← Rilato · de
Rilato — capítulo 9
009: Ilusión.
(Abierto)
Imagina, así podrás crear…
Inventa, así podrás ayudar…
Ignora, así podrás dañar…
—Me parece que no.
La intromisión de otro individuo en ese escenario casi destroza los nervios de Khaos. Más cuando se dio cuenta de quién era.
—Lamento la demora, pero a diferencia de Kuu, yo no gozo de buena prensa entre los profesores.
—Será porque te la pasas fumando donde no debes, con el riesgo de provocar un incendio —indicó Yumegami, sin alterarse demasiado por el giro de los acontecimientos —Te esperaba hace tres minutos, Beltane.
Khaos arrugó el ceño. Stoker debía ser el apellido de su compañero de facultad. ¿Desde cuándo Yumegami lo llamaba por su nombre de pila?
—Díselo a Lara, quería que me quedara en la sala de proyección. ¡Bah! De todas formas, esa película ya la vi. Ahora, ¿en qué estábamos?
El recién llegado les echó un rápido vistazo a los desconocidos. Lanzó un silbido de asombro con Arcadia y acto seguido se puso tan serio que Khaos pensó que la compañía de Yumegami lo estaba influenciando.
—¿Quién se supone que eres tú? —espetó Cumulus, por primera vez dando muestras de impaciencia.
—Sí, me temía que quisieras saber eso. Lo que debes preguntarte es ¿por qué esto se complicó? Oh, mi estimado engendro, eso nunca lo sabrás.
Y con desenfado, Stoker creó una esfera de fuego con la que jugueteó un poco, cual pelota de tenis o béisbol, antes de lanzársela a Cumulus.
El fuego no dio en el blanco porque el objetivo se torció hacia la izquierda y enseguida echó una mirada furibunda a Stoker, quien sin tapujos, estaba jugando con otra bola de fuego entre las manos.
—Letheo… —soltó Cumulus de mala gana.
El tipo de ropas oscuras se acercó unos pasos a Stoker, pero éste le lanzó su bola de fuego sin dudarlo, la cual fue esquivada con facilidad. Luego, Stoker se llevó una mano a la cabeza, con una mueca de dolor.
—Vaya mentecilla la tuya, mechero con patas —se burló Letheo, con un gesto de perversa alegría —No pude comer más que porquerías —informó a Cumulus de mal talante —Lo único útil fue su nombre. Beltane Stoker.
Cumulus pareció meditar con cuidado esos datos, porque finalmente decidió que había tenido suficiente por un día. Les hizo una señal a sus dos cómplices, quienes de mala gana, lo siguieron fuera del edificio. Los vieron perderse en uno de los tantos caminos de lozas de piedra que cruzaban los jardines, yendo rumbo a la salida oriente de la universidad.
—Estupendo, media hora qué matar —dijo Stoker con desfachatez, antes de acercarse a Yumegami y a Khaos —¿Todo bien? —inquirió, más serio.
—Yo sí. ¿Áphatos?
Ella asintió lentamente con la cabeza, pues aún le dolía la sien.
—¿Qué rayos era el tal Letheo? —se quejó Stoker, frotándose la nuca —Sentí como si alguien me pegara en la cabeza con un martillo para quebrarla y hurgar en ella.
—Es un psicófago.
—¿Estás bromeando, Kuu? —Khaos no sabía qué era eso, pero Stoker sí, por lo visto —De haber querido, me habría dejado comatoso. ¿Por qué no me lo dijiste antes?
Yumegami se encogió de hombros.
—Eres exasperante —soltó Stoker por lo bajo, antes de mirar a Khaos —¿Quiso comerte también, Áphatos?
—Lo intentó. Viola-sama ejecuta un hechizo que protege a quienes firman contratos en el Albedrío. Es uno de los tantos seguros que tiene para que ambas partes cumplan con lo suyo.
—¿Era en serio? ¿Conocen a la señora de Arafat?
—Sí. Y no se alegrará de ver a quien casi le quema la puerta.
—Hombre, sentí hechizos en esa casa vieja, así que quise probarlos. Pero ya que vas a presentarnos, háblale bien de mí.
Yumegami arqueó una ceja, incrédulo. Khaos, en tanto, se frotó la sien derecha, tratando en vano de aliviar la molestia.
—Necesito una aspirina —musitó, casi por costumbre.
—O un buen médico —apuntó Stoker, queriendo hacerse el gracioso.
—Beltane, no quiero darte un puñetazo.
Stoker alzó las manos en actitud de rendición.
—Me adelanto, buscaré el libro de Fisonomía que nos recomendó Tyron.
Antes que pudieran decirle algo en contra, Stoker les dio la espalda a los dos jóvenes y caminó hacia la entrada de la biblioteca.
—¿Cómo sabías que Stoker llegaría?
—Sueños.
Khaos no supo ni por qué se había molestado en preguntar.
—Beltane ha desarrollado la fastidiosa costumbre de acompañarme a casi todas partes. Y para colmo, se siente con derecho a sermonearme.
—Tiene algo de bueno, por lo que veo.
La mueca de Yumegami, similar a la de un niño al que han castigado por una travesura, hizo que Khaos riera por lo bajo. Solo unos segundos, porque el dolor en la sien no se iba y la mareaba más de lo que ya estaba antes que todo aquello sucediera.
Como si supiera exactamente qué ocurría, Yumegami sacudió la cabeza y se la llevó al exterior, a una banca metálica a la orilla de un pasillo de cemento cubierto por árboles a derecha e izquierda. Por lo general, las parejas ibas a sentarse allí y admiraban el techo verdoso del lugar, por el que se filtraban varios destellos de luz solar durante el día.
—¿Qué pasa? —quiso saber Khaos, tomando asiento a regañadientes.
Yumegami no contestó. Se limitó a tomar asiento a su derecha, con las manos en los bolsillos y reclinándose lo suficiente como para fijar los ojos en las altas copas de los árboles, en ese momento sin muchas hojas. Era una de las razones para no hallar gente por allí a esa hora, porque ese camino en particular perdía parte de su atractivo en esa época del año. Aún así, era curioso el ramaje que a través del tiempo, se había entrelazado y formaba un curioso túnel.
—Yumegami, si no me lo dices bien, no lo…
—Áphatos, ¿podrías decirle de mi parte a Viola-sama que tal vez ya no pueda ir a trabajar?
Ella negó con la cabeza, mostrando terquedad en sus rasgos.
—No hablarás en serio, ¿cierto?
—En realidad, sí. Ahora que Stratus me vio la cara…
—¿Cómo sabes su…? Olvídalo —Khaos tuvo el tino de no aclarar algo prácticamente evidente, para mejor concentrarse en otra cosa —¿Crees que Viola va a permitir eso?
—Iré en cuanto pueda a renegociar nuestro contrato.
—¡Ese no es el punto! ¿En serio pensabas entregarte a ese tipo? ¿Qué dijiste que era, por cierto?
—¿Quién, Stratus? Es un meteorogénito, un monstruo antropomorfo que, en teoría, puede manejar el clima a su antojo. Es el resultado de combinar un poco de los eogénitos y otro poco de los acuogénitos.
—¿A él… a él también…?
—A Stratus también lo crearon, sí. Lo mismo que a Aristotel.
—¿El… "psicófago"?
Yumegami asintió.
—¿Y la otra tipa? Arcadia, se llamaba…
—¿Noctelumen? Es una simple licántropa. De una familia problemática, si quieres mi opinión y la de Verne-sama. Uno de sus parientes debe estar metido hasta el cuello en el asunto de los Proyectos.
—¿No lo sabes?
Yumegami negó esta vez con la cabeza. Dejó que sus blanquecinos ojos recorrieran las ramas semidesnudas, el cielo de un pálido y deslucido tono azul, hasta que inclinó la cabeza.
—Eh… Yumegami…
—¿Sí?
Khaos no sabía ni qué decirle. Por un instante, no había sentido por él ni pizca de la instintiva repulsa que la orillaba a apartarse de su lado. Por ese breve momento, lo contempló como a cualquier otra persona. Y no le gustó lo que notó.
El perfil de alguien resignado a algo desagradable e inevitable.
—¿Puedo… hacer algo por ti?
Él se sorprendió y Khaos lo comprobó cuando le clavó la mirada de forma interrogante. Al mismo tiempo, sacó las manos de los bolsillos sin darse cuenta, dirigiéndolas a ella, pero no llegó a tocarla.
—¿A qué viene eso? —quiso saber, con voz neutra.
Khaos torció ligeramente la boca, contrariada. Ya había hablado, ahora tenía que decirle algo convincente.
—No sé —respondió finalmente, con cautela.
—Ya te lo dije, Áphatos. Si no quieres ser agradable conmigo, no lo seas. En cuanto a hacer algo por mí…
El muchacho se detuvo, aparentemente comprendiendo la contradicción en la que estaba cayendo. A Khaos, sin embargo, no le importó lo que él estaba demostrando con esas palabras, aunque fuera de manera enigmática.
—Puedo intentarlo —indicó ella lentamente —Hacer algo por ti.
—No.
La voz del muchacho sonaba dura, crítica. Sin embargo, Khaos juraría que no era por nada en contra de ella.
—Tarde o temprano voy a aceptarlo —indicó él, regresando su vista a las ramas encima de su cabeza —Fui creado para algo que no está en el mundo normal. No sé ni siquiera por qué quise escaparme. Quizá…
—¡Deja de decir tonterías!
Al principio, Yumegami no se enteró de qué sucedía. Sintió una opresión física, seguida de un ligero aumento de temperatura y su vista parcialmente cubierta por hebras brillantes, lacias y de un tono gris muy claro. Su cuello era levemente rozado por un tejido acolchado y cierto peso lo inclinaba hacia atrás. Lo curioso era la reacción que tenía de modo involuntario, con sus brazos extendiéndose poco a poco, con miedo.
—Idiota… —oyó el muchacho en uno de sus oídos, con un soplo que le erizó la piel —Idiota, idiota, idiota…
—Áphatos…
—Sí, soy idiota, ¿algún problema?
Yumegami se tensó. Había creído que el insulto era para él.
Quédate conmigo.
Su mente le jugaba malas pasadas, recordándole lo que deseaba pero que no podía tener. Que Khaos no lo insultara ahora no significaba que no acabaría haciéndolo. Pensaba entregarse por estar cansado de esconderse, de vagar, de poner a otros en riesgo… Y sobre todo, porque no soportaba ni por un segundo la idea de que alguien a quien apreciaba cayera en manos de quienes lo crearon para matarlo en vida.
—Quédate conmigo.
Hasta que no sintió un cosquilleo en su oído, Yumegami no advirtió que Khaos susurraba lo mismo que estaba pensando.
—No —respondió él, renuente.
Soñar, en el sentido de dejar volar la imaginación en torno a un futuro deseado, no era para él. Soñaba, sí, pero con cosas ajenas, raras, imposibles… En fin, con lo que jamás le sería accesible. Antes hallaba alegría y consuelo en los sueños donde las personas tenían una vida tranquila, con familia y amigos, pero pronto dejó de visitarlos.
Nunca estarían a su alcance para sí mismo.
—¿Te cuesta mucho? Estoy aquí.
Sí, ese era el problema. Estar allí, en la realidad, cerca de él, era la muerte. Las personas que le importaron alguna vez podían contarse con los dedos de las manos. Y la mayoría de ellas estaban muertas.
Si de él dependía, las que vivían seguirían así. Aunque él sufriera e incluso muriera en el proceso.
—Áphatos, no entiendo. ¿Qué…?
—No quiero verte muerto.
Yumegami se paralizó ante eso. Tanto por la frase en sí como por lo que podía implicar. Intentó sacudirse el aturdimiento.
—Con algo de suerte, moriré sin que te enteres.
El joven sintió presión a su alrededor, pero como era acompañada por un poco más de calor, no le importó.
—Eres muy listo, Yumegami, así que dime, ¿qué me sucede?
—Debo ser una de las pocas personas que ha dicho abiertamente que le importas —reflexionó él —Habiendo deseado algo semejante por tiempo indefinido, es lógico que te asuste perderlo.
Khaos no logró contener una risita. Increíble que Yumegami se las arreglara para explicar eso con la misma seriedad con la que expondría en clase el más aburrido de los temas.
—Si fuera una persona normal, incluso podría… ¿Cuál es la expresión? Ah, ya, "hacerse ilusiones". Sí, creo que aplica para este momento.
—Pero estoy aquí.
—¿Y?
—¡Yumegami! No voy a dejar que te entregues, ¿entendiste?
El muchacho asintió.
—¿Realmente qué esperas que haga, Áphatos? ¿Que me quede aquí, finja ser normal y tenga una vida? Es complicado en mi situación. No puedo decir quiénes son mi familia porque nunca la tuve. Y si me preguntan mis metas no contesto porque no me veo cumpliendo nada en un futuro.
—¿Nunca… creíste… que me conocerías?
—No. Los escasos sueños que tengo no suelen cumplirse.
—Creo que ya sé qué hacer por ti.
El chico no comprendió hasta que su cuerpo lo alertó de una sensación que nació en su boca, deslizándose por su rostro, su cuello y su pecho, recorriendo cada rincón de su ser con intensidad. Era increíble que algo teóricamente simple causara tal reacción, obligando a sus brazos a, finalmente, estrujar un cuerpo delgado, suave y cálido, como si no quisiera soltarlo jamás.
Por un breve instante, al corresponder al abrazo de Khaos y dejar que ella lo besara, Yumegami quiso creer que él no solamente comía sueños para vivir, sino que también, por un segundo, podía vivir soñando.
Esperaba que ese segundo, lleno de dicha, no matara a nadie.
-&-
Al llegar a trabajar, Khaos y Yumegami no esperaban que Viola los recibiera de brazos cruzados, con voz ligeramente molesta y arqueando una ceja, interrogante e impaciente, sobre sus fríos ojos verdes.
—¿De qué habla, Viola-sama?
—No finjas ignorancia, jovencito. Mis hechizos de protección no son solamente eso. ¿Se puede saber qué estaban haciendo en presencia de uno de los suyos que está del otro lado?
—¿Qué es… eso de… "el otro lado"?
Nadie contestó la pregunta de Khaos. Ni siquiera Yumegami, puesto que estaba ocupado en ladear la cabeza hacia la izquierda pensativamente, antes de encogerse de hombros.
—Típico de ti, Kuu —rezongó Viola con suavidad, antes de negar con la cabeza —Bien, no discutiré por el momento. Hay trabajo qué hacer.
—Viola-sama, sobre eso…
—Ni se te ocurra querer renegociar tu contrato. Saldrías perdiendo.
El muchacho dejó escapar un suspiro por lo bajo.
—Viola-sama, un amigo quiere venir a hacer negocios. ¿Puedo traerlo?
La rubia mujer lo observó de manera penetrante, suspicaz.
—Entre más, mejor —fue todo lo que dijo, antes de dar media vuelta.
Dejó a los dos jóvenes plantados junto a la puerta, sin saber cómo tomarse aquello. Khaos, llevándose una mano a la sien derecha, hizo una mueca. Yumegami la miró con una ceja arqueada.
—¿Segura que no quieres…?
Ella negó con la cabeza.
—No me atenderán en el hospital —afirmó la joven.
—¿Por qué no lo harían?
Khaos le dedicó una mueca que reflejaba su fastidio y algo más.
—Te lo conté, ¿no? La última vez no quisieron, se asustaron cuando leyeron mi CRIU. Y no estoy sangrando, así que no es para tanto.
—La has pasado peor.
Khaos se encogió de hombros, porque Yumegami no estaba haciendo una pregunta. Masajeó con los dedos su sien dolorida.
—¿Cuánto tiempo sentiré esto? —inquirió, sin darle importancia.
—No lo sé. Nunca me había topado con Aristotel en la realidad. Menos había sabido de alguien que saliera bien librado de su… "apetito".
—¿Qué hay con Stoker?
—Aristotel no se comió de él nada más que su nombre. Además, me avisó que iría al hospital.
—¿En serio Stoker y tú son amigos?
Que Yumegami se encogiera de hombros hizo que Khaos sintiera un nudo en el estómago.
—Stoker tiene razón, eres exasperante.
—¡Hola, Kuu! —saludó inesperadamente Himmel, avanzando hacia ellos a saltitos —¡Hola, Khaos! ¿Adivinen qué? Viola dice que Alí cree que ya encontró a Keb, ¿no es fantástico? —la jovencita agitó su cabeza, con lo que sus azulados cabellos revolotearon de un lado a otro —Ya quiero verlo, debe estar muy aburrido sin mí.
—Lo está —aseguró Yumegami, dedicándole una débil sonrisa a Himmel.
—¿Verdad? Ryoko cree que Keb es… ¿cómo dijo? ¡Ah, sí! Un hueso duro de roer. Eso es. Mía me explicó que eso significa que no es fácil hacerle daño. ¿Es cierto?
—Sí.
—¡Kuu, qué bueno eres! Lo vas a buscar por mí, ¿verdad? Prometo que para agradecerte, voy a aprender a cocinar eso que te gusta tanto, ¿cómo se llama? Plan… Clan…
—¿No querrás decir "flan"? —intervino Khaos, curiosa.
—¡Sí, eso! Es algo de comer dulce, ¿no? Con caramelo y hay de varios sabores —ante el asentimiento de Khaos, Himmel se alegró más —¡Gracias, Khaos! Oye, ¿tú sabes cocinar eso?
—¿Qué, el flan? Sí, pero solo lo he hecho una vez y…
—¿Me enseñas, me enseñas? —Himmel tomó de la mano a Khaos, queriendo llevarla a la cocina en ese momento —Por favor. Seguro que eso Kuu sí lo quiere, aunque su cumpleaños ya pasó y todo eso…
Khaos no entendió eso último, pero siendo arrastrada por Himmel, apenas vio que Yumegami desviaba los ojos, apesadumbrado.
—¿Qué es eso de que el cumpleaños de Yumegami ya pasó? —le preguntó a la chiquilla de cabello azul.
—Sí, sí. Fue dos días después de ir de compras, ¿te acuerdas?
Khaos asintió en silencio, entrando en ese momento a la cocina. Como la hora de comer ya había pasado, hallaron algunos trastes esperando ser lavados y ollas a medio vaciar en la estufa.
—Le di a Kuu lo que compraste, pero no lo quiso. Dijo que el dinero no debe gastarse en cosas innecesarias.
Khaos frunció la boca, molesta.
—Pues no vuelvo a comprarle nada —afirmó en voz alta.
—Algo así me dijo Kuu. Que debería hacer que recuperaras tu dinero porque cuesta mucho ganarlo… y otra cosa que ya no recuerdo.
—¿Y dónde dejó lo que le compré, si no lo quiso?
—No se lo llevó. Lo guardé yo. ¿Lo quieres?
Khaos asintió y vio cómo Himmel salía de la cocina como exhalación.
—A ver qué me dice a mí —sentenció la muchacha.
Curiosamente, en ese momento la sien no le punzó.
-&-
Ryoko Akai de Cisneros era una de las mejores obstetras del país. Sin embargo, no se daba aires de grandeza ni usaba su posición para su beneficio. Al menos no de manera frecuente.
—Buenos días, doctora de Cisneros.
Ryoko inclinó la cabeza en señal de reconocimiento y pasó de largo el puesto de enfermería de aquella planta del Primer Hospital General de Hidracalia. Alcanzó a detectar que la joven mujer que la saludó sonreía, en tanto otras enfermeras se ponían a susurrar, importándoles poco que, siendo hematófaga, Ryoko lograba escucharlas con su oído ultra fino.
—¿Qué se cree esa "chupasangre"?
—¡Increíble que la dejaran estudiar Medicina!
—Olvida eso, ¿cómo es que la dejaron graduarse?
—¡Mami, mami!
Unas manitas de pálidos dedos sujetaron la parte baja de la bata de Ryoko, dando tironcitos insistentes.
—Mami, mami, ¿cómo 'tas? —preguntó un chiquillo de cabello cobrizo, cara redonda y rasgados ojos azules, con una gran sonrisa —¿Cómo 'tas?
—Ryoichi, ¿qué haces aquí?
—Tuve que traerlo porque me llamaron, Ryoko, lo siento.
Un hombre moreno, de cabello cobrizo y ojos azules, saludó con una mano en alto. Era alto, de espalda ancha, lucía un traje azul marino y una curiosa corbata roja con un bordado dorado de figuras diminutas que no se distinguían a simple vista.
—No hay problema, Ben, mi turno terminó —Ryoko sonrió discretamente, echando un vistazo al puesto de enfermería que había dejado atrás. Ahora las mujeres que la criticaban le dedicaban miradas asesinas —¿Cómo te portaste hoy, hombrecito?
La mujer se acuclilló para mirar al niño de frente, cosa que debía ser una señal, porque enseguida el pequeño soltó una risa fuerte, pero no irritante, y contestó con su media lengua lo que había hecho en el día.
—¿No te cansas de parlotear, hijo? —quiso saber el hombre de traje azul marino, colocándose una bata blanca —Ryoko —llamó el hombre, ya sin signos de buen humor —Creo que es de tus contratos —aclaró, con un susurro apenas audible para todos, pero no para una hematófaga.
—¿Y eso?
—Lo atiendo desde hace mucho —aclaró el hombre, haciendo señas para que Ryoko, tomando al niño de la mano, lo siguiera —Me lo encontré un día en la calle, solo, malherido y desnutrido. Parecía asustado cada vez que alguien se le acercaba, pero lo curé y confió en mí. Le dije que cada vez que necesitara un doctor, podía venir conmigo.
—¿Nunca llamaste a los servicios sociales?
—El pobre niño no tenía intención de quedarse en un solo lugar. Cada vez que nos veíamos, me contaba cosas de un sitio diferente. Estoy seguro que vivió en un lugar horrible y no quise arriesgarme a que cayera en otro. En fin, hoy trajo a una chica. Ella no quería venir porque jura que no la atenderán y… Bueno, los dos mencionaron a tu amiga la hechicera…
—¿A Viola?
—Exacto. Por eso quiero que me confirmes si los conoces.
Llegaron pronto a uno de los consultorios del hospital, donde una placa en la puerta mostraba nombre y especialidad de su propietario. El hombre de azul marino abrió la puerta y saludó.
—Buenas tardes, Dreamo. ¿Qué me tienes hoy?
Ryoko tardó menos de dos segundos en reconocer y ser reconocida.
—¿"Dreamo"? —soltó, entrecerrando sus transparentes ojos castaños —Sí que tienes imaginación, Kuu. ¿Y qué les pasó ahora a Khaos y a ti?
Los dos recién nombrados, sorprendidos, se encogieron un poco en sus sitios. Ocupaban las dos sillas delante del escritorio y mientras ella parecía nerviosa por algo, él se mostraba impasible.
—Buenas tardes, Ryoko-sama —saludó finalmente Kuu Yumegami, con una inclinación de cabeza —Áphatos está un poco afectada por toparnos con uno de los nuestros.
Ryoko arqueó una ceja, entre preocupada e incrédula, en tanto Ben se quedaba prudentemente al margen.
—Mucho gusto —decidió presentarse con la curiosa muchacha de largo cabello gris claro, que daba la impresión de ser un tanto desvalida con la ropa holgada y desgastada que llevaba —Benjamín Cisneros, a tus órdenes —tendió la diestra —Cirujano en jefe de Traumatología.
—Ah… Khaos Áphatos —la joven no quería parecer grosera, pero no se decidía a darle la mano al doctor. Finalmente, con una mueca, lo hizo, suspirando de alivio al no notar calor alguno —Y realmente no hacía falta que viniéramos, pero Yumegami es un exagerado.
—¿Con cuál de todos se toparon? —inquirió Ryoko de repente.
—¿Le suena el nombre de Cumulus Stratus?
La hematófaga frunció el ceño por menos de tres segundos antes de asentir con expresión más preocupada que antes.
—¿Ese tipo qué no va con un tal… Aristotel?
Yumegami asintió con sequedad.
—¿Quiénes son? —preguntó el niño, señalando a los dos muchachos.
—Son amigos de papá y mamá —señaló enseguida Ben, sonriendo —Lo olvidaba… Nuestro hijo Ryoichi.
El pequeño alzó una de sus manitas para agitarla, ganándose una sonrisa de Khaos y una nueva inclinación de cabeza de Yumegami.
—Papi, ¿'tan malitos? —quiso saber el niño.
—Es lo que vamos a averiguar. Quédate con mamá.
En tanto Ryoko y su hijo se hacían a un lado junto con Yumegami, Ben se encargó de revisar a Khaos, una vez que ella le dijera cuál era el problema. Ben no tardó ni cinco minutos en dar el diagnóstico.
—Ataque psíquico… Se topó con un hechizo de protección, por eso el dolor en la sien. El tipo debía ser bueno, no es común que dejen secuelas físicas prolongadas. Deberás estar bien para mañana.
Khaos asintió silenciosamente, dando la impresión de una niña que descubre que un doctor no es mala persona después de todo. Y por lo que Ryoko sabía, quizá la muchacha se sentía exactamente así.
—Mami, ella es kawaii —susurró Ryoichi con voz entusiasta.
Ryoko le dio la razón con un ademán, notando de reojo que Yumegami arqueaba una ceja antes de mover los labios de forma imperceptible, mostrando un amago de sonrisa, como si pensara lo mismo.
Entonces cayó en la cuenta que Yumegami sabía el idioma de Nihotto.
—¿Así que te llamas Kuu? —comentó Ben tras concluir con el examen a Khaos y obsequiarle un frasco —¿Qué significa, Ryoko?
—Si se escribe como yo me sé, significa "vacío".
Khaos dio un respingo, pero únicamente Ryoko lo notó, ya que el resto de los presentes le daban la espalda a la chica.
—Creo que seguiré llamándote Dreamo, si no te importa —Ben obtuvo un asentimiento de Yumegami por toda respuesta —Por cierto, ¿por qué ya no habías venido? Espero que sea porque te has cuidado más.
Yumegami asintió, lo que causó que Ben mostrara cierta decepción en su rostro. Ryoko tomó nota mental de ello, para preguntar después.
—Perfecto, espero no tener que verlos aquí pronto —Ben sonrió con ganas —Menos quiero saber que llegaste a urgencias de nuevo, Dreamo.
Yumegami se encogió de hombros.
-&-
Al dejar el hospital, Khaos había comenzado a parlotear sobre lo amable que resultó ser el esposo de Ryoko y que su hijo era un encanto. Yumegami asentía de vez en cuando, demostrando así que prestaba atención. Al menos así fue hasta que a Khaos se le ocurrió preguntar de dónde conocía al cirujano.
—Me ayudó poco después de que escapé —contestó el muchacho.
Khaos no insistió en el tema, pero tampoco lo abandonó del todo.
—¿Tú estuviste en urgencias? —quiso saber.
—Un par de veces.
—¿Por qué?
—Por lo mismo que tú, supongo.
A Khaos la incomodó muchísimo que él supiera eso. ¿Es que no había nada que lo que Yumegami no se enterara por medio de los sueños?
De pronto, sonó un timbre de celular bastante anticuado cerca de ellos. Khaos se sorprendió cuando Yumegami sacó un aparato negro que contrastaba con el timbre que se oía, por lo moderno que era. El joven miró la pantalla un par de segundos antes de contestar.
—¿Qué pasa, Beltane? —inquirió, para acto seguido arrugar la frente —Me lo temía —aseguró con cierto pesar —No, Áphatos y yo fuimos a trabajar y pasamos al hospital. ¿Y tú qué hacías allí?
Tras un minuto de silencio, Yumegami arqueó una ceja.
—Eso ni tú te lo crees —espetó en voz baja —Gracias por avisarme. Ya me las arreglaré. No, no pienso ir a tu casa para nada. Nos vemos.
Yumegami cortó la llamada con prisa y se guardó el aparato en un bolsillo. Khaos lo miró con una ceja arqueada.
—¿Qué pasa? —quiso saber.
Yumegami negó con la cabeza y estaba por seguir su camino como si nada cuando Khaos lo tomó de un brazo y le dio un tirón.
—Si no me lo explicas, no te entiendo.
—No hay necesidad de entenderme, Áphatos.
—Creí que… Bueno, que… ¿No estamos…?
Yumegami arqueó una ceja, interrogante.
—Ahora el que no entiende soy yo —reconoció, haciendo una mueca.
Khaos se rió ante eso.
—Debo estar loca —aseguró, antes de dedicarle a su acompañante una sonrisa radiante que por un momento, lo desconcertó —Sí, eso que me hizo el tal Aristotel debió volverme completamente loca. Porque no entiendo cómo es que ahora te puedo querer.