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Rilato — capítulo 8

008: Horda.

(Abierto)

Hiere, si es que te amenazan…

Huye, si no te queda de otra…

Halaga, si con eso alguien se salva…

Ahora que había empezado, Yumegami parecía no poder detener su boca. Era como si de pronto quisiera decir todo lo que durante mucho tiempo se había guardado y Khaos, por algún motivo, creía que sería así.

—Lo he visto cuando ando por los sueños —comenzó Yumegami, con aire reflexivo —Personas con ideas perversas, malévolas… No puedo permanecer mucho en esa clase de sueños, son como comida podrida para mí, pero una vez… Llegué a un sueño que me dio escalofríos. Con solo un segundo allí, supe que tenía que salir. Pero algo me retenía. No supe qué era hasta que aparecieron tubos como en el que encontramos a Himmel. Cientos, miles de tubos, cada uno con una criatura diferente. Y en uno de esos tubos me vi. Ese sueño no era tal, no completamente. Era el recuerdo de una mente enferma, deseosa de desafiar a la naturaleza para conseguir sus propios fines… Y el recuerdo se mezclaba con lo que pensaba hacernos a todos: vendernos como sirvientes, como armas… Como meros objetos que no merecerían respeto pese a tener mente propia y un intento de corazón…

Lo recién dicho hizo que Yumegami contuviera un escalofrío. Quiso creer que era a causa del viento que se colaba por el ventanal roto y no por el miedo que aún lo invadía al acordarse de ese sueño ajeno, que para él era una de sus peores pesadillas.

—Vi a muchos de los nuestros. Algunos eran de especies que, debido a las guerras antes del TRAPIR, estaban extintas. En esa categoría entran Himmel y tú, por ejemplo…

—¿Hubo… otros como yo? —se sorprendió Khaos, quien hasta el momento no había querido intervenir para dejar que Yumegami se explayara.

—Comprenderás que fueron de los primeros monstruos a los que los humanos cazaron. Era aterrador pensar que un ser físicamente parecido a uno llegara, te tocara y te quitara vida. La firma del TRAPIR requirió un representante de cada especie racional existente y como ningún biófago acudió, los nombraron oficialmente extintos.

—¿Eso soy yo? —inquirió Khaos con un hilo de voz —¿Una… "biófaga"?

Yumegami asintió.

—Otros de los nuestros están peor. Tras estudiar los resultados que podrían dar la combinación de los genes, se dio pie a, literalmente, crear nuevas especies con habilidades nunca antes vistas. Seguro jamás habías oído de un Homo Revelio o Revelador, ¿verdad?

—Pues… no.

—Ali-sama entra en esa segunda categoría. Y como él, algunos más. No había muchas especies creadas, era un procedimiento complejo y costoso. Se concentraron en recrear especies, que para científicos del CIIG, debía ser pan comido. Pero el sueño que te describí… Su dueño no tenía límites. Quería que lo vieran como un ser todopoderoso, capaz de desafiar incluso la más elemental ley de las especies, ya sean animales, vegetales, minerales, humanos o monstruos: la ley de la evolución.

—Y… entonces… ¿qué pasó con… el resto de…?

Khaos no podía decir "los nuestros" con la misma facilidad de Yumegami. Ni habiendo aceptado la verdad: que ella era parte de un enorme y enfermo ensayo científico.

—Algunos, como dijo Mía, fueron clasificados como Fracasos, lo que significa que no dieron el resultado deseado o no sobrevivieron. Los Éxitos, como nosotros, eran probados y estudiados, asegurándose que no mostraban fallas aún si las habilidades funcionaban como ellos buscaban. Además, se les entrenaba para que fueran fáciles de manejar.

—¿Eso quiere decir…?

—Sí, los Éxitos eran convertidos en marionetas.

—¿Cómo sabes todo eso?

Yumegami dejó escapar un suspiro.

—Las primeras veces que usaba mis habilidades, no era consciente de ello. Me encontraba rodeado de científicos que aprovechaban los ratos de ocio en echarse siestas. Una capacidad de los hipnófagos es que si no comes el sueño completo, puedes solamente alimentarte de la información periférica; o sea, de los datos revelados en los sueños en forma indirecta. Toda esa información se queda en mi memoria y puedo acceder a ella si es que hace falta.

—¿Y no te has vuelto loco?

Khaos sintió cómo el muchacho se encogía de hombros, ya que aún no reunía el valor para mirarlo de frente.

—La información es una buena arma si sabes cómo usarla.

—¡Esa no es la cuestión! ¿Cómo puedes vivir con cosas en tu cabeza que no son tuyas?

—Sencillo. La información puedo liberarla de mi cabeza, sobre todo con libretas, archivos de computadora, grabadoras y otras cosas que existen hoy en día. Lo difícil son las emociones, pero de eso hablaré en otro momento, si te parece.

—Dije que puedes contarme lo que quieras, así que…

Se quedaron en silencio unos instantes, sin moverse apenas. Khaos sintió de nuevo la mano de él en su cabeza, sintiéndose incómoda, pero ahora también notó que sus mejillas ardían.

Un minuto, ¿se estaba sonrojando?

—Se enteraron de lo que el CIIG estaba haciendo por el secuestro masivo de la universidad, hace unos diez años —recordó Yumegami de pronto, pero Khaos se hallaba extrañamente tranquila y no se sobresaltó —La versión oficial fue que un grupo de monstruos rebeldes pretendían que se hicieran cambios al TRAPIR, al menos a nivel nacional, pero en aquel tiempo yo ya estaba afuera y vi los sueños de las autoridades que se encargaban del caso. Habían secuestrado a todo el Concejo porque sabían que uno de los Proyectos estaba allí, e iban a recuperarlo.

—El Revelador.

Yumegami asintió.

—Ali-sama, desde entonces, quiso encontrar a todos los nuestros. No era una tarea sencilla, menos si quería vivir de manera más o menos normal. Así que él y sus amigos llegaron a la conclusión de que una fachada con sus respectivas profesiones y un negocio como el Albedrío ayudarían. Yo me enteré que el Albedrío existía por…

—Déjame adivinar: lo soñaste.

—Sí. Al principio eran sueños de otras personas, que iban a ese lugar a pedir ayuda y la conseguían. A los sueños de los Alí-sama y los otros no pude entrar hasta que Viola-sama supo quién era yo y levantó un hechizo de protección que había realizado. Ella… es la única hechicera a la que respeto. Cuida de los suyos, ama a Alí-sama y…

El joven tragó en seco, dejando caer los hombros como si de pronto se le hubiera apagado el ánimo.

—¿Qué pasa? —quiso saber Khaos.

Yumegami negó con la cabeza.

—Eso no importa ahora. El asunto es… Áphatos, nos quieren recuperar. Los que iniciaron los Proyectos… ahora nos están cazando.

—¡No somos animales! ¿Cómo se atreven…?

Por la indignación, Khaos fijó sin querer la vista en Yumegami. Tardó dos segundos en percatarse de ello y volver a inclinar la cabeza.

—¿Por qué no nos dejan en paz? —inquirió ella en un murmullo.

—Creo que se sienten con derecho a mandarnos por habernos creado.

—Sí, claro…

—Hay algunos de los nuestros que debido a su entrenamiento, no dudan de esa idea. Si se quisiera liberarlos, no sería sencillo. Por otro lado, los Proyectos libres se han escondido tanto que buscan obligarlos a usar sus habilidades para salvarse y con eso, que se delaten. Les ofrecerán "protección" con tal de que vuelvan a los laboratorios. ¿Retorcido, no?

Khaos asintió un par de veces con la cabeza.

—¿Todo eso… lo supiste… soñando?

—Sí. Estar en los sueños de esas personas tiene el beneficio de anticiparme a sus planes. Te dije que me parezco a los hipnoandantes, que podían vislumbrar muchas cosas, porque pueden visitar sueños presentes y de otros tiempos. Eso incluye los sueños futuros.

—¿Es una broma? ¿Pueden ver el futuro?

—A veces.

—¿Tú puedes ver el futuro?

Yumegami se tensó. Khaos pudo sentirlo en la mano izquierda de él, que todavía sostenía. Luego de una breve lucha interna, se decidió a mirarlo, poco a poco, procurando no mostrarse nerviosa.

El semblante de Yumegami lucía igual que de costumbre, al menos a primera vista. Debido a la convivencia cercana que habían tenido en los últimos días, detectó en su rostro una mueca fantasmal, nerviosa, casi temerosa. Algo parecía asustarlo, pero no era solamente la situación que recién había expuesto ni el hecho de dejar su corazón al descubierto.

—Yumegami…

—Tengo que irme, Áphatos. Si esa cosa vuelve, quizá me siga y…

Al dar un leve tirón para recuperar su mano vendada, Yumegami se sorprendió al ver que Khaos no la soltaba.

—Yo… ¿vas a…? ¿Vas a venir otra vez?

—No.

Khaos le apretó la mano con fuerza, ignorando que ella misma la había curado minutos antes.

—¿Vas a…? No creo que… ¿No quisieras…?

—Áphatos, si no quieres ser agradable conmigo, no lo seas. Déjame ir, podré arreglármelas.

—¿Desde cuándo te están cazando?

La pregunta había surgido a través de aquella larga charla. Algo le decía a Khaos que no quería escuchar la confirmación de lo que suponía, no serviría de nada. Necesitaba saber más de Yumegami porque de repente, ya no era solamente una persona de quien se alejaba en cuanto la veía. ¿De dónde salía esa certeza? Lo ignoraba. Pero enterarse que aún con el trato que le daba, él se preocupaba por ella…

—Desde que me escapé.

Ante la clara confusión de la joven, Yumegami desvió la vista, esta vez dejando ver la incomodidad que le causaba el tema.

—Aprendí casi todo lo que sé de los sueños de la gente, lo que no es muy adecuado. No hubo un Desertor de por medio en mi liberación. Yo tuve que escaparme a la mala de uno de esos laboratorios. Uno de mis pocos sueños propios es…

No pudo continuar porque se le formó un nudo en la garganta. Quiso de nueva cuenta quitar su mano izquierda de las de Khaos y otra vez ella lo retuvo, aunque con más delicadeza que antes.

—¿Sabes por qué Stoker me pone de nervios? —susurró ella.

—No.

—Le tengo miedo. O mejor dicho, le tengo miedo a lo que hace. Lo poco que recuerdo de cuando era niña es… Fuego. Mucho fuego. Todo estaba quemándose a mi alrededor y yo no podía salir de donde estaba. Gritaba y nadie me oía. Después… no supe cómo… estaba en la calle. Tengo una cicatriz de ese día, por eso sé que fue real. Creo que… tuve suerte porque… luego me halló gente buena que me cuidó y…

—¿Por qué me cuentas todo eso?

Khaos retiró la vista. Se mordió el labio inferior, razonando sus siguientes palabras, a la vez que trataba de distinguir qué sentía.

Esa noche se había convertido en un evento digno de recordar. Quiso conocer un poco más a Yumegami, en primer lugar. Le quedaron claras muchas cosas que antes solo podía suponer. Increíblemente, Yumegami habló más de lo normal Y entre todo lo que contó, estaban sus sentimientos por ella. No le quedaba claro a qué se refería, más que nada porque Yumegami describía todo lo referente a sus propias emociones de manera literal, sin darles nombres específicos, lo que quizá se explicaba con el hecho de que nadie le enseñó ese tipo de cosas. ¿Cómo habría conseguido ir a la escuela? ¿Quién le daba dinero para sus gastos? ¿Cómo había sobrevivido hasta ahora en una sociedad que dictaba que lo diferente era extraño?

—Quiero que me entiendas —dijo finalmente, hablando con la voz suave que reservaba para los niños Arafat o a cualquier otro infante —Yo… Lo siento, ¿de acuerdo? Perdona que fuera mala contigo. Es que… Prefiero estar aparte que juntarme con la gente. No quiero lastimar a nadie. Por eso soy un desastre para hacer amigos. Prácticamente no tengo ninguno. De hecho, creo que si dejara de salir a la calle, nadie lo notaría…

—Yo lo haría.

Khaos asintió sin pensarlo.

—¿Y aún así me quieres?

—Ah, ¿es eso?

Ella asintió otra vez, con un poco más de ímpetu que antes, sin poder evitar una punzada en el corazón.

—Hay que trabajar en eso —comentó, queriendo sonreír —Oye, ¿no… pediste alguna vez… que te enseñaran algo de emociones?

—No había nadie a quién pedírselo. No convivía con tantas personas.

—¿Entonces cómo…?

—Sueños.

—Pero cuando no dormías…

Yumegami negó con la cabeza.

—Nunca dije que durmiera como la gente normal —indicó.

—¿Eso qué significa?

—La mayor parte del día estoy despierto. Un hipnófago solo necesita tocar a alguien para comerse sus sueños. De hecho, es raro cuando duermo.

Ahí estaba la explicación a que Yumegami evitara cualquier comida o bebida que le quitara el sueño. Era su intento, vano por lo visto, para ganarse unas horas nocturnas de descanso, como cualquier persona.

—¿No dijiste que también te comes esa cosa biológica que nos hace dormir? —cuando el joven asintió, ella continuó —¿Eso no te ayuda?

—Sí. Pero no como eso si puedo evitarlo. Los sueños se reproducen con cierta facilidad. Las horas de sueño y sus efectos biológicos son difíciles de recuperar.

—¿Has pensado en ser profesor? Dices todo eso y no me cuesta nada prestar atención. Hasta entiendo la mayoría.

Yumegami encogió los hombros con indiferencia.

Un sonido extraño, proveniente de la calle, llamó la atención de los dos. Khaos, lentamente, dejó la mano vendada de Yumegami y se puso de pie, yendo hacia el ventanal roto, corriendo parte de la cortina. Miró la calle, a derecha e izquierda, desconcertada por no ver algo fuera de lo común. A continuación, cerró la cortina de nuevo, dio media vuelta y apenas dio un par de pasos, se paralizó.

—¿Qué sucede? —inquirió Yumegami, parándose también.

Khaos no contestó, sino que volvió a atisbar la calle y luego, con rapidez, observó el cielo.

—No hay nubes —susurró, como si eso lo explicara todo.

El joven se colocó tras ella para mirar también el exterior.

—Ya me lo imaginaba. Siempre es así.

—¿Cuántas veces has visto esa… cosa luminosa?

Yumegami hizo un gesto que indicaba que no lo sabía. Una de dos: no se había tomado la molestia de llevar la cuenta o…

—¿Desde cuándo te están cazando? —repitió Khaos, conteniendo todo lo que podía el repentino agobio que la asaltó.

—Ya te lo dije.

—Lo sé, ¿pero cuándo comenzó?

—No lo recuerdo —la brutal sinceridad de Yumegami hizo que Khaos se quedara estupefacta —Cuando comenzó la investigación al CIIG, yo ya me había escapado. Entonces, tenía unos… siete años afuera. Y la primera vez que vi esa cosa llevaba… dos o tres semanas en la calle.

—Espera, ¿cuántos años tienes?

—No lo sé. La primera fecha que recuerdo la vi en el sueño de un científico, de un periódico que había leído esa misma tarde. La fecha era de hacía… veintidós años, más o menos.

Veintidós años… Si tomaba eso como referencia, Khaos calculó que Yumegami debió ver esa esfera de luz por primera vez al tener unos…

—¿Cinco años? —dejó escapar, atónita —¿Te escapaste a los…?

Agitó la cabeza. ¿Cómo se las arreglaba un niño de cinco años para subsistir en la calle? Mejor no pensar en ello. Las posibles respuestas eran sobrecogedoras. Aún estando acostumbrada a esa clase de situaciones.

—No importa mucho la edad si tu cerebro cuenta con la información elemental. Generalmente es la familia la primera en enseñarte, pero en mi caso no hizo falta.

Algo en su voz delataba que agradecía el hecho de no tener familia. Para Khaos, que siempre quiso una, no tenía sentido. A menos que…

—Cuando te escapaste… —empezó, cauta.

Su buena intención fue inútil al notar que sus ojos ya no se fijaban en ella, apretando las manos en temblorosos puños. Así que en contra de lo que le dictaba el instinto, Khaos siguió por allí.

—Cuando te escapaste… —intentó de nuevo, tímida —¿Qué sucedió? Quizá… no te acuerdes de todo, pero…

—¿De verdad eso importa?

No, en sí no importaba el cómo Yumegami se había librado del sitio donde fue creado, pero a Khaos le interesaba saber. Aún con la leve mueca de dolor que él compuso.

—Lo siento, si no quieres contestar…

Él negó rápidamente con la cabeza.

—Entonces… tú… ¿vas a…? ¿Te irás ahora, no?

—Sí. Y deberías hacer lo mismo.

Khaos lo miró sin comprender.

—Esa cosa me detectó aquí, puede volver en cualquier momento. Si percibe que también eres un Proyecto…

—¿Por qué crees que no me percibió hace un momento?

Yumegami no contestó, sino que definitivamente le dio la espalda, rumbo a la puerta del departamento.

—Nos vemos mañana, Áphatos.

Y salió, dejando a Khaos mucho en qué pensar.

-&-

Conforme los días dieron paso a las semanas y éstas a los meses, la rutina regresó a los días de Khaos. Sn embargo, pensaba que tenía que averiguar más del asunto que, para bien o para mal, era el origen de ella misma. El problema estaba en que no se sentía buena para indagar por su cuenta y un buen día, con el otoño dando paso al invierno, notó que Yumegami ya no estaba tanto con ella como antes.

Fue una tontería: cambiaban de aula para ver una película que según su profesor de Nanotecnología, les ayudaría mucho en el futuro. Iba siguiendo a unas cuantas parlanchinas, procurando no perderse, y lo supo.

Se había acostumbrado a que Yumegami estuviera a su lado.

Lo buscó con los ojos, localizándolo unos metros adelante, junto a Stoker. Hizo una mueca y decidió acercarse a ambos despacio. Alcanzó a oír parte de lo que Stoker decía.

—… Así que lo soltaste, ¿y sigues sin aparecer?

Yumegami asintió a esa frase, lo que causó que Stoker soltara un bufido que Khaos no supo si era de resignación o enfado.

—Mira, por si te interesa, te diré que fuiste idiota, eres idiota y si sigues así, seguirás idiota.

La joven frunció el ceño, pensando que el calificativo de Stoker era un tanto exagerado, pero la respuesta de Yumegami por poco detiene sus pasos, atontándola y provocándole un hueco en el estómago que la mareó.

—De morir yo a morir Áphatos, mejor morir yo.

En menos de un segundo, Khaos avanzó con dificultad, tropezando y empujando gente a la que no distinguía, poniendo distancia entre sus compañeros y ella, para llegar al edificio que albergaba una de las bibliotecas. Allí, ubicó la entrada al baño de mujeres, la atravesó y se encerró en un cubículo. El mareo de segundos antes la obligaba a vomitar.

No se sentía bien. Minutos después, lavándose las manos y fijándose en la imagen que le devolvía el espejo, no la contempló en realidad.

Hacía mucho que su cuerpo no reaccionaba así y se reprendió mentalmente. Lo había prometido hacía mucho, casi jurándolo por su vida, que no volvería a pasarle. Para ella, un malestar tan fuerte sin estar enferma correspondía a un motivo en particular.

La idea de un Yumegami muerto le daba pánico.

Sacudió la cabeza, deseando no pensar en ello, aunque no servía de mucho. El mareo estaba surgiendo de nuevo, con la clara intención de regresarla al cubículo, pero lo controló lo mejor que pudo.

—¿Áphatos?

La voz que la llamaba era la que menos quería oír en ese momento.

—Le dije al maestro Lara que adelantaríamos una tarea, así que nos dio permiso de faltar. ¿Estás bien?

Ella quería asentir, mandar al diablo todo lo que ahora sabía y seguir con su monótona vida. Sin embargo, no podía y ya era hora de que lo fuera aceptando. A paso lento, salió del baño, topándose con el dueño de la voz, al que miró fijamente un largo segundo antes de negar con la cabeza, llevándose una mano al abdomen.

—Ni se te ocurra —espetó, con los dientes apretados.

—¿De qué hablas?

—Stoker tiene razón, Yumegami, eres idiota.

El aludido arqueó una ceja, inexpresivo, hasta que soltó su maletín y avanzó unos pasos, con los brazos extendidos, queriendo sujetar a una Khaos que se tambaleaba. Lo consiguió, sorprendiéndose ligeramente cuando ella se recuperó un poco y levantó una mano en dirección a su rostro.

—¿Interrumpo?

Los dos jóvenes giraron la cabeza hacia una de las entradas del edificio, donde se veía a un chico apenas mayor que ellos por un par de años. Era de tez clara, cabello negro azulado y ojos entre azules y verdes que parecían fuera de lugar en su rostro ovalado, acompañando una nariz pequeña y recta. Iba vestido con un pantalón de mezclilla y una camisa blanca con finas líneas azules. Sus zapatos negros eran sencillos, pero relucían. Su aspecto general era el clásico de un universitario que tuviera que verse medianamente arreglado por algo ajeno a su control.

—Nunca nos habíamos visto personalmente —comenzó el recién llegado, con los ojos fijos en Yumegami, mostrando en ellos un destello de astucia que no era agradable —Pero eres experto en escaparte de mis sondas. No sé cómo lo haces y eso me causa problemas. ¿Lo hacemos por las buenas o por las malas? Lo digo por la chica, claro.

Para Khaos aquello no tenía pies ni cabeza, pero por la expresión de Yumegami, para él tenía todo el sentido del mundo.

—De ninguna de las dos formas, gracias —contestó Yumegami, frío.

—Lástima. Respuesta incorrecta.

El desconocido se asomó por la entrada que había usado, con puertas dobles de cristal, y sonrió de lado al ver que el sol se ocultaba tras nubes inesperadamente oscuras, listas para descargarse sobre la ciudad.

—De acuerdo —Yumegami comenzó a soltar a Khaos, quien sintió de nuevo aquel hueco en su estómago que la mareaba intensamente —Áphatos, ¿le avisarías a Viola-sama que ya no podré ir a trabajar?

—¿De qué…?

—¿Hablas de Viola Médici de Arafat? —intervino aquel muchacho, fingiendo sorpresa —¿Quién lo diría? Un hipnófago asesino trabajando para una hechicera… Esto sí que es interesante.

Khaos parpadeó con cierta confusión. Debió escuchar mal, ¿Yumegami, un asesino? Lo miró y él no lo notó por vigilar al extraño.

—Podemos negociar, si quieres —dijo el joven, pasándose la mano por el cabello con un gesto aparentemente resuelto —La señora de Arafat tiene un marido muy peculiar, no sé si lo entiendes. Seguro me perdonarán si en vez del hipnófago, les llevo al Revelador. Lo han estado buscando por años. Sería uno menos en la lista.

—No —respondió Yumegami con dureza —Vienes por un hipnófago, te llevarás a un hipnófago.

—Esa voz me agrada. Lástima que haya un ligero cambio de planes.

Sin que se dieran cuenta, Khaos y Yumegami ahora tenían a su espalda a otras dos personas. La más cercana a Khaos, un hombre alto y fornido de ropas oscuras y cabello castaño, observó a Khaos de arriba abajo con unos ávidos ojos negros y una sonrisa maliciosa en los labios.

—Quiero una probadita de la niña, ¿se puede? —inquirió aquel sujeto.

—No seas ridículo —la otra extraña era una muchacha curvilínea que usaba un ajustado vestido verde y tacones de aguja. Tenía rostro en forma de corazón, ojos grises y melena ondulada color chocolate. Hizo un ademán de impaciencia con una mano de largos dedos morenos —Esto es un sitio público, no debemos hacer escándalo.

—Nadie dijo que la mataría.

—Te conocemos, Letheo, intentarás comértela toda.

—Pero Arcadia…

Los dos tipos parecía que iban a enfrascarse en una disputa, pero el de cabello negro azulado les dedicó una mirada amenazante y ambos se callaron. Khaos y Yumegami no tuvieron que devanarse los sesos para comprender quién mandaba allí.

—¿Tienes un nombre tan pintoresco como el de éstos? —se atrevió a burlarse Khaos, dirigiéndose a quien tenía enfrente al tiempo que no permitía que Yumegami acabara de soltarla.

—¿Quién te crees que eres, niñita? —espetó la tal Arcadia, furiosa.

—¿Lo ven? Déjenme darle una probadita —insistió Letheo, burlón.

—Nadie se comerá a nadie —advirtió el muchacho frente a Khaos, con una sonrisa torcida en el rostro —¿Mi nombre? Señorita, debería decir el suyo primero, ¿no le parece? A menos, claro, que nosotros lo sepamos ya. ¿Letheo? —llamó, entre curioso y autoritario.

El susodicho clavó de nuevo la vista en Khaos, quien sintió al segundo siguiente como si golpearan su sien derecha con excesiva fuerza. Yumegami inmediatamente colocó una mano en su coronilla y la atrajo hacia sí, intentando cubrirla de algo que ninguno de los dos podía ver.

—¿Dices que tienen tratos con una hechicera, Cumulus? —masculló Letheo a modo de queja —No puedo darle ni una probadita.

—Me imaginaba que traerían hechizos de protección encima. ¿Quién es ella, Kuu, que te importa tanto? Considerando cómo te escapaste…

Khaos se sintió repentinamente furiosa por el tono que ese individuo había empleado al mencionar el nombre de pila de Yumegami.

—No te incumbe, Stratus. ¿Y por qué un simple meteorogénito es el encargado de cazarme? ¿No temen que te ponga las manos encima? ¿O por eso están aquí Aristotel y Noctelumen? ¿Harán el trabajo sucio por ti?

Khaos pudo ver, por entre los brazos que la rodeaban, que aquellas palabras había causado un gran impacto en las tres personas desconocidas. Los había tomado por sorpresa que Yumegami supiera sus nombres.

—Pues no. Tenemos orden de recapturarte. Vivo o muerto. Y sin importar a quiénes nos llevemos por delante. Tú decides.