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Rilato — capítulo 7
007: Guerra.
(Abierto)
Guía, tú que sabes dónde buscar…
Gesta, tú que tienes el potencial…
Gusta, tú que sientes la necesidad…
El Albedrío se llenó de actividad una semana después, en cuanto Khaos y Yumegami volvieron, acompañados de una recelosa Mía y una Himmel que caminaba despacio y sonreía ante cada cosa que veía.
La salida de la Torre Rainbow había salido exactamente como Yumegami pensó. Con Khaos desactivando cuanto hechizo se le ponía enfrente, no tuvieron que preocuparse por ningún mecanismo de defensa hasta alcanzar la cerca, la cual no quería dejarlos salir. Yumegami tuvo que recurrir de nuevo a la extraña lámpara que llevaba y también al poder de Khaos, quien esta vez no se quejó de tener que tocar piedra helada.
Lo demás fue sencillo. Yumegami llevó a sus tres acompañantes al pueblo más cercano, donde una casita de madera con una chimenea encendida los esperaba. Allí, organizaron su salida del país y el encubrimiento de Mía y Himmel, porque era evidente que la primera no podría volver a trabajar en una temporada y de Himmel no había registro alguno que indicara su existencia. Viola se encargó de todo, enviando documentación para ambas tan bien hecha que se preguntaron si en verdad sería falsa.
—No imagino a Viola haciendo algo ilegal —comentó Khaos, dudosa.
—Viola-sama no haría algo ilegal —corrigió Yumegami —Alí-sama no la dejaría, estoy seguro.
Khaos no se quebró demasiado la cabeza con eso.
Los Arafat Médici dieron la bienvenida a Mía y a Himmel, quienes se mostraron agradecidas todo el tiempo. La ex-empleada del CIIG no podía creer que por fin hubiera abandonado el sitio donde había estado tanto tiempo y de forma ávida pidió periódicos, revistas, un aparato de radio… En fin, quería conectarse de nuevo con el mundo.
Himmel era tal como Mía había dicho, una niña que no sabía nada de la vida y con cada cosa que le enseñaban, se quedaba maravillada. Hablaba poco con una vocecita suave y cantarina, pero cuando dudaba de cómo decir algo, miraba inmediatamente a Mía para que la orientara. A veces, sin venir a cuento, se paseaba por el Albedrío con los brazos extendidos, tocando todo con sus delicados dedos, dando saltitos y riendo por cualquier cosa. Nada se le escapaba y de vez en cuando, sus comentarios hechos en susurros sorprendían a más de uno. Y si había alguien a quien buscara insistentemente con sus verdes ojos iridiscentes, aparte de a Mía, era a los niños Arafat… Y a Yumegami.
Khaos no podía entender aquello. Himmel parecía deseosa de obtener respuestas cada dos por tres, así que el hecho de querer la compañía de un joven tan callado e indiferente como Yumegami no acababa de encajar. El muchacho, estando desocupado, no parecía molesto por eso y se quedaba junto a Himmel, quien curiosamente, solo le hacía preguntas que se podían contestar sin abrir la boca. Era como si supiera que él no hablaba mucho.
—¿Te sientes solo? —le había preguntado Himmel una vez.
Yumegami se había limitado a encogerse de hombros y Himmel, luego de asentir, apoyó la cabeza en uno de los hombros de él.
Así las cosas, Khaos quedó perpleja cuando Himmel declaró que quería pasar un día con ella. No sabía para qué, pero no se negó. Organizó su próximo día libre para llevarla de paseo, aprovechando que tenía que comprar algunas cosas y los Arafat Médici dieron su consentimiento, lo mismo que una intranquila Mía.
—¿Por qué quieres andar conmigo? —quiso saber Khaos.
Himmel, esbozando una suave sonrisa, levantó una mano para hacer un gesto que abarcaba su entorno.
—Eres parte de mi mundo —respondió, como si fuera algo obvio.
Khaos le devolvió la sonrisa al tiempo que se ponía roja.
La llevó a la Zona Central, un área de la ciudad donde no se podía dar un paso si encontrarse una tienda de algo. Khaos pasó a la librería, a una enorme papelería y a una mercería, con Himmel tomada de la mano y haciendo constantes preguntas. Khaos le respondía lo mejor que podía y se sentía extrañamente contenta de tener compañía al salir de compras.
—Hay que llevarle esto a Kuu.
Khaos arqueó una ceja cuando Himmel, detenida ante el escaparate de una tienda, señaló cierto objeto con firmeza.
—¿Por qué debería gastar mi dinero en Yumegami? —quiso saber.
Himmel, hasta el momento muy risueña, poco a poco apagó su sonrisa.
—¿No se puede? —inquirió con inocencia.
Khaos sopesó la situación. Himmel no debía saber que Yumegami le era antipático, por más que en los últimos días lo tratara más de lo usual. Además, pese a su apariencia de adolescente, Himmel era como un bebé respecto a las relaciones sociales. Se limitaba a estar con las personas de forma que las hacía sentir cómodas.
—¿Por qué quieres llevarle eso? —inquirió con amabilidad.
—A Kuu le gustan estas cosas.
¿Era en serio? Khaos miró el objeto que Himmel había señalado y arqueó una ceja. Era digno de risa, por lo menos tratándose de Yumegami, quien a duras penas decía algo sobre sí mismo.
—¿Cómo sabes que le gustan esas cosas?
—Trae una en su maletín. ¿No lo habías notado?
Khaos negó con la cabeza. Hasta ese momento se dio cuenta que su compañero de clase y de trabajo le era completamente desconocido. Aparte del instinto que la hacía alejarse de él, no había ningún detalle de su vida que ella conociera. Sintió un nudo en la garganta.
—De acuerdo —aceptó, dejando escapar un suspiro —Pero tú se lo das.
Himmel asintió repetidamente con la cabeza, entusiasta.
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—¿Qué es esto?
Yumegami, dos días después, recibía una caja envuelta para regalo por parte de Himmel, quien mostraba una gran sonrisa y parecía ansiosa porque lo recibiera.
Estaban en la sala principal del Albedrío, solos, pues el matrimonio Arafat Médici estaba trabajando y sus hijos, en la escuela. Khaos andaba por alguna de las habitaciones del fondo, terminando sus labores.
—Lo vi en una tienda cuando fui a pasear con Khaos, me acordé de ti y le pedí que lo comprara. Es para ti.
Yumegami arqueó una ceja, resignado. Himmel de verdad era como una niña pequeña, sin la menor malicia para mentir. Además, sin saberlo, lograba que la mayoría de la gente hiciera exactamente lo que ella quería debido a su personalidad.
—Saliste con Áphatos hace dos días, ¿por qué me lo das ahora?
—Mía me contó que cuando un ser nace, es un día especial —empezó a parlotear Himmel, haciendo grandes aspavientos con los brazos —Los humanos y los monstruos antropomorfos tenemos la costumbre de celebrar ese día todos los años. Lo llamamos cumpleaños. Mía también me dijo que los cumpleaños de los nuestros son difíciles de calcular, pero luego le pregunté a Viola si me podía decir los cumpleaños de todos los que he conocido aquí. Fue muy amable, me hizo una lista y como me han enseñado a leer, dijo que los había puesto en orden… ¿cronológico, se dice? Sí, así era. Y puso que el tuyo era hoy. ¿Es hoy, verdad?
Yumegami se sorprendió de no sentirse mareado con semejante arenga.
—Eso creo —respondió finalmente.
—Ah, ¿es que no te lo dijo tu Desertor?
El muchacho se puso repentinamente tenso.
—No —contestó con más dureza de la que quería.
—Lo siento, no sabía. Pero sí lo quieres, ¿verdad?
Himmel le volvió a tender la delgada caja cuadrada que traía en las manos, envuelta en papel brillante de color azul celeste y con un moño blanco por todo adorno.
—¡Anda, te va gustar! —animó Himmel.
Yumegami tomó con cierta renuencia el regalo, lo desenvolvió de forma torpe y luego se quedó viendo el contenido con curiosidad, aunque su rostro no mostraba emociones, como de costumbre.
—Deberías hacer que Áphatos recupere su dinero —dijo al cabo de unos segundos, dejando la caja sobre la mesa de centro y levantándose —El dinero es necesario para vivir y cuesta mucho ganarlo.
—¿Eso qué significa?
—Las personas no deben gastar dinero en cosas innecesarias, Himmel. Eso es lo que significa.
Yumegami abandonó la habitación, dejando a Himmel, por primera vez en su existencia, experimentando la decepción.
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—¿Hice algo mal?
Himmel iba detrás de Alí Arafat en cuanto éste llegó del trabajo. Ya era costumbre ver esa escena: Himmel apegándose a un habitante de la casa por alguna razón que solo ella sabía.
Esta vez, Alí creyó saber qué ocurría. Miró a su huésped con una sonrisa que pretendía animarla, para acto seguido guiarla a su estudio.
Situado al fondo del corredor de entrada, justo después de la sala principal, estaba una habitación con piso de madera, una alfombre colorida y estantes llenos de libros sobre Leyes. El mobiliario lo completaban un escritorio de madera pulida, una silla giratoria tras éste y dos sillas tapizadas en tela de un color inusual, entre azul y violeta.
—Supongo que comprendes cómo nos sentimos en situaciones semejantes, ¿no es así, Himmel?
La aludida asintió sin dudarlo.
—Todo depende del punto de vista, siempre lo he creído. Así pues, y en base a lo que hemos averiguado, ¿puedes imaginarte el punto de vista de Kuu en estas circunstancias?
Tras un momento en silencio, meditando, Himmel asintió despacio.
—Sin embargo, no hay que confiar demasiado en lo que imaginamos. Lo ideal sería saber las cosas a ciencia cierta. No te preocupes, Himmel, tú no hiciste nada malo. Fueron otras personas, hace mucho tiempo, quienes se equivocaron. ¿Lo entiendes?
Himmel volvió a asentir.
—¿Entonces qué hago? —quiso saber la jovencita, hablando con una lentitud que delataba el cuidado con que escogía sus palabras —Yo… no quiero decirle a Khaos que regrese el regalo. No se veía contenta de comprarlo, pero aún así lo hizo. ¿Será porque yo se lo pedí?
—Quizá, pero no te preocupes. Tal vez, y estoy imaginando cosas, si Khaos le diera el regalo a Kuu, todo sería diferente.
—¿Por qué?
Alí se encogió de hombros, no queriendo explicarse. Himmel, tras mirarlo por un rato, pareció sacar sus propias conclusiones, porque sonrió y asintió repetidamente con la cabeza.
—Alí, ¿eso no es… entrometerse… en donde no nos llaman? Así oí que lo decía Mía una vez.
—Probablemente. Pero nadie nos dijo que no lo hiciéramos.
Con eso, Himmel se vio más contenta aún y al cabo de un rato más, Alí y ella fueron a cenar.
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Khaos había terminado sus labores por ese día, dejando escapar un suspiro de cansancio. Las tareas adicionales que le habían dejado en la universidad por su semana de ausencia le resultaban pesadas, por no decir fastidiosas. No ayudaba el hecho de que Yumegami, quién sabe cómo, solo tuviera que hacer la mitad de tareas que ella.
—Engreído… — masculló por lo bajo.
Al segundo siguiente, sacudió la cabeza. Todavía le rondaba por la mente lo dicho por Himmel y la conclusión a la que había llegado. ¿Qué tanto conocía de Yumegami en realidad? No estaba segura de querer saber la respuesta. El joven no era precisamente elocuente y aunque quisiera preguntarle algo de sí mismo (cosa poco probable), dudaba que él, de buena gana, le contestara.
—Buenas noches, Áphatos.
Ella dio un respingo al oír a su espalda la voz de la persona en la que, precisamente, andaba pensando.
—¡No vuelvas a hacer eso! —pidió, frunciendo el ceño —Me asustaste.
Yumegami asintió una sola vez con la cabeza, adelantándola.
—Oye… Yumegami…
Ni siquiera sabía qué iba a decir, pero Khaos sintió que debía parar al muchacho. Lo consiguió, porque él dio media vuelta, con un gesto de ligero interés en su rostro.
—¿Dónde vives?
Al joven se le notó la confusión por la pregunta, pero tras pensarlo un instante, contestó.
—En Marcus Sancti.
—¿Es una broma?
—¿Por qué haría una broma con eso?
Khaos le hizo un ademán para que lo olvidara. La dirección que él había dado solo la conocía de oídas como una zona antigua, donde una vez al año se hacía la mayor fiesta de la ciudad y además…
—¿No queda eso a una hora de aquí? —dijo finalmente.
Yumegami asintió con la cabeza.
—¿No te regañan por andar fuera hasta tan tarde?
—No hay quién lo haga. Creí que lo sabías.
Khaos se encogió de hombros. Algo le decía que, como ella, Yumegami vivía solo, pero confirmarlo únicamente le causó un hueco en el estómago, algo que no tenía nada que ver con no haber cenado.
Eso le dio una idea tan descabellada como sincera.
—¿No quieres ir a cenar?
Sí, lo había conseguido: Yumegami mostraba claramente una emoción en su cara. No supo qué pensar porque se tratara de sorpresa mezclada con incredulidad, pero lo dejó pasar.
—Después no habrá un autobús que me lleve a casa —indicó él.
—¡Tonterías! Toma un taxi y ya.
—Son muy caros y…
Yumegami no sabía cómo explicarse, aunque pensó de que, aún pudiendo hacerlo, a Khaos no le interesaría en lo más mínimo. ¿Para qué querría entonces ir a cenar con él?
—De acuerdo, otro día será —apuntó ella, sin darle mucha importancia —Ahora vámonos, que todavía debo llegar a terminar una de esas molestas tareas de recuperación. ¿Cómo conseguiste que te dejaran tan pocas? Mejor no contestas, me harías enojar. ¡Ya sé! —exclamó de repente, sonriendo —Compramos algo de cenar, vamos a mi casa y tú me ayudarás con la tarea. En parte es tu culpa que me las dieran, si no hubiera faltado por irme contigo a Scandingard…
—Creí que no te agradaba.
Sin saber por qué, Khaos sintió una opresión en el pecho al oír eso. Yumegami no mostraba nada en su rostro, claro, pero su voz sonaba confusa y, de cierta manera, asustada.
—Bueno, no sé —Khaos se encogió de hombros —No es que no me agrades tú, porque admitámoslo, no te conozco. Si no te quiero cerca es porque… No sé, por algo automático —confesó, recordando cómo se los explicó una vez a los niños Arafat.
—¿Te estás forzando a…?
Otra vez Yumegami se calló a media frase. Khaos decidió ayudarle.
—No me estoy forzando a nada. Pensé que para que me desagrades en serio, lo menos que puedo hacer es conocerte un poco.
—No vale la pena.
Con esas palabras, Yumegami hizo el amago de retirarse, pero Khaos lo detuvo sujetándole un brazo.
—¿Por qué? —preguntó ella, firme.
—No quiero…
Khaos frunció el ceño.
—¿Por qué a veces parece que no sabes cómo decir algo?
Yumegami, sin mirarla, se encogió de hombros.
—Bueno, dejaremos eso para otro día. Ahora, ¿vienes conmigo o no?
—¿No…? —era como si Yumegami fuera a dejar frases a medias otra vez, pero con algo de esfuerzo, terminó su pregunta —¿No te molesta?
Khaos negó con la cabeza.
Yumegami, exhalando lentamente, asintió y ambos salieron juntos.
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—¿Entonces así se hace? ¡Tendré que empezar de nuevo!
Estaban en el departamento de Khaos, un lugar tan poco llamativo como intentaba ser su dueña. Las paredes eran de color azul claro, dando la impresión de ser un lugar más amplio de lo que en realidad era. Casi todos los muebles eran grises, gastados pero bien cuidados. Aparte de la sala, el baño y la cocina, únicamente tenía una recámara al fondo.
Yumegami, al entrar, había observado el sitio de manera breve. Casi enseguida vio a Khaos llevar lo que habían comprado de cena a la cocina, para luego regresar como bólido, tomar un cojín de un sillón, colocarlo en el suelo y sentarse allí, poniendo sus libros y cuadernos en la rayada mesa de centro, hecha de madera marrón.
—Anda, que no tenemos toda la noche —apuró ella.
Así, se habían enfrascado en la susodicha tarea, y en cuanto Khaos se atoraba en uno de los detalles, Yumegami le indicaba cómo se hacía. Pensaron que acabarían pronto, pero al cabo de una hora, cuando Khaos se quejó de tener que volver a empezar cierta parte por haberla hecho de forma incorrecta, Yumegami se puso de pie.
—¿Qué pasa? —inquirió ella.
Por toda respuesta, el chico señaló la cocina.
—¡La cena! —se alarmó ella, parándose también —Pues nos tomamos un descanso. Ya me harté de dar un paso adelante y dos atrás con eso.
Khaos miró sus libros y demás útiles escolares con fingido enojo antes de ir a la cocina.
-Astuto —musitó Yumegami en cuanto la joven se perdió de vista. Volvió a sentarse y tomó las hojas de papel donde estaba lo que, según Khaos, tendría que rehacer —Ahora veamos…
Diez minutos después, Khaos llevaba en dos platos lo que habían comprado, hamburguesas y papas a la francesa. Se halló con Yumegami enfrascado en un par de hojas, escribiendo sin cesar, y no levantó la vista hasta que ella acomodó la comida en un trozo de mesa libre.
—Gracias —dijo él en un murmullo, antes de apartar las hojas que lo tenían tan concentrado.
—De nada. Ahora deja voy por algo de tomar, si no…
—Yo lo hago.
Sin decir más, el muchacho se levantó y fue a la cocina, dejando a Khaos desconcertada. Ella se puso a comer sin más, echándole otra mirada furibunda al trabajo que tanta lata le daba, cuando se fijó sin querer en lo que Yumegami había estado escribiendo. Tenía aspecto de ser una carta formal y apenas había detectado su nombre en ella cuando oyó los pasos de Yumegami regresando, por lo que se concentró de nuevo en su comida.
—¿No tienes agua? —inquirió él, dejando un refresco de manzana frente a Khaos antes de volverse a sentar.
—No, se me acabó hace dos días. ¿Por qué?
Yumegami negó con la cabeza y comenzó a comer.
—Oye, si no me contestas bien, no te entiendo.
Tras masticar despacio un bocado de hamburguesa, él respondió.
—A esta hora no tomo refresco. No me deja dormir.
—¿En serio?
Él asintió.
—Oye, eso no lo sabía. A la próxima procuraré tener agua para ti.
—No habrá una próxima.
Khaos se sintió ofendida por eso, pero cuando lo miró, comprendió que no tenía nada que ver con ella. Era algo que Yumegami iba a cumplir, le gustara o no.
—Si tú no quieres, de acuerdo.
Siguieron cenando en completo silencio, lo que resultaba un tanto inquietante, aunque no desagradable. Cuando acabaron, Khaos recogió todo y al regresar a la sala, su acompañante de nuevo estaba en lo suyo, al menos hasta que ella se sentó, porque comenzó a guardar las pocas pertenencias que había sacado antes de pararse.
—¿A dónde vas? —quiso saber Khaos, desconcertada.
—A alcanzar el último autobús.
—Pero no hemos terminado.
—Ya terminamos. Buenas noches, Áphatos.
—Oye…
Un sonido muy alto, casi ensordecedor, reverberó en aquel pequeño sitio. A Khaos la hizo dar un breve brinco, en tanto Yumegami dejó caer su maletín con un golpe seco.
—¿Qué demonios…? —dejó escapar ella, antes de asomarse al ventanal que daba a la calle. Al principio no notó nada raro, pero en menos de un minuto supo lo que ocurría —¡Increíble! Se puso a llover de lo lindo… ¿Quieres un paraguas, Yumegami? Está viejo, pero…
—Así no voy a salir.
La declaración sorprendió a ambos: a ella por oírla y a él por haberla hecho. Tras unos instantes, en los cuales solamente se oía la lluvia caer, Khaos asintió.
—Tienes razón, un paraguas no te ayudaría. Espera a que se calme y te vas. Si quieres hasta te presto el dinero para el taxi.
Yumegami asintió y recogió su maletín antes de sentarse en uno de los sillones, sin mirar nada en particular. Sin darle más vueltas al asunto, Khaos se acercó sus hojas, solo para encontrarse con que…
—¿Corregiste mi tarea? —soltó, mirando a Yumegami.
Él asintió, pero al contrario de otras ocasiones, no la miró. Sus ojos estaban fijos en cualquier otro lado menos en ella o en el ventanal.
—Bueno… Gracias, supongo —Khaos ordenó sus papeles y comprobó que no le faltara nada antes de guardarlo todo en una carpeta —Al fin podré dormir a mi hora. Si vuelvo a bostezar enfrente de Nájera, le dará un ataque. ¿Qué culpa tengo yo de que su clase sea a las siete de la mañana?
—Áphatos, ¿puedo…?
Ella alzó la vista, atenta, pero cuando Yumegami dejó de hablar, se fijó en que las manos le temblaban un poco. Extrañada, fingió no haberlo oído y acabando de ordenar sus cosas, echó un vistazo al ventanal.
Definitivamente era de esas tormentas que no se calmaban al cabo de un rato, sino que estaban destinadas a ser largas y abundantes.
—Voy a traerte el paraguas, ¿sí? —informó ella, poniéndose de pie —Cuando se calme un poco, te vas. Yo me voy a dormir, así que…
Un repentino destello blanco hizo que instintivamente Khaos cerrara los ojos a medias, girando la cabeza hacia su ventanal para enterarse de qué pasaba. Pero apenas vio algo en su ventanal y a continuación, el cristal se rompió y ella cayó, empujada por algo que la aplastaba contra el suelo, mientras el ambiente se ponía extrañamente caluroso.
—¿Pero qué…?
—No te muevas.
El aliento de Yumegami le hacía cosquillas en el oído derecho, así supo que era él quien la había arrojado al suelo. Obedeció, mirando en todas direcciones para darse una idea de qué estaba pasando. Se quedó atónita al ver el destello blanco que había roto su ventanal en forma de esfera, rondando por el techo y girando a derecha e izquierda como si fuera alguien buscando algo. Al final, el destello se fue por donde había venido, con lo que el ambiente recuperó la temperatura normal.
—Eso fue raro —logró musitar Khaos al cabo de un instante —¿Qué…?
—Quédate así un momento.
Khaos asintió y vio cómo Yumegami la soltaba despacio, casi sin querer, antes de erguirse y encaminarse al ventanal. La lluvia caía con más intensidad que antes, abajo los autos corrían por la calle a toda la velocidad que el asfalto mojado les permitía y la poca gente que seguía en las aceras buscaba dónde refugiarse cubriéndose la cabeza con lo que tenía a la mano.
Por varios minutos, no hubo más relámpagos y mucho menos truenos.
—Oye, ¿ya puedo…?
Yumegami se anticipó a su pregunta regresando a su lado para inclinarse y sujetarla por la cintura. La puso de pie sin problemas.
—Ah… gracias —murmuró ella —¿Sabes qué fue…?
El joven negó con la cabeza.
—¿Es… algún tipo de monstruo?
Él volvió a negar.
—Eso lo creó un monstruo —aseguró, frunciendo el ceño —Lo he visto antes. Pero no sé qué es.
—¿Dónde lo has visto?
Yumegami no contestó. Se limitó a acercarse al ventanal y tras mirar unos segundos el suelo, se agachó y comenzó a juntar cristales.
—¡Deja eso! Te puedes cortar.
—No importa.
—¡Oh, claro que importa! No tengo nada con qué curarte. Me acabé las vendas y el alcohol la última vez que me…
Khaos guardó silencio de golpe, consciente de lo que estuvo a punto de decir. Olvidó eso pronto porque, tal como temía, Yumegami se encajó un cristal en la mano izquierda y la sangre comenzó a brotar.
—¡Deja eso, te digo! —Khaos fue a quitarle los cristales de la mano, pero Yumegami no se lo permitió —¡Déjame ver tu mano!
—No.
—Pues entonces usa la escoba y el recogedor —Khaos fue a la cocina y le trajo ambos utensilios con una rapidez asombrosa.
Él tomó ambas cosas, asintió y siguió con su tarea. Eso lo aprovechó Khaos para buscar por todas partes algo que le sirviera para curarle la mano, a la vez que pensaba en un método para que se dejara atender. Al fin, escondidas en el fondo de su botiquín, halló una venda y una botella con apenas un dedo de alcohol. Con eso y algodón, regresó a la sala.
No había ni un cristal en el suelo, a menos que ella viera, y las cortinas del ventanal estaban corridas, agitándose por el viento. En el suelo, junto a la mesa de centro, estaba sentado Yumegami, con los ojos fijos en su mano sangrante y sin preocuparse demasiado de las gotas rojas que caían en su ropa.
—Muy bien —Khaos se sentó a su lado sin mucho cuidado, colocando el material de curación en la mesa de centro —Déjame ver…
—No debes tocarme, Áphatos.
—¿Recuerdas con quién estás hablando? Si eres tú, no pasará nada.
Por lo visto, esas palabras calaron hondo en Yumegami de alguna forma extraña, porque se quedó quieto y extendió la mano herida.
Ninguno habló mientras el corte era debidamente limpiado y vendado, aunque Khaos se sorprendió al no oírle a Yumegami ni una queja. Cuando acabó, la joven siguió sosteniendo con ambas manos la recién curada.
—A mí no me va tan bien —dijo de repente —Cuando me pasa algo, tengo que curarme yo misma. La última vez que intenté ir a un hospital a que me ayudaran, me pidieron la CRIU y al leer lo que hacía mi habilidad, me echaron. Es bueno que haya alguien dispuesto a cuidar de ti, ¿no? Aunque no sé por qué me tomo la molestia contigo, si parece que…
—Áphatos, ¿puedo… salir contigo?
La joven parpadeó innumerables veces debido a la sorpresa. No se atrevió a mirar a Yumegami por varios minutos, sin saber qué contestar.
Porque primero quería acabar de creérselo.
—¡Pero si nunca te he tratado bien! —fue lo primero que logró decir.
—No es tu culpa.
—¿Ah, no? ¿Entonces de quién?
—Nuestras habilidades se repelen. Creo que ahí está el problema.
—¿Y qué importa? Yo nunca… ¿Por qué querrías salir con…? ¡No tiene sentido! ¿Por qué me pides…?
Por un momento, Khaos creyó saber qué sentía Yumegami cada que dejaba una oración sin acabar. Quizá era que de verdad no encontraba las palabras para reflejar de forma fiel sus pensamientos.
—He peleado con muchas cosas en mi vida —declaró él inesperadamente, y Khaos sintió que usaba su mano sana para acariciarle el cabello —Y para algo que deseo tanto, no será la excepción.
—¿Pero por qué…?
—¿Sabes qué soy, Áphatos? ¿Lo que de verdad significa ser hipnófago?
Ella negó con la cabeza.
—Un hipnófago es un monstruo antropomorfo que al tacto, roba los sueños de las personas, junto con el impulso biológico que te hace dormir en primer lugar. Es casi lo mismo que haces tú, de cierta manera, porque físicamente todos necesitamos dormir para tener una buena vida. Y los que no sueñan, tampoco tienen una buena vida. Las dos son graves condenas, ¿no te parece? Además, los hipnófagos pueden andar entre sueños, como los hipnoandantes, pero más que nada para buscar alimento.
Khaos pensó que Yumegami se oía como una persona completamente diferente al estar allí explicándole cosas. Lo había notado al hacer su tarea, que si se centraba en un tema en particular, las ideas fluían de él con facilidad. Sin embargo, lo siguiente sonaba más bajo, con voz más grave pero a la vez con cierto timbre desesperado que no le gustó.
—¿Sabes lo que es dormir y no soñar con cosas propias, sino con las de alguien más? ¿Sabes lo que es que gente que no conoces te vea en la calle y se asuste porque te ha soñado? ¿Sabes lo que es comer como cualquiera, pero nunca quedar satisfecho? ¿Sabes lo que es conocerpersonas agradables en tus sueños que quizá nunca verás en la realidad? ¿Sabes lo que es enterarse a través de un sueño que no naciste, sino que te crearon? ¿Sabes lo que es andar por el mundo desconfiando de todo porque te escapaste de…?
Al llegar a eso, Yumegami se detuvo, meneando la cabeza e intentando zafar su mano vendada de las de Khaos. No lo logró, ya fuera porque no empleó mucho empeño en conseguirlo o porque ella no lo permitió.
—Yumegami —llamó la muchacha, con voz ahogada —Yo… quizá no sepa nada de eso. Pero… Ahora que… Bueno, ahora que casi podría jurar que también fui creada… No sé, es confuso y… Puedes contarme lo que quieras, ¿de acuerdo? Solo dime antes una cosa, ¿sí? —él asintió —¿Por qué yo?
—Yo… No sé cómo llamarlo —confesó el muchacho, observando el mechón de cabello gris claro que sujetaba con la mano derecha —Es agradable tocar a alguien y saber que no la matarás.
Khaos asintió en silencio a eso. Era el mismo miedo que la había acompañado siempre. No dijo nada, dejándolo continuar.
—Te conocí hace mucho, en uno de mis propios sueños. Me sorprendió cuando descubrí que eras una persona real. No sabía si prefería a la Áphatos que me sonreía cuando dormía o a la Áphatos que me saludaba y huía en la vida real. Pero las dos me gustaban. La de mi sueño era agradable conmigo y la real no permitía que la tocara y la matara.
—¿Me habrías…?
—No te mataría a propósito, pero todavía ahora hay veces en que no controlo mi habilidad.
—Y… ¿es por eso que… quieres…?
—Me eres valiosa —interrumpió Yumegami quedamente —No me importaba cómo me trataras con tal de no hacerte daño. Con tal de que siguieras lo suficientemente lejos como para no matarte. Mucho menos me importaba que jamás te agradara, con tal de poder ver que eras feliz.
El muchacho sintió algo salpicar su mano izquierda. Al fijar la vista allí, notó que lo mojaba algo transparente, que caía directamente de la cara de Khaos, cuyos hombros se agitaban un poco.
—¿Y yo pensaba que no sentías nada? —musitó ella, entrecortada.
—No quería… asustarte con…
—¡Nada! ¿Sabes lo que es recordar nada más tu nombre? ¿Sabes lo que es huirle a la gente para no matarla por accidente? ¿Sabes lo que es estar sola, sin familia y sin amigos, por haber sido un experimento? ¿Sabes lo que es sentir una tristeza tan grande que cada noche, por años, desees morir para luego despertar y darte cuenta de que sigues viva? Sí, lo sabes, ¿verdad? ¿Y por qué precisamente tú, que sabe todo eso, creyó que yo estaría mejor sin saber que le importo a alguien? ¡Dímelo!
—Porque aún con todas mis precauciones, si estabas cerca de mí, te podrían llegar a matar. Áphatos, aunque deseé que me aceptes, quiero que al menos tú escapes de este complot.