Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Rilato · de

Rilato — capítulo 18

018: Ruina.

(Abierto)

Respira, debes persistir…

Reprime, debes fingir…

Reza, no debes morir…

Se volvió noticia de primera plana, al día siguiente, que la CIC hubiera sido llamada a Quórum en cuanto abrió sus puertas. La gente común, que apenas recordaba lo que era eso, se quedó pasmada cuando diversos medios de comunicación les refrescaron la memoria.

—Maurice Rouge, senador humano de la Cámara Interracial de la Concordia, ha hecho un llamado a Quórum —leyó por lo bajo Khaos enuno de los periódicos nacionales de mayor circulación —Lawrence Lookmoon, su homólogo licántropo, ha sido el primero en presentar una queja.

Yumegami había mencionado algo al respecto, pero sinceramente no había prestado mucha atención. Eso se debió, principalmente, a que seguía preocupada por Vittorio, que después de comer la sopa de Himmel, se había encerrado en su habitación y ni a su madre quiso recibir.

—Ya salió, ¿cierto?

Khaos asintió con una cabezada, mirando a Yumegami, que recién iba entrando al salón principal. El muchacho se sentó a frente a ella, adoptando enseguida una postura pensativa.

—¿Qué va a pasar ahora?

La pregunta de Khaos salió en un susurro. Yumegami suspiró.

—El Quórum se desarrollará de acuerdo a la ley vigente —explicó él con seriedad —Incluso puede que el proceso no tarde mucho, la mayoría de la documentación necesaria se preparó con anticipación. Lo complicado será mañana, que debe presentarse el Respaldo.

—¿Respaldo?

—Sí. Es la prueba, viviente o no, de los argumentos para el llamado a Quórum. En este caso, el Respaldo soy yo.

—¿Tú?

Khaos se puso de pie de un salto. Sintió una agitación en su interior, y de alguna manera, sabía que era porque Khronos estaba de acuerdo con ella en su alteración.

—Según lo que recuerdo… Ser un Respaldo significa… Eso es…

—Probarán conmigo que las nuevas especies se crearon, sí. Será un fastidio, incluso supongo que dolerá, pero valdrá la pena.

—¿Por qué debes hacerlo tú?

Yumegami inclinó la cabeza, con gesto apesadumbrado.

—No iba a dejar que Alí-sama pasara por todo eso. Pensé en Viola-sama, en Vittorio y en Alhelí…

—¿Y en nosotros? ¿En Khronos y en mí?

—También pensé en ustedes. Pienso estar bien, no hay problema.

—¿Piensas…?

Yumegami asintió, levantando la vista y mostrando la determinación que lo embargaba. Khaos se quedó asombrada, dado que pocas veces podían verse tan claramente los sentimientos de él.

—Prometí que no te volverían a lastimar —dijo él con firmeza —Eso me incluye. Sé que si me pasara algo, sufrirías. Y, aún siendo un egoísta, pienso salir bien de esto para no herirte.

Khaos asintió, con un nudo en la garganta, antes de acercarse a Yumegami y abrazarlo con fuerza.

—Gracias —susurró ella.

Yumegami no tardó en corresponder al abrazo.

-&-

En una de las principales avenidas de la Zona Tenoch, capital de Mexitlán, era donde se podía encontrar la sede nacional de la Cámara Interracial de la Concordia. El edificio, en forma oval y con una gran cúpula blanca de cristal a un costado, se consideraba modesto en comparación con otros como el de la residencia presidencial. Sin embargo, eso era compensado con sus interiores bellamente decorados y con una seguridad prácticamente impenetrable.

Más cuando había algo tan importante como un llamado a Quórum.

Era obligatoria la asistencia de todos los senadores, siendo las únicas excepciones casos realmente extraordinarios. Las numerosas butacas de madera forradas en terciopelo negro se ocuparon desde temprano, siendo el común denominador en los senadores gruesas carpetas de argollas: el día anterior, cada uno había recibido copia fiel de cada documento que respaldaba el llamado a Quórum que había hecho, sin que nadie pudiera creerlo aún, su colega humano.

Y hablando del rey de Rómula (como se acostumbraba decir de forma coloquial), Maurice Rouge entró a la sala con paso firme, cargando su propia carpeta de argollas y colocándose tras el atril que normalmente, solamente usaba el líder de la CIC en las sesiones ordinarias.

—Buenos días, compañeros —comenzó el señor Rouge, sonando firme e impersonal —Bienvenidos sean a la segunda sesión extraordinaria de la Cámara Interracial de la Concordia, con motivo del llamado a Quórum número cuarenta y dos en la historia de Mexitlán. Ayer se procedió a iniciar formalmente el procedimiento y se les entregó una reproducción del expediente que analizaremos. Hoy, si no hay objeciones, se presentará al Respaldo, tal como indica la ley. Es mi deber preguntar ahora, ¿tienen alguna objeción respecto al Quórum que se ha llamado?

El silencio que se creó tras esas palabras fue uno de los más tensos que se recordaran. Aunque la luz del sol iluminaba intensamente la sala al tener como parte de su techo la cúpula blanca de cristal, algunos senadores pensaron que, de pronto, se hallaban en tinieblas.

—Yo tengo algo qué decir —alzó la mano una mujer de voz musical.

—Tiene la palabra la senadora Leviatán, representante acuogénita.

La mujer se puso de pie, mostrando así su estatura considerable y su físico bien proporcionado. Su largo cabello dorado caía en suaves ondas por su espalda, creando un agradable contraste con su vestido color turquesa, que acentuaba el color azul verdoso de sus ojos. Su piel, de un tono rosado, estaba salpicada de pecas diminutas que no resultaban desagradables a la vista. Solamente había algo que no encajaba en su aspecto general y era la dura mirada que dirigía a su camarada orador.

—Con todo respeto, señor Rouge, ¿no cree que resulta sospechoso este llamado a Quórum hecho a toda velocidad? —la mujer hizo un ligero mohín, que lucía infantil en sus finos rasgos de adulta —No esperó ni un día a que iniciara el periodo oficial y presentó el expediente, el cual está muy completo, por cierto. ¿Desde cuándo ha estado planeando este llamado?

Volvió el silencio, pero por poco tiempo, ya que algunos senadores no tardaron en intercambiar rumores. El senador Rouge carraspeó.

—No voy a negar que inicié con anticipación la recopilación del expediente, eso sería cínico de mi parte. Sin embargo, señorita Leviatán, la forma en que se expresa sugiere que tengo intenciones ocultas en cuanto al llamado a Quórum y eso no se lo permito. Lo único que busco es que ninguna especie en este país quede desprotegida.

Algunos cuchicheos surgieron enseguida, habiendo en casi todos un tono de aprobación. La señorita Leviatán arrugó la frente antes de sentarse otra vez, lo que dio oportunidad a otro senador para hablar.

—¿Podemos suponer entonces que las nuevas especies no lo contactaron a usted con este único propósito?

El individuo que inquirió eso, levantándose de su butaca y sin esperar a que le concedieran su turno, se granjeó muecas despectivas. Lucía muy imponente con sus dos metros de altura, sus hombros anchos, su corto y ondulado cabello oscuro y su moreno rostro entre ovalado y cuadrado. El traje que llevaba puesto era color gris, combinado con una camisa blanca y sin corbata. El individuo arqueó una poblada ceja oscura sobre uno de sus ojos, entre azul pálido y gris plata, ante la atención negativa que generaba.

—No leyó con detenimiento el expediente, ¿verdad, señor Lookmoon? —el señor Rouge miraba a su colega sin pizca de simpatía —En caso contrario, sabría que se localizaron estas nuevas especies partiendo de reportes en el CIIG sobre CRIU's irregulares. Investigamos las anomalías, certificamos que en verdad fueran nuevas especies y no híbridos, que son comunes hoy en día, para proceder a armar el expediente.

—¿Y por qué su especie es la que avala esto?

Lookmoon había dado en el clavo. Esa era una de las principales incógnitas que rondaban las mentes de los senadores.

—El ayer no debe marcar el actuar de hoy —respondió el señor Rouge, haciendo gala de su diplomacia —Los humanos por instinto desconfiamos de los monstruos, pero eso no significa que no podamos vivir en armonía si lo intentamos. Así pues, estoy autorizado a decir, en nombre de todos los humanos de Mexitlán, que las nuevas especies tienen una mano amiga en nosotros. Y avalar el llamado a Quórum es una forma de demostrarlo.

Lookmoon contuvo un bufido de frustración antes de volver a tomar asiento. El resto de los senadores quedó bastante satisfecho con esa última respuesta, ya que ninguno quiso tomar la palabra.

—Si ya no hay más que decir, permítanme presentarles al Respaldo de este Quórum. Pasa, por favor.

De una puerta lateral, ubicada a la izquierda del señor Rouge, salió un joven de cabellos negros y pálida piel, alto y delgado. Su atuendo se conformaba por un pantalón de mezclilla azul oscuro, una camisa blanca y zapatos negros relucientes. Unos anteojos oscuros le cubrían los ojos y la concurrencia comenzó a preguntarse la razón.

—Este muchacho es parte de lo que científicos desleales del CIIG llamaron "Proyectos" —comenzó el señor Rouge, consultando su copia del expediente del Quórum, apenas atento al asombro que causaban sus palabras —No hay registro alguno de que naciera como la gente normal. Si recuerdan, la sede del CIIG en Mexitlán fue investigada hace alrededor de diez años debido a los rumores surgidos tras el secuestro masivo en la Universidad Pública de Hidracalia. Nuestro país sentó el precedente para que el mundo entero indagara a sus propias sedes y se hallaron con cosas terribles, que no vale la pena nombrar. Lo que sí debo dejar claro es que esas criaturas, concebidas en un laboratorio, tienen derecho a que se les tome en cuenta. Porque no son leyendas urbanas, sino una realidad.

Los murmullos fueron aumentando, hasta que repentinamente uno de los presentes alzó la mano con un movimiento rápido.

—Tiene la palabra el representante del señor Presidente, el Secretario de Gobernación, el señor Alberto Masada.

El aludido, poniéndose de pie, dedicó un breve gesto de mano a toda la concurrencia. Era obligatorio que, al llamarse a Quórum a la CIC, un representante del gobierno en turno estuviera presente. Se le concedía un sitio de honor al centro del graderío formado por las butacas de los senadores, pero en esta ocasión, el señor Masada había optado por una butaca sí en el centro, pero hasta la última fila, en la parte superior. Era por eso que todos los cuellos tuvieron que girar para contemplar el rostro moreno, los cabellos de un curioso tono caoba y los penetrantes ojos azules del que tenía semejante cargo.

Sin embargo, pese a su aspecto amable y sus ademanes firmes, en la república de Mexitlán todos sabían que no debían hacerlo enfadar.

—Si nadie aquí tiene inconveniente, quisiera ser yo quien hiciera la primera comprobación —expuso el señor Masada, con una delicada sonrisa.

—¿Y esa comprobación sería…? —inquirió el señor Rouge.

—Una teórica, por supuesto.

El señor Rouge asintió y le cedió el micrófono al joven de anteojos oscuros, quien hizo una inclinación de cabeza y se colocó tras el atril.

—Buenas tardes, muchacho. ¿Podrías decirnos, para empezar, tu nombre y tu lugar de nacimiento, por favor?

El aludido asintió.

—Soy Kuu Yumegami, Masada-san. Mi lugar de nacimiento… No recuerdo exactamente dónde se encontraba.

—¿Y cuál es el motivo de ese olvido?

—Cuando dejé ese lugar, el dato de su ubicación no me pareció relevante. Así que mi mente lo hundió bajo información nueva y no me he molestado en pensar en ello otra vez.

Tras esa extraña respuesta, se hizo el silencio. La expresión del señor Masada no era de contrariedad, sino de reflexión.

—¿Qué edad tienes? —por lo visto, el secretario de Gobernación creyó mejor seguir con sus preguntas, esbozando una ligera sonrisa.

—Según los más recientes cálculos, unos veintidós años.

—¿No sabes tu propia edad, muchacho?

—Puedo asegurar cuándo es mi cumpleaños, pero no en qué año nací.

—¿Y cómo es que sabes tu cumpleaños?

—Averigüé mi cumpleaños con mis habilidades por mera curiosidad.

Muchos senadores escucharon eso con expectación, creyendo que el señor Masada había querido llegar a ese tema a propósito, a de las misteriosas habilidades de aquel chico. Sin embargo, el Secretario de Gobernación arrugó ligeramente la frente, antes de seguir interrogando.

—¿Tienes documentos de identificación? ¿Tienes una CRIU?

—Sí, tengo todo eso.

—¿Cómo los obtuviste, si lo que nos dice el señor Rouge es verdad y no naciste, sino que te crearon?

—Fui a un Registro Civil y alegué pérdida de documentos por desastre natural. Llenar los formularios es sencillo si sabes, de antemano, las respuestas que no causarán la más leve sospecha.

—¿Y cómo sabías esas respuestas?

—Gracias a mis habilidades.

De nuevo el chico mencionaba sus habilidades. Los senadores se estaban preguntando si no sería algún tipo de espía creado por esos locos científicos del CIIG que iniciaron los Proyectos, pero no hicieron ademán de intervenir. Tanto la ley como los modales impedían arrebatarle la palabra al señor Masada durante su comprobación.

—¿Dónde has vivido? —se interesó el señor Masada.

—Primero, donde me crearon. Salí de allí y vagué. Luego, me las he arreglado para vivir donde a nadie le importe.

—¿Eso qué significa?

—Me adueñé de un sitio deshabitado años atrás, dando sutiles señales de mi presencia, pero sin molestar a nadie. Así, cuando la gente de los alrededores de verdad me notó, no les importó y me dejaron en paz.

Los allí reunidos sintieron de pronto un escalofrío. No tanto por lo sencillo que sonaba todo aquello en boca del muchacho, sino por su tono de voz, carente de emociones. ¿Sería verdad lo que se dijo años atrás, que esos Proyectos eran entrenados para no sentir?

—¿Quién se hizo cargo de ti cuando eras niño?

—Nadie.

—¿Nadie? ¿Es en serio, muchacho?

—¿Qué ganaría con mentirle precisamente a usted, Masada-san?

El aludido arqueó una ceja, suspicaz. Los demás creyeron que se enfadaría por esa frase, pero increíblemente, la dejó pasar.

—¿Cómo te las arreglaste entonces?

—Valiéndome de mis habilidades, hice todo lo legalmente posible para sobrevivir. Lo que no fue sencillo, porque si los cálculos recientes no fallan, tenía seis años y nadie creería que un niño de esa edad supiera lo suficiente como para hacer de telefonista o algo parecido.

—¿Acaso eres una especie de genio?

—En absoluto. La información que consigo gracias a mis habilidades se queda en mi cerebro de forma automática. Si conseguía la suficiente de un oficio o profesión, podía desempeñarla.

—Eso es confiar mucho en tus habilidades, ¿no te parece?

—No. Solo sé hasta dónde llegan mis habilidades. Hago constancia de hechos, no de suposiciones ni nada que se le parezca.

El señor Masada asintió con aire distraído, antes de proseguir.

—¿A qué te dedicas actualmente?

—Soy estudiante de la facultad de Programación Gráfica de la Universidad Pública de Hidracalia. Aparte, tengo un trabajo de medio tiempo en una tienda de antigüedades.

—Y para estudiar, ¿cómo te ganaste los recursos?

—Buscaba empleos sencillos. Y vendía lo que sabía.

—¿Cómo era eso?

—Si me enteraba de información útil y valiosa, acudía con quien estaba seguro que se interesaría, daba algunos detalles a modo de prueba y a continuación, negociaba el intercambio.

—¿Qué clase de información vendías?

—De la clase a la que solo el interesado da importancia.

Esa era una respuesta ambigua, que se podía interpretar de muchas maneras. Así lo hizo notar el señor Masada al pedirle al joven que fuera un poco más específico.

—Haga la pregunta que todos quieren oír, Masada-san, y podré ser más específico. Por mí, no se detenga.

Decir que aquello desconcertó a la concurrencia era poco, comparado con el sobresalto que tuvieron varios de los senadores. Increíblemente, el señor Masada permaneció sereno, meditabundo incluso.

—¿Cuál es la especie de la que eres prueba, muchacho?

—Fui llamado hipnófago al ser creado, Masada-san.

Una exclamación ahogada provino de varias butacas.

—Ah, entonces eres un monstruo antropomorfo con habilidades del sueño. ¿Eres como un hipnoandante, un hipnopredictor o un hipnoguarda?

—Tengo características de todos esos, pero no soy ninguno de ellos.

—¿Cuál es la razón exacta para llamarte especie nueva, muchacho?

—Consumo el impulso biológico del sueño, igual que puedo consumir los sueños que tienen las personas.

—¿Cómo haces eso?

—Toco a las personas y activo la habilidad.

¿En verdad ese ser podía hacer semejante cosa? Algunos pensaron que era demasiado extraño para ser cierto; otros, veían a Yumegami bajo una luz nueva, llenos de curiosidad.

—¿Nunca has tenido problemas con tus habilidades?

Para los presentes, que Yumegami no respondiera enseguida fue una señal, aunque no sabían si era buena o mala.

—Depende del punto de vista —dijo el muchacho por fin —Para mí, mis habilidades fueron un problema cuando recién salí al mundo, porque no las controlaba del todo. Para los demás, son un problema porque puedo llegar a usarlas sin que se den cuenta. Para los que me crearon, son un problema porque no las tienen bajo su control. ¿Me expliqué bien, Masada-san?

El nombrado asintió, pero era evidente que unos cuantos senadores se habían quedado confundidos con esa explicación.

—¿Tus habilidades no impiden que lleves una vida cotidiana normal?

—No a estas alturas. Casi las tengo dominadas.

—¿Casi?

—Sí. Hay habilidades que descubrí por accidente y prefiero no usar.

—¿Podrías darnos un ejemplo?

—Sí. Puedo llamar a las pesadillas de una persona para que inunden su mente y la dejen temporalmente incapacitada.

Muecas de horror comenzaron a aflorar en los senadores.

—¿Por qué evitas usar esa habilidad?

—Porque tiene una modalidad en la cual las pesadillas que llamo las concentro en mi mente. Y de esa forma, entro en un estado durante el cual solamente pienso en una cosa. Prácticamente me vuelvo irracional.

—¿Cómo sabes eso?

—Cuando usé esa modalidad por primera y única vez, logré abandonar el lugar donde me crearon. Las consecuencias fueron desafortunadas y por eso, me prometí no volver a hacerlo.

—¿Cuáles fueron esas consecuencias?

—Destrucción parcial del laboratorio y muerte de parte del personal.

Ahora las miradas dirigidas a Yumegami eran de odio, además de espanto. Pero eso no afectó al señor Masada, que se limitó a inclinarse un poco, abriendo su carpeta de argollas y pasando las páginas, hasta dar con la que buscaba. Se aclaró la garganta.

—El expediente que nos entregaron menciona lo que, probablemente, sea la confirmación de ese hecho. Hubo una explosión en un laboratorio del CIIG hace unos diecisiete años, localizado en una de las islas del archipiélago de Aztlagigedo, llamada Cuaztlán. Siempre le pareció sospechoso a las autoridades que los científicos sobrevivientes no dieran muchos detalles de lo ocurrido, solamente que un experimento se había descontrolado y al intentar arreglarlo, ocasionó el accidente. Supongo que tú eras el experimento del que hablaban, ¿no? ¿Recuerdas si saliste de una isla para llegar hasta donde vives ahora?

—Recuerdo el mar, pero nada más.

—¿Y recuerdas a dónde llegaste después de salir de allí?

—Vagamente. Tengo la imagen de una ciudad pequeña, con casas de una planta, techos cubiertos de tejas rojas y fachadas de colores brillantes.

—¿Averiguaste después cuál era ese sitio?

—No. Era irrelevante para mí. No me quedé mucho tiempo.

—¿Por qué era irrelevante para ti?

—Porque sabía que no viviría allí.

—¿Cómo supiste eso?

—Sueños.

La simple palabra hizo temblar a unos cuantos de forma involuntaria. Empezaban a comprender (o mejor dicho, a deducir) todo lo que Yumegami podía hacer con sus habilidades. Y se preguntaban cómo se les había ocurrido a los científicos desleales del CIIG crear algo como él.

—He terminado —anunció súbitamente el señor Masada, tomando asiento.

Eso tomó desprevenidos a varios de los senadores. Acto seguido, se pusieron a cuchichear, haciéndose sus voces más altas conforme pasaban los segundos. Antes que el barullo fuera demasiado, el señor Rouge tomó el lugar de Yumegami y llamó al orden.

—¡Camaradas, por favor! ¿Quién quiere continuar?

Eso obró el milagro. Los murmullos se cortaron casi de tajo, pero eso no animó a nadie a tomar la palabra. Finalmente, una mano se alzó.

—Tiene la palabra el senador Lookmoon, representante licántropo.

El señor Rouge frunció el ceño al ver a su colega ponerse de pie.

—Pido hacer una comprobación práctica… Yumegami, ¿verdad? —cuando el joven asintió a la mención de su apellido, el señor Lookmoon sonrió de forma breve, pero maliciosa —¿No te importa?

—No, Lookmoon-san. Siempre y cuando no dañe a nadie.

Aquella respuesta apaciguó a varios senadores, pero no a todos.

—Entonces, Yumegami, antes de comenzar la comprobación práctica, dinos en qué te pareces a un hipnoandante, en qué a un hipnopredictor y en qué a un hipnoguarda.

Yumegami asintió.

—Soy como un hipnoandante porque puedo viajar entre sueños —explicó con una serenidad que a los senadores les pareció auténtica, aunque poco natural en semejante ambiente —Soy como un hipnopredictor por poder ver sueños que muestran sucesos futuros. Soy como un hipnoguarda ya que puedo simplemente estar en un sueño y vigilar que no dañe a quien lo ha tenido.

Lookmoon asintió en señal de comprensión, desviando la vista por un instante hacia su expediente, por lo que no vio que Yumegami arqueaba una ceja, como si tuviera frente a sí algo absurdo e incomprensible.

—¿Quién puede ayudarme con esta comprobación práctica?

Los senadores se removieron en sus asientos, incómodos. Debido a que un Quórum no se llamaba desde hacía décadas, ninguno de los allí presentes sabía más que la teoría de las comprobaciones prácticas y por eso, no querían convertirse en sujetos de experimentación. Sin embargo, el señor Masada se puso de pie nuevamente, con una expresión inverosímil.

Parecía que algo lo divertía mucho.

—Yo le ayudaré —ofreció al instante, bajando el graderío.

—¡Señor Masada, espere! —espetó uno de los senadores, de cabello negro y monóculo —¡Podría salir algo mal!

—Señor Ganges, nadie le informará esto a mis primas, ¿verdad?

El señor Ganges se acomodó el monóculo en su ojo izquierdo y tragó en seco, fingiendo que no había dicho nada.

—Tengo curiosidad por saber qué haces y cómo lo haces, muchacho —dijo el señor Masada al estar frente a Yumegami, tendiéndole una mano.

El otro le dedicó una inclinación de cabeza, antes de quitarse los lentes oscuros y mirar al señor Lookmoon, quien seguía en su sitio.

—¿Empiezo ya, Lookmoon-san, o debe enfocar mejor la cámara que trae?

Luego de un tenso silencio, los presentes alrededor del señor Lookmoon estallaron en un impetuoso frenesí.