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Historia 49479 — capítulo 4

PoV Lyss

Get on a plane now.

"Pasajeros con destino Roma, por favor, dispónganse a facturar sus equipajes. Gracias"

La voz de la chica que anunciaba los aviones que estaban a punto de despegar y lo que deberíamos hacer me desesperaba cada vez más y me ponía de los nervios. Notaba mi corazón inquieto, quizá por el hecho de que iba a coger un avión hacía una ciudad desconocida y que además, no tenía muy buenos presagios sobre lo que iba a ocurrir allí.

Notaba mi garganta seca, y lo atribuí al calor que hacía en ese aeropuerto. Habíamos tenido que ir hasta Seattle, porque Port-Ángeles no hacia viajes a Italia, aunque eso nos permitía menos tiempo con nuestros padres lo cual, algunos encontrábamos alentador. No podíamos decir que no quisiésemos a nuestros padres, sólo que a veces, se ponían tan pesados con el tema de que no hiciésemos tal cosa o tal otra…

Me levanté del banquito de plástico sobre el que estábamos esperando para que anunciasen que podíamos ir a embarcar. Había demasiada cola para facturar y deberíamos ir haciéndonos hueco, pero tenía tanta sed… Un pinchazo insoportable me atravesó la cabeza, y noté la vista borrosa. Intenté respirar acompasadamente, pero ya conocía los síntomas.

-Doug, ahora-murmuré apenas con un hilo de voz.

Él sabía que ese era el código secreto que teníamos entre nosotros para asegurarnos de que, cuando me ocurría, él estaría para sujetarme. Y así lo hizo, me abrazó, para que yo pudiese esconder mi rostro en su cuello, cerrar los ojos y dejarme llevar por ese estúpido dolor de cabeza tal como hice.

La luna reinaba en el cielo oscuro, en una noche templada en una ciudad desconocida para mí, la cual supuse, era Volterra. Había salido enfadada de una taberna, una discoteca, no estaba muy segura de que era eso, pero oír la voz de dos chicos gritarme desde la puerta de aquel local, me hizo suponer que todos estaban demasiado borrachos como para dejar la fiesta y acompañarme al hotel, me extrañaba que Doug tampoco hubiese querido hacerlo.

Caminé por las calles hasta llegar a un cruce, un pequeño callejón que mi sexto sentido, decía que era algo peligroso para esas horas de la noche, y como la calle principal solía estar llena de gente, me pareció la opción más convincente. Caminé por esa calle, hasta notar un sopor insoportable invadiendo mi cuerpo, mis piernas me fallaron o eso intentaron, llegué a tiempo para apoyarme en la pared. Respiré un par de veces, antes de oír unos débiles susurros, pisadas apenas audibles, y entonces sí que me asusté y eché a correr en busca de algún lugar donde llegar.

Y allí estaba yo, con el corazón a punto de salirse de mi pecho, en la plaza principal de aquella ciudad italiana, girando sobre mi propio eje, controlado cada punto de la plaza, para evitar que algo o alguien me sorprendiese y yo no pudiese defenderme, pero noté un viento frío rozando mi nuca suavemente, como un aliento, y mi cuerpo se estremeció antes de girarse y encontrarse con unos ojos rojos como la sangre. Y ese sopor que anteriormente había adormecido mi cuerpo, volvió a actuar. Grité, grité que parase, que me dejase, que desapareciese… Y él…

Jadeé contra el cuello de Douglas, que seguía sujetándome. Ambos sabíamos que si me soltaba, caería al suelo. Mi cuerpo temblaba presa del pánico, y mi corazón golpeaba mis costillas. Apenas podía respirar con normalidad. Mi mejor amigo acarició mi cabello con una de sus manos y besó mi cabeza.

-Será mejor que salgamos fuera a que te de un poco el aire-propuso mientras me sujetaba bien para evitar que yo cayese al suelo y para que él pudiese caminar sujetándome correctamente.-Vamos pequeña.

Me arrastró hasta la puerta del aeropuerto, y me hizo salir del edificio. Me sentó a la fuerza en un pequeño banco de metal de color verde que había junto a las puertas correderas, se quitó la chaqueta de cuero que siempre llevaba y que a mi tanto me gustaba, y la colocó sobre mis hombros, en un intento de calmar mi temblor.

-Explícame cariño, ¿qué ha pasado esta vez?-murmuró agachándose delante de mí y acariciando mi mejilla.-Sabes que puedes contar conmigo, ¿vale?

Asentí levemente y cerré los ojos, mientras agarraba su mano, no me sentía con fuerzas para contar nada, pero por él haría un esfuerzo.

-Estaba en Volterra-comenté mirándole a los ojos.-Era de noche, y todos estabais en una discoteca, yo… No sé, salí de aquel local y decidí que era mejor tomar la calle principal que el callejón para llegar al hotel. Cuando estaba por la calle, oí ruidos extraños, y entonces, eché a correr.

-¿Ruidos extraños? ¿Qué clases de ruidos extraños?-preguntó mirándome.

-Pisadas extrañas, como si realmente no apoyases todo el pie al caminar, como si andases de puntillas, o corrieses casi volando, no sé explicarlo…-murmuré y él me dio permiso para seguir.-Entonces, llegué hasta la plaza, y cuando estaba concentrándome por controlar todos los puntos de aquel lugar, noté un aliento helado en mi nuca, y cuando me giré… Vi unos ojos rojos como la sangre, fijos en mí, y como si un sueño extraño me invadiese… Entonces grité que parase… Y él…

-¿Y él?-Douglas realmente parecía preocupado.

-No lo sé-susurré.-Entonces la visión, sueño, premonición, como quieras llamarlo, se evaporó y desperté del trance por decirlo de algún modo.

Douglas suspiró frustrado y me miró a los ojos. Sus ojos marrones chocolates me inspiraban confianza, confianza que aquellos ojos rojos sangre de mi pesadilla me arrebataban. Era distinto lo que un par de ojos te podían hacer sentir. Los ojos rojos de aquel chico, me hacían sentir protegida y desprotegida al mismo tiempo, me daban miedo y respeto, curiosidad y ganas de huir. En cambio los ojos de Douglas me hacían sentir protegida, me daban confianza, me hacían sentir bien, él era un libro abierto.

-Quizá no deberías ir a Volterra, estoy pensando claramente, que este viaje te está afectando, niña-me miró divertido.

-No estoy loca, Douglas-le miré algo molesta.

-Lo sé, lo sé. Sólo estoy diciendo que, quizá, deberías quedarte aquí, porque si eso se cumple y no sabemos que ocurre al final…-su voz se perdió completamente.

-¿Si no sabemos que ocurre al final…?-quería que continuase, que dijese lo que quería decir.

-Lyss-me miró a los ojos.-No quiero arriesgarme a perderte.

Se me cortó la respiración y le abracé con fuerza. Él siempre había estado en todo, en lo bueno y en lo malo. Era mi mejor amigo, como mi hermano, y si a él le pasara algo, yo me moriría. Por eso le entendía tan bien.

-Vamos dentro-comentó levantándole.- Hemos facturado y deberíamos ir embarcando, allí arriba, hablaremos más tiempo.

Sonreí y asentí. Entramos, y mientras embarcábamos, me dediqué a pensar en el viajecito que íbamos a hacer. En avión desde Seattle hasta Roma, y en Roma cogeríamos un autobús hasta Volterra, y estaríamos en Roma en unas seis, siete horas, y en Volterra, en dos horas más. Me senté al lado de Douglas cuando subimos en el avión. Él se negaba a dejar que me sentase con otra persona, y mucho menos después de haber tenido esa premonición tan extraña.

-Hablemos-dijo después de que despegásemos.- ¿Quieres una coca-cola?

-Sí, por favor-pedí sonriendo.

Él pidió dos coca-colas y una bolsa de cacahuetes que seguramente, compartiéramos en poco tiempo.

-Bien, vamos a establecer una serie de normas para Volterra-dijo después de abrirme la coca-cola.

Le miré extrañada. Mi madre no me ponía normas para Volterra, y ahora, ¿me las iba a poner mi mejor amigo? Había algo raro en todo esto.

-Realmente sólo son dos-me sonrió.-Irás a todos los lugares conmigo, y si a mi no me parece apropiado que vayas a algún sitio, hazme caso-me rogó.-La segunda, no te separes de mi nunca y no vayas a hacer tours por los edificios de la ciudad.

Me parecía raro que sus palabras fuesen casi idénticas a las palabras de su madre. Había algo que la familia de Douglas sabía que no me querían decirlo, y lo cual me parecía algo sospechoso y, realmente, si era algo que tenía que ver con tours y todo eso, no iba demasiado conmigo.

-Está bien-acepté mirándole.-Cumpliré tus normas.

-Realmente, son unas cuantas más-me sonrió.-Cualquier sueño raro que tengas, por favor Lyssander, cuéntamelo, todo. Hasta el más mínimo detalle, quiero saber lo que te atormenta y vamos a ver que podemos hacer con ellos.

-¿A qué te refieres con "ver qué podemos hacer con ellos"?-pregunté curiosa.

-¿Crees que podrías controlar tus acciones en esas visiones? Es decir, si quieres gritar, gritar. Si quieres correr, correr. Si quieres hacer que alguien desaparezca en un momento exacto, o que corra en otra dirección. En definitiva, manejar el futuro de las personas a tu antojo, no sé si me entiendes…-me explicó.

-Sí, te entiendo perfectamente-reconocí.-Nunca lo he intentado, tú sabes que soy de las personas que piensan que el futuro sólo se puede alterar en el presente, pero no sé si en mis visiones del futuro se puede alterar el futuro, porque no sé si eso estaría bien y no sé si funcionaría y yo…

Lo había dicho todo de una sola vez, expulsé todo el aire.

-Lo siento, estoy demasiado nerviosa-me disculpé.

-Está bien, duerme un rato-comentó echándome su chaqueta de cuero a modo de manta para taparme.-Descansa.

Besó mi frente y yo cerré los ojos, dejando que Morfeo me acogiese en un cómodo abrazo que llevaba esperando un buen tiempo.