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Rilato — capítulo 17
017: Quórum.
(Abierto)
Quiéreme mucho, te he de corresponder…
Quiébrame un poco, me he de reponer…
Quítame todo, no me has de volver a ver…
—Mucho gusto —Nohek Thomas tendió la diestra, enguantada en blanco —Es un placer conocer a quien ha dejado a Yumegami en calidad de idiota.
Khaos parpadeó, confundida, antes que Nohek riera de nuevo.
—¡Es broma! Señorita, se ve que conoce bien a este traga-sueños. Me alegro por ustedes y por ese encanto de niño.
—¿Khronos? —susurró Khaos, estupefacta, estrechando la mano tendida.
—Ah, con que lo llamaron así. Entonces yo me equivoqué, tendré que hablar con mi padre —Nohek se encogió de hombros —En fin. Otro día acertaré, ¿no? Como con el vestido.
Nohek señaló con un gesto el atuendo de Khaos, quien no atinaba a comprender de qué se trataba todo aquello.
—En realidad, no habrías acertado de no haberlo visto yo —corrigió Yumegami con amabilidad —En caso contrario, Azur-sama no lo hubiera hecho exactamente como le describí.
—Diablos, tienes razón. Espero al menos acertar con lo otro, aunque mi tía y mi primo lo vieron primero. Claro que ellos no ahondaron en detalles y yo sí, incluso te los pasé…
—En ese caso, ocurrirá lo mismo que con el vestido.
Llegados a ese punto, Nohek rió mucho más fuerte que antes. Logró calmarse justo cuando arribaba una joven morena que se parecía muchísimo a él, incluso tenía un mechón del flequillo de un color llamativo, que en su caso era rojo encendido. Había que reconocerle su estilo, porque el vestido que portaba, del tono exacto de rojo que su mechón, era de un inusual aire gótico, con bordados negros en forma de enrevesadas rosas y mariposas en la parte baja de la falda cortada en sesgos, como si en el último minuto la hubieran cortado con unas tijeras. Usaba unos guantes largos y negros, a juego con los zapatos, las medias y la joyería; ésta era en realidad bisutería barata pero muy bonita, donde brillaban los cristales rojos y negros que formaban unas cuantas rosas con sus espinas.
—¿Ahora qué te pasa? —quiso saber la joven, dirigiéndose a Nohek.
Por toda respuesta, él señaló a Khaos y Yumegami, revolviéndose otra vez el flequillo y dejando de nuevo azul el mechón coloreado.
—Ah, ya —la joven, en apariencia, comprendió al instante y sonrió.
—Khaos, ella es Nicté Thomas, hermana de Nohek.
—Gemela —corrigió la aludida con orgullo.
Khaos le sonrió y aceptó la mano que le ofrecía, conteniéndose de tragar en seco. Era evidente que Nohek y Nicté se entendían, al contrario de Yumegami y el tal Shi.
Apartó el pensamiento. No quería pensar en problemas esa noche.
—Como habrás escuchado, Nohek previó tu atuendo, yo lo vi en uno de sus sueños y le pedí a Azur-sama que lo hiciera. Los Thomas son en su mayoría metamórficos o hechiceros, pero el padre de ellos, Nathaniel-san, además de ser ambos, resultó precognitivo. Por otro lado, la familia de su madre, Alitzel-san…
—¿Vas a recitar todo nuestro árbol genealógico? —quiso saber Nicté, en tanto su gemelo apenas contenía la risa.
—No, supongo que no es necesario. Solo una cosa antes de retirarnos, ¿sigue en pie lo acordado?
Nohek asintió, repentinamente más sereno, lo mismo que Nicté.
—Muchas gracias.
Yumegami tomó de la mano a Khaos y la condujo fuera del salón, al pasillo principal, dejando escapar un suspiro.
—Te agobia tanta gente, ¿no? —insinuó Khaos.
Él asintió, haciendo una mueca.
—¿Podemos ir un momento a otra parte?
La muchacha le dio la mano y caminaron hacia la sala principal. Yumegami abrió la puerta y le cedió el paso.
Khaos comprendió la razón apenas puso un pie allí.
El lugar estaba inundado de luces, pequeñas esferas resplandecientes que se parecían a luciérnagas, pero más anaranjadas y parpadeantes. Cuando se fijó mejor, descubrió que eran llamas, flotando por todos lados como si fueran el resultado de haber encendido miles de velas. Khaos giró sobre sí misma con lentitud, admirando el efecto, sonriendo cada vez más, así que no se dio cuenta de nada más hasta que Yumegami habló.
—Quise ver algo que soñé hace mucho tiempo. Tú, rodeada de luces, feliz y hermosa. Quise ver eso antes que hacer esto.
Khaos, sobresaltada, sintió que Yumegami le tomaba una mano, parando sus vueltas, para acto seguido apoyar una rodilla en tierra.
—¿Pero qué…?
No pudo terminar la pregunta. El joven le tendía una cajita negra.
—No es cierto —musitó ella.
Abrió la cajita con dedos temblorosos, aprovechando que Yumegami había soltado su mano por un instante, para luego quedarse sin palabras.
Allí, sobre terciopelo negro, había un anillo con una diminuta mariposa hecha de piedras preciosas azules, en cuyo centro resplandecía un único diamante blanco, que lanzaba tenues destellos.
—Por favor, cásate conmigo —pidió Yumegami con una voz suave y baja, casi como si temiera que estaba pidiendo algo inalcanzable.
Khaos aún no hallaba su voz y en cambio, comenzó a llorar. Eso alarmó a Yumegami, quien se irguió enseguida y besó sus mejillas.
—¿Estás bien? —inquirió él —¿Hice algo mal?
Ella negó con la cabeza, devolviéndole la cajita. Eso descolocó a Yumegami por completo, sintiendo como si algo duro y frío le golpeara el corazón. Trató de adivinar qué pensaba Khaos, pero le resultó imposible.
Salió tal como presentía. Ella, en definitiva, no querría unirse a él de por vida. Siempre tendría miedo, o la lastimarían.
—¿Me lo estás pidiendo… por Khronos?
Esa pregunta Yumegami no la esperaba.
—¿A qué te refieres?
—Es que… La gente dice cosas y…
—La gente no sabe nada de ti ni de mí. Ambos queremos a Khronos, para eso no necesitamos casarnos.
—¿Entonces?
Yumegami tuvo un chispazo de lucidez. Khaos no se estaba negando a casarse con él. Lo que necesitaba era oír el por qué él se lo estaba pidiendo. Y sabía exactamente qué razón darle.
—Quiero que el mundo sepa que nos pertenecemos, que esté consciente de que no tengo a nadie más importante que tú. Quiero que Khronos tenga la familia que merece. Quiero… quiero tenerte a mi lado para amarte el resto de mi vida.
Khaos lo contempló por un momento que a Yumegami se le hizo eterno. Nunca, que él recordara, había sentido tanta incertidumbre al esperar una respuesta. Deseó un sí como jamás lo había hecho. Por una vez, quiso hacer realidad uno de sus sueños.
—Yo también —oyó que murmuraba ella con timidez.
Fue suficiente para él. Colocó el anillo en el anular izquierdo de Khaos, pero ella pronto se lo cambió al dedo medio, sonriendo.
—Me queda flojo —explicó con nerviosismo.
—¿Quieres que lo mande arreglar?
Khaos observó por un momento su mano izquierda, donde la mariposa lanzaba guiños luminosos que la emocionaban de forma abrumadora. Negó con la cabeza suavemente.
—Siento que aquí luce mejor —afirmó, mostrando la mano —Gracias.
Yumegami fue quien negó en silencio esta vez, inclinando la cabeza y dándole un beso largo, pausado, tierno incluso.
—Gracias a ti —le susurró a ella.
Y ambos, inundados por la dicha, se volvieron a besar.
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La cena fue servida en el comedor de la casa, que por fortuna era suficientemente amplio para ocasiones como aquella. La gente ocupaba sus asientos con diligencia, agradeciendo la consideración de Viola y Alí por colocar a cada invitado entre personas que lo hacían sentir cómodo.
—¡Qué bonito! —alabó Himmel con una gran sonrisa.
Sentada a la izquierda de Khaos, tenía una buena vista de la mano que la joven había posado un momento sobre la mesa. Himmel señalaba el anillo con la mariposa, brillando cada que su dueña movía los dedos.
—Ah… gracias —Khaos le sonrió a Himmel, con las mejillas rojas.
—¿Ves cómo le gustan a Kuu las mariposas?
La otra arqueó una ceja.
—¿Lo sabías?
—Algo así. Keb y yo le ayudamos a Kuu a conseguir el anillo.
—¿Cómo?
—Keb conoce a alguien.
Khaos no quiso ahondar en el tema.
—¿Y cuándo será? —quiso saber Himmel, hablando en susurros.
—Kuu prefiere que sea después del Quórum, aunque no sé…
Himmel asintió en silencio.
—Eso es complicado. Pero si Kuu lo dice, lo hará.
Era increíble la fe que la pequeña onminauta le tenía a Yumegami. Khaos tomó nota mental de que eso debía seguir así.
De pronto, en una de las cabeceras, sonó el tañido de una copa de cristal siendo golpeada por una cuchara. Viola llamaba al silencio, el cual no tardó en hacerse, luego de lo cual ella se puso de pie.
—Les agradezco a todos su presencia esta noche —comenzó —Han venido a este lugar en diferentes momentos de su historia buscando ayuda y me alegra muchísimo que hayamos podido dársela. Espero que el año venidero les traiga felicidad y si en algo podemos servirles, no tienen más que llamar a nuestra puerta. Buen provecho y siéntanse como en casa.
Un sosegado aplauso surgió en respuesta, junto con algunos silbidos bajos. Pronto se calmó el alboroto para que se sirviera la cena gracias a las habilidades de Viola.
—¿Cómo es que nunca se cansa? —apreció Nohek Thomas a mitad de la mesa, compartiendo algún chiste privado con su gemela.
—Cuidado con el cuchillo, Kenichi, ¿entendiste?
—Sí, claro, mami. ¿Ayudo a Taisho y a Taiyou?
—No, tu padre lo hará. Fuji, por favor…
—Papá, ¿el tío Napoleón va a servir ese platillo que nos gusta?
—Eso creo, Soleil, pero primero debes comerte la sopa.
—¿Y recuerdas lo que dijo el abogado de mi ex-jefe después? Que yo le eché una maldición al negocio, ¡tonterías! Los Lumière no maldecimos…
Las conversaciones pronto fueron breves y a intervalos irregulares, admirando la destreza gastronómica de Napoleón Eaglepass y sus mejores chefs. Mirando las sonrisas y semblantes resplandecientes a su alrededor, Khaos quiso creer que el año venidero sería el mejor de su vida.
No sabía lo equivocada que estaba
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Transcurrieron dos meses sin que se notara, a excepción de que el clima se tornó ligeramente menos frío. Khaos se impuso una rutina: por la mañana, las clases en línea; por la tarde, trabajar un poco en el Albedrío. De no ser por algunos mareos y su constante hambre, la joven no podría acordarse de que estaba embarazada.
—¿Quieres más, Khaos?
Himmel había cocinado por primera vez sin ayuda y le ofrecía a Khaos una porción más de sopa de verduras, feliz de que la receta le hubiera salido al primer intento.
—No, gracias, quizá más tarde. ¿Y Keb?
—Vigila.
Khaos asintió. Keb, como omniguarda, tenía la facultad de observar distintas realidades y abrir caminos hacia ellas; eso incluía la realidad del tiempo, aunque solamente se había atrevido a ver el pasado.
—El futuro cambia a cada rato —había declarado el joven de verdes cabellos una vez, como si se quejara, al tiempo que encogía los hombros.
—¿Le llevamos sopa? —propuso Khaos entonces, refiriéndose a Keb.
—Sí, claro.
Ambas prepararon una charola y estando por salir de la cocina, entró Keb apresuradamente, con la expresión de alguien apurado y preocupado.
—¿Y Kuu? —inquirió sin más.
—En la escuela, ¿verdad, Khaos?
—Sí, tenía clases hasta después de las cuatro. ¿Qué pasa, Keb?
El aludido apretó los labios, en apariencia frustrado, antes de mostrar una mueca de resolución y salir tan rápido como había llegado. Himmel y Khaos apenas tuvieron tiempo de mirarse entre sí cuando Vittorio entró a la cocina de golpe, con un notorio miedo reflejado en su carita y en las lágrimas que no llegaba a derramar. Khaos se acercó a él, tendiendo los brazos con lentitud para poder abrazarlo.
—¿Qué pasa? —le preguntó con suavidad.
El niño abría y cerraba la boca, buscando cómo explicarse, rodando los oscuros ojos en todas direcciones.
—¿No está mamá? —quiso saber Vittorio, hablando en voz muy baja.
—No, todavía no vuelve.
Vittorio apretó los labios y siguió paseando la mirada por todas partes. Khaos sabía que al niño no le gustaba pedir ayuda, pero en esta ocasión, no parecía ser el mismo de siempre.
—Khaos, Kuu… ¿Kuu es bueno, verdad?
—¿Qué?
La pregunta no tenía ningún sentido. No para Khaos, al menos. Trató de contestar lo mejor que pudo.
—Yo creo que Kuu es bueno —dijo con dulzura, acariciando los rubios cabellos de Vittorio —Y también lo creen tu mamá y tu papá, ¿verdad? —el chiquillo asintió un par de veces —¿Tú qué crees?
—Yo… siento que es bueno —contestó Vittorio en un susurro.
—Entonces no hay de qué preocuparse, ¿verdad?
—Pero vi…
El niño regresó a su actitud anterior, sin dejar de mover los ojos de un lado a otro.
—¿Dónde está Alhelí? —se le ocurrió preguntar a Himmel.
—En su cuarto, haciendo tarea.
—¿Por qué no vas con ella un momento y…?
—No, no, todavía no.
Y cerrando los ojos, Vittorio se arrimó más a Khaos, alzando sus bracitos para echárselos al cuello, escondiendo la cara en uno de los hombros de la muchacha. Estaba temblando.
—Vittorio, ¿quieres sopa de verduras? —ofreció Himmel amablemente.
El niño asintió sin moverse apenas.
—Ahora te la sirvo. A ti también, Khaos. Siéntense.
Khaos intentó cargar a Vittorio, pero él se separó de ella con la carita ya no asustada, sino preocupada.
—¡No, no, yo voy solo! Mamá dijo que no debes cargar nada.
—Pero tú casi no pesas.
—¡No importa, eso dijo mamá!
Khaos y Himmel suspiraron con alivio únicamente cuando vieron a Vittorio comerse dos raciones de sopa mientras les dedicaba una sonrisa.
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Contrario a lo que Khaos sabía, Yumegami no estaba en clase desde las dos de la tarde. Acompañado por un Stoker de pésimo humor, había ido a una dirección que no era frecuentada por gente común y corriente.
—¿Me quieres explicar, de una buena vez, por qué hacemos esto?
Stoker nunca había sido partidario de los secretos. Sabía que existían, pero nunca tenía uno propio si podía evitarlo. Le parecían un signo de desconfianza hacia los demás.
—¿Sabes qué familia vive aquí?
Yumegami por fin detuvo sus pasos frente a una casa color azul pálido de estilo antiguo, similar a las que se veían en fotografías de algunas ciudades del continente de Pandemundi. Stoker arqueó una ceja.
—No, casi nunca vengo por estos rumbos —reconoció el pirogénito.
—Es la casa de los Thomas.
—¿Cuáles Thomas?
Sin responder, Yumegami llamó al timbre, ubicado a la derecha de una puerta de madera gruesa y oscura, donde estaban tallados algunos animales y símbolos, entre ellos un águila, un león y un ojo encerrado en un triángulo formado por tres líneas entrelazadas.
—Bienvenido, Kuu Yumegami. Justo a tiempo.
Tan distraído estaba Stoker admirando la fachada de la casa, que dio un respingo al escuchar esa voz, tan cordial pero a la vez misteriosa. Al fijarse en la entrada, se topó con un hombre trajeado, de lacio cabello rubio, rostro cuadrado y ojos de un penetrante color gris, que sonreía como si viera que algún plan estaba saliendo según lo previsto.
Entonces Stoker recordó de dónde conocía el apellido Thomas. Aparte de haber sido invitados en la cena de Año Nuevo de los Arafat Médici, esa familia de hechiceros era una de las más respetadas actualmente porque varios de sus miembros nacían con el don de la metamorfosis. Y, aunque a últimas fechas los hechiceros precognitivos eran escasos, los Thomas habían dado unos cuantos, cosa sumamente valiosa entre sus congéneres.
No se sabía mucho de los Thomas actuales, solamente que sus raros dones venían por ambas líneas. La abuela de la actual generación había sido una hechicera metamórfica en pleno dominio de sus habilidades y sus predicciones se consideraban las más acertadas. Su hijo, actual jefe de la familia, había heredado esas facultades y se casó con una hechicera cuyo apellido también era famoso en Mexitlán por pertenecerle a individuos con múltiples y curiosas habilidades.
Eso explicaba esos nombres tan pintorescos unidos al apellido, pensó Stoker al devolverle la sonrisa al hombre rubio que los recibía. Se preguntó con cuál de los Thomas estaban tratando cuando Yumegami, haciendo una reverencia, le despejó la duda.
—A sus órdenes como siempre, Nathaniel-san
—Te lo agradezco mucho, aunque no sea necesario. ¿Señor Stoker?
El aludido, dando un respingo, solo atinó a cabecear en señal de reconocimiento. Nathaniel Thomas le dedicó una sonrisa enigmática.
—Buena elección —dijo, mirando a Yumegami, antes de hacerse a un lado —Pueden pasar, los esperan.
—¿Quiénes? —se interesó Yumegami.
Nathaniel señaló el fondo de la casa, a la cual entraban por un pasillo estrecho con algunas puertas en los costados y que terminaba en una escalera y otra puerta.
—¿Vas a decirme que hoy vienes en blanco? —por lo visto, tal idea divertía ahombre rubio, puesto que amplió un poco más su sonrisa.
—No exactamente, pero…
—Comprendo. No te preocupes, si llegas a ver a alguien más, será una persona digna de confianza. Nos aseguramos de ello. Por otro lado, tu amigo podría ser útil. No es común toparse con un Gamma Uno.
—¿Cómo supo que…?
Stoker no terminó su pregunta. Algo en la sonrisa de Nathaniel le indicaba que, como Yumegami, podía conseguir información a manos llenas.
Siguieron a su anfitrión por el pasillo, para luego cruzar la última puerta a su derecha.
—Llegaron a tiempo —anunció.
Habían entrado a una habitación que era una extraña combinación entre sala y estudio, donde dos de las paredes estaban cubiertas por grandes estantes llenos de libros y, junto a ellos, unas cuantas butacas invitaban a reposar con una buena lectura en mano. Sentada a un largo escritorio de madera pulida, una mujer de cabello rubio y ojos de un pálido tono gris sonreía con misticismo a los recién llegados. Lucía un vestido muy formal color azul marino y botones de bronce, así como una expresión contradictoria, mitad ansiosa y mitad serena. Stoker arrugó la frente, segura de haber visto a esa mujer en alguna parte. Fijándose de reojo en el resto de los presentes (entre quienes se contaban los gemelos Nohek y Nicté), notó que todos guardaban respetuoso silencio.
—Es un placer conocerte finalmente, Kuu Yumegami —la mujer rubia amplió su sonrisa de manera casi imperceptible, antes de borrarla de su rostro lentamente y señalar las dos sillas frente a ella —Tu amigo y tú pueden tomar asiento, por favor. Por cierto, Beltane Stoker, la respuesta a tu pregunta es "este año".
—¿Perdón? —se sorprendió el pirogénito, cuando apenas había dado un paso para ocupar una de las sillas ofrecidas.
—¡Abuela! ¡Quería decírselo yo! —se quejó en broma Nohek.
—No lo tenías demasiado claro, querido. Y en esas circunstancias, es mejor no decir nada, ¿comprendes?
Nohek asintió, revolviéndose el flequillo, que ese día llevaba un mechón color verde limón.
—El placer es mío, Mara-dono —Yumegami hizo una reverencia antes de sentarse —¿A qué debo el honor de su presencia?
—No es precisamente un honor que venga a la casa de mi hijo, pero gracias por decirlo. Respecto al motivo, debes tener una idea.
Yumegami asintió.
—¿Qué tanto sabes de este asunto, Beltane Stoker?
—Ah… solamente supongo cosas con lo que Kuu me ha contado, señora. Estamos aquí por el asunto del Quórum, ¿verdad?
—Correcto. Hemos dedicado meses a los trámites necesarios y podemos decir, finalmente, que estamos listos.
Stoker no pudo evitar mostrar su asombro. Por lo que había averiguado, llamar a la CIC a Quórum era un procedimiento engorroso, si se miraba solamente en papel. Había que llenar formularios, redactar propuestas, recabar firmas… Quizá el excesivo trámite era parte de la razón para que el Quórum no fuera solicitado con frecuencia.
—¿Entonces serán los hechiceros quienes…?
Ante la insinuación de Stoker, Nathaniel negó con la cabeza.
—Los hechiceros somos la especie monstruosa más numerosa, pero no es conveniente que respaldemos esto —explicó Mara con serenidad —Daría pie a varias sospechas, entre ellas que los precognitivos hayamos visto algo que nos favorece y por eso apoyamos algo tan ilógico, en apariencia, como el reconocimiento de nuevas especies. Así pues, nos arriesgaremos empleando una táctica que pocos esperan.
—¿Y eso es…?
Mara esbozó de nuevo su sonrisa mística. Esa que, por lo visto, había heredado su hijo Nathaniel.
—¿Conoces al señor Rouge, aquí presente?
A la izquierda de Stoker, sentado en una butaca entre Nohek y Nicté, se hallaba un hombre con el aspecto de ser alguien serio que nunca se andaba con rodeos. Su traje era gris oscuro, al cuello traía anudada una corbata verde botella, sus zapatos negros estaban impecables y todo eso no coordinaba del todo con su ovalado rostro de aspecto juvenil, cubierto de pecas, ni con su despeinado cabello rojizo. Mucho menos con sus ojos azules, que dedicaban miradas penetrantes, incluso desconfiadas, a casi todo a su alrededor.
—Rouge… Rouge… —Stoker repetía el apellido en voz alta para hacer memoria —¡Momento! ¿Hablamos de "ese" Rouge? ¿El…?
—Vaya, alguien por fin se impresiona ante mi mera mención —ironizó el señor Rouge, sonriendo apenas pero sin que el gesto fuera compartido por sus ojos —Sí, jovencito, soy yo, ¿algún problema con eso?
Stoker se apresuró a negar con la cabeza, sin decir palabra.
—Un placer conocerlo, Maurice-dono —Yumegami le dedicó al señor Rouge una inclinación de cabeza —¿No tiene inconvenientes? —preguntó.
—Ninguno. Y me sorprende, cuando generalmente, los problemas de los monstruos no son de mi interés.
—¿Cuándo se podrá proceder?
—El periodo oficial para llamar a Quórum inicia mañana, esperaremos un par de días antes de comenzar. Si queremos que esto resulte, nos atendremos a las leyes en todo lo posible. Ya conversé con el abogado, buen tipo. Dará el asesoramiento y será el Respaldo.
—No, ese seré yo.
El señor Rouge, al ponerse de pie intempestivamente, dejó muy claro que no le gustaba que lo contradijeran.
—¿Tú, el Respaldo? ¿Tienes la menor idea de lo que significa? ¿De lo que podrían llegar a hacerte para apoyar o desacreditar el Quórum?
Yumegami asintió una sola vez, imperturbable.
—Entonces lo serás, y atente a las consecuencias —espetó el señor Rouge antes de sentarse nuevamente.
—Ya, tranquilo, Mau —musitó Nicté en tono conciliador.
El señor Rouge le dedicó una fugaz sonrisa antes de suspirar.
—Quizá no me gusten los monstruos, pero a fin de cuentas, son tan seres vivos como yo y merecen respeto —se explicó el hombre, pasándose una mano por el rojizo cabello —Eso es lo que defiendo y aún así…
Un curioso sonido, producido por una ráfaga de viento proveniente de la puerta, hizo que los presentes fijaran la mirada en ese punto. Se quedaron atónitos cuando vieron un rostro de verdes cabellos asomándose desde lo que parecía un hueco en la puerta misma… o mejor dicho, en el espacio tangible que era aquella habitación.
—¿Kuu? ¿Estás ahí, Kuu? Casi no puedo ver, es urgente…
Nadie habló mientras Yumegami se adelantaba un par de pasos.
—¿Qué sucede, Keb?
—Eso quisiera saber, ¿cuándo hablaste con el señor Lookmoon?
—Jamás. Ni siquiera lo conozco.
—Entonces explícame a quién vi con él hace tres meses. ¡Hasta le propusiste que llamara a Quórum! Y el señor Lookmoon lo hará mañana.
—¿Quién es Lookmoon? —soltó Stoker en un susurro.
—Mi colega licántropo —contestó al instante el señor Rouge.
Stoker bufó por lo bajo. ¿Qué diablos estaba pasando?
—¿Dices que llamará mañana a Quórum? ¿Estás seguro de eso?
Yumegami frunció el ceño con fuerza al ver a Keb asentir.
—De acuerdo. Investiga todo lo que puedas. Si es posible, que te acompañe Alí-sama. Llegaré al Albedrío en cuanto pueda. ¿Tú estás bien?
—Sí, claro. ¿Dónde estás? Casi no puedo ver nada allí.
—Es un sitio protegido por hechiceros. No te fuerces, Keb.
El muchachito de cabello verde volvió a asentir y el extraño hueco que había formado se desvaneció poco a poco.
—¿Ese chico qué cosa es? —quiso saber el señor Rouge, atónito.
—Es una de las nuevas especies a reconocer —contestó Yumegami sin dar más detalles —Debo regresar —se dirigió especialmente a Nathaniel y a su madre —Disculpen las molestias y espero que nos veamos otra vez.
—Nos veremos —aseguró Mara, mientras Nathaniel asentía en silencio. Ambos mostraban la misma sonrisa enigmática que a Stoker le causaba gracia y temor a un tiempo —Saluda en nuestro nombre a los del Albedrío y diles a esos dos que confíen un poco más en lo que perciben, porque lo que ven les puede hacer mucho daño.
—¿A esos dos?
Mara asintió y Yumegami, buscando una pista de lo que quería decir, observó detenidamente a Nathaniel, a Nohek y a Nicté. Los tres tenían expresiones neutras, pero en Nicté detectó una mueca fugaz que delataba la angustia que la asaltó por un momento ante las palabras de su abuela.
Finalmente, Yumegami asintió y le hizo señas a Stoker para que se retiraran. Su mente trabajaba a toda velocidad para intentar resolver el obstáculo que se presentaba a sus planes, pero en su corazón se había instalado el miedo como nunca antes.
—¿Qué sucede, Kuu?
Stoker había notado el cambio en el perfil de Yumegami, usualmente estoico, ahora con un casi imperceptible gesto de preocupación. Eso solo le sucedía por una cosa en particular, y aunque imaginaba de qué se trataba, necesitaba oír toda la explicación de boca de su amigo.
—Si las cosas fueron como yo creo, no nos ayudará en nada que el Lookmoon-san llame a Quórum —comenzó Yumegami, apurando el paso sin darse cuenta —¿No escuchaste lo que dijo Keb? ¡Yo le pedí a Lookmoon-san que llamara a Quórum! ¿Por qué habría de hacer eso, cuando ya había comenzado a planearlo con los Thomas y Maurice-dono? Además, si no mal recuerdo, Lookmoon-san es pariente de Noctelumen.
—Espera, ¿Noctelumen? ¿La licántropa que…?
Stoker no terminó la pregunta ante el asentimiento de Yumegami.
—Los Lookmoon deben ser los licántropos directamente involucrados en el asunto de los Proyectos. Llamando ellos a Quórum, Maurice-dono no podrá hacerlo. Después de terminar un Quórum, hay que esperar al menos seis meses para llamar al siguiente.
—¿Pero para qué? ¿Qué van a solicitar en ese Quórum?
—No quiero ni pensarlo. Me pregunto qué pretende Shi…
—¿Quién es Shi?
Yumegami entornó los ojos, mostrando la furia que sentía consigo mismo. Stoker interpretó correctamente aquello y se detuvo, deteniendo al otro jalándolo de un brazo.
—Antes de seguir, tienes que explicarme todo.
—Beltane…
—¡Nada! Me estoy cansando de tanto misterio, Kuu. Eres mi amigo, ¿quieres entenderlo de una buena vez? Necesito saber en qué me estoy metiendo. Lo hago con gusto, ¿pero cómo quieres que me defienda si no sé contra qué estoy peleando? ¿Cómo quieres que proteja a Khaos y a Khronos por ti, si no sé de qué son capaces los contrarios?
Yumegami lo miró por lo que parecieron segundos eternos y Stoker comenzó a temer que ya no quisiera ni dirigirle la palabra. Sin embargo, al verlo suspirar con cierto aire cansado, tuvo una pizca de esperanza.
—Sigamos —indicó Yumegami con voz pesada, resignada incluso —En el camino te pondré al corriente.
Y mientras se echaban a correr rumbo al Albedrío, Stoker se fue enterando de cosas que jamás habría creído posibles, tanto buenas como malas, y supo por qué era tan importante para Yumegami llamar a Quórum.
Debían hacer lo posible por llevar a cabo sus planes y así, tendrían una oportunidad de ganar aquella malévola carrara contrarreloj.