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Historia 47652 — capítulo 4
CAPITULO IV
"ENEMIGO"
(POV SUMMER)
Grité, ya que mis padres se encontraban ahí, peleando con aquél chico hermoso del cual me había enamorado perdidamente y de otros dos.
Uno, el que luchaba contra mi padre (Además del chico), era musculoso, además de que sus movimientos eran muy ágiles a pesar de su apariencia. Era moreno y tenía la piel tan pálida que sentí un pequeño escalofrío al verle.
El que luchaba solo con mi madre, tenía la piel como papel cebolla. Su cabello le llegaba a la barbilla, y parecía un experto en la lucha.
Mis padres, se acercaron a mí, aún en su forma lobuna, y me empujaron un poco. Sentí como si me hubieran dicho que me tenía que ir con Lisa y Federik.
Pero no quería. Tenía que ayudarles, y, aunque me podía transformar al igual que ellos, era un poco más débil y mi tamaño no era enorme. Todo gracias a mi media parte de loba. Funcionaba, pero con un par de dolorosos minutos.
No importaba, tenía que ayudarles, ellos eran solo dos, y mis padres lucían un poco demacrados. Pude distinguir el pequeño jadeo de mi padre al respirar. Ese tipo, no humano, el rubio, parecía haber sido el causante.
Mis padres insistieron, mientras veía como ellos nos miraban con expresión dubitativa. Mis padres insistieron, por lo que no pude hacer nada más y comencé a caminar hacia atrás, despacio, mirando a mis padres con expresión dolida.
Tenía un pequeño pero arriesgado plan, que sabía que al final no funcionaría, ya que tardaríamos demasiado. No. No podía hablarles a mis hermanos. Sería demasiado arriesgado, ya que mi hermano era un completo bobo que intentaría hacerse el héroe, por lo que mis padres podrían salir aún más heridos, y mi hermana era muy pesimista. Si quería hacer algo, lo tendría que hacer yo misma.
Una mirada muy severa de mi madre me izo reconsiderar el plan.
Miré a los tres tipos que se encontraban ahí. No me importaban los otros dos, me importaba él, aunque no supiera ni siquiera su nombre. Aunque me doliera, le miré con ojos asesinos, como si lo odiara profundamente.
Él me devolvió la mirada, pero, para mi sorpresa, estaba llena de un dolor profundo. Por un momento olvidé todo y contuve el impulso de ir corriendo tras él y consolarlo un poco. Pero eso fue solo en un momento.
Olvidé lo que sentía por él en unos instantes y lo miré con tal desprecio, que, al parecer inconscientemente, dio un paso hacia mí.
Como respuesta mis padres gruñeron hacia él, como si le dijeran que si daba otro paso hacia mí, moriría en un instante.
De la boca del que parecía muy musculoso, salió un gruñido que me izo temblar un poco y acercarme de nuevo a otro árbol, olvidándome completamente que me tenía que marchar de ahí, gracias a que mi madre me había dado esa orden con su mirada.
Con ese único y horrible gruñido, comenzaron de nuevo la pelea, mientras comenzaba a llorar en voz baja, mientras veía como aquellos vampiros se abalanzaban sobre mis padres. Tenía que hacer algo.
Antes de que pudiera pensar en nada más, el rubio, Cayo, se abalanzó sobre mi padre y le mordió.
Él produjo un aullido lastimero.
Sin importarme nada más, me acerqué a él. El rubio se había quedado pasmado al ver cómo me acercaba a mi padre y veía la gran mordida que tenía en el cuello.
Mi padre estaba aullando de dolor, y moviéndose como loco. Él me veía fijamente, y yo lo sabía, pero no le di importancia. ¿Qué se suponía que tenía que hacer en esos momentos?
Mi madre se detuvo en medio de la pelea, y, al igual que mi padre había hecho anteriormente, aulló de una manera tan lastimera, que los tres de ahí no se atrevieron a atacarla.
Ellos se miraron mutuamente y después de una seña hecha por él, se marcharon sin decir nada más.
Ahora él era mi enemigo, y nadie me podía detener. Tenía que buscar venganza, ya que, como sabía perfectamente, no había remedio para mi padre. Tendría que esperar y, si un día me topaba con él, sabía perfectamente lo que tenía que hacer.
No debía de sentir nada más que odio por mi nuevo enemigo, que, aunque no sabía su nombre, lo odiaba más que a mi antiguo peor enemigo.
˜.˜.˜
Estábamos de nuevo en casa, que estaba inusualmente silenciosa.
Mis hermanos se encontraban sentados en los sillones. Sus ojeras eran notorias, y ambos tenían los ojos rojos, ya que habían llorado demasiado desde el día que se enteraron.
Yo no me quería ver en el espejo. Sabía que tendría un aspecto peor que el de ellos. Recordaba el momento que mi padre había dejado de retorcerse y el latido de su corazón se había detenido por completo.
Mi madre no había salido de su habitación hacía días. Parecía demasiado triste como para salir. Ni siquiera lo hacía para comer, así que mis hermanos y yo nos turnábamos para llevarle un plato de comida, y casi la obligábamos a comer. A ninguno de nosotros nos agradaba aquello, ya que nos recordaba lo que había ocurrido, y no podíamos evitar sentirnos tristes.
Pero un día. Un día los encontraría a ellos tres y vengaría a mi padre. Los mataría yo misma con mis propias manos.
Mi madre al fin salió de su habitación. Mis hermanos y yo levantamos la cabeza para mirarla mejor. Su rostro estaba muy demacrado, y lucía diez veces peor que mis hermanos.
Ella se acercó a nosotros, y nos dijo algo que ninguno esperaba:
- Me marcho de aquí - Eso fue lo único que dijo. Caminó hacia la puerta, dejándonos en estado de shock, y se volvió, para agregar: - Su tía Susan les vendrá a cuidar mientras yo… medito todo lo que ha pasado. Va a llegar a la casa en un par de horas.
Eso fue todo lo que dijo, antes de marcharse.
Una parte de mi corazón se encogía con violencia. Algo me decía que era la última vez que la veía.
Era otra razón por la cual odiar a mi nuevo enemigo.