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Rilato — capítulo 19
019: Sátira.
(Abierto)
Ser, luego existir…
Sí, luego no…
Silencio, luego clamor…
Los senadores de la CIC quedaron indignadísimos ante lo hecho por su colega licántropo. Estando estrictamente prohibido cualquier aparato electrónico y de comunicación durante una sesión extraordinaria, se le había ocurrido la "maravillosa" idea de colocarse una cámara miniatura, disfrazada convenientemente como el alfiler de oro que adornaba su corbata. Ya que siempre usaba esa clase de accesorios, nadie sospechó que hiciera algo ilegal con uno de ellos.
—¿Cómo supiste lo de la cámara, Yumegami? —quiso saber el señor Masada, cuando la conmoción pasó y Lookmoon fue expulsado de la sala.
—Sueños.
—De verdad confías en tus habilidades.
Yumegami observó al hombre con ligero interés. Sonreía de manera muy relajada para el ambiente que se respiraba. No quiso indagar las razones, pues presentía que se enteraría pronto de ellas.
—Ah, ¿es eso el estar seguro de hasta dónde llegan tus habilidades?
—En algunos casos, sí. Pero en el tuyo, creo lo que dices, que solo declaras hechos, no suposiciones. A mis primas les encantará saberlo.
—¿Sus…?
Por primera vez en todo el día, Yumegami mostró algo de sorpresa.
—Ni una palabra, no aún —pidió el señor Masada, sonriendo un poco, pero esta vez de manera traviesa.
Yumegami asintió.
El orden tardó un poco más en regresar. Los senadores hicieron de todo para volver a concentrarse en el asunto que los tenía allí, lo que no tardaron en hacer cuando comenzaron a notar un pequeño detalle.
El Respaldo del Quórum por fin se había quitado los lentes oscuros.
Ahora comprendían semejante precaución. Esa mirada grisácea, casi blanca, era irreal. No conocían a otro monstruo antropomorfo con ojos como esos, que además de mostrar un color poco usual, indicaban experiencia, sabiduría, indiferencia… Incluso gran apatía por la vida en general y los problemas mundanos en particular. ¿Qué hacía, pues, ese muchacho allí, si en sus orbes se adivinaba que le daba igual lo que pasara a su alrededor?
—Pasemos a la comprobación práctica —invitó el señor Masada —Fue sugerida por el señor Lookmoon, pero como de todas formas habrá que hacer una, propongo proceder en este momento. ¿Alguna objeción?
Nadie habló. Los presentes todavía sentían enfado hacia Lookmoon y un incierto escalofrío por los ojos de Yumegami.
—Muy bien. Muchacho, adelante.
El señor Masada extendió la mano con firmeza, así que Yumegami no pudo más que corresponder. Se estrecharon las diestras unos segundos, siendo observados en el más tenso de los silencios, hasta que Yumegami soltó la mano del señor Masada de golpe, con una expresión extraña, de ligero desconcierto. Sacudió la cabeza, poniendo en orden sus ideas.
No recordaba haber comido un sueño parecido. ¿A qué estaba jugando el Secretario de Gobernación? No era algo que él pudiera comprender, al menos en ese momento. Y no tenía tiempo para desentrañar el misterio.
—¿Podría decirnos cómo se siente, señor Secretario? —inquirió el señor Rouge, mirando de reojo a sus colegas en el graderío.
—Yo… Olvidé completamente lo que soñé anoche —contestó el señor Masada, con expresión de no saber si alegrarse o entristecerse por ello —Y… Me siento como si no pudiera dormir por dos días.
—En realidad, no podrá dormir esta noche —aclaró Yumegami.
Los presentes estaban mudos. Algunos rostros expresaban asombro; otros, curiosidad. Lo que sí era común en todas las fisonomías era miedo.
—¿Cuál es el alcance de tus habilidades, Yumegami? —inquirió la senadora Leviatán, tras solicitar la palabra —Por ejemplo, lo de no dormir, ¿hasta cuántas noches de sueño puedes quitar?
Yumegami ladeó ligeramente la cabeza. Daba la impresión de un niño que reflexionaba sobre cómo decir las reglas de uno de sus juegos.
—Nunca lo he determinado con exactitud, Leviatán-san. Lo máximo que me he atrevido a comer son siete noches de sueño.
¡Siete noches sin dormir! La multitud jadeó quedamente.
—¿Lo haces de forma continua? —quiso saber la senadora acuogénita.
—Nunca como el impulso biológico del sueño si puedo evitarlo. La gente necesita dormir para vivir.
Esa frase logró lo que el señor Rouge temía que no sucediera: poner de su parte a varios senadores. Todavía se distinguían muecas de temor, pero eran menos. Y supo enseguida el por qué: Yumegami había dado a entender que, de ser posible, jamás haría daño intencional a nadie.
Una mano se levantó en ese momento.
—Tiene la palabra la senadora de Homme, representante pirogénita.
Yumegami arqueó levemente una ceja. No creía conveniente que la esposa de Verne interviniera directamente en el asunto, pero si lo hacía, esperaba que no perjudicara a nadie. Vio cómo se ponía de pie, con su habitual serenidad, e incluso vislumbró una tenue sonrisa en sus labios.
—Quisiera saber si puede hacer uso de una habilidad que todos podamos ver —indicó la senadora con voz firme y clara —Confío en la palabra del señor Masada, pero nos sería más sencillo creer en lo que el señor Yumegami dice hacer si pudiéramos comprobarlo todos.
Hubo quien se removió con incomodidad en su butaca. Después de todo, los monstruos con habilidades del sueño siempre habían tenido un halo de misterio que impedía interrogarlos ampliamente acerca sus habilidades. Y ahora, dejar sin más que ese muchacho entrara a sus cabezas…
—Creo que hay una forma —indicó Yumegami, asintiendo un par de veces —Para eso, tendrían que dormir todos a la vez. Puedo crear hipnolazos; es decir, conectar unos sueños con otros, y luego hacerme presente.
—¿Eso es muy complicado?
—Para los durmientes, no.
—¿Y para ti?
Yumegami ladeó de nuevo la cabeza. Era increíble que, pese a no demostrar sentimientos claros, pudiera verse como un niño inocente, confundido por tener que explicar lo que para él eran de lo más normal.
—Me quedaría sin energía dos días, ya que serían muchos hipnolazos los que tendría que fabricar —respondió Yumegami —No me importaría tanto si no… Si no hubiera alguien a quien no quiero herir con mi sufrimiento.
—¿Alguien? ¿Eso qué significa?
Esta vez, Yumegami arrugó la frente en claro signo de no querer contestar la pregunta. Sin embargo, el procedimiento lo obligaba a ello.
—Tengo una prometida, de Homme-san. Y seremos padres muy pronto.
De nuevo hubo exclamaciones ahogadas. ¿Alguien iba a casarse con ese chico… y a darle un hijo? ¿Quién podría hacer eso?
Otra mano se levantó, de manera precipitada.
—El senador Black, representante hechicero, quiere tomar la palabra. ¿Le importaría ceder su turno por un momento, senadora de Homme?
La nombrada negó con la cabeza y tomó asiento, al mismo tiempo que un hombre joven de alborotado cabello castaño oscuro, ojos castaños y porte elegante, se ponía de pie. El traje negro que lucía, combinado con una camisa blanca y una corbata roja, acentuaba su aspecto serio.
—Buenas tardes, señor Yumegami —saludó el senador hechicero —¿Su prometida sabe acerca de su condición de Proyecto? Entenderá que, en caso contrario, se puede impedir su enlace legalmente.
Y era verdad. Una de las irregularidades que volvía ilícito un matrimonio era que una de las dos partes, deliberadamente, ocultara algún inconveniente relacionado con su salud física o emocional, así como habilidades potencialmente peligrosas de su especie. Había quienes creían que eso era violar la privacidad de los monstruos, pero tenía sentido, pensando en que resultaría sumamente injusto que uno de los cónyuges saliera perjudicado debido al engaño del otro.
—Sí, ella sabe que soy un Proyecto.
—¿Usted se lo dijo?
—Sí.
—¿Por qué?
Por primera vez, Yumegami mostró algo parecido a la incomodidad.
—Yo… No sé explicarlo verazmente sin revelar cuestiones personales.
La frase levantó varias quejas que fueron acallándose conforme el senador Black se decidió a pedir orden con un gesto.
—Comencemos por lo básico, señor Yumegami —sugirió el senador con voz amable —¿Quién es su prometida?
—Ella… Su nombre es Khaos Aglaia Áphatos.
—¿Cuál es la ocupación de la señorita Áphatos?
—La misma que la mía. Nos conocimos personalmente en la facultad de Programación Gráfica de la Universidad Pública de Hidracalia y luego coincidimos en la tienda de antigüedades, pues ella empezó a trabajar allí antes que yo.
—¿Conocerse personalmente? ¿A qué se refiere?
—La había visto antes. En mis propios sueños.
—¿Y en ese entonces no sabía quién era ella?
—No.
—A propósito, ¿qué es ella?
—¿Qué es?
—Me refiero a la especie de su prometida, ¿cuál es?
Yumegami, con una mueca de contrariedad casi invisible, respondió.
—Ella es una biófaga.
Hubo una conmoción, que creció conforme los senadores que sí sabían el concepto de biófago, les pasaban el dato a sus vecinos. Pronto, del graderío surgieron distintas expresiones de duda y cólera, lo que según la experiencia de Yumegami, era una mala combinación de sentimientos. Inclinó la cabeza hacia el frente, meditabundo, hasta que volvió a oír la voz del senador hechicero.
—Señor Yumegami, ¿sabe que los biófagos se consideraron extintos desde la firma del TRAPIR, verdad?
—Sí, lo sé.
—Entonces, ¿cómo está tan seguro de que su prometida es una biófaga?
—Porque descubrí que ella, igual que yo, es un Proyecto.
El revuelo no hizo más que aumentar. El senador Black miró a sus colegas con molestia y rápidamente se dio un par de toquecitos en la garganta con uno de sus dedos índices, lo que ocasionó que, al volver a hablar, sonara como si usara un altavoz, silenciando así a los presentes.
—¿Me está diciendo que los científicos desleales del CIIG no solo fabricaron especies, sino que recrearon algunas extintas hace años?
—Sí.
—¿Y se enteró de todo eso con sus habilidades?
—Sí.
—¿No cree que eso es invasión sobrenatural de la privacidad?
—Sí, aunque la mayoría de las veces lo hago de manera involuntaria. Poca gente es dueña de sí misma cuando sueña. Yo no soy una excepción, aún siendo lo que soy.
Se hizo un silencio parcial, porque lo declarado sonaba verdadero, pero también aterrador. Los senadores a los que todavía les quedaba una pizca de incredulidad comenzaban a perderla; en tanto, quienes habían aceptado casi desde el principio la realidad que les pintaba ese Quórum, estaban dejando atrás el pánico para ver el asunto racionalmente.
—Lo que nos acaba de decir sugiere que no controla del todo sus habilidades, ¿es eso cierto?
—En ciertas circunstancias, es cierto.
—¿Podría describir una de esas circunstancia?
—Sí. Cuando duermo, mis habilidades se activan de forma automática, aunque menos intensas de lo normal. He llegado a la conclusión de que mi instinto busca alimento de esa manera cuando yo no lo satisfago.
—¿Acaso hay periodos en que no usa su habilidad? Tenía entendido que los monstruos que tienen que alimentarse con algo más que comida no sobreviven mucho tiempo en la abstinencia.
Los demás contuvieron un escalofrío. El ejemplo más claro y macabro para lo recién dicho por el senador Black eran los hematófagos, a quienes se les atribuían las peores matanzas del Tiempo Oscuro, como solía nombrarse al periodo histórico anterior a la firma del TRAPIR.
—Es verdad —reconoció Yumegami, indiferente —Repito: mi instinto activa mis habilidades cuando siente que no he comido lo suficiente. Sin embargo, en esos instantes todavía soy dueño de mí mismo.
—¿Y cuándo no es… dueño de sí mismo, señor Yumegami?
El muchacho suspiró, parpadeando lentamente. Sus ojos, tan claros como irreales, mostraban algo similar a la tristeza.
—La mayoría de los monstruos con habilidades del sueño tienen como tabú tratar con pesadillas; como ya mencioné, accidentalmente descubrí que puedo llamarlas, haciendo que bloqueen la mente del propietario e incluso concentrarlas en mi propia mente. El problema radica en que las pesadillas, por lo regular, están impregnadas de sentimientos negativos, y si concentro varias de ellas en mi cabeza sin consumirlas… Bueno, eso fue lo que causó el incidente de la isla de Cuaztlán.
El senador Black tenía una expresión neutra ante tal información, pero el resto de sus camaradas volvió a caer en el espanto y el enojo. El señor Rouge, que había conservado la calma desde el principio, ahora se veía un poco inquieto.
—Regresando al tema de su prometida… —el senador hechicero arrugaba la frente, concentrado —Mencionó que serán padres pronto, ¿correcto?
—Correcto.
—Considerando la situación de ambos, ¿tiene alguna idea de los problemas que podría tener ese niño?
—¿Qué podría tener?
—Me refiero al hecho de ser hijo de especies no reconocidas.
Yumegami asintió, como signo de comprensión.
—Lo único que queremos para él es que sea feliz —expresó el joven con repentino aplomo, mostrando un destello de orgullo en sus ojos —Que sepa cuánto nos importa a su madre y a mí. Que pueda vivir en este país como cualquier otro niño. Para eso, deseo que su madre y yo seamos reconocidos como especies existentes. Así él será reconocido también.
Los senadores dejaron de lado el miedo y el ligero odio que les había inspirado Yumegami, dando paso a la estupefacción. ¿Eran su futura esposa y su hijo no nacido la razón principal para ser el Respaldo de este controversial Quórum? ¿Aún a sabiendas de lo que podrían hacerle, según la ley vigente, para corroborar cada palabra que dijera?
Si eso no era un signo de que tenía corazón, ¿qué podría serlo?
Inesperadamente, la Cámara Interracial de la Concordia fue inundada por una nutrida salva de aplausos.
-&-
Khaos no dejaba de dar vueltas por la sala principal del Albedrío, pese a los regaños de Ryoko debido a su estado. Himmel y Keb, en el rincón opuesto de la habitación, no estaban de mejor talante, pues no paraban de cuchichear aún siendo regañados por Mía. Únicamente se veían tranquilos los siete fundadores del Albedrío, reunidos en esa ocasión tan importante para uno de ellos.
—Si no hay noticias, son buenas noticias —comentó Amaranta.
Como la geogénita había dicho lo mismo varias veces antes, Khaos apenas le prestó atención. Himmel y Keb, en cambio, se callaron un instante, antes de sentarse junto a Mía e incluirla en sus susurros.
—¿Por qué no me dejó acompañarlo? —masculló Khaos.
Ella también había preguntado eso una infinidad de ocasiones y la respuesta siempre era la misma: de llevar acompañante, Yumegami quebraría las leyes vigentes respecto al Quórum y todo su esfuerzo se iría a la basura. Impaciente, Khaos, siguió caminando de un lado a otro, sin hacer caso del mareo que amenazaba con dominarla, aunque sí procuró dar pasos más lentos, cambiando su gesto fastidiado por uno reflexivo.
—Por última vez, ¿quieres hacer el favor de sentarte? —exigió Ryoko, frunciendo sus delgadas cejas —No te conviene tanto movimiento.
La aludida disminuyó la velocidad de sus pasos otra vez, pero no estaba escuchando. Su mente estaba fija en pensar que Yumegami volvería y que no le había pasado nada malo. Era lo único que realmente podía hacer, además de preocuparse por la falta de noticias.
—Eh, ¿alguna novedad? —preguntó entonces Beltane Stoker, entrando en la sala principal con paso firme y ademanes nerviosos. Aún cargaba con la mochila, delatando que venía directamente de la universidad.
—Nada todavía. Pero no deberían tardar en dar algún anuncio.
Alí sonaba profesional, pero Khaos creyó detectar en él algo de impotencia. Por lo que sabía, el señor Arafat iba a ser originalmente el Respaldo del Quórum, pero como cambio de último minuto, Yumegami había tomado su lugar. Alí no sabía la razón, pero Khaos sí, o al menos la sospechaba, tomando en cuenta lo poco que Yumegami le confió.
—Acaban de salir —soltó Viola inesperadamente.
Apenas los demás terminaban de mirarla con extrañeza cuando sonó una sencilla melodía interpretada en su mayoría por instrumentos de cuerda. Alí dio un respingo antes de buscar en sus bolsillos, sacando su teléfono celular y respondiendo la llamada entrante en cuestión de segundos. Aunque por lo visto, solamente tuvo tiempo para eso, ya que no duró mucho con el aparato pegado a la oreja derecha.
—¡Vaya forma de reportarse! —espetó Alí, guardándose el celular y, para esperanza de muchos, sonriendo ligeramente —Era el señor Rouge. Los senadores de la CIC están tomando un receso. Según sus observaciones, todo va bien. Kuu los está convenciendo.
Viola asintió como si le confirmaran algo que ya sabía, en tanto Khaos dejaba escapar un tenue suspiro. Finalmente, para alivio de Ryoko, ocupó un sitio en uno de los sillones, junto al matrimonio Eaglepass Blasón, llevándose una mano al vientre, pensando que todo saldría bien.
Eso fue antes de quedarse dormida de golpe.
-&-
Yumegami se encontraba en un pequeño salón de reuniones en el edificio de la CIC, ya que estando en marcha el Quórum, no podía irse hasta que las comprobaciones terminaran. El señor Rouge le había ofrecido algo de comer o beber, pero declinó con un gesto y observó su entorno con semblante abstraído, por primera vez sumido en la incertidumbre.
Gracias a sus habilidades y su inteligencia, Yumegami solía predecir con gran acierto los problemas a los que se enfrentaría cada que tomaba sus decisiones, así como una gran variedad de soluciones a dichos prolemas. Sin embargo, a últimas fechas se mezclaban eventos inesperados que lo sacaban de balance, enfrentándolo a dudas que no podía resolver y frustrándolo porque a causa de eso, sus personas valiosas salían heridas.
Su niño… Su Khaos…
Por un instante, lo que dura un parpadeo, el salón de reuniones desapareció de su campo de visión, siendo reemplazado por un lugar oscuro donde Khaos aferraba a una figurita con el cabello del mismo color que ella, dirigiéndole una mirada que rompía su alma en pedazos.
Khaos lo miraba con temor y con rencor.
Tan rápido como la visión vino, se desvaneció. Se quedó atónito, pero no tuvo ocasión de averiguar nada. Un empleado de la CIC entró, anunciando que los senadores volvían de su receso, por lo que Yumegami tuvo que apretar los puños, esforzándose todo lo que pudo para calmarse.
—¿Pasa algo? —inquirió el señor Rouge a su derecha, estando a punto de entrar a donde los senadores aguardaban.
Yumegami meneó la cabeza.
—Lo resolveremos sobre la marcha —declaró.
Al señor Rouge no le quedó más remedio que confiar en sus palabras. Hasta ahora, el muchacho había hecho todo a la perfección, aunque…
El senador humano se dijo que ahora conocía realmente al hipnófago, si no, ¿cómo podía haber notado que Yumegami estaba preocupado, cuando su rostro se mostraba inpasible? No le quitaría el ojo de encima.
-&-
—¿Dónde estamos?
La vocecita del niño era curiosa, asustada…
—No te preoupes, aquí estoy.
… La joven mujer trataba de sonar más valiente de lo que se sentía…
—Sí, aquí están… Dispuestos para mí.
… Y quien hablaba ahora no dejaba dudas sobre sus malas intenciones.
—¿Quién te crees para decir eso?
Khaos supo, más por instinto que por raciocinio, que algo malo había ocurrido para que se quedara dormida así, sin sentirse somnolienta primero. Al principio, al ver la figura que su hijo mostraba en sueños, pensó que él la había llamado sin querer, pero un vistazo a su carita le bastó para comprender que él no sabía qué sucedía.
—Oh, mi querida Khaos, ¿qué te ha hecho el malnacido de Kuu?
La nombrada, arrugando la frente, se acercó al pequeño niño de cabellos idénticos a los suyos, tomándolo en brazos con rapidez pero sin ser demasiado brusca. No tuvo la oportunidad de disfrutar aquel contacto, pues su interlocutor apareció frente a ambos en ese inmenso vacío negro que era el sueño al que fue arrastrada.
La figura era de un joven alto, delgado y de tez clara. El lacio flequillo negro le cubría parcialmente los ojos, de iris casi blancos, en tanto giraba la cabeza a ambos lados con desgana. Su atuendo, un pantalón de mezclilla y una camisa negra, resultaba simple y a la vez, irreal.
Khaos supo quién era antes incluso de lanzarle una mirada furibunda y aterrada. Estrechó contra sí al niño, quien veía a la persona que se acercaba con gesto confundido.
—¿Papi? —musitó el niño, queriendo estirar una mano.
Khaos detuvo el gesto y miró al pequeño con seriedad.
—No, Khronos. Se parece, pero no es papi.
—Khaos, puedo ser quien él quiera, ¿verdad… Khronos?
Ahora el chiquillo, al verlo, abría mucho los ojos, negando con la cabeza y tapándose los oídos.
—¡No! —dijo con voz muy fuerte, escondiendo la cara en el hombro de su madre —¡Papi no habla así! ¡Tú no eres papi!
—¿Eso crees? Mírame bien, Khronos.
El pequeño siguió negando con la cabeza, sin descubrir sus oídos.
—¿Tú nos trajiste aquí?
—Por supuesto. Me gusta saber cómo está mi Contraparte.
—¿Esperas que te crea?
—No, pero es irrelevante. Ahora estás atrapada aquí y harás lo que te diga, porque nadie puede sacarte, ni siquiera ese fenómeno que cargas.
Khaos se enfureció, pero no dio muestras de perder la calma. Sabía que no le serviría. Y debía pensar en Khronos.
—Seguro fue idea de Kuu ponerle Khronos a ese fenómeno, ¿verdad?
El niño ahora sí lo miraba, pero las manitas seguían sobre sus orejas. Khaos, en cambio, sonrió con arrogancia.
—Sí, él lo nombró. ¿Algún problema?
—Ninguno. A fin de cuentas, acabará con nosotros.
—¿Con…?
La muchacha hizo todo lo posible por no entrar en pánico.
—Solo buscas hacerle daño a Kuu —afirmó, dándole la espalda y mirando al muchacho por encima del hombro, con lo cual intentaba cubrir a Khronos —¿Por qué… Shi?
El joven entrecerró los ojos, convirtiéndolos así en rendijas siniestras. Khaos se encogió un poco, procurando no temblar.
—Ya te lo dije, siendo realista, eres un mero premio de consolación. Pero ahora, viendo lo que Kuu ha hecho… —Shi se detuvo un segundo, fijándose en la cabecita de Khronos antes de esbozar una ligera sonrisa, cargada de malicia —Ustedes son unos visionarios, ¿lo sabías? Nunca pasó por la cabeza de los científicos poner a dos Proyectos a procrear…
—¡Lo dices como si fuera un experimento!
—Khaos, te recuerdo que existes porque eres un experimento.
La chica se mordió el labio inferior.
—No me importa cómo o por qué nací —espetó finalmente —Me importa vivir. Me importan mis pocos amigos. Me importa Khronos. Me importa Kuu…
—Vaya, vaya… Interesante.
Una nueva voz, grave pero fría, hizo que Khaos sintiera escalofríos. Sabía que no la había escuchado antes, pero tenía la sensación de que la conocía. Como una memoria vaga de su más tierna infancia que quisiera salir a la luz de la manera más terrible que pudiera imaginar.
—Estás en nuestros terrenos, biófaga —advirtió la voz, proveniente de algún punto a espaldas de Shi —Aquí no importa lo que hagas, no saldrás si no queremos. Te agradezco que la trajera, Shi. Márchate.
El nombrado arqueó una ceja, único signo de inconformidad con lo que la voz había dicho. Sin embargo, hizo una respetuosa inclinación de cabeza, dio media vuelta y caminó hacia la nada, perdiéndose en la oscuridad de ese sueño.
—¿Quién eres tú? —inquirió Khaos con cautela.
Khronos se asomó como pudo hacia donde su madre miraba.
—¿De qué te servirá saberlo? ¿Crees que podrás decírselo a alguien?
—Sí, eso creo.
Una risa baja, sarcástica y cruel se dejó escuchar.
—Mami, no me gusta —susurró Khronos, lamentándose.
—A mí tampoco, hijo. Ya verás que pronto papá…
—¿De verdad crees que Kuu vendrá, después de lo que hiciste?
—¿De lo que…? ¿Pero qué cosa hice?
—¿No lo sabes? Vaya, eso sí que me sorprende de Kuu… No informarte que en algunas ocasiones, sus sueños y los de Shi se cruzan. Como si en ese momento él fuera Shi, ¿entiendes lo que quiero decir?
—Oiga, yo no…
—¿Qué clase de lugar es este?
—Me dan escalofríos, ¿a dónde venimos a parar?
—Interesante, ¿pero no está muy oscuro?
—Es verdad, apenas me veo yo.
—Permítanme, por favor.
Por encima de su cabeza, Khaos vio que aparecía una llamarada entre naranja y amarilla, de gran tamaño, que de inmediato fue cubierta por lo que parecía una esfera de cristal. Eso dejó ver un poco su alrededor, dándose cuenta que aquellas frases fueron dichas por un grupo variopinto y reducido, cuyos integrantes vestían formalmente, a excepción de una persona, la que iba al frente, que arrugaba el ceño mirando hacia un punto del sitio en apariencia vacío.
—Te conozco —dijo la persona, un hombre joven de cabello oscuro y ojos casi blancos. Su voz no transmitía emociones, pero se hallaba tenblando de ira —¿Cómo te atreves a tocar lo que es mío?
—Y tú, ¿cómo pudiste traer a toda esta gente? No deberías poder…
—Puedo —cortó el joven, dejando de mirar el punto vacío para fijarse en Khaos y en Khronos, suavizando su expresión en el acto —¿Están bien?
Ella asintió, comenzando a caminar hacia él, pero algo se interpuso en su camino. Alguien. Al principio no era más que una sombra en tres dimensiones, sólida y aterradora, pero conforme los contornos de la figura se definieron, a Khaos la comenzó a embargar un terror profundo, irracional, que no se explicaba de dónde venía.
Al menos hasta que los ojos de ese alguien, tan opacos que parecían los de un ciego, se fijaron en ella y supo, de alguna manera, que si se enfrentaba a ese ser no saldría bien librada. Aunque el pensamiento se fue al olvido en segundos, porque contempló la fisonomía completa de ese personaje y se puso a temblar, al tiempo que la figura hablaba con voz ronca, cortante… malévola.
—¿Sorprendida, eh?