Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Rilato · de

Rilato — capítulo 12

012: Lazo.

(Abierto)

Lúcete, ahora que se presenta la ocasión…

Lánzate, debes alcanzar la salvación…

Llora, demuestra que tienes corazón…

Himmel se puso de pie de un salto, con la angustia reflejada en su carita casi infantil. Masako también se levantó, aunque con semblante más sereno y sacando de una de las amplias mangas de su atuendo lo que se veía como una varita de madera.

—¿Puedo ir ahora, koi?

—Sí, pero autotranspórtate, ya sabes dónde —indicó Sakuma.

Masako asintió y para asombro de Himmel y Yumegami, se desvaneció con un ligero plin.

—¿Qué fue eso? —quiso saber Himmel.

—¿La autotransportación? Es viajar con magiq: pensamos en un lugar y en segundos ya estamos allí.

—¿"Magiq"? ¿Así le llaman a lo que pueden hacer? —inquirió Yumegami.

Sakuma asintió.

Un minuto después, Masako había vuelto, aferrando con la mano derecha la izquierda de alguien más. Himmel saltó de gusto.

—¡Keb!

Yumegami observó con inexpresivo interés al muchacho que venía con Masako. Era más o menos de la misma complexión delgada que Himmel, daba una imagen inconfundible de fragilidad. Vestía a la usanza de aquella realidad, con pantalón largo y chaqueta a juego, de color verde botella. Su camisa era azul celeste, lo cual desentonaba ligeramente con el verde vivo de su cabello, el cual parecía adornado con mechones de un color que estaba entre el rojo y el naranja. Con los ojos cerrados, era imposible saber el color de los mismos, pero Yumegami intuyó que serían bellos e intrigantes, como los de Himmel.

—¡Eh, Keb! ¿Estás bien? Te vi hace un momento.

El muchachito asintió con la cabeza, abriendo los ojos y fijándolos en Himmel al tiempo que esbozaba una sonrisa. Como Yumegami imaginaba, los ojos de Keb eran todo un espectáculo, el iris de ambos brillaba en un tono anaranjado semejante a una joya para ir palideciendo conforme se acercaba a la pupila, quedando un color amarillo como el plumaje de un canario. Keb no lo miraba directamente, pero Yumegami tuvo la sensación de que cuando lo hiciera, ocurriría algo excepcional.

Por ahora, Keb solo prestaba atención a Himmel, quien lo abrazaba con fuerza. La chica reía con verdadero entusiasmo, para luego llenarle las mejillas de besos al tiempo que le revolvía el cabello. Era como una niña que se reencuentra con un amigo muy querido después de años sin verse. Según lo que sabía el resto de los presentes, quizá era así.

—Keb, Keb, ¿puedes venir con nosotros, verdad? —preguntó Himmel en ese momento —Para estar siempre juntos. ¿Quieres?

El chico ladeó la cabeza hacia el matrimonio Lumière presente. Masako tenía los ojos aguados, pero sonreía y asentía con la cabeza. Sakuma se inclinó levemente, insinuando una reverencia.

—Fue un honor conocerte y hospedarte, Keb. ¿Te despediste de Dom?

—No estaba en casa —contestó Keb con una voz digna de cualquier varón adulto: seria, grave, sosegada —Había dicho que saldría un momento, iba a la oficina de correos.

—Voy por él —se ofreció Masako, guardándose la varita de madera de nuevo en su amplia manga —¿Puedo, koi?

—No hará falta, seguro lo tendremos aquí en…

—¿Hablabas de mí, Sakuma?

La imagen tangible de Dominique Lumière estuvo ante todos, llegando con el mismo plin que Masako produjo antes.

—Ah, eres el niño raro de los sueños —masculló, mirando a Yumegami, antes de observar cómo Keb soltaba a Masako para sujetar una mano de Himmel —Ella es tu amiga, ¿no? La que no te cansabas de nombrar.

Keb asintió, apenado.

—Bueno, no hagas dramas por esto, no es como si no pudieras venir otra vez a visitarnos.

—Ah, Dom… Es que el tiempo…

El joven de cabellos verdes intentaba explicar algo, pero al parecer lo pensó mejor y cerró la boca.

—Sí, me lo habías mencionado. Pero tu amigo puede hacerlo, ¿no?

Dominique señaló a Yumegami con una mano.

—¿Kuu? En teoría no debería…

De nuevo, Keb dejó la frase inconclusa, encogiéndose de hombros.

—¿Me conoces? —se extrañó Yumegami.

—Sí. Una vez vi accidentalmente nuestra realidad pasada. Vi cómo… —Keb se aclaró la garganta —Vi cómo saliste de donde te tenían.

Yumegami asintió, haciendo una mueca.

—Cuídate, Keb —deseó Dominique, mostrando una ligera sonrisa.

—Tú también, Dom. Y disculpa todas las molestias.

El aludido negó con la cabeza justo cuando Sakuhiro entró a la habitación, con una manzana en la mano.

—¿Te vas, Keb-kun? —quiso saber.

—Sí, pero espero volver otro día.

El niño sonrió y le regaló la manzana.

A los pocos segundos, los Lumière en Bonmagiq se desvanecieron de la vista de Himmel, Keb y Yumegami, en cuanto ella dio un salto.

Volvían a casa.

-&-

—¡Vamos a almorzar!

Khaos resopló, lo que para sus compañeros de facultad, era común en ella cada vez que Beltane Stoker hacía ademán de abordarla.

El asunto era que últimamente, Stoker parecía comportarse un poco mejor porque Khaos le prestaba algo de atención.

Para el resto del grupo de Programación Gráfica, era como una señal del fin del mundo.

—Stoker, por última vez, ¡compórtate! Pareces un niño.

—Estás demasiado acostumbrada a Kuu como para apreciarme.

La chica le dedicó un mohín de fastidio, para luego suspirar por lo bajo. Stoker dejó a un lado las bromas y puso su mejor cara seria.

—No te preocupes. Si Kuu dijo que no les pasará nada, es la verdad.

—Sí, claro…

Khaos sabía que pocas veces las cosas salían como uno las quería. Así que lo único que le quedaba era confiar en que Yumegami haría todo lo posible por cumplir sus propias palabras y volviera pronto.

Era increíble la forma en que lo echaba de menos, cuando en meses anteriores, apenas le dirigía la palabra.

—¿Tú por qué eres amigo de Kuu? —inquirió Khaos.

Stoker fingió meditarlo, pero no tardó mucho en contestar.

—Es como el hermano que siempre quise tener —confió —Un chiquillo al que tengo que regañar de vez en cuando por hacer tonterías, pero al que siempre voy a querer. ¿Comprendes?

Khaos se encogió de hombros, ligeramente abrumada por la sinceridad de Stoker. Sintió un nudo en la garganta, seguido de un vacío en el estómago. Stoker la miró con cierta alarma.

—Oye, ¿qué tienes? Te pusiste pálida de pronto. Y eso en ti es decir mucho. Lo que necesitas es comer algo. ¿Qué se te antoja? Yo invito, no puedo permitir que la chica de mi mejor amigo se desmaye de inanición. Seguro que devoraría mi sueño de una semana.

Una vez que Stoker comenzaba una de sus peroratas, era imposible pararlo. De eso se había dado cuenta Khaos hacía tiempo, pero era extraño escucharlo y darse cuenta que todo lo que decía tenía una secuencia lógica y no cambiaba bruscamente de tema. Pensando en eso, llegaron a la cafetería más cercana al aula de su próxima clase, Stoker hizo que se sentara a una de las mesas exteriores y le preguntó de nuevo qué quería.

—Ah… No sé… —Khaos olisqueó el aire, detectando algunos aromas que le hacían agua la boca —¿Puedo…? ¿Me traerías una orden de carne con papas y… quizá… fruta con yogurt de postre?

Stoker asintió sin replicar y se adentró en el edificio a su derecha, sacando en el camino una billetera roja y adornos grises. Al joven le daban ganas de reír.

—De verdad es tímida —musitó, acordándose de algo que le había contado Yumegami —No te preocupes, amigo, la cuidaré bien.

Le llegó la hora de probarlo cuando un ruido ensordecedor causó pánico en los estudiantes que andaban por allí. Stoker giró la cabeza enseguida y vio un destello entre azul y blanco que le impedía ver la mesa donde había dejado a Khaos.

Se guardó distraídamente la billetera y olvidándose del almuerzo, desanduvo el camino para hallarse con que el destello provenía de llamas enormes que se ubicaban, precisamente, donde segundos antes Khaos estaba sentada. Antes de paralizarse debido al miedo, usó su habilidad para detectar en ese punto algo que no fuera fuego y tras unos segundos, suspiró. No había nadie allí.

—¿Stoker?

Él se sobresaltó, pero al segundo siguiente sonrió con evidente alivio. Khaos venía por su derecha, de detrás de un árbol cercano, y sin contar con que su larga falda de mezclilla verdosa estaba chamuscada por un lado, ella estaba ilesa.

—¿Qué pasó? —quiso saber él enseguida.

—No lo sé. Te estaba esperando, pero me acordé que quería también un jugo de toronja y me paré para ir a decírtelo. Luego cayó allí algo que parecía un balón y…

Khaos tuvo que sujetarse de un brazo de Stoker, porque creía que iba a desmayarse. En parte por la repentina punzada que sentía cerca del estómago, pero casi toda la culpa la tenía lo que acababa de ver.

Cumulus Stratus estaba allí, barriendo con la mirada el terreno. A su diestra, con una mirada fiera, se podía distinguir a Letheo Atistotel.

—¿Estás bien? —se alarmó Stoker.

—Allí… Stratus… Aristotel… —tartamudeó Khaos.

El otro comprendió y ubicando a los tipos, movió la mano en un gesto aparente de desenfado, señalando aquellas extrañas llamas.

Un remolino ardiente salió de ese punto y casi da en el blanco.

—Ah, el pirogénito anda por aquí… —musitó Aristotel, sonriendo un poco con evidente malicia —Y creo que también el soñador…

—Beltane, ¿vas a hacer lo mismo que tu padre? —insinuó Stratus, con una seguridad aparente en lo que hacía —¿Con tu fuego vas a asesinar? ¿O harás tú el trabajo sucio, fenómeno de los sueños?

El nombrado hizo una mueca, era como si le hubieran dado un puñetazo. Khaos, sin saber por qué, lo aferró más fuerte.

—Vámonos —le pidió en voz tan baja que apenas ella se oyó —Déjalo…

—No puedo permitir que…

—Si eres amigo de Kuu, no vas a matar a nadie.

Stoker la miró con ligero desconcierto, pero a la vez con un sincero agradecimiento. Tenía razón: no haría nada que Yumegami repudiaría.

—Anda, por la parte de atrás. Le encargaré al fuego que nos cubra.

El muchacho repitió su ademán desenfadado y las llamas crecieron lo suficiente como para que la visibilidad de Stratus y de Aristotel se viera afectada. Para cuando varios trabajadores de la universidad llegaron a extinguir el pequeño incendio, los dos Proyectos refunfuñaban.

Sus presas se habían esfumado.

-&-

Al mismo tiempo que Himmel y sus acompañantes caían limpiamente en la sala principal del Albedrío, Khaos y Stoker entraban por la puerta principal, lo que sorprendió a Alí, quien salió de su estudio ante todo el alboroto. Primero saltó a su vista la falda chamuscada de Khaos, por lo que fue hacia la chica a toda velocidad.

—¿Qué ocurrió? —interrogó sin demora.

Stoker lo explicó lo mejor que pudo, ayudado por Khaos en ciertos puntos. Cuando ambos terminaron, Alí meneó la cabeza con pesadumbre, a la vez que fruncía el ceño, claramente pensativo.

—¡Hemos vuelto! —anunció Himmel por todo lo alto, abandonando la sala principal —Alí, mira, ¡vino Keb! ¿Quieres…?

La jovencita se calló al notar la tensión en el ambiente.

—¿Pasó algo malo? —Himmel se preocupó al instante.

Stoker iba a contestarle, cuando de pronto decidió que primero debía desquitar su nerviosismo con algo. O alguien.

—Debiste decirme que te ibas a tardar tanto, Kuu. Hubiera sido de ayuda que estuvieras aquí.

—¿Tardarme? —se extrañó Yumegami, que involuntariamente mantenía los ojos fijos en Khaos, a la que encontró básicamente bien.

—¡Sí! Como toda la quincena estuvo en paz, creí que no pasaría nada. Pero luego va ese idiota de Stratus con su amiguito come-pensamientos y…

—¿Una quincena? —Yumegami se giró hacia Himmel, interrogante.

—Al viajar entre realidades, el tiempo no corre igual —explicó Keb de repente, con voz tímida —Normalmente, el mundo del que vienes… Avanza más rápido que el mundo al que llegas.

—Por eso aquí fueron dos semanas y en Bonmagiq, ni un día.

Ante la observación de Yumegami, Keb asintió.

—Increíble que Stratus se atreviera a atacar la universidad —comentó Alí, conteniendo un bufido —Disculpen, tengo que arreglar unos asuntos. Pueden ir a descansar. Y bienvenido al Albedrío, Keb.

El de cabello verde le dedicó una sonrisa agradecida antes de ser arrastrado por Himmel al fondo de la casa, buscando a Mía. Yumegami entonces fijó los ojos en Stoker, quien asintió y mencionó algo de perderse por allí, para conocer la casa. En el pasillo solamente quedaron Khaos y Yumegami, sin verse de frente todavía.

—Lo siento —musitó Yumegami de pronto —No sabía que tardaría tanto.

—No importa. Stoker es buen niñero.

—¿De verdad no te pasó nada?

Khaos negó con la cabeza una sola vez, pues comenzó a sentir que todo le daba vueltas. Seguramente el susto apenas le estaba afectando.

—Si Stratus los está siguiendo junto con Aristotel, tal vez debería…

—Nada de entregarte, ¿de acuerdo?

Yumegami asintió.

-¿Quieres conocer a Keb? —ofreció a cambio.

—Sí, pero… Tengo hambre. Stoker y yo no almorzamos por…

Khaos se llevó una mano al estómago, con una mueca de dolor.

—¿Estás bien?

—Yo… No sé…

En el instante en que Yumegami la tocó, sucedió algo curioso. El dolor se desvaneció, igual que el mareo. Khaos aferró la mano del joven, recuperándose de la impresión, cuando sintió un repentino e indeseado calor en los dedos.

—Suéltame —le pidió a Yumegami —¡Suéltame ya!

Él obedeció enseguida, mirándola con cierta decepción.

—¿Cómo…? Yo estaba… No quería…

—No te preocupes.

—¡Es que no quiero hacerte eso! —exclamó ella por lo bajo, apoyando la espalda en la pared más cercana, con una mano aún en el estómago, tanteando dónde estaba realmente el dolor —No quiero matarte a ti…

Yumegami se acercó a Khaos lentamente, estirando una mano para envolver la que ella tenía en el estómago. En cuanto lo consiguió, quiso asegurarle que no se moriría tan fácilmente, pero no pudo hacerlo.

De pronto, estaba sumergido en un sueño accidentalmente.

-&-

—Que no llore… Que no llore…

Aquellos gimoteos eran capaces de desgarrarle el alma a cualquiera. Incluso Yumegami, que hasta hacía poco se consideraba insensible, sintió algo de incomodidad al oírlo.

¿Pero quién sufría? ¿Y por qué había entrado a su sueño ahora?

—¿Hola? —llamó, cauteloso.

—¿Puedes hacer que pare?

La voz sonaba como la de un niño pequeño, que apenas ha aprendido a hablar con claridad. Los niños requerían que les hablaras, más cuando no te veían, si es que querías darte a entender. Eso lo sabía Yumegami de sobra. Así que contestó con voz alta y clara.

—Quizá. Dime qué quieres que pare.

—El dolor de mami.

—¿Qué le duele?

—Le duele… Le duele… Ella llora mucho…

Eso no contestaba su pregunta, así que Yumegami se armó de paciencia para conseguir más datos de parte de ese niño invisible.

—¿Qué le pasó recientemente a tu madre? —inquirió con amabilidad.

—Ella… cree que hizo algo malo… Y alguien me lastimó…

Sonaba lógico. Quizá una madre tuvo un descuido que ocasionó que el niño resultara herido. Sin querer, sonrió de forma conciliadora.

—Dile que la quieres —aconsejó finalmente —Ella no hizo nada malo, ¿verdad? Y tú sigues vivo. Haz que vea eso.

—Pero mami… Mami no me oye… Todavía no…

—¿Todavía?

—Es que… Le duelo yo… Creo… que no voy a llegar…

—¿A llegar?

—Algo me jala… Me quiere llevar lejos… Pero quiero a mami… Quiero ver a mami… Y quiero decirle a papi que lo siento…

—¿Qué pasó con tu padre?

—No sé… Fue sin querer… Le quité algo… Y mami lloró más…

Yumegami comenzó a sentir un nudo en la garganta. Quería abrazar a ese niño y decirle que todo estaría bien. Quería protegerlo de todo mal, como lo hacía con Khaos. Pero no lo veía por ninguna parte.

—¿Puedes devolverle a tu padre lo que le quitaste? —preguntó.

—No sé… Mami está asustada… Papi no despierta… Lo llama y lo llama…

—¡Kuu!

Yumegami dio un respingo. Esa era Khaos. Y sonaba…

—¡Kuu! ¿Qué te pasa? ¡Kuu!

Se concentró en volver a la realidad, como siempre lo hacía, pero sintió que alguien se sujetaba a una de sus manos con insistencia. Miró hacia abajo y no vio a nadie, aunque sentía los deditos de un niño.

—¿Por qué grita mami?

Yumegami se desconcentró, pensando en algo tan imposible como lógico. Pero increíblemente, pudo salir del sueño.

-&-

—¡Kuu! ¿Me oyes? ¿Estás bien?

—¡Eh, amigo! Si no despiertas ahora mismo, soy capaz de incendiarte.

—¿Y eso para qué?

La débil voz de Yumegami causó que Stoker abandonara sus amenazas. Yumegami distinguió alivio en los ojos grises del que se decía su amigo.

—Kuu… estás…

El rostro de Khaos, a la derecha, mostraba una ligera confusión a través de la tranquilidad que sentía por verlo despierto. Extrañado, alzó una mano, la misma que antes era sujeta por pequeños dedos y…

—No puede ser… —musitó, llevándose la mano a la frente.

La encontró empapada en sudor frío. ¿Qué había ocurrido?

—Kuu… ¿por qué…?

—No sé qué pasó —reconoció el muchacho, incorporándose lentamente —Yo… iba a decirte algo —miró a Khaos —Luego… Luego estaba en ese sueño y…

—¿Sueño? —se extrañó Stoker, ayudando a su amigo a sentarse —¿No se supone que debes tocar a alguien para hacer eso? ¿O estar dormido?

—Sabes que casi nunca duermo. Y toqué a alguien. En cierta forma.

—¿De qué hablas?

—¿Cómo supieron Stratus y Aristotel que estaban donde estaban?

Hasta que Yumegami lo mencionó, Stoker se dio cuenta del detalle. Adoptó una expresión de concentración intensa, repasando en su mente la aparición de aquellos dos sujetos, cuando se fijó en algo que hasta ese instante, no le había importado mucho.

—Creían que estabas con nosotros —comentó con lentitud.

—Eso imaginé. Tengo que hablar con Viola-sama.

—Ella no está ahora y…

—¿Qué pasa?

Alí, por lo visto, había terminado sus asuntos, porque salía de su estudio a toda carrera, alarmado al contemplar a los tres en el suelo.

—Ali-sama, necesito renegociar mi contrato.

—¿De qué hablas, Kuu? Sabes perfectamente que nunca renegociamos.

—Pero necesito hacerlo ahora.

—Kuu… —musitó Khaos con ansiedad

Él se giró hacia ella, pero no supo cómo reaccionar cuando recibió un beso en la mejilla.

—Deja de llorar primero —rogó la chica.

Yumegami parpadeó repetidas veces, confundido.

—¿No te habías dado cuenta? —espetó Stoker, incrédulo.

—Pues… no. Por favor, Alí-sama…

—Lo siento, Kuu, pero es una de nuestras reglas. Jamás renegociamos.

El rostro de Yumegami reflejó entonces pena y desesperación. Eso en él era demasiado anormal, por lo que Khaos se asustó. Iba a hablar, pero sintió una nueva punzada cerca del estómago y se torció de dolor.

—Áphatos, ¿qué te pasa?

Ella miró a Stoker y negó con la cabeza. Ignoraba por completo el origen de esa dolencia que amenazaba con hacerla perder la conciencia.

—Por favor, Alí-sama, comprenda que…

—No, lo siento, Kuu. No solemos romper nuestras propias reglas, por seguridad. Tendrás que voltear el contrato existente a tu favor. Es todo lo que puedo recomendarte.

—Kuu…

Yumegami por fin la escuchó y al girarse, Khaos descubrió que los ojos de ese chico, siempre indiferentes a menos que la miraran a ella, se veían como si fueran a derramar lágrimas de nuevo.

—No, Kuu, por favor…

—Alí-sama, ¿puedo discutir mi contrato con alguien más?

—Sabes que no. Los únicos con quienes puedes hacerlo somos nosotros, los fundadores del Albedrío.

El muchacho se exprimió el cerebro como nunca lo había hecho, lo suficiente como para lograr lo que Alí había indicado: que el contrato que ya había firmado lo siguiera favoreciendo. ¿Pero cómo? ¿Cómo, si ni él había considerado la posibilidad que se abría ante sus ojos? Aunque primero necesitaría confirmarla y claro, para eso…

—Khaos…

Ella asintió enseguida, enderezándose cuanto pudo, apartando de su mente el dolor que seguía arremetiendo en su contra.

—¿Qué te hace feliz?

La pregunta la tomó completamente por sorpresa.

—Por favor, piensa bien lo que vas a decir. Es importante.

Ella asintió en silencio antes de contestar.

—Ya te lo había dicho, ¿recuerdas? Tú me haces feliz. Tú y todo lo que venga de ti.

—¿Incluso si…?

Yumegami no pudo seguir hablando. Khaos, sin poder evitarlo, se había inclinado hacia adelante otra vez, estirando una temblorosa mano para buscar la de él. La otra la tenía ligeramente debajo del estómago.

—Es… como cuando ese tipo… Aristotel… Quiso comerse mi mente… No sé…

—Lo siento, Khaos. Lo siento mucho.

—¿Kuu?

Él la abrazó con fuerza, pero no era nada brusco. Se sentía cálido, pero el muchacho temblaba y Khaos creyó saber qué venía a continuación.

Yumegami estaba a punto de decir algo que de alguna forma, era un bien y un mal al mismo tiempo.

—Creí que no era posible, pero quiero… Estoy contigo, ¿de acuerdo?

—Kuu, si no me lo explicas, no lo…

—Khaos, yo… El sueño en el que estaba hace un momento… Algo en ti me encerró allí.

—¿Algo en…?

Yumegami se separó de ella solo lo suficiente para elevar el rostro y darle un beso en la frente. Ese simple hecho hizo que Khaos se calmara un poco, preparándose para cualquier cosa.

—Khaos, creo… Creo que vamos a tener un niño.