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Historia 49990 — capítulo 4
No sabía de que manera reaccionar.
Sus sentidos se habían bloqueado momentáneamente, hasta que el susurro de su voz, que había quedado haciendo eco en su memoria reciente lo llamó de vuelta a la realidad, repitiendo las palabras que jamás hubiera creído poder oír en su vida, "te amo".
"Este… yo… bueno…" comenzó a balbucear tontamente.
"No tienes que decir nada ahora. No es necesario. Y si me sobrepasé, pido disculpas" le decía la bruja al momento en que su rostro se tornaba de un color rosado intenso, producto de la especie de "vergüenza" que sentía en aquel momento.
"No… para nada…" contestó él, feliz de que hubiera hecho lo que acababa de hacer.
Ella le sonrió ampliamente, dejando al descubierto dos hileras de joyas en las que jamás había reparado.
"Me alegro, entonces" replicó la mujer.
En ese instante, en el que el silenció invadió la habitación, un lince plateado hizo su ingreso a la cocina del número 12 de Grimmauld Place, rompiendo la extraña atmósfera que allí se había creado.
Ambos lo miraron sorprendidos y a la vez expectantes de lo que tuviera para decirles.
El Patronus abrió sus fauces y habló con una voz grave, profunda y tranquilizadora: "Nada nuevo por aquí, Nymphadora. El sector está limpio. Es hora de tu reemplazo."
Aquellas palabras tuvieron un efecto devastador en Remus. Extrañamente, y para su gran sorpresa, conservaba la esperanza de que su amada, porque ya se había dado suma cuenta de que la amaba con locura, se quedara allí, haciéndole compañía en su soledad. Pero la realidad la desviaba de esa tarea. Debía irse, para sustituir a Kingsley en la guardia, para que nadie saliera herido. En especial, el muchacho por el que todo se realizaba; el Elegido, según algunos; aquel que podría librarlos, de una vez por todas, de aquellos momentos oscuros y difíciles que eran una de las principales causas que impedían a ellos dos estar juntos.
Porque, ¿quién en ese tiempo confiaría en un hombre lobo?. No muchos, la verdad.
Nuevamente, su cálida voz lo sacó de su profundo ensimismamiento.
"Debo irme. Te veré luego. ¿Te quedarás aquí?"
"Claro que sí. Y te tendré una respuesta clara para cuando vuelvas."
"Gracias." Fue lo último que le dijo antes de subir por las escaleras y atravesar el mágico umbral de la puerta de calle.
El hombre se quedó completamente solo. Tiempo especial para meditar y pensar en lo que acababa de ocurrir.
¿Había sido todo un sueño? ¿Era posible que, al darse un pellizco, se percatara de que estaba dormido?
No. No podía ser un sueño, ni siquiera su imaginación. Todo era muy real.
Entonces, ¿qué podría hacer? ¿Qué respuesta certera le daría a esa mujer que lo perdía inmensamente, y le permitía disfrutar, por primera vez, de la vida?
Su corazón, aunque invadido por ese veneno que aquel monstruo había infiltrado en sus venas, le daba por supuesto la respuesta; sí.
Su mente, por otra parte, se negaba.
Su extrema capacidad de racionalizar cada situación le impedía dejarse llevar por el impulso de amar y ser amado, sin restricciones, como en tantos sueños hacía.
Era el impedimento que lo separaba de la completa felicidad; junto a la mujer que amaba más que a su propia vida…
De repente, estaba en su casa, en su habitación. Acostado. Vestido.
Parecía que su cansancio le había ganado y lo había hecho dormirse hasta el atardecer, que se observaba a través de la ventana que estaba medio abierta y cuya vista daba a ese pequeño y oscuro bosquecillo.
Trató de levantarse, inútilmente, ya que el peso de su propio cuerpo extenuado no se lo permitía por completo, por lo que optó por quedarse en la cama.
Entonces, en el marco de la puerta, aparecía su esposa. Esa mujer camaleónica que lo hacía tan feliz con tan solo su existencia. Ella se acercó a donde él se encontraba reposando, despacio; para que él le susurrara al oído.
"Celebro cada día que nos encuentra con la noche atada a nosotros. Llevo tu alegría en mis pasos, abriendo mi camino hacia tu puerto. No necesito ir más lejos. Tu eres mi luna y mi sol."
Las cadenas de la puerta sonaron nuevamente.
Miró su reloj. El tiempo había volado. 4 horas habían transcurrido desde que se había quedado dormido en los cuarteles generales. Y a él tan solo le parecían segundos.
Ese sueño, en el que soñaba que despertaba junto a su amada, por fin le permitió tomar su decisión.
No iba a desperdiciar aquella oportunidad. No señor. No podía permitírselo. Y además era consciente de que iba a hacer extremadamente feliz a la mujer que daba sentido a su propia vida.
Se preparó. Estiró su capa, algo arrugada y subió al vestíbulo. A su encuentro; listo para decir: "claro que sí."