos parejas no se separarían por voluntad propia, Arathorn se alejó unos metros, acercándose luego a ellos llamándolos por sus nombres. Contuvo con dificultad la risa al verlos salir del bosquecillo nerviosos, esquivándole los cuatro las miradas.
—Será mejor que se preparen para otro regaño. El señor Elrond está bastante enojado porque abandonaron la práctica sin avisarle que lo harían. —les dijo con picardía, caminando frente a ellos de regreso a la planicie en que estaban entrenando para evitar que notasen la sonrisa que no podía quitar de su rostro.
Le alegraba mucho el saberlos tan enamorados. Estaba seguro que los cuatro serían muy felices. Aragorn y Faramir eran sus dos hermanos menores de cariño, aunque no de sangre. Estaba muy orgulloso de la forma tan respetuosa y amorosa en que se comportaban con Eowyn y Arwen. Ellas dos tenían el carácter difícil, más su hermana de sangre que la que lo era por cariño. La curiosidad de ellas y lo ingeniosas que eran para investigar lo que querían saber les había hecho muy difícil a los tres ocultarles lo que habían preparado. Unos momentos antes Faramir se había escapado por muy poco de Eowyn.
Llegó el amanecer del día de la boda y en casa de Luthien se encontraban las dos novias con sus nervios a punto de explotar.
—Cálmate, Eowyn. Estás quedando muy hermosa. —intentó tranquilizar Earendil a la que en unas horas sería la esposa de su hijo.
—Ya deja de repetir ese poema, Arwen —le pedía con una sonrisa Luthien a la que sería pronto la esposa de su hijo—. Ya nos lo sabemos de memoria. Si se te llega a olvidar se lo recitamos nosotras. —le dijo en broma.
—¡No! ¡Eso no puede ocurrir! —gritó muy nerviosa la aludida, al borde de las lágrimas de imaginarse que eso pudiese llegar a suceder.
—Ella sólo bromea, hija. Tranquila. —le dijo en un tono tranquilizador Tinuviel, abrazándola, regañando a su amiga con la mirada.
—Claro que no va a ocurrir, Arwen —se le acercó Luthien, acariciándole con cariño la cabeza—. Amas demasiado a mi hijo y esas palabras tan lindas que has escrito, aunque se borren de tu mente, brotarán desde aquí, de tu corazón.
—Perdóneme por gritarle, señora Luthien. Yo…
—Shhh. Lo sé. El día de mi boda con Albus era yo quien les gritaba a ellas. —la interrumpió con una sonrisa.
—Y créeme que tiene buenos pulmones. —bromeó Earendil, sonriendo al ver las mejillas de su amiga llenarse de rubor.
—Yo no recuerdo ni una palabra de mi poema. —empezó a temblar Eowyn.
—Cierra los ojos y dime lo que ves. —le pidió con cariño Tinuviel.
—El rostro dulce de Faramir. —le respondió con voz de ensoñación.
—¿Puedes decirme lo que sientes al ver su rostro? —insistió la mamá de Arwen.
Eowyn con sus ojos cerrados y una gran sonrisa dijo su poema. Al abrir los ojos, caminó rápidamente hacia Tinuviel y la abrazó agradecida.
—Estas dos pícaras están muy intranquilas hoy. —comentó Luthien mirando con cariño a sus dos pequeñas hijas, que corrían de un lado a otro de la habitación, acercándoles todo lo que necesitaban para vestir y adornar a las novias, jugando y compitiendo entre ellas.
Jennifer, la más tranquila, estaba feliz al saber que por fin su hermana y su mejor amigo, Faramir, se casarían y ella sería su dama de honor, como los dos se lo habían solicitado. Ella había esperado con mucha ilusión esa boda desde dos años atrás, cuando su hermana le contó que ellos estaban unidos por un sentimiento muy especial: el amor. A pesar de ser tan pequeña en ese entonces había comprendido lo revelado por su hermana mayor: Eowyn quería estar siempre al lado de Faramir, jugar con él, divertirse, reír, dejar que le adornase el pelo con flores.
Al día siguiente le pidió a su amigo que nunca más le adornase su cabello a ella ni a ninguna otra chica que no fuese su hermana. Él se lo prometió con una amplia sonrisa mientras su hermana se ponía rojita como las rosas que le gustaban, aunque menos que las blancas color nieve con que solía ofrendarla el castaño claro. Su amigo solamente pidió una excepción a esa promesa, a la cual ella accedió después de meditarlo unos minutos: la señora Earendil.
Cuando le preguntó a su hermana porqué estaba así, sonrojada y con los ojos brillantes, le había pedido que no dijese más nada. Le prometió en susurros que se lo explicaría algún día "cuando fuese mayorcita". Suspiró pensando que aún no llegaba ese día, a pesar de haber transcurrido ya cinco largos meses de aquello.
Faramir seguía jugando con ella y su hermana, enseñándolas a trepar árboles como le había pedido su gemela, pero nunca más puso flores en el pelo de ninguna niña o joven que no fuese Eowyn. Sólo la mejor cocinera del valle lucía adornos en su cabello fruto de las manos del castaño claro, además de la joven rubia.
Angelica, la más revoltosa, estaba encantada con Arwen, a quien le decía con cariño "hermanita esmeralda". Cuando su hermano le había dicho que los dos querían que fuese su dama de honor brincó dichosa, abrazándose a ellos, diciéndoles que lo haría con mucho orgullo y alegría.
Siempre se había sentido más unida a su hermano que a su hermana, pues él no la reñía tanto a pesar de ser el mayor. Era cierto que muchas de sus ideas para divertirse tenían un poco más de chispa que las de otros niños, pero a veces tenía la impresión que Eowyn era tan rígida con ella como su mamá Luthien. Ellas dos eran más apegadas al carácter tranquilo de su gemela. En cambio su papá y su hermano disfrutaban mucho sus travesuras, encubriéndola algunas veces al igual que Jennifer para que no la regañasen.
La "hermanita esmeralda y cabellos de fuego" era y seguía siendo con ella muy dulce y consentidora, compartiendo los nueve días de las vacaciones siempre con ella y su gemela tanto como con su propia familia. Era una dicha que cada día del sol azul más brillante tuviese tantos del sol rojo más distante, así podían compartir mucho. Aunque su mamá dijese que era muy poco tiempo el que pasaban con ellas y sus hermanos, sus dos mejores amigos y su papá opinaban que eran bastantes considerando la diferencia con el tiempo dado por el sol amarillo en ese mundo extraño que ella quería tanto explorar, el maravilloso y raro lugar donde trabajaba su papá.
Arwen y Faramir les habían prometido a ella y a su gemela que, cuando tuviesen la edad, ayudarían a sus hermanos mayores y a su papá a convencer a su mamá para que les permitiese a las dos ir a estudiar allí, haciendo a las dos muy dichosas.
En casa de Tinuviel un muy divertido Arathorn se burlaba del nerviosismo de los dos chicos que consideraba sus hermanos menores.
—¿Estás seguro de querer confirmarle a Eowyn que eres "torpe"? —le preguntó a Faramir, esquivando hábilmente un golpe que le envió el castaño al brazo izquierdo—. ¿Qué harás cuando mi hermanita demuestre hoy su "espíritu combatiente"? ¿Volarás con tus "alas"? —le preguntó burlonamente a Aragorn que recitaba por séptima vez su poema, sin lograr evitar esta vez ser el blanco del puño de su cuñado—. ¡Ay! Por lo menos correrás con rapidez, porque eres más ágil que él.
—¡ARATHORN! —gritaron los dos a coro, exasperados.
El aludido estalló en carcajadas al ver sus expresiones, mezcla de nervios casi al punto de la desesperación, molestia por sus burlas continuas y miedo a cometer algún error que les arruinase el día a las dos novias.
—Tranquilos, chicos, sólo quería destensarlos un poco —les dijo con sus manos arriba y tono tranquilizante. Sonrió al ver a Faramir rodar los ojos y oír a Aragorn gruñir—. Todo va a salir bien. Estoy totalmente seguro.
—Yo apoyo eso —les dijo Albus, que había entrado al cuarto al oír el nombre del mayor gritado por los otros, sonriendo paternalmente al ver el estado de nervios en que se encontraban los dos—. Pero para que este día sea aún mejor para ustedes y sus prometidas será mejor que se calmen un poco, muchachos.
—¡Hay tantas cosas que podrían salir mal! —exclamó frustrado Faramir, mirando el pergamino estrujado en sus manos con desesperación.
—Si ocurriese algo que me impidiese casarme con Arwen… —soltó Aragorn, bajando la voz al pronunciar cada sílaba, mientras se derrumbaba en una silla.
—Conociendo a mi hermana y a Eowyn, con lo mucho que desean esta boda, todo saldrá bien aunque para ello tengan que hechizarnos con sus varitas a todos los asistentes a la boda. —les dijo Arathorn con fingida voz de resignación, sonriendo al ver a los dos asentir con expresiones de alegría.
—Ve con ellos a la zona de la cascada, Arathorn, mientras que yo busco a las damas de honor, las madrinas y las novias para llevarlas allí —le pidió Albus luego de guiñarle un ojo, sonriendo al ver a los dos jóvenes más tranquilos—. Y ustedes recuerden que las damas siempre se hacen esperar un poco.
—Gracias por todo, papá. —lo abrazó Aragorn, sonriendo feliz al ver el brillo emocionado de aquellos ojos azules.
—Le aseguro que haré a su hija Eowyn muy feliz. —le aseguró Faramir con firmeza, conmoviéndose mucho al ser abrazado con cariño por él.
—Lo sé. Arwen y tú serán desde hoy mis hijos también oficialmente, aunque bien saben que los he considerado así desde que jugaban los cuatro de niños. —afirmó Albus emocionado, sonriendo al ver asentir al castaño.
Se sentía muy dichoso por la ceremonia de unión en matrimonio de aquellos chicos, a quienes quería tanto como a su hija Jennifer y su hija Angelica. Aunque lo habían tenido que ocultar a los ojos de casi todos durante los últimos siete años. Sólo Luthien, Earendil, Tinuviel, Arathorn, Mithrandir y sus dos pequeñas sabían que aquél afecto no sólo no había desaparecido, sino que había crecido.
Desde que había conocido a Luthien, durante los entrenamientos con Mithrandir, se había prendado de ella. De su belleza y su carácter fuerte. Sin embargo esperó un tiempo prudencial para que amainase un poco el dolor por la temprana pérdida de su esposo, antes de acercarse a decirle lo que sentía. Le tomó algún tiempo que ella lo aceptase, temerosa de la reacción de sus hijos, la cual inicialmente la sorprendió y luego le abrió las puertas a la relación entre ellos dos.
Aragorn y Eowyn, que entonces eran sólo unos niños muy pequeños, no sólo recibieron su primera visita con curiosidad y vivacidad, sino que en las pocas horas compartiendo los dos con él se generó un gran afecto, especialmente con el pequeño. Ese cariño creció con el tiempo, paralelo a su relación con la que era ahora su esposa, sin mezclarse nunca su amistad y afecto filial con ellos dos y su relación con Luthien.
La amistad tan sólida entre los niños de Luthien y los pequeños Arwen y Faramir lo había acercado también a ellos dos, permitiéndole la cercanía con los cuatro observar cómo se habían convertido de pequeños que jugaban con gran alegría en dos mujeres y dos hombres que conformaban dos parejas unidas por amor puro y sincero, conformando una fuerte unión entre los cuatro.
Arathorn estaba galantemente vestido, con un pantalón verde oscuro como el de la vegetación de los bosques más profundos, de tela fresca, una camisa verde como la grama, de mangas largas y amplias que resaltaba el color de sus ojos, iguales a los de su hermana, al igual que la capa de tela delgada y color levemente más oscuro, que llevaba sujeta en el cuello a la camisa por un gancho con forma de hoja, el que también llevarían los novios y los otros padrinos de las bodas. La alegría que sentía traslucía en su rostro alegre.
Aragorn avanzaba seguro a su lado. Aunque estaba bastante intranquilo había logrado templar sus nervios. Lucía un pantalón azul oscuro como las profundidades del mar, una camisa azul claro como el cielo de esa tarde de verano y una capa de tela fresca de un color aguamarina muy parecido al del pequeño lago, sujeta por el gancho con forma de hoja, que hacía ver el color de sus iris con mayor intensidad.
Faramir caminaba con porte sereno junto a sus dos amigos, disimulando la gran intranquilidad que sentía. Llevaba un pantalón marrón como el tronco de los robles, una camisa color miel clara y una capa delgada del color levemente más oscuro que la cera de panal, sujeta por el gancho con forma de hoja, resaltando el castaño claro de sus ojos.
Al detenerse los tres junto al arco sonrieron felices, mirándose los tres con dicha y asintiendo. Era el primero de los siete arcos que cubrían el camino desde ese lugar, junto al lago, hasta el punto de entrada a la pradera en que se encontraba el regalo que habían preparado para ellas. Allá era el lugar en que se realizaría la boda.
Las enredaderas que cubrían los arcos tenían un follaje abundante de un verde muy vivo y estaban bellamente cubiertas de Jazmines de color amarillo pálido, Colombinas de pétalos color púrpura y Madre Selvas rojas, con pequeñas gotitas de rocío atrapadas aún en sus hojas y pétalos, dándole sombra, frescura y aroma al camino que transitarían. Eso significaba que la glorieta con techo abovedado en forma de cúpula estaría igual.
Casi veinte minutos después, cuando hasta los nervios de Arathorn empezaban a resentir la tardanza, sonriéndole los tres a los invitados para intentar transmitirles una calma y seguridad que ninguno sentía, llegó la pequeña comitiva con las novias.
La precedían las dos niñas que fungían de damas de honor. Llevaban vestidos largos con mangas ligeramente por encima de los codos, de tela suave y fresca, con caída y holgura, de color verde claro como los pequeños brotes nuevos en primavera haciendo juego con sus ojos color aguamarina. Estaban cubiertos sus hombros, antebrazos y espaldas por capas de color verde grama sujetas por los respectivos ganchos con formas de hojas, mientras sus cabellos castaños claros y de suaves ondas eran mantenidos lejos de sus rostros alegres por una trenza adornada con pequeñas flores Verónicas de color azul lavanda pálido mezcladas con pequeñas Margaritas blancas.
Tras ellas avanzaban Tinuviel y Earendil, tapando parcialmente la visión de las dos novias, que precedían a Luthien y Albus quienes cerraban la pequeña comitiva. Las tres madres vestían trajes largos de telas frescas color dorado, ajustados al talle, con mangas largas que se abrían amplias con suave caída desde los codos, con capas color terracota sujetas con los broches de hojas, mientras él llevaba un traje color arena con una capa de color añil que resaltaba sus ojos azules claros que brillaban con emoción, sujeta por el broche en forma de hoja.
Arwen lucía un hermoso traje aguamarina claro en una tela vaporosa, largo y ajustado al talle, de tirantes, con cuello en forma de bandeja que se plegaba en suaves ondas dejando ver su cuello y el inicio de su pecho, permitiendo ver sus brazos y manos que llevaban sujeto un ramo de flores redondo formado por tres Rosas Blue Moon en triángulo central, de un azul intenso, rodeadas de Gencianas y Magnolias blancas. La capa sujeta por el broche de hoja tenía un color verde esmeralda intenso, sobre la cual contrastaban sus cabellos rojos oscuros, sujeto por dos hebillas de flores entretejidas que despejan su rostro, conformadas por Espuelas de Caballero de colores azules, blancas y lilas, además de cinco diminutos botones de Rosas Fairy blancas. Las esmeraldas de sus ojos brillaban con alegría, resaltadas por su traje y capa, sonriendo feliz al ver el rostro del que pronto sería su esposo.
Eowyn brillaba en un vestido color azul claro como el cielo despejado de ese día, de tela vaporosa, largo, ajustado a su juvenil cuerpo, sin mangas y con amplio cuello redondo, dejando despejados su cuello, el inicio de su pecho, brazos y manos en las que llevaba un ramillete en forma de cascada corta, formando un triángulo con seis Rosas Iceberg delimitado con algunas rosas color rosa pálido y salpicado con Jazmines de Madagascar color blanco hielo. La capa sujeta por el broche de hoja tenía un color azul puro intenso, sobre la cual contrastaban sus cabellos dorados, levemente recogido con botones de Jazmín de Marruecos y Rosas Just Joyce rojas desordenadamente perdidas en su cabello. Sus ojos azules eran resaltados por su traje, brillando con alegría al observar la expresión de su prometido al verla.
Al verlas Aragorn y Faramir retuvieron por un instante el aliento mientras amplias sonrisas iluminaban sus rostros, todas las tensiones olvidadas con la dicha de verlas allí tan hermosamente ataviadas para convertirse en sus esposas. Con paso decidido avanzaron hacia ellas, ofreciéndoles sus brazos para conducirlas por el camino cubierto con los arcos que conducía desde el lago hasta el lugar en que celebrarían el matrimonio en la naturaleza, según la tradición de los Dunedains.
Cuando vieron sus expresiones de asombro al ver los arcos sonrieron con complicidad. Al frente caminaban con paso alegre Angelica y Jennifer. Tras ellos avanzaban Tinuviel y Earendil del brazo de Arathorn, seguidos de Luthien con Albus. Los invitados caminaban lentamente tras ellos, observando con curiosidad aquél camino y los arcos que no estaban allí tan sólo unos meses atrás.
Galadriel y Elrond se interrogaron con sus ojos mutuamente, luego con otros tutores de los jóvenes y algunos miembros del Consejo Dunedain. Comprendieron de sus miradas asombradas que sólo Mithrandir estaba al tanto de aquello. Interpretaron de la amplia sonrisa triunfal de Arathorn que él era artífice en gran parte junto a los dos jóvenes hombres que contraerían nupcias.
Sólo a ellos tres les era permitido el acceso allí, desde el día en que Faramir y Aragorn hicieron la Promesa de Amor Dunedain con las que serían sus esposas, por órdenes del anciano que todos acataron sin preguntar. Deducían que las dos jóvenes mujeres no estaban al tanto de sus expresiones.
Al salir del último arco Arwen y Eowyn se quedaron paralizadas por la hermosa vista que se abría ante sus ojos.
—Nuestro regalo para las dos rosas más hermosas… —comenzó Faramir.
—… es un jardín cultivado por nosotros mismos… —siguió Aragorn.
—… con la complicidad de Arathorn… —continuó el primero.
—… y hoy nos hemos enterado que también del señor Mithrandir… —siguió el otro.
—… para que este día viva siempre no sólo en nuestras memorias… —prosiguió Faramir, cada vez más dichoso al ver la expresión de Eowyn.
—… Y nuestros corazones, sino también… —dejó en suspense Aragorn, sonriendo con alegría al ver en el rostro de su amada las esmeraldas brillando con emoción.
—… en el lugar en que por primera vez nos vimos. —terminaron los dos a coro.
La que ellas habían conocido como una pradera verde, con sólo pequeñas flores silvestres diseminadas, bajando suavemente desde la colina cercana del lado izquierdo hasta convertirse en una pequeña planicie que finalizaba en el pequeño lago formado por el río, al precipitarse en la cascada de la pequeña gruta, había sido convertida por ellos dos en un hermoso e inmenso jardín.
Al fondo de la pradera, vista desde el sitio en el que se encontraban, justo donde comenzaba la planicie, había una glorieta de arco abovedado cubierto de flores, donde los esperaba el señor Mithrandir vestido de blanco, con una amplia sonrisa en el rostro.
Frente a ellas se abría a mano izquierda un sector rodeado con Tréboles, al igual que otro al otro lado de los lados rectos del arco semicircular que conformaba la cúpula, al cual se accedía por el mismo camino que llevaban, bordeado de Margaritas amarillas y Tréboles, con el lago a mano derecha. Según les explicaban ellos a medida que avanzaban con ellas lentamente hacia la glorieta, esos serían los espacios destinados a ubicar a los invitados, de lo que se ocuparía Arathorn.
A la izquierda del espacio reservado para los asistentes a la boda se encontraba un cantero largo y angosto de Narcisos, amarillos y aromáticos, que antecedían a uno importante de Rosas Iceberg, precedidos ambos de uno pequeño de Acantos de vivos colores violáceos, para nivelar la depresión del suelo a nivel de las demás flores, acompañado de otro de hermosas Gencianas azules de gran follaje. Cerraba ese lado un cantero alargado de Rosas Mrs. John Laing, cuyo rosado intenso contrastaba con las blancas como la nieve que tanto le gustaban a Eowyn.
Más allá del otro espacio para los invitados se encontraba otro cantero alargado de Narcisos, colindando con uno de Achilleas, elegantes chispas de botones de flores en blanco puro, que precedía a uno grande de Rosas Blue Moon, tras el cual se encontraba otro de Dedaleras, flores con forma de campanas rosado nacarado con centros de pintas en marrón y follaje bajo, que cerraba el jardín por ese lado, junto a un pequeño cantero de Verónicas y otro de Colombinas, que con sus suaves tonos azules y púrpuras cerraban el espacio que colindaba con el pequeño lago.
Detrás de la glorieta se encontraba un tercer cantero de Narcisos, del mismo amarillo intenso seguido de otro de tamaño similar de Rosas Fairy, blancas y enanas, bajando un poco el color, a la misma altura de los Narcisos, tras el cual se encontraba uno de Aguileñas Amarillas, de flores grandes en forma de campana, un poco más elevado sobre el terreno, al cual seguía un cantero de Dalias rojas cerrando esa esquina del jardín unas bellísimas Magnolias blancas.
Al llegar frente al anciano jefe del consejo, luego de subir la entrada escalonada a la glorieta bordeada en su extensión por Flor del Viento, de tono escarlata sutil con follaje verde platinado, los cuatro inclinaron levemente sus cabezas para mostrarle su respeto, sonriéndole efusivamente, susurrándole rápidamente su agradecimiento por su ayuda con los regalos.
Al oír el plural Aragorn y Faramir miraron a Arwen y a Eowyn interrogantes. Siguieron las miradas de sus prometidas, abriendo los ojos como platos al ver a las niñas sacar de sus capas dos juegos de cadenas, con unas pequeñas estrellas finamente repujadas en plata que parecían tener gemas en el centro. Pero Angelica y Jennifer se giraron, dándoles la espalda, mirando atentamente al jefe del Consejo Dunedain.
El anciano apuntó hacia su garganta y las de los cuatro jóvenes que estaban junto a él dispuestos a contraer matrimonio con su varita. Moduló el tono de sus voces y generó una especial acústica con la glorieta en seguida, con dos hechizos silenciosos, de forma que todos en la pradera pudiesen escucharlos sin esfuerzo.
Sobre las niñas hizo una floritura con su varita, apareciendo sobre sus brazos extendidos un lazo de Rosas Blue Moon y otro de Rosas Iceberg, con sus tallos sin espinas delicadamente entretejidos. Les guiñó un ojo al verlas sonreír y fijó la vista en los alrededores de la glorieta, donde Arathorn era ayudado por Tinuviel, Earendil, Luthien y Albus para guiar a los invitados hacia los dos espacios rectangulares.
—Bienvenidos, amigos —comenzó Mithrandir al ver que todos los invitados ya estaban ubicados—. El maravilloso jardín en que nos encontramos reunidos es el regalo con el que los novios muestran a sus prometidas su amor por ellas y la naturaleza en la que nos desenvolvemos.
»Se encuentran aquí muchas variedades de flores. Entre ellas las predilectas de Eowyn, las Rosas Iceberg, y las de Arwen, las Rosas Blue Moon, han sido las seleccionadas para confeccionar los lazos de boda de las dos jóvenes parejas. Desde hoy dejarán de ser prometidos, con la magia habiendo ya aceptado su unión como todos lo saben, para convertirse en esposos, que vivirán con alegría desde hoy enlazados por el sentimiento más hermoso: la base de la Magia Antigua y la vida. Eowyn y Faramir, haced vuestros votos.
El aludido se giró hacia su novia, sonrió feliz y comenzó con voz fuerte y clara:
Siendo sólo un niño te conocí en este lugar
y la luz del sol fue opacada por la tuya
En el cielo de tus ojos azules quise jugar,
con tus mechones dorados hice una travesura
Muchas flores pequeñitas en tu pelo enrede ese día
una oportunidad única para verlas en fondo dorado te decía
tú protestabas y por lastimar las pequeñas plantas me reñías
pero te quedaste callada cuando dije que más linda eras cuando reías
Tus blancas mejillas de hermoso rubor se cubrieron
cuando te llevé de la mano para que en el lago te vieras
Esas imágenes de dos niños jugando y riendo se convirtieron
en fuente de alegría, ilusiones y esperanzas de que me quisieras
Cuando mi vecina y tu hermano se unieron aquél día a los juegos
una suave brisa primaveral a los cuatro nos abrazaba
con suave aroma y alegre fragancia envolvía nuestros cuerpos
pequeñas disputas, charlas y risas por esta pradera dispersaba
Los cuatro desde aquél hermoso día unidos permanecemos
Aragorn y tú más que hermanos son compañeros y amigos
Arwen y yo más que compañeros somos amigos que les queremos
pues a ustedes nos une el más sublime de todos los sentimientos
Tu hermano y yo en estos años hemos hablado
con la sinceridad y el afecto que nos une
Nuestros cuerpos y mentes han madurado
nuestros sentimientos por ustedes a otras nos hacen inmunes
Me siento tan torpe cuando a ti me acerco
pero al mismo tiempo seguro si a mi lado te tengo
Me has pedido que sea tu fortaleza todo el tiempo
y yo he de hacer siempre por ti mi mayor esfuerzo
Eowyn, la más hermosa flor,
la estrella que más brilla en el cielo,
suave aroma que me llenó de su olor
luz dorada que me dejó ciego
No sé si existan palabras para transmitirte
todo lo que por ti yo he estado siempre sintiendo
Ignoro si con mis labios yo pueda decirte
con cuanta intensidad te estoy queriendo
Sólo sé decirte
Te Amo
Se mi esposa desde hoy y para siempre
Eowyn, más que escuchar, bebió cada palabra, dichosa, mirándose los dos fijamente a los ojos. Al oírlo finalizar y sentir que Jennifer ubicaba sobre sus manos enlazadas las cadenas volteó a mirarla al igual que Faramir, sonriéndole los dos a la niña que feliz les entregaba aquello, mientras en sus brazos sostenía el lazo de rosas blancas. Ella tomó con su mano derecha la pequeña estrella de plata, delicadamente labrada con diminutos jacintos castaños en sus siete puntas y una turquesa azul en el centro, colgando de una cadena de oro. Con la mano izquierda la de pequeñísimos zafiros en los brazos y un granate en el centro.
—Tu regalo de bodas ha sido un maravilloso jardín. Mi regalo de bodas son estas cadenas, en cuyas gemas centrales concentremos una ínfima parte de nuestra magia —le tendió la mano izquierda—. En ésta la tuya, para que luego la coloques en mi cuello —acercó la derecha a su pecho—. En ésta la mía, la pondré luego en el tuyo, así siempre llevarás parte de mi magia y energía cerca de tu corazón.
Faramir tomó la joya con la cadena entre sus manos. Hizo con gran amor lo que ella le había indicado, colocándosela con delicadeza luego. Sonrió embelesado al verla tan hermosa con la piedra con el color de los ojos de él rodeada de las pequeñas piedrecillas con el color de los ojos de ella.
Eowyn le puso la joya con el color de sus ojos en la joya central y los de él en las más pequeñas, con mucho amor, comenzando en seguida a decir sus votos:
Tus manos fuertes y varoniles conmigo son tan tiernas
Desde que era muy niña siempre de mí han cuidado
Haciendo que mis raíces de flor siempre estén frescas
Con tus palabras y gestos siempre me has alimentado
Con tu voz dulce mi oído por años has deleitado
Con tus caricias y gestos mi ilusión has incrementado
Con tus detalles y palabras tu sentir me has demostrado
Con tu mirada tierna y profunda me has enamorado
Sabes que amo las flores y como una de ellas me has tratado
Cuidando de mí como si fuese tan delicada como ellas
Dejándome sin embargo crecer aunque siempre a tu lado
Tratándome como si fuese una de las guerreras doncellas
Conmigo has compartido aprendizaje y pequeñas batallas
Tu varita siempre apoya la mía presta y dispuesta
En todo momento a mi lado, nunca a mí tú me fallas
Con dulzura y delicadeza cuidas de mí sin esperar respuesta
Sin embargo sabes que siempre de mí habrás de recibirla
Mis ojos te han dicho hace tiempo lo que mi boca no se atrevía
Eres desde siempre esa fuente de luz que mi ser necesita seguirla
para alimentar de energía y alegría mi alma, vida mía
En tus ojos y pelo castaño está la miel que endulza mi vida
En tus fuertes brazos las fuerzas para seguir luchando
En el latir de tu corazón el compás que al mío armoniza
En la profundidad de tus sentimientos el valor para vivir amando
Es tu risa la fuente de mi alegría
Es tu tristeza razón de mi llanto
Es tu ternura la causa de mi sonrisa
Es tu amor mi todo, porque te estoy amando
Me has dicho siempre que soy para ti una flor
Yo hoy quiero decirte lo que no te había expresado
pues hasta ahora no sabía como transmitirte mi amor
que eres el hermoso jardín en que eché raíces mi bienamado
Hoy es el día más dichoso que he de vivir
pues ante todos los presentes he de pedirte de corazón algo
que me es indispensable ya para subsistir
quiero estar junto a ti desde hoy y que nada me aparte de tu lado
Faramir, yo siempre te he amado
por eso estoy muy feliz al decirte
acepto ser tu esposa
Te Amo
En seguida los dos se unieron en un cálido beso, mientras Mithrandir les colocaba con su varita el lazo de rosas blancas alrededor. Éste se elevó sobre los dos levemente cuando separaron sus cabezas, quedando sólo los pétalos de las flores que cayeron suave y lentamente sobre la pareja.
—La magia y todos los presentes les reconocen desde este momento como esposos. —dijo con formalidad y alegría Mithrandir, que dio luego una cabezadita de asentimiento en dirección de Aragorn.
Sonriente él se giró hacia Arwen comenzando a decir con voz profunda, fuerte y clara:
Desde el primer día que en esta pradera
tus ojos con los míos se encontraron
mi alma prendada de la tuya espera
el momento que mis sueños siempre anhelaron
Una rosa en botón admiré aquél día
una hermosa flor ya se perfilaba
un capullo de una exótica rosa abriría
engalanando con su presencia mi panorama
Vi abrirse tus pétalos con hermosa gracia
Tu fresco aroma percibí al esparcirlo la brisa
Tu tersa piel a rozarla con mis dedos me atraía
Deseaba el botón de tus labios besar al ver tu sonrisa
Tu pelo rojo como el corazón que en mi pecho por ti late
tu rostro enmarca con el más vivo color y alegría
contrastando con la piel blanca de tu rostro radiante
en que incrustadas dos esmeraldas son la esperanza mía
Una hermosa y exótica rosa eres tú bienamada mía
Preciosa gema que por la naturaleza ha sido tallada
Deliciosa fragancia que perfuma mi senda con alegría
Piel como seda rodean tus labios de miel que no empalaga
Esa fuerza que en tu interior habita
Ese coraje con que enfrentas tus batallas
Ese espíritu combatiente por tu familia
Eso que otros temen y que a mí me dan alas
Hasta ti vuela mi mente, mi corazón, mi alma
Mi magia y mi energía desde siempre te pertenecen
Mi vida sólo es vida si a tu lado estoy mi amada
Mi fuerza y energía vital sólo por ti se mantienen
Las flores, la brisa, la lluvia, la tierra
las constelaciones, las estrellas, la Luna, el Sol,
el verano, el otoño, el invierno, la primavera,
y todas las criaturas vivientes saben que yo a ti,
Te he amado desde siempre
y para siempre Arwen
Mi rosa Blue Moon perenne
Sé mi esposa desde este día
Arwen lo oía embelesada, con su corazón palpitando como caballos desbocados y un leve rubor adornando sus mejillas, con sus esmeraldas fijas en los ojos aguamarinas de él. Al oírlo terminar y sentir que Angelica le entregaba sobre sus manos enlazadas las cadenas se giró a mirarla al igual que Aragorn, agradeciéndole los dos con amplias sonrisas a la gemelita que feliz les entregaba aquello, mientras en sus brazos sostenía el lazo de rosas azules.
Ella tomó con su mano derecha la pequeña estrella de plata, delicadamente labrada con diminutas aguamarinas en sus siete puntas, y una esmeralda en el centro, colgando de una cadena de oro, y con la mano izquierda la de pequeñísimos jades en los brazos y un lapislázuli en el centro.
—Me has regalado en el jardín de bodas mis flores favoritas. Yo te doy estas joyas para que en sus gemas centrales concentremos una ínfima parte de nuestra magia —le tendió la mano izquierda—. En ésta la tuya para llevar parte de tu esencia cerca de mi corazón —acercó la derecha a su pecho—. En ésta la mía, que con todo mi amor ubicaré cerca del tuyo.
Aragorn tomó entre sus manos la joya, transfiriendo por medio de la Magia Antigua parte de su esencia, colocándole luego la cadena de oro con delicadeza, con su mirada fija en el rostro de su amada, a quien veía de tal manera que ella se ruborizó aún más, admirando la manera en que la piedra con el color de los ojos de él rodeada de las pequeñas piedrecillas con el color de los ojos de ella resaltaba sobre su piel blanca.
Arwen le abrochó la cadena de oro con la joya del color de sus ojos en la gema central y los de él en las más pequeñas, con mucho amor, comenzando en seguida a decir sus votos:
Con gran fuerza, valor y coraje
siempre las adversidades enfrentas
Con sabiduría tu destreza usas en el combate
Con gran gallardía los obstáculos de tu camino despejas
En ti la magia con gran intensidad se manifiesta
y siempre para proteger a otros la empleas
Usas la inteligencia que en ti está muy despierta
y con gran corazón ayudas a quienes te rodean
Sentimientos muy nobles en tu alma habitan
siempre a ayudar a otros tú estás dispuesto
El apoyo afectuoso de tu mano amiga
arropa y abriga sin ahogar, con respeto
Has sido siempre para mí el mejor amigo
quien me entiende y siempre está a mi lado
el que comprende el ímpetu de mi ánimo
el primero en descubrir cuanto te amo
Tú viste en mis ojos lo que por ti yo sentía
y yo en los tuyos tus sentimientos vi reflejados
cuando yo aún no comprendía cómo te quería
cuando a tu razón los dictados de tu corazón le eran velados
Tus ojos aguamarinas son el cielo en que mi alma vuela
Tus manos son puerto seguro para plegar mis velas
Tu pecho el lugar en que escondes la más preciosa gema
pues es allí donde palpita el corazón que el mío anhela
Mis sentimientos por ti muy bien los conoces
lo que tu corazón siente ya me lo has expresado
Hoy sólo te pido que tu energía convoques
como yo haré pues siempre quiero estar a tu lado
Tu alma y la mía son las dos partes de una sola
Tu corazón y el mío como uno solo palpitan
Desde este maravilloso día de nuestra boda
he de ser la más feliz mujer que el mundo habita
pues tu esposa seré Aragorn porque Te Amo
Apenas pronunciar ella estas dos últimas palabras él sintió que todo desaparecía alrededor de los dos, uniendo sus labios a los de ella, mientras Mithrandir les colocaba con su varita el lazo de rosas azules alrededor. Éste se elevó sobre los dos levemente cuando separaron sus cabezas, quedando solamente los pétalos de las flores que cayeron suave y lentamente sobre la pareja.
—La magia y todos los presentes los reconocen desde este momento como esposos. —pronunció con solemnidad y mucha dicha Mithrandir, siendo seguidas sus palabras por una salva de aplausos, que iniciaron las niñas gemelas.
El anciano hizo un hechizo de alto poder con su varita, de modo que sólo los cuatro pudiesen tocar las cadenas con las joyas. Si cualquier otro ser vivo o no corpóreo lo intentase las mismas desaparecían dentro del cuerpo del portador, reapareciendo sólo si ella o él así lo permitía.
Las dos niñas y Mithrandir fueron los primeros en abrazarlos, esperándolos al pie de las escalinatas Tinuviel, Earendil, Luthien, Albus y acercándose luego los invitados, alabando todos a los cuatro por los regalos de boda que se habían hecho.
Una vez que todos los habían felicitado los acompañaron fuera del jardín (que estaba aislado del contorno por un cerco natural de arbustos espinosos con diminutas flores rojas) de nuevo por el camino con los arcos, rumbo a las dos casas cercanas a la gruta regalo del Consejo Dunedain. Desde ese día vivirían en ellas. Los dejaron a solas para que disfrutasen sus siete días de aislamiento del exterior y unión como parejas, esperándolos justo la siguiente semana en la pradera frente a la casa de Earendil donde se celebraría el banquete de bodas.
Faramir condujo a su ahora esposa Eowyn a través de su nuevo hogar a la habitación matrimonial, donde en una pequeña mesa junto a la cama estaban ubicadas varias fuentes de frutas y una jarra con miel cristalina.
Con mucho cariño, cuidado, ternura, pasión y amor, él comenzó a quitarle la capa, siguiendo con su vestido, mientras le prodigaba besos y caricias a los que ella correspondía mientras le quitaba sus ropas. Esa tarde y la noche que le siguió los dos aprendieron jugando el más antiguo de todos los juegos, el guiado por el más hermoso sentimiento.
Aragorn entró con Arwen a la casa en que desde ese día vivirían. Cerró con cuidado la puerta con el pie derecho, mientras abrazaba a su esposa besándola apasionadamente. Al separarse de ella la levantó rápidamente, riendo alegremente al oír su pequeño gritito que se le escapó por haber sido tomada por sorpresa.
La llevó hasta la habitación en que desde ese día compartirían muchas cosas, bajándola con cuidado, quitando las telas que le ocultaban su cuerpo, mientras lo cubría de besos y caricias, de la misma manera en que ella lo hacía, descubriéndose mutuamente, llenándose el uno del otro, completándose, entregándose, amándose, jugando por primera vez el rito más antiguo, guiados por sus instintos, plegados al amor, con la ternura y la pasión dirigiéndolos. Horas más tarde dieron buena cuenta de las frutas y la miel, reiniciando con ellas una nueva aventura.
El día del banquete, cuando las gemelas les acercaron una bandeja con frutas y miel por sugerencia de Arathorn, se encogieron de hombros al oír a este reírse con jovialidad mientras Arwen, Eowyn, Aragorn y Faramir se ponían muy rojos. Luthien se apresuró a alejar de ellos a las pequeñas y curiosas castañas, mientras Tinuviel reñía a su hijo por poner a los jóvenes en ese aprieto.
Un par de años más tarde Eowyn aprendió a preparar la poción para que mezclasen sus magias y energía, completando lo iniciado con el Pacto de Amor. Desde entonces las joyas en sus pechos fueron esencialmente símbolos del amor que unía a cada pareja, así como localizadores y trasladadores para emergencias.
Muchos años después Jennifer y Angelica, enamoradas de Remus y Sirius, les confesarían sus sentimientos a los cuatro. Eowyn y Arwen les explicaron entonces lo que ellas querían y necesitaban saber, en el jardín en el que se habían casado. Mientras tanto Faramir y Aragorn hablaban sobre la visita que harían a aquellos dos jóvenes, los amigos de la chica que tanto se parecía a Arwen.
Transcurrirían dieciocho años antes que esto fuese contado y explicado a las cinco parejas del E.D.H. y las dos del G.A.H. ahijados de boda de quienes se habían casado en aquél jardín. Los chicos expresaron entonces su deseo de casarse allí. Remus y Sirius estuvieron de acuerdo, pidiendo permiso para renovar sus votos matrimoniales con Nymph y Meg cuando los jóvenes se casasen.
Los cuatro Dunedains accedieron, planeando que Aragorn sería el guía de la ceremonia, mientras Arwen, Eowyn y Faramir ayudarían a las parejas con aquél rito que no conocían. Estaban dichosos de tener allí a Harry, Angela y Jessica, melancólicos por no haber podido compartir aquello con Angelica y Jennifer. Sin embargo, sabían que de una manera muy especial ellas estarían allí.
Cuando Harry y Aragorn le contaron a Mithrandir los planes lo hicieron evadiéndole la mirada y con tono triste. Pero él los tranquilizó y distrajo bromeando con el más joven sobre dejarles "adecuadamente preparadas" las bandejas con frutas y miel. De esta forma los hizo comprender que de cierta forma él estaría allí, que no tenían porqué entristecerse.