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Rilato — capítulo 10

010: Juramento.

(Abierto).

Joya, brilla para mí…

Juez, no me condenes a muerte…

Jamás, palabra que no aplica a ti…

Yumegami dio un paso hacia atrás, lo más lento posible, alejándose de una Khaos que lo veía completamente desconcertada.

—¿Qué pasa? —quiso saber ella.

—No deberías…

El joven agitó la cabeza, queriendo así librarse de lo que decía su corazón, que debía estar feliz con lo recién oído. Pero no, contrario a eso, su razón le dictaba marcharse, distanciarse, cumplir con lo que fuera para que ella siguiera viva.

—Quizá no deba, cierto —Khaos, para su asombro, se veía totalmente despreocupada al afirmar eso —Y tal vez en alguna parte del mundo esté algún otro que sea mejor para mí. Pero ahora mismo, ese eres tú.

Estiró los brazos, ofreciéndole las manos, pero Yumegami se limitó a contemplarlas como si no estuvieran realmente allí.

—Anda —Khaos sonrió un poco, solo un poco, moviendo las manos que tenía al frente —No hay problema. Llévame. Porque si no lo haces, te voy a seguir. Me convertiré en tu sombra. No vas a librarte de mí.

—Estando conmigo te pueden matar.

Khaos asintió, demostrando que estaba al tanto de ese detalle.

—Es que… No tengo nada que ofrecerte.

Ella se encogió de hombros, desechando ese inconveniente.

—Si te tengo, yo… No dejaré que… Nadie más te va a tocar.

La chica sonrió como si acabara de dedicarle un halago. Yumegami volvió a sacudir la cabeza, esta vez con frustración.

—Aléjate de mí —ordenó, comenzando a dar media vuelta.

—No —Khaos apuró el paso para colocarse delante de él y tender las manos de nuevo, pero ahora su labio inferior temblaba y los ojos le brillaban —Deja de pensar en otros por una maldita vez —pidió ella.

Y el segundo de dicha de horas antes llenó a Yumegami de tal forma, que obedeció a la petición de Khaos. Le tomó las manos, acariciando sus dedos con delicadeza, para luego llevárselos a la altura del corazón.

—¿Cómo dijiste que se llama esto? —preguntó, cerrando los ojos.

—Bueno, puede… puede ser amor. Quiero creer que es amor, aunque la forma en que empezó es de lo más curiosa. ¿Has oído de eso?

Yumegami asintió y acercó las manos de Khaos a sus labios, dándoles un beso. Era la cosa más tierna que la joven había visto, ¡y lo estaba viviendo! Sin querer, dejó escapar unas lágrimas y un leve gemido.

—¿Estás bien? —inquirió él, viéndola con aire confundido —Lo siento, ¿hice algo mal?

Khaos negó con la cabeza. Cerró los ojos y se quedó muy quieta cuando Yumegami se inclinó y besó una de sus mejillas, allí donde corrían sus lágrimas, antes de mover la cara y besar su boca lenta, dulcemente, al tiempo que liberaba sus manos para rodear su cintura con los brazos, sin la menor intención de dejarla ir.

A Khaos, por supuesto, aquello no le molestó.

-&-

—Ah… espera…

Estaba contra la puerta, siendo besada y acariciada con intensidad.

¿Cómo es que habían acabado así? Khaos no lo sabía. Supuso que algo influyó el que Viola los dejara ir en cuanto regresaron del hospital, o que Alí hubiera llegado furibundo, alegando quién sabe qué de un incendio y asegurándole a Yumegami que lo resolvería lo más pronto posible. La muchacha se enteró de los detalles cuando Yumegami confesó, sin pizca de emoción, que ya no tenía casa.

Para eso le había llamado Stoker: según él, quería saber cómo estaba después de lo de Stratus y se había encontrado con un inmueble humeante. Tan nervioso se puso que no se acordó de usar su habilidad para rastrear vida entre el fuego y prefirió llamar a Yumegami. Incluso le ofreció un cuarto en su casa, pero el estoico muchacho se había negado. Así que al instante, Khaos había dicho que ella lo hospedaría.

Lo que no esperaba era que él quisiera…

—¿Sabes lo que me estás pidiendo? —soltó ella por lo bajo al llegar a la puerta del departamento, escandalizada.

El muchacho asintió una sola vez, con la vista fija en la puerta.

—Siempre he querido dormir contigo —confesó sin titubear.

—¿Dormir? —Khaos debía asegurarse de las intenciones que él tenía.

—Sí. Y todo lo demás.

La chica se puso colorada casi de inmediato.

—Eso es… Bueno, es que… Yo nunca…

—Yo tampoco.

Eso no la ayudaba a serenarse. Sentía que se quedaba sin aire.

—¿Tú tampoco qué?

—Ibas a decir que nunca has hecho eso, ¿cierto? Dormir con un chico.

Khaos asintió, muda de la impresión. Si alguien, meses atrás, le hubiera dicho que mantendría esa conversación con Yumegami, lo habría tachado de loco y con gusto le habría quitado un par de horas de vida. Pero de pronto, lo único que ocupaba su mente era una pregunta.

¿Ella quería pasar la noche con él?

—Yo… ¿y si intentas dormir hoy y… y otra noche quizá…?

—De acuerdo.

La facilidad con que accedió Yumegami hizo que Khaos dudara por un instante, pero enseguida sonrió. Abrió, lo invitó a pasar y cuando cerró tras ambos, él la arrinconó contra la puerta.

—¡Yumegami! Creí que…

No había podido seguir hablando porque él se dedicó a besarla. Con dulzura, pero a la vez como si quisiera devorarla. Eso sí era quedarse literalmente sin aliento. Con un hilo de voz, le pidió que esperara.

—Yo… eso quiero —le musitó Yumegami al oído —Pero…

Bajó un poco el rostro y dio un fugaz beso al cuello de Khaos.

Ella se estremeció por lo inesperado de la acción y apoyó las manos en su pecho. Respiraba con dificultad, acalorada y agitada.

—Por favor… -logró musitar.

Yumegami subió una mano hasta su cara, rozó su mejilla y luego le clavó la mirada con firmeza.

—Quiero… —comenzó, deteniéndose un segundo para buscar las palabras correctas —Es algo que… Antes no lo necesitaba, pero… Tú… Te quiero a ti.

Khaos le devolvió la mirada antes de asentir.

—Si… si de verdad quieres… Yo podría…

—Esperaré. Quiero que seas feliz, Áphatos. Es lo que más me importa.

Por esa frase, Khaos se paró sobre las puntas de sus pies y le regaló un beso en la mejilla.

—Nunca creí que lo diría, pero tú… Tú me haces feliz.

—Me alegra saberlo.

Khaos lo envolvió con sus brazos, apoyando la cabeza en un hombro de él, en tanto Yumegami la abrazaba por la cintura mientras acariciaba su cabello. Se quedaron así largo rato, hasta que de manera accidental, al joven se le ocurrió dejar la melena de ella en paz y deslizar los dedos por su fina espalda.

—No… no hagas eso.

—¿Es por…?

—¿También sabes eso? —se espantó ella, irguiéndose de repente.

Yumegami negó en silencio.

—¿Puedo preguntar de qué se trata?

—Lo estás haciendo, ¿no?

Se quedaron callados por un momento, antes que Khaos suspirara y lo tomara de la mano. Yumegami tardó dos segundos en comprender a dónde lo conducía, pero se guardó los comentarios.

El dormitorio de Khaos era de paredes pintadas en un tono azul muy claro, casi blanco. Los únicos muebles eran un armario y una cama cubierta con sábanas grises y una gruesa manta azul. No tenía ventanas.

—Siéntate —pidió ella, jugueteando con sus dedos en forma mecánica. Yumegami la había visto así antes, tanto en sueños como en la realidad, y siempre era porque se ponía nerviosa —Yo… ahora te lo muestro.

—No tienes qué…

El muchacho no siguió hablando. Contempló cómo Khaos le daba la espalda, suspirando, antes de quitarse la blusa con manos temblorosas.

—Áphatos… Eso es…

La espalda de la joven era de piel clara y aspecto suave, cualquier hombre habría querido tocarla. Sin embargo, la estropeaba una cicatriz alargada, rojiza y arrugada, que la cruzaba cual zarpazo de una bestia. Desde debajo del hombro izquierdo hasta cerca de la cintura del lado derecho, la marca tiraba de la piel sana al menor movimiento brusco, irritando su contorno de forma permanente. Otras cicatrices, fantasmas de viejas heridas, eran meras líneas al azar en comparación.

—Ya no duele tanto —aseguró ella, sin voltear a mirar a Yumegami, temerosa de la expresión que éste pudiera tener —Pero… sangró la última vez que… Bueno, me pasa seguido, encontrarme con gente chiflada a la que se le va la mano con los monstruos raros, así que…

Dio un pequeño brinco cuando Yumegami la abrazó por detrás, apoyando la barbilla en su coronilla. Sus manos se deslizaban de arriba abajo por sus costados, delineando su cintura, con un ritmo tranquilo y delicado.

—Nunca nadie te va a volver a lastimar —prometió él en tono grave, conduciendo sus dedos poco a poco hacia la espalda de ella, causándole un escalofrío —Yo… quiero… ¿Puedo quedarme contigo? ¿Siempre?

Khaos asintió, mordiéndose el labio inferior para no dejar escapar ningún sonido y centrándose únicamente en los dedos que delineaban su cicatriz con tanto cuidado que sentía como si la tocaran plumas.

Pero cuando recibió un beso en su hombro desnudo, no aguantó más.

—Kuu…

El nombre le salió sin pensarlo, en un susurro cargado de anhelo, justo al ladear la cabeza de manera instintiva, dejando parte del cuello al descubierto. Khaos estaba perdida en esas sensaciones y no se percató del largo instante en que Yumegami dejó de tocarla, quedándose inmóvil, asimilando lo que había sucedido.

—Kuu…

Al escuchar su nombre de nuevo, pronunciado de esa forma, Yumegami dejó de pensar con coherencia. Desde que contempló a Khaos por primera vez en uno de sus sueños, se dijo que siempre haría lo que ella le pidiera. Y ahora, con la versión real frente a sí, llamándolo como si lo necesitara con desesperación, no iba a decepcionarla.

—¿Esto está bien para ti? —le preguntó en un murmullo.

—Si eres tú, sí.

Eso era todo lo que él quería saber. Tomándola por los hombros, le dio media vuelta poco a poco y la besó con profundidad. Sus manos pronto viajaron por los brazos de ella, por su cintura, llegaron a su espalda y sintió aquella huella del pasado que la hacía sufrir físicamente. La volvió a recorrer con una suavidad increíble, notando los temblores que asaltaban a la joven, por lo que temió estar haciéndole daño hasta que de sus delgados labios salió una mezcla fascinante entre suspiro y gemido.

—¿Estás bien? —inquirió por lo bajo.

Khaos le respondió apoyando la frente en su pecho, liberando una risa baja, carente de sarcasmo.

—¿Tienes idea de lo que estás haciendo?

—No. Pero sé que quiero que sea contigo.

Khaos rió de nuevo, un poco más alto, antes de conducir a Yumegami a la cama, donde hizo que se sentaran juntos. Lo observó detenidamente, tratando de descifrar por qué ese chico para haberse ganado su afecto, si es que antes no lo quería cerca. Quiso creer en lo que él suponía, que sus habilidades se repelían mutuamente y por mero reflejo, ella lo evitaba, ¿pero entonces por qué no sucedía al revés?

—¿Por qué antes no me hablabas? —se le ocurrió preguntar.

—No sabía qué decir.

Tratándose de él, podía creerlo.

—¿Desde cuándo me conoces?

Yumegami hizo una mueca de concentración.

—No lo recuerdo bien. Solo sé que fue… después de que escapé.

—Antes de eso… ¿qué recuerdas?

Yumegami hizo un gesto de vaguedad.

—No te culpo. Yo lo intento cada vez que duermo.

—¿Tienes más de esas pesadillas?

—¿Cómo sabes…? No, no me respondas. ¿Pero por qué…?

—La primera vez que te besé me comí tu sueño de esa noche. Por eso me sorprendió que pudieras dormir.

—¿Y por qué?

Yumegami le posó una mano en la cabeza.

—Supongo que no quería que tuvieras más pesadillas de las normales.

—Tú… ¿has estado en mis…?

—Un par de veces. Me las comí entonces, pero dejé de hacerlo cuando noté que volvían. Además…

El muchacho se inclinó para besar la frente de Khaos, quien se quedó atónita por ese gesto. Era una combinación rara del padre que siempre había querido tener y el hombre del que, inesperadamente…

—Si un sueño vuelve a ti incluso cuando alguien como yo lo elimina, es porque tiene algo qué decir —concluyó.

Khaos parpadeó varias veces con aire confundido, pero se dijo que pensaría en eso después. Ahora no era el momento.

—Inténtalo —pidió, tendiéndole una mano.

Yumegami arqueó una ceja, claramente sin entender.

—Cómete mi noche de sueño.

Él negó con la cabeza y en cambio, estiró las manos y se deshizo de la prenda que le quedaba en la parte superior del cuerpo.

—¿Qué estás haciendo? —la chica chilló, conteniendo el volumen de su voz y cruzando los brazos sobre el pecho.

—Lo siento, quería…

Al verlo desviar la vista, Khaos notó que por primera vez desde que lo conocía, Yumegami se estaba sonrojando. Evitaba por todos los medios mirarla, sus manos las apretaba fuertemente sobre sus rodillas y sus nudillos se estaban poniendo blancos.

—No mires —pidió ella finalmente —No todavía.

Yumegami dio un respingo cuando sintió unos largos dedos en los botones de su camisa, abriéndola poco a poco, hasta sacársela.

—Puedes mirar.

La contempló con asombro. Khaos le había quitado la camisa para ponérsela ella. Y aún más: sus propias prendas las había lanzado al suelo, a los pies de ambos, lo mismo que el resto de su atuendo. Para él, la situación ya no tenía el menor sentido.

—¿De qué se trata, Áphatos?

—Intenta dormir conmigo, ¿sí? Abrázame, bésame, tócame… Hazme lo que quieras. No sé cómo lo hiciste, no sé por qué tienes que ser tú, pero…

—¿Pero?

Khaos tragó en seco y pasó los dedos por el torso de Yumegami, siguiendo una marca rosada y delgada que, según ella, era prueba de cómo había vivido hasta la fecha.

—Nos crearon, ¿de acuerdo? Ya lo acepté, aunque me duela. Y si debo ser "propiedad" de alguien, quiero… quiero ser tuya. ¿Me entiendes, Kuu?

—Eso es lo que yo… ¿Puedo ser…? Quiero estar siempre contigo.

—Ya me lo habías mencionado. ¿Entonces qué, a dormir?

Yumegami asintió.

Se arrebujaron bajo la manta gruesa, uno frente al otro, un poco incómodos porque apenas cabían. Fue hasta entonces que Yumegami notó la temperatura ambiente y que Khaos temblaba un poco.

—Ven —llamó, jalándola con cuidado por la cintura y la cabeza.

Ella se sintió como una niña a quien su padre abrazaba para que pudiera dormir. No le importó la cercanía del muchacho ni que la apretara de más. Ni siquiera se asustó cuando las manos de él, aparentemente, tuvieron un arrebato y le quitaron la camisa.

—¿Kuu?

—Lo siento.

Después de eso, Yumegami no la dejó hablar. Mantuvo su boca ocupada con besos, suspiros y gemidos, a la vez que él mismo apenas podía decir dos palabras seguidas. La recorrió con manos, labios y lengua, incapaz de parar aunque ella se lo hubiera pedido, y cuando su propio cuerpo quiso sentir más, Khaos pareció leer su mente y después de desvestirlo, lo imitó hasta el último detalle.

—Kuu…

¿Dijo el nombre en una exhalación o lo gimió? Khaos no tenía idea. Solo esperaba no haber gritado por la exquisita sacudida que la invadió de pronto, al estar unida de esa manera a una persona que meses atrás, nunca habría querido cerca por voluntad propia. Un par de lágrimas se deslizaron por sus mejillas, las cuales fueron besadas enseguida.

—Khaos, lo siento. No quise…

—Otra… vez…

—¿Qué?

—Mi nombre… Dilo… otra vez… Kuu…

Él tardó en cumplir su petición. No quería moverse cuando, por lo visto, había hecho exactamente lo que siempre evitaba.

—Khaos —susurró en su oído, abrazándola tan fuerte contra sí que no había espacio entre ambos.

—Kuu…

Por largo rato, eran lo único que salía de sus bocas. Se llamaban sin cesar, no queriendo que todo acabara, pero tampoco se sintieron mal cuando eso ocurrió. Se quedaron abrazados, cada uno con sus pensamientos.

Ella no creía en su buena suerte y sonreía al quedarse dormida.

Él no creía que su buena suerte duraría y veló el sueño de su chica.

-&-

Esa luz no era normal. Tampoco ese calor era difícil de olvidar.

Cinco segundos después, Khaos reaccionó y supo que estaba soñando.

No quería ver eso esa noche. Ella se sentía feliz, ¿por qué ahora?

Miró a su alrededor. Algo era distinto, pero no lograba adivinar qué. La pesadilla era como siempre, e incluso ya estaba llenándose de pánico, pero pronto sintió algo en su mano. Alguien la sujetaba.

Ya sin miedo, giró la cabeza. Distinguió los ojos claros y el cabello oscuro de la persona que, en la realidad, estaba a su lado.

—¿Te dormiste también? —le preguntó, curiosa.

La persona negó con la cabeza.

—¿Por qué estás aquí?

Por toda respuesta, su acompañante señaló con su mano libre un rincón del espacio inundado de naranja y temperatura asfixiante.

Allí, una figurita estaba acuclillada, hecha un ovillo, cubriéndose la cabeza llena de lacio cabello gris claro.

—¿Esa… soy yo? ¿Pero cómo…?

—Estás conmigo. Lo ves todo como lo veo yo.

La respuesta del visitante calmó un poco a Khaos, quien con esa libertad inesperada, examinó mejor el lugar.

Sus recuerdos de esa noche eran confusos, así que quería saber qué le mostraba su mente. Normalmente ella estaba en el lugar de la chiquilla escuálida y asustada que no quería morir calcinada, pero allí surgió una cuestión interesante. ¿Para qué quemar el sitio con ella adentro, si según lo que sabía ahora, ella podía considerarse un Éxito? De repente, vio un par de figuras muy alejadas de su imagen infantil, corriendo en el pasillo afuera de esa habitación. Las dos figuras vestían batas blancas donde a duras penas se veía el emblema del CIIG, pero mientras una ya estaba fuera del cuarto, la otra daba un paso adentro cada que las llamas le hacían un hueco.

Un segundo, ¿las llamas le permitían avanzar?

—¡Déjalo ya! —soltó la figura que estaba afuera, con voz masculina y enfadada —Tenemos que largarnos, están por llegar.

—¿Y la niña? —dijo la otra persona, también un hombre, pero un poco menos molesto y más preocupado —¿Por qué me dijiste…? ¡También querías que matara a la niña!

—¿Cuál niña? Es un Fracaso, ¿para qué lo querríamos? ¡Vámonos ya!

El otro hizo caso omiso y siguió adentrándose en la habitación. El otro, soltando un bufido de exasperación, desapareció por el pasillo.

—¡Aglaia! —llamó el que se había quedado, pero no se le oía por el rugir del fuego —¡Aglaia!

—¿Eres tú, no? —indagó la persona que iba con Khaos.

—Sí, soy yo. Pero no recuerdo quién…

Unos ojos grises, que buscaban algo sin cesar en aquel escenario, la dejaron muda por un momento.

—Esos ojos… Los he visto…

El sujeto, a la luz de las llamas, mostraba una mata de cabello rojo y una piel bronceada, moviéndose por donde podía. Tuvo que parar cuando un pedazo de techo cayó frente a él, junto con un montón de escombros, bloqueándole el paso a dos metros de la niñita de cabello gris.

—¡Aglaia! —llamó una última vez, desesperado, antes de ir dando pasos hacia atrás, haciendo muecas —Vive, Aglaia —musitó, para luego dar media vuelta casi contra su voluntad y dejar ese lugar.

La niña, a quien el pedazo de techo le abrió una fea herida en la espalda, sangraba abundantemente, pero no gritaba. Quizá, de haberlo hecho, el hombre que se había ido la hubiera encontrado, pero ella estaba acostumbrada a contener sus quejas desde hacía mucho, para que no la golpearan ni le clavaran agujas con líquidos de colores que la hacían sentir mal. La vista se le puso borrosa y finalmente, se desmayó.

—¿Cómo salí? —se preguntó Khaos en un susurro angustiado.

—Déjalo por hoy.

—¿Por qué? Kuu, tú me ayudaste a ver esto…

La queja no llegó a completarla. Kuu Yumegami veía la imagen infantil y sangrante de Khaos con una expresión extraña en la cara, mezcla de furia y tristeza, e inclusive su mano libre se estiraba hacia ella de forma aparentemente inconsciente.

—Sácame de aquí, Kuu. Por favor.

Eso resultó extrañamente sencillo. Khaos se encontró segundos después arrugando los párpados, para luego abrirlos y ver, con cierto alivio, que estaba en su cuarto. Aunque en realidad no distinguía mucho porque Yumegami la tenía sujeta con fuerza.

—¿Kuu?

—¿Estás bien?

Ella asintió en silencio.

—Lo siento —musitó la chica, estirando los brazos con lentitud para abrazarlo a él —No quería soñar eso hoy. No quería…

—No es tu culpa.

Khaos lo sabía, pero aún así se sentía mal.

—Hubiera querido estar allí —musitó Yumegami —Para poderte salvar.

—Olvídalo. Suficiente es que lo viviera yo.

Yumegami no respondió a eso. Se limitó a deslizar una mano por su cabello, con semblante abstraído, para luego abrazarla un poco más.

—¿Kuu? ¿Qué pasa? Estás temblando, ¿tienes frío?

—Yo… al escaparme… Yo maté gente, Khaos.

Ella se quedó helada ante la repentina confesión.

—¿Por qué? —quiso saber, esperando no sonar asustada.

—No sabía que tenía tanta fuerza y… No fue a propósito. Peleaba con esas personas, las noqueaba… Ya afuera, al buscarlas en los sueños para disculparme… Las personas solo dejan de crear sueños estando muertas.

Khaos acarició sus cabellos con mimo, deseando que fuera suficiente para reconfortarlo, aunque en realidad se sentía una inútil. El muchacho apenas la dejaba moverse por lo apretado de su abrazo, pero luego lo aflojó para mirarla a la cara un segundo.

Enseguida, la besó con tacto, como si contuviera algo.

—Khaos… quiero… ¿puedo…?

—Sí, Kuu. Hazme lo que quieras.

Él desvió la vista, avergonzado.

—No te preocupes. Tú no me lastimas, Kuu. Tú me haces feliz.

Observó el rostro de ella, buscando signos de que le estuviera mintiendo. Lo único que encontró fue una sonrisa cansada, pero franca.

—Soy tuya, ¿recuerdas? —le musitó Khaos.

—Eso significa… ¿Puedo ser tuyo también?

Ella asintió antes de acurrucarse junto a él.

—Siempre, Kuu. Si eres mío, te protegeré. Lo juro.

—Yo también.

Solo después de amarse por segunda vez, Yumegami pudo dormir.

-&-

—¿Quién eres tú?

Yumegami meneó la cabeza con resignación. Era mucho pedir que soñara algo propio. Sin embargo, no se sentía tan mal como otras veces, porque aunque no la viera, sentía a Khaos junto a él, tomándole la mano.

—¡Responde! Sé que hay alguien aquí.

—Buenas noches.

La persona que gritaba, un hombre alto y fornido de cabello rojizo, lo miró con desdén, casi con petulancia. Vestía un atuendo que Yumegami recordaba haber visto en los libros de Historia, en las ilustraciones del siglo XVIII, la época antes de la firma del TRAPIR.

Y sin embargo, no era la misma moda. En primer lugar, porque el pantalón largo y la chaqueta eran de un color morado oscuro bastante inusual. En esas piezas de ropa y en la camisa blanca relucían botones dorados, que hacían juego con el bordado de la corbata, que formaba lo que a simple vista eran asteriscos de seis puntas. Y para terminar, el hombre fulminaba con sus ojos verdosos a Yumegami, quien jamás era visto cuando iba por los sueños ajenos a menos que él lo quisiera.

—¿Buenas noches? No sé qué tienen de buenas —espetó el hombre, sin quitarle la vista de encima a Yumegami, alzando un poco la diestra, donde portaba una varita de madera —¿Quién eres y qué quieres?

—Me llamo Kuu Yumegami, señor. No quiero nada, vine aquí por error.

—¿Por error? No me hagas reír. ¿No eres uno de ellos?

—¿A quiénes se refiere?

El hombre seguía escudriñándolo con la mirada, hasta que decidió que no era peligroso y bajó la varita de madera.

—Hace tiempo, unos tipos vinieron aquí y me dejaron a alguien. Debía cuidarlo con mi vida de ser necesario, porque lo estaban siguiendo. Cuando creí que no había problema, me hicieron firmar un contrato y noté un hechizo en él que no pude quitar. Así me ataron. O eso creen ellos. Justo cuando firmaba cambié el hechizo. No se me ocurrió mejor plan.

—¿Exactamente qué cambió?

—Ellos dijeron que cumpliría con mi parte cuando vinieran por el chico, pero hice que fuera cuando alguien como el chico viniera por él.

—¿Por qué "alguien como el chico"?

El hombre hizo una mueca de fastidio. De repente parecía arrepentido de confiar en un perfecto extraño que se había colado a sus sueños.

—No nació como la gente normal. A él… A él lo crearon de la nada.

—¿Lo llamaron "Proyecto", de pura casualidad?

El otro asintió, levantando su varita otra vez.

—¿Cómo lo supiste?

—Porque ya sé qué hago aquí. Yo también soy un Proyecto. Dígame dónde está el chico e iré por él.

—¿Y cómo sé que puedo confiar en ti?

—No lo sabe. Deberá averiguarlo sobre la marcha.

A regañadientes, el hombre le dio la información, pero Yumegami se quedó un tanto confundido con ciertos nombres.

—¿A qué distancia está de Mexitlán? —inquirió finalmente.

—¿Mexitlán? ¿Eso qué es?

Entonces Yumegami supo que el asunto era más grave de lo previsto.

—No se preocupe, iré por el chico. Por cierto, ¿cómo se llama usted?

—Dominique Lumière.

Al segundo siguiente, el sueño terminó y Yumegami se halló acostado boca arriba, con los dedos de la mano izquierda entrelazados a los de la diestra de Khaos, quien seguía profundamente dormida. Eso le evitó tener que dar explicaciones y mentalmente, le dio la razón a Viola en que había mucho trabajo qué hacer.

¿Cómo se suponía que iría por uno de los suyos a un sitio que no estaba en ningún mapa de la Tierra que él conocía?

Si mal no recordaba, en ningún punto del globo terráqueo había un lugar llamado Bonmagiq.