Memorias de un retrato — capítulo 3
Estaba por cruzar el umbral, iba a verla. Ya sabía que ella me esperaba y que ella sabía de mi. Ella ya sabía que yo iría a verla, como si...Ya lo esperaba.
La miré. Ella estaba haciendo su trabajo y yo simplemente caminé hacia donde estaba. Me daba la espalda y desde ese ángulo, pude ver la trayectoria de su cabello, que dócilmente, caía hasta un poco más abajo de sus hombros. Podía ver su figura, aún mirando su espalda. Temblaba, parecía nerviosa, cuando sus manos sostenían pergaminos de aquí, para allá.
Me detuve junto a ella y la abracé. Como dije, ya se lo esperaba. No dijo nada y pude sentir su tremor, bajo mis brazos.
- ¿Ocupada?- pregunté y sentí un suspiro. Asintió con la cabeza y sonrió suavemente.
- Estoy tan nerviosa. Mi primer día de dar clases y no sé qué esperar. No se si podré.
- No miro, ninguna dificultad.
No dijo nada más. Se quedó en silencio.
- Te amo- me dijo. No dijo mayor cosa, solo eso. Pero en realidad no esperaba oír nada más. Suspiré y con mis labios, cepillé su cuello.
- Como yo a ti...- confesé, sin separarme de ella. Abrazándola con más fuerza, permitiéndole relajarse, entre mis brazos. Sentí su cabeza, sobre mi pecho, mientras yo besaba la parte posterior de la misma.
- Creo que no lo lograré. Estoy tan nerviosa, que seguro cometeré una torpeza.
- ¿Quién más que tú, para esta tarea?- suspiré, cuando ella sonreía. Esbozó una sonrisa, como si fuera a reírse, pero solo continuó sonriendo.
- ¿Tú?
- No...Este es tu trabajo. Está hecho especialmente para ti.
- Por que tú lo has impuesto así- dijo y simplemente apoyé mi cabeza sobre su hombro, para mirar qué estaba preparando para la clase.
- Pues bajo mis ojos, eso no se ve nada mal. Creo que lo harás bien.
Una vez más, creí que se echaría a reír de mí. Sin embargo, simplemente juntó sus manos sobre mis brazos y contempló el pedazo de pergamino. Alcé mi cabeza y contemplé el despacho. Diferente a cómo lo recordaba. Con su toque personal.
Volvió a tomar sus documentos y yo, no la solté. Me quedé mirando la enorme ventana, que había en su despacho. Qué diferentes, los días y las tardes. Y no hablaba solamente, por el hecho de que estuviera con ella. Hablaba del cambio, en cada una de nuestras vidas.
- ¿Tienes algún trabajo?- me dijo, su voz sonó suave, bajo mis brazos.
- ¿Por qué?- pregunté tamborileando uno de sus costados, con mis dedos- ¿Es que, necesitas algo?
- Prometiste que me ayudarías, con la poción que estaba desarrollando. Y es increíble que por...
- Lo sé. Yo tampoco he podido creérmelo. Me has dado algo que para lo que yo represento, ha sido maravilloso. ¿Por qué?
- ¿Qué hay que pensar? Te amo...
- También te amo, querida Hermione.
- No hay mucho que pensar. Te deseo...
Esa era una de las cosas que nunca creí escuchar de una mujer, hacia mi persona. Mi abrazo se afianzó, casi de forma dolorosa, pero no importaba. Permanecí por largo rato, simplemente mirándola. Mirándola escribir, aunque yo aún no me había separado de ella.
- Será mejor que te vayas, no querrás llegar tarde- dijo, girándose hacia mi. La solté y fue ella, quién me rodeó con sus brazos- no quiero que eso ocurra.
- Regresaré de todas formas, con un par de mensajes.
- Lo sé- dijo, antes de que sus labios tocaran la comisura de los míos. Un beso ligero, sencillo. No di ningún paso, aunque ese beso luego, terminó en mis labios de forma completa. Se profundizó, cuando nuestras bocas se tocaron de forma pausada. Nuestro beso, terminó en un suspiro de ella- Mejor vete ya.
- Te irá bien en la clase, puedo asegurártelo- fue lo último que dije, besando su frente- te veré en la noche, supongo.
- Sí. Ya podré contarte y tú, podrás burlarte.
- No lo haría- inspiré, caminando hacia la puerta- hasta pronto, Hermione.
- Adiós...
Rose dejó de leer el misterioso diario que había encontrado, en cuanto el auto se detuvo junto a la casa de su madre. Con una sonrisa, ella le pagó al hombre, mientras Hugo bajaba el equipaje y las cajas que debían botar. Era hora de deshacerse de tantos recuerdos dolorosos. Hermione estaba al final y los contemplaba con una sonrisa. Abrió sus brazos, cuando ellos llegaron hasta su presencia.
-
Hola, mamá- dijo Hugo y Rose, hizo lo mismo- ¿Qué tal ha estado todo?
-
Muy bien, hijos míos. Bueno, mejor que antes.
Sabían que se referían a su padre, que estaba muerto. Con una sonrisa suave, hermione los invitó a pasar. Rose guardó el diario en una pequeña mochila que llevaba consigo y se adentró en aquella casa, con cajas entre sus brazos.
Las colocó a un lado y contempló el nuevo hogar de su madre. Era muy distinto del que tuvo con su padre. Mucho más, si se trataba de Hermione. Ella no quería recordarlo. Se deprimía con solo hacer mención de él.
Lo amó y mucho. Lo extrañaba y lamentaba...
-
Coloca esas cosas allá, Hugo. Las cosas de tu padre, colócalas a la izquierda. Rose, puedes botar esas cajas.
-
Sí mamá...
Se preguntó si el diario que había estado leyendo, era obra de su padre. No quería enseñárselo a su madre, para que no se deprimiera por ello, pero sentía que ambos se guardaban mucho amor. Su padre hablaba de ella, de una forma muy hermosa. Diferente de todas las demás, que pudo haber oído en su corta vida. La amaba, como mujer y como persona. Amaba la vida matrimonial que estaba sosteniendo con ella.
Sí, ese debía ser su padre. A veces lucía poco sensible y descuidado, pero sin duda había sido un gran hombre y un gran padre. Ella siempre iba a adorarlo, pese a que ya no estuvieran juntos. Le encantó charlar con él. Compartir vivencias con él. Sabiduría y chistes. Todo eso, que lo hizo un Weasley.
Y los hacía Weasley, a ellos. Sin duda alguna, llevaban algo de eso, entre sus sangres. Su madre siempre lo sabría y por ende, no podría huír del fantasma de su esposo.