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Historia 49990 — capítulo 5
A mitad de camino, subiendo las escaleras de la cocina, perdió un momento las esperanzas de que fuera ella quien había abierto la puerta y, casi como un acto involuntario y mecánico, sacó la varita del bolsillo interior de su raída túnica, preparado para un encuentro inesperado.
Pero gracias a los caprichos del destino, su amada Nymphadora lo esperaba allí, al final de ese pasillo oscuro que ella llenaba de luz y alegría, acomodando el paragüero que cada vez que pasaba por ese lugar volteaba sin querer; que irónico, ese pasillo oscuro que podía perfectamente representar toda una vida de escondite y evasión al amor, y ese paragüero dado vuelta, que era su mente testaruda y algo confundida por su condición, estaban siendo puestas en su lugar por una sola persona; lo que le permitía afirmar que esa persona, si era la correcta, era capaz de borrar cualquier vestigio de soledad y tristeza, de males y recuerdos totalmente tiznados de un negro azabache que provocaba una neblina casi impenetrable en sus sentimientos, abriendo paso por fin, a su corazón.
"Hola, Remus." Le dijo simplemente al verlo.
"Hola, Nymphadora. ¿Qué tal todo?" inquirió sin saber exactamente qué decir, o por donde comenzar a decir lo que debía.
"Eso depende de lo que tengas para contarme. Dime, ¿has tomado tu decisión?"
Allí estaba la respuesta. Asunto solucionado. ¡Qué capacidad de poner cada cosa en su sitio! ¡Hasta le daba el pie para comenzar a hablar!
Pero él no le correspondía en su habilidad. En ese instante se dio cuenta de lo difícil que sería hablar, pero tenía que hacerlo; su corazón y mente, ahora reunidos como uno solo, se lo suplicaban.
Buscó en su cabeza las palabras más lindas que se le ocurrieron para poder describir sus sensaciones y su enorme felicidad.
Las encontró.
Pero antes de dejarlas salir por entre sus labios, le preguntó a su alocado corazón si estaba de acuerdo en que hablara de esa manera, y, raramente, sintió como si le respondieran desde su interior "¡Hazlo de una vez!".
Esos segundos de cavilaciones, bastaron para calmarlo y para que la bruja se impacientara e insistiera: "¡¿Entonces?!"
"Muy bien… Aquí voy…" se dijo más a si mismo que a la mujer "Nymphadora… gran parte de mi vida la pasé sin vivirla… y ahora, cuando te miro y me veo en tus ojos, se que puedo encontrar la manera de pelear por mis sueños; de salir de este mundo sólido y racional y abandonar este miedo interior que me mata cada segundo, pensando en lo que podría suceder al final… solamente porque te amo."
Los ojos de la bruja comenzaron a llenarse de lágrimas, y al ver que no contestaba, el mago continuó:
"Ahora, me rindo ante todo, para tomar este tren de la oportunidad y comenzar a vivir; para alcanzarte y saber que tu sientes lo mismo, y que superaremos cualquier obstáculo. Se que no podré vivir otro día lejos de ti, y que eres mi razón para continuar; que me permite darme cuenta de que podré empezar a vivir la verdad.
Estoy completamente seguro de que no existe un momento mejor que este en toda mi vida. De mi miedo seré libre, y viviré de nuevo a tu lado, al lado de la mujer que amo; sabiendo que nada ni nadie podrá separarme de ti, y del futuro y las consecuencias, ya veremos… tenemos tiempo para eso."
Terminó ya con sus manos entrelazadas y una escasa distancia entre ellos.
Nymphadora se lanzó a sus brazos desaforadamente, expresando todo el amor que sentía por aquel ser humano, y volvió a besarlo, pero esta vez, mucho más intensamente. Esta vez, segura de que tenía por completo su amor. Completamente segura de que se pertenecían mutuamente.
Seguro que nunca, ninguno de ellos dos, se sintieron más llenos de dicha que en aquel instante de pura y deliberada verdad y amor.
Sus sentidos escapaban a la realidad, estaban bajo el efecto de un hechizo potentísimo, que superaba cualquier sensación consecuencia del más poderoso Félix Felicis. Ese encantamiento que cualquier muggle podría realizar o evocar; ese que solamente podía ser producido sin una varita mágica; el amor.
Sus cuerpos se unían como uno en aquel beso apasionado.
Sus sentimientos y mente eran una sola, y sabían que, desde entonces, lo serían para siempre.
En ese instante, muy inoportunamente, otro Patronus se hizo presente en la casa, rompiendo una atmósfera totalmente mágica.
El fénix plateado, obviamente perteneciente a Albus Dumbledore, habló con una voz suave pero clara.
"Necesito que todos los miembros de la Orden se reúnan conmigo en mi despacho de Hogwarts, tengo que hacerles un comunicado."
El deber devolvió sus mentes a la cruda realidad, y los dos, tomados de la mano, abandonaron Grimmauld Place con una sonrisa del tamaño de un gigante.
Al traspasar la puerta de calle y ver desaparecer la negra vivienda tras de sí, giraron sobre sus talones y desaparecieron. Unidos, como lo estarían para toda la eternidad.