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Historia 50098 — capítulo 4

No eran necesarias las palabras.

El silencio predominaba en cada uno de nuestros encuentros... aunque cuando sus cuerdas vocales vibraban, toda yo me relajaba.

Lo sentía, sentía su perfección.

No me molesté, ni envenené mi pensamiento en buscarle defectos. Si tenía alguno, estaría tan al fondo que sería casi invisible.

No me había pedido salir formalmente, pero no hizo falta. Era tal el lazo que nos unía, que hasta cuando callábamos...lo decíamos todo.

No hubo contacto físico. Amor platónico, sin besos, ni caricias.

No eran necesarias.

Me estaba dando cuenta de que, poco a poco, la distancia entre Mery, Álvaro y Anne era mayor. Odiaba cuando se referían a "mi novio" o "mi amigo". No éramos amigos, novios, hermanos...era algo más.

Algo que ellos no podían entender...yo sabía que él velaría por mí.

Con esa mirada azul, pero ellos no sabían comprenderlo.

-¡No lo entendéis!- les dije, sin poder soportarlo.

  • Quizá...quizá no lo entendemos porque no nos lo quieres explicar. ¡Porque ya no te importamos nada!- me acusó Anne, con dureza. Busqué en el rostro de Álvaro, que sostenía la mano de Anne entre la suya, o en el de Mery, pero encontré asentimiento. Me había dolido.

  • Cómo podéis...pensar eso de mí. ¿Qué pasa, que no queréis que por una maldita vez, sea feliz? Os he ayudado, apoyado, con todas mis fuerzas y sólo obtengo este rechazo...-las palabras salían rápidas de mi boca, sin darme tiempo a pensar.

  • Queremos que seas feliz...pero ese James te está absorbiendo la vida...¿No te das cuenta? Lo único que haces, que te importa en el día...es estar con él. James, James, siempre James...dices que es más que un noviazgo...pero yo creo que sólo estás encaprichada con él. No lo amas... porque no sabes hacer tal cosa.-Álvaro, que se había mantenido en silencio, soltó el discurso y se quedó mirándome, desafiante. La bofetada resonó por el patio, y vi que su mejilla enrojecía. Me picaba la palma de la mano, y mis ojos empezaron a anegarse de lágrimas.

Salí corriendo, aunque ellos no me perseguían. Había abofeteado a mi amigo con fuerza, pero no demasiada. No quería hacerle daño...o sí, no lo sé. Los sollozos se abrían paso a través de mi garganta, y tardé en darme cuenta de que unos brazos me envolvían.

Despedía su habitual fragancia fresca, pude sentirlo cuando me hallaba entre sus brazos. Ese familiar y suave silencio se extendió, envolviéndome junto a sus brazos.

  • Tranquila...-susurró en mi oído. Su voz aterciopelada era una cura en mis heridas sangrantes, abiertas por esas palabras afiladas como cuchillas.

  • James...ellos...-intenté balbucear.

  • Lo sé, sé lo que ha ocurrido...no pienses más en eso...porque cuando pienses de verdad...cuando creas que te estoy obligando a quedarte conmigo, siempre podrás marcharte. Y yo nunca te haré volver a nuestro rincón del parque.-se movió un poco para que nuestras miradas contactaran, y entonces me di cuenta, aunque siempre lo había sabido. Él era especial...y yo le amaba. Dijeran lo que dijeran, abofetearía a quien hiciera falta. Por él.

  • James...-esa palabra dorada se deslizó y danzó suavemente en el aire un instante...cómo adoraba cada una de esas letras. Pero él, él, me calló de la forma más preciosa y perfecta. Con un beso. Suave, largo y lento, su esencia y su fragancia ahora eran parte de mí.

Ya no era un él y un yo. Ahora había un nosotros. Algo compartido.

  • No te abandonaré. Nunca...te lo prometo. Siempre estaré contigo...-cerré los ojos, y esta vez fui yo la que dio el paso. Inexperto y algo torpe al principio, él tomó las riendas del gesto y se convirtió, de nuevo, en una danza elegante y hermosa. Como todo él.

Sus palabras hacían eco en mi mente mucho después de que sus dulces labios las pronunciaran. Siempre estaré contigo...

Cuando salí de nuevo al recreo me dirigí, olvidando lo ocurrido, a la clase de Mery, Anne y Álvaro, como siempre. Al entrar, sus tres pares de ojos se clavaron en mí. En ese instante lo recordé, y deseé regresar en el tiempo. Ahora no me quedaba más remedio que disculparme. Me acerqué con cuidado donde se encontraban ellos, que fingían no verme.

  • Chicos...yo...quería pediros perdón.-murmuré tímidamente, no sabía qué más hacer.

  • ¿Crees que se soluciona así de fácil?- desafió Mery con dureza. Alcé la cabeza con dignidad, la poca que me quedaba. No quería arrastrarme, cuando yo sólo tenía la culpa del golpe. Así que cerré la boca, y apretando la mandíbula con rabia, me marché a la biblioteca. El recreo terminó, y cuando salí de clase para marcharnos ya a casa, busqué a James.

Le busqué y llamé por todas partes, pero no apareció. Extrañada, me fui a casa, donde mi madre me acribilló a preguntas, que por qué había llegado tarde, que qué me creía...

Mi madre se fue a la cama, y mis hermanos, de marcha. Me quedé sola en el salón a oscuras, y la dulce canción de Decembers me acarició con sus tonos suaves. Me encantaban aquellos ratos de soledad, en los que recordaba esos momentos deliciosos. El beso...me había recorrido una sensación maravillosa, dorada y demasiado especial como para olvidarla.

La canción siempre estaría ligada a ese instante mágico.

Amaneció lloviendo, con gruesas gotas cristalinas que impactaban en la acera con sonidos sordos. Caminando bajo el aguacero, buscaba unos ojos azules entre el gentío, en vano. También grité su nombre, igual de inútilmente, logrando que algunos rostros se volvieran hacia mí, extrañados.

Por fin lo encontré, en una escena que me aterró de él.

Tenía la cabeza gacha, y su cabello rubio goteaba sobre su rostro. De sus ojos azules, esos que tanto amaba, resbalaban gotas muy distintas a las de lluvia. Sus lágrimas llevaban escritas la palabra tristeza.

Corrí hasta él tan rápido como mis piernas me lo permitieron, y al chillar al cielo su nombre una vez más, volvió su rostro hacia mí con aspecto dolido.

  • No viniste ayer.-su voz, ronca de llorar, tenía un tinte de profunda herida.

  • ¡Oh, no! Habíamos quedado...bajo nuestro árbol...-algo dentro de mí se rompió un poco. El día anterior habíamos acordado quedar, pero con la discusión con mis amigos se me olvidó por completo.

  • Lo habías olvidado...-un sollozo asaltó sus palabras.-creí que te importaba algo...que ese beso fue algo para ti.

  • ¡James! James...no me digas eso...yo...discutí con ellos...y...-ahora eran mis ojos los que derramaban lágrimas sin parar. No podía perderle...no podía perderle, a él no.- yo...te amo.

Nunca pensé que esas dos palabras me formarían un nudo en la garganta tan grande. Seguí sollozando cuando me abrazó con fuerza, él seguía llorando cuando acaricié su cabello con mi mano empapada.

 James Había sufrido cuando falté...y ese dolor suyo era peor que la perspectva de que me abandonara, aunque sabía que no me iba a dejar sola. No le creía capaz de romper su promesa, y las palabras que me dijo después del beso llegaron a mí.  No te abandonaré...siempre estaré contigo...

Era yo la que había incumplido a ese juramento mudo. Le había abandonado, y esa decepción estaba pintada en sus ojos...

El llanto de un ángel es peor que todas las armas del mundo.

Que toda la sangre derramada, que todo el dolor, que todas las heridas.

Porque si un ángel llora, ya no queda esperanza.

Él, James Grapevine, él, mi ángel, era todo lo que me quedaba.