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Historia 48507 — capítulo 10

Justo en el momento en que dije que sí, me arrepentí de ello. Ese par de gemelos siempre andaban metiéndome en líos, aunque, obviamente, tampoco podía quejarme. Eran mis mejores amigos, y los ratos más divertidos que había pasado en ese castillo siempre fueron junto a ellos.

Pero una cosa era gastarles bromas a alumnos inocentes o a profesores ineptos, y otra muy diferente era gastarle una broma a Minerva McGonagall.

Jamás he sabido cómo se les pudo ocurrir semejante cosa. Por más que les preguntaba ellos siempre me respondían con evasivas. Cada una de sus mentes era como un profundo océano de interesantes y desternillantes ideas, algo así como la cuna de cualquier broma. No había nada que se les escapara, todo tenía cabida en su imaginación.

Y yo, como siempre, andaba metido en medio de sus dos cabelleras pelirrojas ayudando en todo aquello que podía. Porque, no nos vamos a engañar, a mí gastar bromas a la gente me gustaba casi tanto como a ellos. Incluso en contadas ocasiones tenía alguna idea para rematar alguna de sus jugarretas.

Pero aquelloera pasarse de la raya. La profesora McGonagall era demasiado lista y ya llevaba muchos años lidiando con nosotros, seguramente la habíamos dado serios quebraderos de cabeza. Como nos pillase, ya podríamos empezar a rezar todo lo que supiéramos.

Estuve tentado de echarme atrás en varias ocasiones, pero si aquello salía tal y como estaba planeado las risas estaban más que garantizadas. Era demasiado tentador como para dejarlo en esos momentos. Además, yo era un Gryffindor, ¿dónde estaba mi valentía? Ella no podría hacer más que castigarnos, y nosotros éramos licenciados en esa materia.

Por fin estaba allí, al frente del despacho de nuestra jefa de casa. Con algo de miedo en el interior, pero con una sonrisa en la boca. Todo estaba preparado, tan solo debía esperar la señal de George, hacer mi parte y esperar a que Fred lo rematase.

La señal llegó y me dispuse a preparar todo lo que debía. Cuando estaba agachado, con un par de cachivaches de la mano, la puerta del despacho se abrió y un sombrero puntiagudo se asomó por el quicio. En esos instantes, juro por Merlín, que clamé al cielo por que en Hogwarts estuviera permitida la aparición.