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Camino de Vida — capítulo 8

Cap 8

No es sólo tu vida

La pequeña escuchaba el corazón del muchacho palpitar en su oído, ese que se mantenía pegado al pecho de Cristian; y cada vez que ese motor de vida latía, ella se estremecía.

-Cris…

-¿Sì?

-No le digas a nadie lo que acaba de pasar.

-¿Te arrepientes?

-Yo…- Ana dudó por unos minutos- Cris soy una niña, no te deberías enamorar de alguien como yo; además los chicos de tu edad les gustan maduras- agregó separándose del chico.

-Me encanta esta niña- comentó Cristian mirándola a los ojos.

-Simplemente no les digas nada- reclamó Ana dirigiéndose a su cuarto.

Cuando abrió la puerta, tres pares de ojos cayeron sobre ella.

-¿Cómo estás?- preguntó Belén, que se encontraba de pie al lado de su cama.

-Bien. El simpático de tu amiguito y yo solucionamos las cosas.

-¿Y dónde está él?- preguntó Roberto.

Ana volteó y notó que Cristian no había subido; sintió su corazón contraerse.

Ella no lo quería lastimar, sabía que desde niña admiraba a Cristian y sentía algo por él que no podía reconocer. Si era amor, estaba segura que se convertía, cada vez más en una copia de Belén; tenía miedo de amar.

Se quedó mirando las gradas, esperando que el chico subiera y sonriera como siempre, como si nada hubiera pasado; pero nada ocurrió.

-Gente… mi madre me acaba de pedir que le lleve unas pastillas- la voz de Cristian desde la sala se hizo notar- Belén me alegra que estés bien, nos vemos luego… y Rob recuerda el partido del sábado.

-Gracias por venir- gritó Belén desde la puerta observando a su hermana de manera inquisitiva.

El sol brillaba con esplendor en lo alto de la bóveda celeste; el vapor que subía causa de la lluvia de los días anteriores, provocaba bochorno en todos.

Belén se abanicaba con el delgado cuaderno; con el que tenía que justificar sus ausencias, recostada al marco de la puerta de la subdirección. Llevaba una canción en su mente y la tarareaba en voz baja mientras esperaba ser atendida.

Una mujer joven y con una sonrisa en el rostro la invitó a pasar; la chica rodó los ojos, sabiendo que eso no era más que una careta para la verdadera mujer que era. Se sentó frente a aquella y volviórodar los ojos cuando un hombre panzón y con mucho vello llamó a su colega, para que fuera a revisar unos papeles.

Recostó su rostro al frío vidrio que cubría la mesa y sin querer sus ojos cayeron en un par de chicos que estaban frente a la ventana de la oficina aquella.

Cristian jugaba con una botella de refresco sentado en una banca; mientras Ana de pie frente a él hablaba frenética y compulsivamente.

-¿Y tu hermana ha dicho algo?- preguntó el chico con la mirada clavada en los ojos de ella.

-No hace falta que lo diga… ¿acaso no apreciaste los abrazos que se daban el otro día? Ellos se necesitan

-Pero son muy tercos para admitirlo, los conoces tanto como yo; y sabes que ese par no se dirá nada.

-¿Qué dijo el médico?- preguntó Camila, la cual Belén no podía ver porque estaba en algún punto lejos de su visión

-Dijo que aún no están seguros de lo que sea… puede ser algo inmunológico o no saben bien; por más exámenes que hacen no sale nada que indique que es cáncer o alguna enfermedad conocida- respondió Ana con la mirada triste y la voz quebrada.

Cristian no pudo evitarlo, y tomó a la chica por la cintura y la abrazó, sabía que Camila se estaría burlando de él en ese momento; pero no le importaba nada, solo esa niña que ahora jugaba con sus cabellos le interesaba.

-¿Entonces vamos a jugar de cupidos?_ preguntó Camila, quien enlugar de estarse burlando de los otros dos tenía la mirada perdida en el vacío.

-Sería un buen reto para mí- argumentó el chico, mirando con nostalgia a Ana quien estaba entregada al vacío de sus pensamientos.

-Bien Belén puede irse, la justificación estará mañana- Belén no había notado cuando la mujer había vuelto a ingresar a la oficina- por cierto ¿le puede llevar el cuaderno a Roberto?- la mujer señalaba un librito igual al que minutos antes Belén había depositado en el escritorio, solo que en la portada decía Roberto Cordero.

-Sí claro… gracias Ale- la chica salió, caminó lentamente hasta que era inevitable que los otros tres la vieran.

-No necesitan hacer nada; ustedes son las mejores personas que existen, y si no ha ocurrido nada es porque él y yo no hemos querido- comentó al llegar al lado de sus amigos.

Los tres chicos se quedaron estupefactos ante la sorpresiva llegada de Belén. Camila se golpeó la frente, ella tenía ese "magnífico don" de hablar de alguien y que esa persona la escuchara.

Sin embargo la morena sabía que por más que su amiga les pidiera; ella al menos no se iba a quedar con los brazos cruzados. Por mucho tiempo había sentido que era una persona muy fría y descabellada; ella misma se llamaba así, pero cuando su padre le dijo que Belén se había puesto mal de nuevo, algo dentro suyo la hizo caer en cuenta de que eso no era cierto.

Por mucho tiempo, Belén había sido la hija de su madrina; pero ese mucho tiempo perduró en su corazón, y la niñita de figura delgada, ojos algo grandes y cabello oscuro; se convirtió en su amiga, su confidente.

Solo que ahora le daba terror afirmar que estaba preocupada por aquella que conocía desde bebé. Lo único que le quedaba era fingir ser la de siempre, aunque esto implicara mentirse a sí y a los demás.

-Sé que se preocupan por mi, pero esta es mi vida no deben…

-No es tu vida- argumentó Camila con una voz seria- Tu vida deja de ser tuya, cuando alguien más la toca; cuando otro llega por casualidad y con el más leve roce provoca que dejes de ser una sola persona para convertirte en una mezcla homogénea de otros.

Los cuatro se quedaron callados y mirándose fijamente.

Sabían que lo recién dicho por Camila era muy cierto; una vida deja de ser propia cuando alguien más, por más diferente a ti que sea llega a tomarte por sorpresa, y en ese momento TU vida deja de pertenecerte, para que de ahora en adelante existan más personas preocupadas por ti y tú por ellas.

Es un ciclo enfermizo y hermoso, al que solo el ermitaño no puede unirse; y debe de sentirse solo de por vida; o pobre e infeliz hombre solo.

El sonido de la campana los sacó de su silencio; un nuevo recreo, mucha gente corriendo por los pasillos; y muchos de ellos parte de tu vida.