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Rilato — capítulo 11
011: Keb.
(Abierto)
Kilos de risas, para compartir…
Kilos de penas, para aprender de ellas…
Kilos de recuerdos, para no morir…
—¿Bonmagiq? ¿Estás seguro?
Al día siguiente, en el Albedrío, Yumegami se estaba cansando de contar una y otra vez su encuentro en los sueños con Dominique Lumière. Pasó su ubicación textualmente y Himmel no acababa de creérsela.
Tenía que hacerlo, si quería viajar a esa realidad específica.
—Espero no equivocarme —decía la chica de cabello azul y violeta, mirando a su alrededor con ansiedad —Mía, ¿crees que me equivoque?
—No, lo harás bien.
A la hechicera no le quedaba más que animarla. No podría ir con la chiquilla, interfería con el contrato de Yumegami y eso era una de las pocas cosas que Viola no toleraba.
—¿Cómo es que ir con el muchacho interfiere en su contrato? —era lo que se preguntaba Mía cada dos por tres.
Nadie lo sabía y a Viola no se le veía mucho en esos días. Según decía, el CIIG estaba entrando a un periodo pesado, por lo que su tiempo en casa lo aprovechaba para planear lo que llamaba labor de**recuperación.
—Confiamos en ti, Himmel —intervino Alí en ese momento, esbozando una ligera sonrisa —Naciste para esto.
Himmel asintió repetidamente con la cabeza, radiante de felicidad. Mía no comprendía esa reacción, pero Yumegami creyó adivinarla.
Para un Proyecto, resultaba halagador oír que había "nacido".
—¿Hoy no tienes trabajo, Ali? —quiso saber Himmel.
—No. Tengo una semana de vacaciones. Iba a solicitarla hasta finales del año, pero Viola me recomendó que no lo hiciera.
Antes que Yumegami pudiera preguntar de qué hablaba, Himmel tuvo otro de sus estallidos de júbilo.
—¡Todavía no me la creo! ¡Voy a ver a Keb! ¡Hace mucho que no veo a Keb! Espero que se acuerde de mí…
—Se acuerda —aseguró Yumegami con voz neutra.
Himmel agitó la cabeza, emitiendo una risita nerviosa, antes de dejar la sala a saltos, seguida por una Mía que sonreía con resignación.
—¿Por qué Himmel mencionó que usted creía haber encontrado a Keb?
Yumegami no solía andarse con rodeos, lo que recordó Alí con pesar.
—Hace poco tuve el caso de un negocio que, tras una racha de buena suerte, quebró cuando un empleado renunció y lo demandaron por perjurio sobrenatural. El hombre es hechicero y luego de ganar la demanda, me confió que soñó algo muy raro. Una versión suya, de otra realidad, le pedía que le quitara de encima a cierto chico.
—¿Era…? ¿En verdad era Lumière-san? ¿La versión de esta realidad?
—Aparentemente. Tiene el cabello rojizo, los ojos de un tono verdoso muy bonito y un poco de mal carácter, ¿no?
Yumegami asintió con una cabezada.
—Admitió que cuando las cosas parecen ir mal, los Lumière se ponen un poco… intratables —Alí sonrió levemente, con cierto aire divertido —El punto es que se ofreció a ayudar, así que preparó uno de sus contratos.
—¿Uno de sus…?
—La mayoría de los hechiceros Lumière son excelentes contratistas. Y los más justos que puedas encontrarte. Leí el documento que me ofreció, no había nada turbio allí. Y Viola lo revisó antes de firmarlo. Ahora parte de tu contrato está cubierto por el del señor Lumière, no tienes de qué preocuparte mientras estás fuera.
Al oír eso, Yumegami casi deja escapar un suspiro de alivio. Casi.
—¿Algo más que deba saber, Alí-sama? —decidió preguntar.
—No, Kuu, no por el momento. ¿Y tú? ¿Tienes algo qué decirme?
El muchacho rodó los ojos con lentitud, queriendo retrasar lo más posible algo que sabía inevitable.
—Yo… Creo que… Espero no haber cometido un error.
—No lo hiciste.
Yumegami miró a su jefe con una ligera mueca de extrañeza que en él, era el equivalente a mostrarse completamente sorprendido.
—Hay cosas que causan un enorme efecto en las personas —explicó Alí con calma, eligiendo cuidadosamente cada palabra que usaba —Esos efectos, en su momento, no se comprenden del todo. Sin embargo, la mayoría de lo que obtienes es producto de tus decisiones, ¿de acuerdo? Por lo tanto, el cómo te afecte dependerá de tu punto de vista.
—¿Me perdonaría si yo…?
Alí negó con la cabeza, cortando la frase.
—No tengo nada qué perdonarte —aclaró, tranquilo —Vives, Kuu, y eso significa que, de vez en cuando, te tendrás que equivocar para avanzar. Por otro lado, dudo que la persona indicada quiera perdonarte. Pensará que tú no hiciste nada malo.
—¿De verdad?
Alí asintió con pesadez. Reconocía esa actitud, él la había tenido hacía mucho tiempo, cuando recién se enteró que era un Proyecto y sentía que le arrebataba a alguien más las oportunidades de las que gozaba. Por eso pronunciaba lo que consideraba una verdad, con la esperanza de que Yumegami la meditara y con el tiempo, la aceptara.
Confiaba en ello para que el muchacho no sufriera más.
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—¿Qué dijiste?
Khaos se detuvo en seco al final del callejón donde se ubicaba el Albedrío, contemplando a Yumegami con los ojos muy abiertos.
—¿Hay algo que deba saber? —repitió Yumegami tranquilamente.
La joven arqueó una ceja, confusa, antes de negar con la cabeza.
—De acuerdo. Por cierto, Himmel y yo nos vamos mañana.
Al escuchar eso, Khaos se puso rígida por un segundo, para luego asentir con la cabeza.
—Espero… que todo salga bien —deseó en un susurro.
—No nos pasará nada. Y si no te molesta, le pediré a Beltane que te acompañe mientras no estoy.
Khaos soltó un bufido, pero sacudió la cabeza, despreocupada.
—Si eso te hace feliz, no me importa aguantar a Stoker por un rato.
Ella rió brevemente, así que no se dio cuenta de la fugaz muestra de emoción en el rostro de Yumegami, quien había sentido como si el corazón se le detuviera un instante eterno, antes de sentir algo en el pecho que lo impulsó a soltar un sonido alegre, demasiado ruidoso en su persona y que la gente, ciertamente, no estaba acostumbrada a oírle.
—¡Mira a ese chico! ¡Qué guapo!
Un par de muchachas que pasaban por allí soltaron risitas nerviosas al pasar junto a ellos. Khaos arrugó la nariz en un mohín de disgusto, para acto seguido estirar la mano y entrelazar los dedos con los de Yumegami, al tiempo que mascullaba.
—Se les cae la baba por una cara bonita y una buena risa, ¡idiotas!
—¿Risa?
—Sí, seguro te oyeron hace un momento, creo que te hizo gracia lo que dije de Stoker y…
—Yo… ¿me reí?
Fue en ese momento que Khaos, dejando su buen humor en el olvido, sintió un nudo en la garganta que pareció ascender hasta su ojo derecho, del cual salió una lágrima que Yumegami besó en cuanto se deslizó por su mejilla. Ahora que ella lo pensaba, él siempre hacía eso, enfatizando que haría lo que fuera para no verla llorar.
—¿Estás bien?
—¿Cuándo fue la última vez que te reíste?
—No lo recuerdo.
—¡Estás bromeando!
Juzgando la expresión del muchacho, Khaos supo que no bromeaba.
—Entonces necesitas práctica —sentenció ella, terca.
Yumegami no tenía nada en contra de eso.
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—¡Vaya! Los hechiceros son impresionantes cuando quieren.
Khaos bufó por lo bajo por enésima vez en el día. Al día siguiente, espués de clases, ella y Yumegami habían conducido a Beltane Stoker hasta el Albedrío, por petición expresa de este último, que quería firmar su contrato cuanto antes. El pirogénito, en cuanto avistó la casa en todo su esplendor, elogió las habilidades de los hechiceros para la ocultación.
—¿En serio tenemos que aguantarte? —masculló la joven.
—Mi estimada Áphatos… No, mejor aún: mi queridísima Khaos…
—No te di permiso de llamarme por mi nombre.
—Vamos, estamos del mismo lado, ¿necesito permiso?
—Si ella dice que necesitas permiso, lo necesitas.
Yumegami aclaró aquello con su habitual neutralidad, pero por el rabillo del ojo, Khaos le detectó el fantasma de una sonrisa. Se alegró por ello, aunque fuera un poco a costa suya.
—Bien, Kuu ha hablado —Stoker esbozó una sonrisa rara, entre mordaz y triunfal, antes de mirar a Khaos sin rastro de broma —Áphatos, ¿puedo llamarte por tu nombre? Y tú dime Beltane, si quieres.
—Lo voy a pensar.
La conversación quedó allí al llegar ante la puerta del Albedrío. Khaos llamó y enseguida alguien los recibió con una sonrisa.
—Buenas tardes. Me alegra verlos antes de marcharme de nuevo. ¿Y ese milagro que un Stoker nos honra con su presencia?
—Es un compañero de la facultad. Viene por negocios, Verne-sama.
—¿Un compañero de la facultad? Eso duele, Kuu —se burló Stoker, para acto seguido mirar con más detalle al hombre que les había abierto la puerta —Momento, ¿Verne Homme? —el resto esperaba algún comentario fuera de lugar, pero en su lugar, Stoker inquirió —¿El marido de la senadora Mahatma en la Cámara Interracial de la Concordia? ¿El licántropo al que dejaron ser presidente de la SONAZOO? —obtuvo un lento asentimiento a modo de respuesta —¡Genial!
—No sabía que fuera tan famoso —aclaró Verne Homme al hacerse a un lado, cediendo el paso a los tres muchachos —Y menos por Indi. Por cierto, vine con ella y con Soleil de visita. Puedo presentárselos.
—¿Está bromeando? Mi padre siempre quiso conocer a un Mahatma. Decía que eran lo mejor de la especie. Que si llegaba a estar cerca de uno, lo tratara con respeto. ¡Ah! Y también que le pidiera unos cuantos consejos, para qué negarlo…
La perorata de Stoker, por alguna razón, recordaba a las que Himmel soltaba de vez en cuando. En ocasiones como aquella, a Khaos le resultaba fácil pensar que algún día podría llevarse medianamente bien con el pirogénito. O por lo menos no se sentiría aburrida.
—¡Hola! —saludó alegremente Himmel, que venía acercándose desde el fondo del pasillo de entrada —¿Quién es? —inquirió, señalando a Stoker.
—Hola, bonita. Puedes llamarme Beltane.
—¿Vas a coquetear con una quinceañera? —se escandalizó Khaos.
—¿Beltane? —Himmel ladeó la cabeza, pensativa, antes de abrir los ojos con exageración y ampliar su sonrisa —¡Ah, sí! Te he visto. Mía tiene una foto en la que sales. Y estás con un señor que era tu… ¿Cómo lo llamó Mía? Verne, ¿cómo te dice Soleil?
—Me dice "papá", Himmel.
—¡Eso, eso! Sales con tu papá.
—¿Y quién es Mía para tener una foto mía con mi padre?
Antes que Himmel pudiera contestar, la puerta que daba a la sala principal se abrió y una niña un poco mayor que Vittorio Arafat vino a saltitos, agitando sus largos cabellos castaños peinados en dos coletas altas. Sus ojos, de un tono castaño grisáceo suave, no dejaba lugar a dudas sobre quién era.
—Papá, papá, ¿adivina qué? —dijo la pequeña, con una voz cantarina que además, tenía un tono amable poco común en los niños —Alhelí me va a enseñar cómo sabe lo que es la gente cuando le da la mano. ¡Es charmant!
—Lo sé —los jóvenes recién llegados notaron una sombra de tristeza en el rostro de Verne, la cual se borró rápidamente cuando presentó a la niña —Mi hija mayor, Soleil. Hija, ellos son amigos de tus padrinos.
La chiquilla les sonrió y agitó una mano, siendo correspondida casi de inmediato. A continuación, se fue por donde había venido.
—¿Tiene más hijos, Verne? —inquirió Khaos.
—Uno, Gandhi, mis suegros lo cuidan. Como salió a Indi y apenas tiene cuatro años, le están enseñando a no soltar llamaradas cuando está con otras personas. Seguro vienes por tu contrato, ¿no, Stoker?
—Pero si hace un momento… ¿Cómo sabe…?
—Soy cofundador del Albedrío —dijo Verne por toda explicación y abrió la puerta de la sala principal para poder entrar en ella.
La familia dueña del lugar estaba allí, aunque los niños se habían retirado a un rincón, para jugar a gusto con Soleil. Viola y Alí, sentados uno junto al otro en uno de los sillones, conversaban con una mujer castaña de largo cabello recogido en un elaborado peinado a base de trenzas enroscadas en su cabeza. Sus gestos y su semblante en general derrochaban calma y generosidad.
—Ah, mira, aquí está —indicó Viola a la mujer castaña, quien con sus oscuros ojos observó a los recién llegados —Buenas tardes, muchachos. Indira, siempre tan amable, nos va a ayudar a medir a Beltane, antes que firme su contrato.
—¿Perdón? —dejó escapar Stoker, echándole miradas furtivas a la mujer que segundos antes ansiaba conocer.
—Por partes, amiga mía —pidió Verne, jovial —Ella es mi esposa, Indira Mahatma —señaló a la castaña, quien inclinó la cabeza de forma ceremoniosa, pero humilde —Cuando un pirogénito quiere firmar un contrato con nosotros, Indi mide su pirogenia, ¿sabes lo que es eso, Stoker?
—Claro que lo sé, pero no entiendo para qué…
—Nos servirá para implantar el hechizo de recisión en tu contrato —explicó Viola en ese momento —No te preocupes, ese hechizo afecta a ambas partes, me he encargado de ello.
—¿Has firmado antes un contrato afianzado por un hechicero? —inquirió Alí, cortés.
Stoker negó lentamente con la cabeza.
—No es muy distinto a un contrato ordinario. Las diferencias básicas están en la forma de pago y las consecuencias en caso de incumplimiento. Y para esto último necesitamos medir tu pirogenia.
Stoker hizo una ligera mueca. Por un segundo, Khaos pensó que se echaría para atrás, pero en pocos segundos, Stoker ya estaba tendiéndole la diestra a la esposa de Verne, con la palma hacia arriba.
A continuación, Stoker creó una bola de fuego del tamaño de una pelota de tenis, haciéndola flotar en su palma derecha, para que luego Indira colocara su propia palma sobre esa llama, observándola fijamente. Poco a poco, se vio que el fuego cambiaba de color, se agitaba y se arremolinaba sin perder su forma, pero mientras Indira seguía como si nada, Stoker mostraba claros signos de esfuerzo. Eso fue así por algunos minutos, hasta que la bola de fuego comenzó a ponerse blanca, pues Indira retiró su mano y la esfera desapareció.
—Muy bueno —indicó la señora de Homme con una leve sonrisa —A tu edad, es difícil conseguir esas temperaturas. Magnitud Gamma Uno.
—Eso no se ve todos los días —apuntó Alí, revisando unos documentos que reposaban en la mesa de centro —Viola, ¿te encargas?
La recién nombrada asintió, chasqueó los dedos y los documentos que Alí sostenía emitieron un breve destello blanco.
—Ya está. Si fueras tan amable de leerlo, Beltane, y asegurarte de que comprendes todas las cláusulas…
El muchacho no esperó a que se lo repitieran. Se sentó junto a la señora de Homme y tomó los documentos con la formalidad que requería lo que estaba a punto de hacer. Mientras leía, Viola se dirigió a Yumegami.
—Todo está preparado —avisó en tono profesional —Himmel ha sido instruida sobre lo que debe hacer y lo que no. Ella estará bajo tu responsabilidad. Y debes concentrarte en la recuperación, ¿de acuerdo? Queremos la menor cantidad posible de contratiempos.
Yumegami asintió en silencio.
—¿Hay algo que quieras decirme antes de marcharte?
El joven la observó por un par de segundos de tal manera, que Viola sintió por primera vez lo que acarreaba para él ser un hipnófago que se enteraba de infinidad de cosas a través de los sueños.
—¿Hay algo en particular que debería decirle? —preguntó él a su vez.
Viola negó con la cabeza.
—Muy bien. Que todo siga bien cuando Himmel y yo volvamos.
Esta vez, Viola asintió, aunque con poca convicción.
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El viaje entre realidades fue una experiencia bastante interesante para Yumegami. No era como lo que él hacía, cuando de pronto su mente se desconectaba de la realidad para llevarlo a ese terreno inexplorado y hasta cierto punto, peligroso que formaban los sueños de los demás. Tampoco fue del todo desagradable, pues Himmel se limitó a sujetarle una mano con fuerza, advertirle que no la soltara…
Y acto seguido, lo obligó a saltar con ella.
Literalmente, la travesía inició así. En algún momento entre el impulso hacia arriba y el instante en que debieron tocar el suelo, el entorno se desdibujó y por un segundo, Yumegami temió haber activado su habilidad por accidente. Sin embargo, Himmel seguía concentrada en lo suyo, mirando hacia abajo, así que él decidió imitarla y descubrió una negrura similar a la de la noche más cerrada, con ciertos destellos de azul muy oscuro, luces a derecha e izquierda cual estrellas y de vez en cuando, voces hablando idiomas que le resultaban incomprensibles.
—Bonmagiq —susurró de pronto Himmel con una voz autoritaria que nunca había empleado antes.
Y de pronto, ya no caían hacia la nada, sino que se abría bajo sus pies una de las luces, la atravesaron limpiamente y cayeron con suavidad en tierra firme, en una especie de campo.
Con tal solo ver los edificios, supieron que lo habían conseguido.
Eran construcciones que ellos no solían ver en Mexitlán, al menos no de forma común. Casas de fachadas recargadas conforme se alejaban del campo y más sencillas cerca de donde ellos se encontraban. Además, todas eran de dos plantas, con ventanas adornadas por blanquecinos barrotes en forma de cruz y el techo rematado con el mismo banderín triangular, azul con orillas blancas. En el centro, el banderín mostraba algo semejante a un asterisco dorado.
—¡Qué bonito! —exclamó Himmel, dejando a Yumegami atrás.
El muchacho dio un leve respingo, hasta que se dio cuenta de que Himmel únicamente pretendía llegar hasta un niño que estaba sentado a unos metros, entretenido con unas pelotas diminutas y una manzana.
—¡Hola! —saludó la chica de cabello azulado, sonriendo.
El niño la miró, le dedicó una sonrisa y agitó una manita. Sus ojitos verdes, ligeramente rasgados, brillaban de alegría.
—¿A qué juegas?
—Coiniques —contestó el chiquillo —¿No sabes qué es?
Himmel negó con la cabeza, mirando por encima de su hombro.
—Kuu, ¿le preguntamos por el señor Dominique?
—¿Onclè? —musitó el pequeño.
—¿Qué dijo? —quiso saber Yumegami.
Himmel frunció el ceño, mirando de nuevo al niño.
—¿Conoces a un señor llamado Dominique Lumière? —inquirió.
—Es onclè —indicó el niño, guardándose en los bolsillos, una a una, las pelotitas —¿Quiénes son ustedes?
—Yo me llamo Himmel y él se llama Kuu. ¿Podemos hablar con tu onclè?
El pequeño asintió, sujetó la manzana con fuerza y les pidió con una seña que lo siguieran.
—¿Cómo te llamas, amiguito? —quiso saber Himmel.
—Sakuhiro. Sakuhiro Lumière.
Himmel miró a Yumegami rápidamente.
—No combinan —susurró el chico, captando la pregunta muda.
—Ya, ya —dijo el chiquillo de pronto, sobresaltando a los otros dos —Pero la maman de papan era de Jepon y mi maman también, así que…
—¡Sakuhiro! ¿Qué te he dicho de hablar con desconocidos?
Un hombre venía de la casa sencilla más cercana, agitando los brazos en alto. Su vestimenta, pensó Yumegami, era similar a la de Dominique en su sueño, compuesta por pantalones oscuros con chaqueta a juego y una camisa blanca. Los pantalones y la chaqueta eran azul marino, y la corbata, cosa extraña, era de un tono rosado que no desentonaba del todo con el resto del conjunto. El adulto se cubría el rostro del sol con un sombrero azul marino rematado por una sedosa pluma rosada.
—Él es papan —presentó Sakuhito con orgullo —Y onclè Dominique es su primo. ¿Verdad, papan?
—¿Quién quiere saberlo?
—Nosotros. Yo soy Himmel y él es Kuu.
El hombre abrió sus rasgados ojos todo lo que pudo, admirando a Yumegami con unos orbes de tono verdoso y penetrante. Acto seguido, el adulto se quitó el sombrero e hizo una reverencia.
—Bienvenidos sean a Bonmagiq. Seré su anfitrión, Sakuma Lumière.
-&-
La casa a la que llegaron les recordó vagamente a aquellas que habían visto en fotografías de Nihotto. El piso se componía de duelas de madera clara, en el recibidor tuvieron que quitarse los zapatos y en la sala se sentaron directamente en el suelo, ante una mesita baja donde una mujer ataviada con un kimono azul marino acomodaba un servicio de té.
—Amour, a tiempo, como simpre —señaló Sakuma con una sonrisa.
La mujer del kimono les dio la bienvenida con una inclinación de cabeza. Sus ojos rasgados eran de un castaño transparente, que recordaba al de Ryoko, pero su tez era menos pálida y llevaba el cabello castaño recogido en su nuca y adornado con una peineta que ostentaba tres asteriscos dorados y flores de cerezo blancas y rosas.
—Eso intento, koi —indicó, fingiendo un mohín de disgusto.
De pronto, Himmel y Yumegami notaron que la del kimono se veía como poco más que una adolescente, comparada con Sakuma.
—¿Se la habrá robado? —inquirió repentinamente Yumegami.
—¡No! —la joven mujer se echó a reír en cuanto comprendió a qué se refería —Sakuma-kun es un caballero. De haber intentado robarme, otosama y okasama lo habrían dejado fuera de combate en un parpadeo. Vivo aquí desde poco antes de la boda, vine para aprender las costumbres y el idioma, pero koi me lo pone todo muy fácil, ¿saben?
Toda aquella palabrería hizo que Yumegami recordara algo… a alguien.
—¿Por casualidad conoce a Kishimoto Sasume-san? —le preguntó a la mujercita del kimono, que estaba por irse de la sala.
—¡Claro que sí! Es mi madre. Aunque ahora no se apellida así.
Yumegami asintió, en señal de comprensión.
—¿Podemos ver a Keb? —quiso saber Himmel, impaciente.
La del kimono dio un traspié y se puso de golpe muy contenta.
—¡Así que vinieron! Ya se habían tardado, ¿saben? Koi, ¿puedo ir a casa de Dominique-san a avisarle? Anda, anda…
—Claro que sí, amour, pero antes acompáñanos a tomar el té. Hay que hablar de algunas cosas.
La otra asintió y se sentó a la derecha de Sakuma.
—¿De dónde conoces a mi madre? —quiso saber la del kimono azul.
—En donde vivimos existe.
—¿Entonces todo eso que nos decía Keb-kun era cierto?
—¿Has hablado con Keb? —Himmel sonrió, visiblemente ansiosa.
—Oh, sí. Dominique-san es un poco gruñón, pero muy amable. Cuando nos contó lo que había sucedido, lo apoyamos en hacer que Keb-kun se adaptara. Así pasaría desapercibido. El resto fue sencillo de realizar con unos cuantos conjuros antropomórficos y…
—¿Son hechiceros? —indagó Yumegami, cortando la perorata.
Al oírlo, la mujer del kimono cerró la boca y asintió. No parecía en absoluto ofendida por ser interrumpida; es más, se diría que estaba acostumbrada a hablar de más y ser detenida en seco.
—Si así le llaman a quienes hacemos magia con varita, pociones, hechizos y cosas así… Sí, creo que somos hechiceros, ¿saben?
—Disculpa, ¿cómo te llamas?
La mujer parpadeó con desconcierto, mirando a Sakuma, quien la alentó con una cabezada.
—Ah… Masako. Lumière Masako.
—¿Y antes tu apellido era…?
La mujer no pudo contestar. Sobre la mesa a la que estaban sentados, flotando en el aire, apareció algo similar a un espejo, ovalado y con un lado opaco, que giraba sobre sí mismo mostrando el rostro de un muchacho medio oculto en las sombras.
—¿Himmel? ¿Estás allí? Acabo de sentirte, ¿estás en Bonmagiq?
Y tan pronto como vino, aquella especie de espejo se desvaneció con el sonido de una burbuja al estallar. Algo así como un pop.