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Death Note II: La leyenda del Hassassin. — capítulo 29

Capítulo 28:

Tinieblas

Ángel se encontraba distraído. Se había sentado en una de las múltiples salas de espera del hospital, sobre una rezagada y helada silla de color azul oscuro. Se encontraba un par de pisos arriba de la habitación de Alexei, con la mirada perdida en una pequeña y sucia ventana que daba a una gran calle, muy transitada por vehículos de pálidos y tristes colores, dónde de repente aparecía un vehículo con colores llamativos que destacaba sobre la masa gris. El cielo estaba en su mayoría nublado, con unas nubes que parecían volutas de humo de cigarrillos. El color azul bajo las pálidas nubes era claro, más parecido al gris que al azul. La calle estaba casi totalmente vacía de peatones, tan sólo unos cuantos hombres despistados andaban caminando rápidamente, como si temieran que en cualquier momento, un desquiciado saltará de las sombras de un árbol y los amenazará con una pistola. Un hombre vestido con algo que parecía un traje de baño femenino y un sombrero peludo, gritaba algo con un cartel pegado en el pecho. Ángel escrutó la vista para leer el cartel, pero su vista no fue lo suficientemente aguda para lograrlo. Suspiró, dando por hecho que aquel hombre estaba loco, y que su cartel no sería algo más que una advertencia a un apocalipsis zombie.

El chico de desperezó con un gran bostezo. Extendió las piernas, y luego los brazos. Entonces, perdió nuevamente su mirada en el triste paisaje que se extendía en la base del edificio.

Él estaba realizando todos esos sacrificios para esa gente asquerosa. Como aquél hombre del cartel. Como aquel ejecutivo que pateó a un pobre perro porque tuvo la mala fortuna de cruzarse en su camino. Como aquella mujer le que dio una bofetada a su hijo pequeño que no paraba de llorar. Como aquel viejo que se estacionó en el lugar de los discapacitados, por lo que una anciana demacrada de aspecto humilde acompañada por una preocupada y delgaducha hija, tuvieron que caminar más de lo que cualquier médico recomendaría para la pobre señora.

Hacía falta algo más que matar, se dijo Ángel. Necesitaba poner orden, imponer reglas. Hacer que la gente obedeciera las reglas. Y eso significaba que necesitaba hacer que respetarán a la autoridad, ósea a él. Necesitaba respeto, y el respeto y el miedo, en estos tiempos, venían siendo justamente lo mismo.

-¿Disculpa?- dijo una tímida voz cerca de él. Ángel se giró rápidamente, y le dirigió una fría mirada a la mujer vestida de enfermera que titubeaba nerviosa de pie  a su izquierda.  Le sonrió, pero sus ojos siguieron sido fríos. Fuese como fuese, su sonrisa animó a la mujer, un par de años mayor que él, con un cabello de un rojo intenso, quien respondió el gesto con una tímida sonrisa. -¿Eres Gelsu, cierto?

-Sí.

-Eh…bueno…Alexei dice que si por favor podrías ir a su habitación lo más pronto posible.- Por el tono de voz de la mujer, Ángel supuso que ésta se había esforzado en hacer parecer la petición de Alexei, por seguro nada cortés, un poco más educada. - Creo que es algo importante. Estaba un poco…extraña.

-Gracias. Iré en un momento.- respondió secamente. La mujer le sonrió nuevamente, antes de dar media vuelta.

Pero Ángel tardó más de un momento en dirigirse a la habitación de Alexei. Era cierto que sentía curiosidad sobre qué motivo habría impulsado a Alexei a hacerlo llamar, después de las últimas escenas, dramáticas y violentas,  que habían tenido. Pero algo, quizás su inteligencia, lo hizo prepararse mentalmente para lo que Alexei podría decirle cuando pusiera un pie en su habitación.

Supuso que ella estaría furiosa. Furiosa y desesperada. Ángel buscó con la mirada a su padre, pero no había ni una pista del shinigami entre aquella gente de la sala de espera. Pensó que quizás estaría con Alexei, y algo que había dicho la había hecho enfurecer, tanto como para mandar llamar a Ángel.

Entonces, el no encontrar a su primera opción de ayuda, Ángel buscó a Misa. Pero tampoco había ni una sola seña de ella. No la había visto desde su pelea. Ángel, con un suspiro perezoso, supuso que su madre se sentiría ofendida, y probablemente estaría paseándose por la ciudad. Ángel creyó que las cosas con ellas no se solucionarían hasta que él le pidiera una disculpa, o alguna tontería parecida.

Supo en ese momento que tendría que ir solo. No le importaba mucho, se sentía capaz de enfrentarse a Alexei y a cualquier truco desesperado que ella intentara. Pero se habría sentido mucho más cómodo, y aunque no lo admitiría, poderoso; con un shinigami a sus espaldas.

Metió su mano en el bolsillo del pantalón y apretó con fuerza una hoja de la Death Note, escondida en su seguro bolsillo. Sonrió, antes de ponerse de pie, echar una última mirada al paisaje, y ponerse en camino hacia la habitación de Alexei, con los puños apretados y una apariencia relajada, pero por dentro se sentía ligeramente tenso.

Prefirió descender hasta la habitación de Alexei por las solitarias y frías escaleras en lugar del abarrotado elevador. Las luces fosforescentes daban a los pasillos un aspecto enfermizo y tétrico, como si se tratara de un horripilante y moribundo manicomio. Cuando recorrió las escaleras, no se le pasó por alto el hecho de que parecía ser el sitio perfecto para rodar una película de terror: sombrío, sucio y solitario, casi podía esperar que el torcer en alguna esquina apareciera un asesino, deseoso de descuartizarlo, con ojos desquiciados y un enorme cuchillo de carnicero manchado de sangre en la mano. Ángel se sintió ligeramente turbado, pero sus pequeños nervios pasaron inmediatamente a su usual tranquilidad.

Al llegar al piso de Alexei, echó nuevamente una mirada a sus alrededores, con la minúscula esperanza de encontrarse con algún shinigami. Como ya se esperaba, no apareció ninguna silueta terrorífica en ninguna parte.

Sólo entonces se dirigió a la habitación de la chica, dónde pegó discretamente el oído a la puerta antes de tocar. No había escuchado ni un ruido en el interior, ni siquiera la voz de Alexei o algún sollozo, por lo que se puso alerta. Se le ocurrió la posibilidad de que dentro hubiera alguna trampa. Quizás se encontraría con la muerte al cruzar esa puerta. A lo mejor Alexei había decidido eliminarlo, armándose de mucho valor y superando su terror hacia el asesinato. Y si esto era así, no era prudente entrar como si nada, con la seguridad de que nadie le haría daño.

Su Death Note no funcionaba como un arma veloz, de rápido efecto. No era como una pistola donde con sólo tirar del gatillo podías defenderte, o como un cuchillo con el que lograbas asestar un golpe directo al corazón con un simple movimiento. La Death Note era un arma más limpia y elegante, y por lo tanto, más delicada  y lenta. No podría defenderse con ella si detrás de esa puerta era atacado: debería sacarla de su bolsillo, después de captar que alguien intentaba hacerle daño, encontrar la pluma que siempre llevaba en su bolsillo, y escribir el nombre. Después de haber escrito la sentencia, la víctima tardaría en morir de todas maneras. No era por lo tanto, un plan muy eficaz: Alexei tendría todo el tiempo del mundo para actuar en su contra. Así que sacó la hoja de la Death Note de su bolsillo y preparó la pluma en caso de que tuviera necesidad de entrar en acción para su protección.

Se sintió indeciso. Si Alexei intentaba matarlo, él no tendría otra opción que matarla. Y no le gustaba para nada esa opción. Una parte blanda de él se prometió que intentaría evitar ese asesinato. Pero otra parte de él, mucho más grande, fría y cruel que la anterior, se juró que no dudaría en escribir el nombre de la chica.

Había contemplado tan sólo las posibilidades de si era Alexei quien lo atacaba. Pero podía ser alguna otra persona. Su nombre había aparecido frecuentemente en los medios de comunicación desde su rescate. Esa parte no la había podido prever al idear su perfecto plan. Las consecuencias de la fama, sin lugar a duda, eran peligrosas. Habría mucha gente que querría asesinarlo por el simple hecho de ser quien era.

Si dentro lo atacaba alguien que no conocía, no tendría muchas oportunidades contra una pistola o una daga. Se dio cuenta de que su respiración era agitada, como si hubiera corrido muchos kilómetros en unos cuantos minutos. Se esforzó por tranquilizarse, respiró hondo, y se dijo a sí mismo que seguramente no habría nada preocupante detrás de esa puerta. Estuvo tentado en la idea de ir a preguntar a alguna enfermera si había alguien en la habitación, pero le pareció una ridiculez. Nadie podría haber entrado al hospital. El señor Wallace les había comentado a él y a Alexei que había seguridad especial para ellos. Nadie podría hacerles daño, ahora que sus identidades estaban descubiertas.

Dio entonces unos golpecitos a la puerta, y agudizó el oído. Escuchó la apagada voz de Alexei, diciendo "Pasa". Aguardó un par de segundos intentando escuchar alguna pistola preparándose para atacar, o algunos susurros pidiendo preparación. No escuchó nada.

Regateó la posibilidad de dar media vuelta y esperar a encontrarse con un shinigami que le dijera que sucedía adentro. Pero era posible que tardara demasiado en encontrar uno, y su orgullo le indicó que debía de enfrentarse a lo que fuera que estuviera dentro por él mismo. No debía  tener ningún problema. Después de todo, él era un Dios. No había que temer.

Giró la perilla lentamente, y le dio un empujón a la puerta. Retrocedió un par de pasos al instante, pero no había nada dentro que estuviera dispuesto a asesinarlo de manera inmediata.

En el centro de la habitación estaba Alexei, pálida y demacrada, despeinada como si hubiera estado dormida. Tenía sus ojos azules muy abiertos, y parecían nerviosos. Había señas en ellos de que había estado llorando. La chica parecía estar envejeciendo diez años en cada hora que pasaba en ese hospital. Parecía que su cordura, y por si fuera poco, su belleza; desaparecían poco a poco encerrada en esas cuatro paredes. Se quedaron los dos en silencio, sin atreverse a decir una sola palabra, mirándose intensamente.

Un "hola" no parecía encajar en la situación. Ningún tipo de saludo amable, o por lo menos cualquier tipo de saludo, parecía concordar con esa escena de locos. Alexei separó los labios, pero pareció pensárselo mejor, y volvió a callar. Ángel le dirigió una extraña mirada de fría curiosidad.

-¿Y bien?- preguntó, con un tono burlón.- ¿Cuál es el asunto tan importante que te hizo ordenar mi presencia aquí?

Alexei titubeó unas cuantas palabras ininteligibles. Parecía que intentaba decirle algo, pero no encontraba la manera o no se atrevía a hacerlo. Bajó la mirada por unos segundos donde pareció respirar hondo y armarse de valor, y finalmente abrió los labios y musito unas tímidas palabras:

-Yo también quiero comprobar algo.

-¿Qué es lo que quieres? ¿Está Light aquí?- preguntó Ángel, enarcando una ceja.

-No.- respondió la chica.- No lo he visto desde…su reencuentro de hace un momento. ¿Y tú?

-Tampoco.- contestó cortantemente. Guardaron silencio otro momento. El chico sentía gran incomodidad y tensión por parte de ambos. -  Y bien…- pronunció, entrando a la habitación y cerrando la puerta tras de sí. Se acercó cuidadosamente a la chica, buscando algún indicio sospechoso de que los motivos que lo habían llevado ahí fueran peligrosos.- ¿Qué es lo que quieres esta vez, Alexei?

Alexei tardó en responder nuevamente. Pero cuando lo hizo, soltó un montón de palabras a gran velocidad, que se atropellaban unas a las otras de tan rápido que iban.

-Wallace perderá el caso. No hay duda de eso. Me condenarán. Me queda poco tiempo antes de morir. Tengo que hacer las cosas rápido. E incluso tengo que hacer cosas que pensaba no hacer hasta en mucho tiempo. O simplemente no hacerlas. Seguro esto para ti es estúpido, puede ser; tú ganaste, yo perdí. No entiendes lo que es conocer que tu muerte está muy cerca. Si no fuera por ese motivo, jamás te diría nada. Jamás haría nada. Pero el tiempo apremia. Y…

-¿A qué te refieres?

  • cuestionó Ángel, confundido. Alexei dio unos pasos hacia él, como caminaría un condenado a la guillotina. El chico la miró atentamente, sin despegarle la mirada de encima en ningún momento. Aún sentía aquella sensación en la piel de que había algo de lo que debía desconfiar, a pesar de que Alexei actuaba de forma tranquila.

Nuevamente, Alexei se dispuso a decir algo, pero se lo pensó mejor, y bajó la mirada. Luego, casi inmediatamente retrocedió unos pasos, como si estuviera planeando salir corriendo.

-¿A qué te refieres, Alexei? - repitió Ángel, perdiendo poco a poco la paciencia.

La chica palideció. Ángel notó que temblaba de pies a cabeza, y que sus manos se retorcían como víboras furiosas. La escuchó balbucear unas cuantas cosas que no llegó a oír. Su paciencia se había agotado totalmente, cuando Alexei pareció finalmente decidirse a lo que iba a decir. Aspiró hondo, y parecía que era el último respiro de toda su vida. Y entonces, lentamente, se volvió a acercar a él, con su mirada brillante y triste fija sobre los rasgados y fríos ojos cafés del chico.

Alexei se estaba acercando más de lo previsto. Ángel se puso tenso, preguntándose si ella escondería entre sus ropas algún cuchillo con el cual planeaba apuñalarlo hasta dejarlo sangrante en el suelo.

Sus miradas se encontraron, y parecía que cada uno intentaba adivinar los pensamientos del otro con una simple mirada. Lo único que Ángel podía ver en los ojos de Alexei era su tranquila inexpresividad, que trataba de disimular las lágrimas atrapadas en sus ojos azules. Ángel supo que no podría encontrar una mirada igual jamás. Clavó sus ojos en los de ella, y la frialdad y crueldad de su mirada de Dios se estrellaron contra la fuerza de aquella mujer indigna para él, la que se interponía entre la victoria como una enorme e interminable pared en una carreta. Él debía tener poder en ella. Él tenía poder sobre todos los humanos, y por lo tanto sobre Alexei. Nadie se podía salvar de su dominio. Ella era suya por el simple hecho de que existía.

Las intenciones de la chica le quedaron claras después de un par de segundos de silencio, donde su cercanía y su mirada lo explicaban todo, como si la información se hubiera transferido al cerebro del chico por un proceso veloz de osmosis. Entonces, su sentido de alerta de disparó, y su cerebro le gritó la orden de retroceder y huir. Podía ser peligroso. Era peligroso, por el simple hecho de que Ángel no se sentía seguro de si quería hacerle daño a la muchacha que tenía enfrente de él. Lo hacía dudar. Y eso no era correcto. No para él, al menos.

Los latidos de su corazón se aceleraron, y aumentaron su volumen drásticamente: podía escuchar el intenso bombeo de su órgano vital resonando en cada rincón de su cuerpo, como un eco. Casi pudo jurar que el sonido se escuchaba en toda la habitación, y que por lo tanto, Alexei era consciente de él. Pensó en dar media vuelta, pero sus músculos estaban congelados. Y algo dentro de él lo hizo quedarse.

Su rostro y el de Alexei estaban separados por unos cuantos centímetros, tan pocos que él podía sentir la nerviosa respiración de la chica sobre su rostro y contarle cada una de las doradas pecas que tenía en las mejillas.  No pudo percibir el miedo y el horror que la chica desprendía por cada parte de su ser: sus ojos estaban apagados, su semblante oscurecido, y su misma presencia parecía haber disminuido, volviéndola algo inútil y pequeño, un mueble que estorbaba al pasar.

Ángel perdió sus sentidos cuando sus labios se unieron. En su cabeza explotaron cientos de químicos que lo volvieron dichoso, terriblemente alegre, extremadamente emocionado… todos esos sentimientos lo hicieron olvidarse por unos momentos de la prudencia, el orgullo, el peligro. Su orgullo masculino se erigía triunfante sobre un campo de batalla. Había ganado, había obtenido lo que quería. O al menos el principio de lo que quería.

Respondió al beso con exagerada emoción, e inmediatamente rodó a la frágil y congelada Alexei con sus brazos, abrazándola con una  fuerza que parecía obsesiva, como si se hubiera jurado nunca dejarla ir. La acariciaba con tanta pasión como si no se diera cuenta de que Alexei estaba tan rígida, fría y tiesa como un cadáver, y permanecía con los brazos pegados al costado. Ángel sintió que parecía que la mente de la chica se encontrara en otra parte, en algún mundo lejano, pues respondía a los desesperados besos del Hassassin como si fuera un robot oxidado y viejo, que sólo realizaba las actividades porque estaba programado y creado únicamente para eso. Se dijo a sí mismo que debían de ser los nervios de la chica, y se olvidó del asunto rápidamente, y se dispuso a disfrutar del momento, intentando sacarle el mayor provecho que pudiera.

Pero justo cuando empezaba a intentar a transformar sus besos en gestos más profundos y pasionales, sintió que Alexei se evaporaba de sus brazos, que hacían de cárcel. Sorprendido, escuchó un sollozo profundo y doloroso, y entonces abrió los ojos, sacudió la cabeza para despejarse y se encontró con la imagen de Alexei acurrucada en el sillón, abrazada a una almohada, llorando con el rostro escondido. Se sintió desconcertado inmediatamente y se acercó a ella de manera rápida.

-Vete.- fue lo único que recibió, al acariciarle el cabello con suavidad, en intención de consolarla en lo que fuera que le había pasado.

-Alexei…-comenzó, pero ella lo interrumpió nuevamente.

-¡Vete, por favor!

El chico frunció el ceño, mientras su mente se aclaraba poco a poco. Se pasó una mano por el cabello, y respiró hondo. Aún sentía el corazón acelerado, totalmente enloquecido. Aún sentía la adrenalina del beso en cada parte de su ser, en cada célula, en cada átomo. Aún se sentía loco de felicidad, y orgulloso de saber que la chica que se le había negado antes, finalmente había caído ante sus pies.

-¿Qué te sucede, Alexei?- le preguntó, con voz suave y amigable. Tiró cuidadosamente de Alexei para enderezarla y poder verla a los ojos. Tenía el rostro pálido y empapado de lágrimas que no paraban de correr desgarradoramente por sus mejillas.

-¡No me toques!- chilló, con un tono de histeria. Ángel la soltó inmediatamente, y se giró a la puerta para comprobar si los gritos de Alexei habían atraído a alguien. Al no haber sucedido esto, se volvió hacia ella con incertidumbre. - Lo siento.- balbuceó la chica. - Pero esto no es lo correcto.

-¿Qué no es correcto?- cuestionó Ángel fugazmente.

-¡Por tú culpa voy a morir! ¿No lo entiendes?- sollozó-¡Estoy perdiendo lo único que me queda de esta manera! Me lo quitaste todo, absolutamente todo. ¡Ya no me queda nada! No puedo darte también mi orgullo. No es correcto.

Ángel no supo que responder. Miró a Alexei con cara de no entender nada, pero lo cierto es que lo entendía todo. No era correcto, ni para él, ni para ella.

No era correcto. "Pero eso lo hace más interesante" dijo una vocecilla traviesa y apasionada en el interior del chico. Ángel tuvo que cederle la razón. Sin ese toque de relación prohibida, imposible, realizada a escondidas, todo perdía lo interesante, lo excitante.

¿Se sentía capaz de abandonar a Alexei?

Su interior se dividió en dos bandos, instantáneamente. Uno votaba por ayudar a Alexei. Otro optaba por abandonarla.

Las dos opciones eran tentadoras.

-Vete.- insistió Alexei. - Quiero estar sola.

Ángel asintió quedamente, y se dio media vuelta, dirigiéndose hacia la salida. Él también quería estar solo. En su cabeza había un mar de ideas contradictorias y dispares, peleándose entre ellas, intentado decidir qué decisión debían tomar. Cerró la puerta quedamente tras de sí, y por un momento tuvo la sensación de que nada de lo que había pasado en esa habitación había sido real. Quizás estaba soñando, y de un momento a otro despertaría en una cama de hospital un poco agitado.

Pero no despertó. No era un sueño. Todo lo que le había sucedido era real. Estaba metido en un gran lío y era consciente de que quizás nunca saldría de él.


Como para dar un poco claridad a esos días oscuros, el señor Wallace recibió una noticia gloriosa que le pareció que estaba directamente caída del cielo. Había pasado todo el día yendo de un lado a otro, hablando por teléfono, mascullando entre dientes por tener que esperar por un trámite u otra cosa, renegando por los malos tratos de la ley, soltando una que otra palabrota cuando se desesperaba demasiado, teniendo ganas de rendirse y dejar que todo siguiera su curso. Tenía las piernas adoloridas y le ardían como si se quemaran, seguramente culpa de esas varices que lo acosaban desde que tenía cuarenta años. Su cabeza parecía estar a punto de explotar por el estrés, la preocupación y el miedo que se calentaban dentro de ella. Se repetía una y otra vez que ya estaba viejo, y que debería dejar que algún representante suyo, más joven y activo, seguramente más paciente; se encargara de todo. Él se quedaría sentado, ya fuera en su oficina en el orfanato o haciéndole compañía a Gelsu y Alexei en el hospital, relajándose con una taza de té, seguro de que su encargado lo arreglaría todo en un dos por tres.

Pero había algo que lo impulsaba a hacer las cosas por él mismo. Quizás era que desconfiaba dejarle la libertad de Alexei en manos de un jovencito, que por más inteligente que fuera, no tendría la misma experiencia que él en el mundo. Había mucho en juego, y era consciente de que no se perdonaría si le fallaba a la chica.

Así pues, su abogado, un hombre de tez oscura que usaba en traje elegante y notablemente caro, junto con unos lustrosos zapatos negros que reflejaban las luces que iluminaban del pequeño restaurante donde Wallace lo esperaba; llegó con una sonrisa de triunfo en el acalorado rostro, de esas sonrisas que sólo se obtienen tras haber logrado algo por lo que se luchó intensamente. Se acercó a él como un nuevo padre sin experiencia en la sala de espera de un hospital, que al ver al médico responsable del parto de su esposa, no puede evitar correr a preguntarle cómo están ella y la nueva criatura que trajo al mundo.

-¿Qué ha sucedido? - preguntó inmediatamente Wallace, con ansiedad, tras las acostumbradas muestras de cortesía. Se habían saludado con un apretón de manos, y Wallace inmediatamente le habría ofrecido asiento en la mesa que tenía reservada para ellos, una pequeña y privada mesita en una esquina del muy iluminado y abarrotado restaurante.

            Su abogado, el señor Ragsdale, lo miró con alivio, antes de erguirse orgullosamente en su silla. Se aclaró la garganta, antes de entonar con voz muy grave y seria:

            -Fue complicado. Pero hemos logrado un acuerdo. Ahora es posible el traslado de vuelta al Orfanato Wammy para sus chicos.

            El señor Wallace experimentó un tipo de alivio instantáneo al escuchar esas palabras. Suspiró audiblemente, y el aire en sus dientes provocó un ligero silbido. El hombre quería echarse a reír, como si fuera una noticia realmente excelente, como que habían ganado el caso y Alexei era libre. Echó la cabeza para atrás, como si la alegría de que podría llevar a sus alumnos a su hogar le hubiera pegado un tremendo bofetón que le había llegado a  torcer la cara hacia atrás.

            -Gracias a Dios…-susurró, cerrando los ojos fuertemente. Se pasó una mano por la cara. -¿Cuándo podemos realizar el traslado?

            -Hoy mismo, si es lo que usted desea.- sentenció el abogado, con gran formalidad innecesaria. Vio que Wallace iba a decir algo, por lo que se apresuró a añadir.- Pero señor Wallace, esto no significa nada. No al menos en el sentido de que su alumna se salga de ese lío. Esto es un tipo de trato: le permiten trasladar a la chica al orfanato, pero tiene terminantemente prohibido salir de ahí. Vivirá encerrada en su propio hogar.

            Wallace asintió. Se estaba armando de valor para preguntar algo que no quería saber, cuando Ragsdale pareció adivinar sus pensamientos, pues dijo con voz monótona:

            -Señor Wallace, las cosas no se ven bien para Alexei. - Suspiró. Parecía sentir renuente a hablar mucho sobre ello, como si fuera un tema que la avergonzara terriblemente pero se viera obligarlo a hacerlo por alguna fuerza muy poderosa en él. - Verá, las pruebas son…perfectas, ¿entiende? Bueno, perfectas para aquellos que creen que los asesinatos son obra de un nuevo Kira. Los más escépticos piensan que la chica solamente tiene alguna enfermedad mental, quizás una esquizofrenia grave. Aunque lo intente con toda mi alma… no creo poder ganar este caso.

            Wallace no respondió. No tenía palabras que decir. El peso de la edad pareció caerle de pronto sobre los hombros. Se encogió en su asiento, se sintió como uno de esos ancianos de los que los adolescentes se burlan y que los ladrones ven como buenas víctimas de un robo fácil que les daría unas pocas, pero buenas, monedas para un porro, una lata de cerveza o unos cigarrillos. Casi sentía que estaba indefenso, atrapado en un callejón tétrico y oscuro rodeado de gente de ojos violentos que sólo deseaban destruirlo. Estaba asustado. No parecía haber una salida para Alexei. No quería perderla.

            Siempre soñaba con ver a sus alumnos irse por las mismas puertas que llegaron, pero en lugar de ser unos niños huérfanos que no paraban de llorar, se habrían convertido en adultos superdotados y listos para destacar en el mundo que alguna vez los habría rechazado. Ya se los imaginaba, como un padre a sus hijos, terminando la universidad con honores, reconocimientos y diplomas, consiguiendo un trabajo importante, e incluso a algunos los veía con un cónyuge y un par de niños gritones que visitarían a Wallace como si fueran sus nietos y él el abuelo que les hablaba de los viejos tiempos. Claro que había imaginado a Alexei vestida de graduada con su sonrisa burlona, su altivez, su porte erguido y un diploma en mano, mientras daba un discurso en un estrado, frente a un público enorme que la miraba expectante y admirado. Si perdía el caso, ese deseo jamás sería realizado.

            Se perdía el caso, lo único en lo que Alexei se convertiría sería en un frío cadáver pálido dentro de un ataúd blanco, un par de metros bajo tierra.

            No quería eso.

            Una voz en su cabeza lo hizo preguntarse, si realmente no estaría defendiendo con uñas y dientas al verdadero Hassassin. Si no estaría equivocado, y estaba tan ciego que no podía ver que la muchacha que tenía frente a él no era más que una escoria asesina.

            Una voz más alta le respondió nuevamente que no. Alexei no era una asesina. Él lo sabía.

            -¿Qué podemos hacer? - preguntó Wallace, cuando el mesero les hubo traído unas bebidas frías.

            El abogado pensó un rato antes de responder.

            -Señor Wallace, lo más efectivo sería… lo más afortunado, lo más conveniente…sería que Alexei realmente tuviera esquizofrenia. ¿Me entiende?

            Wallace entendía. Asintió para indicarle al abogado que continuara.

            -Terminaría en un hospital psiquiátrico, pero creo que ese es el mejor destino que sus condiciones le ofrecen.

            -Entiendo.

            No hablaron más en el resto de la comida, que fue apresurada y hueca. Ambos hombres parecían estar muy concentrados en tomar correctamente el tenedor y en no derramar la sopa.

            Se despidieron con un seco  "que te vaya bien" y un monótono "salúdame a tu esposa" antes de que cada uno tomara un rumbo diferente.

            Wallace entró al hospital donde se hospedaban Ángel y Alexei dejando detrás de sí a dos hombretones enormes. El más joven era ligeramente regordete, pero poseía unas gigantes manos que parecían realmente aterradoras, pues se asemejaban a las garras de una bestia invencible. El mayor, un hombre con acento latino, poseía en cambio unos músculos desarrollados y definidos, aunque era ligeramente más bajo que el joven. Ambos usaban un gris chaleco antibalas bajo sus uniformes de seguridad, y cargaban con unas armas de aspecto temible y orgulloso, como si la propia arma supiera que podría destruir a cualquiera con unas cuantas balas rápidas. 

            Wallace se obligó a forzar una sonrisa al dirigirse al piso de Alexei, el tercero. Había mantenido a los muchachos muy protegidos de los curiosos y de la prensa. Le aterraba saber que ahora que sus identidades se habían descubierto desafortunadamente, algún loco tuviera intención de hacerles daño. No ser nadie era una forma de protección realmente efectiva. Las cosas se complicaban cuando eras alguien.

            Iba por el pasillo del cuarto de Alexei con el ceño fruncido, y la sonrisa forzada en el rostro (lo que le daba una expresión muy extraña que explicaría el porqué de las miradas extrañadas de las personas que se cruzaban con él) cuando una voz conocida lo hizo volverse súbitamente, y agrandar su sonrisa.

            -¿Señor Wallace?- se encontró con el rostro de Gelsu. Lo sintió un poco pensativo, pero Wallace no le dio importancia.

            -¡Gelsu! Que fortuna es encontrarte, creí que tendría que buscarte por todo el hospital…

            -¿Sucedió algo? - preguntó el chico, alerta de pronto.

            -Sí…bueno, no. - Mintió.- Bueno, sí. La verdad que sí. Nos vamos al orfanato. Alexei, tú y yo. Mi abogado logró un acuerdo para trasladarla.

            Gelsu no reaccionó como Wallace habría esperado. El chico asintió solamente, como si la noticia le fuera indiferente. Ambos hombres se quedaron en silencio por unos segundos donde no tuvieron nada que decir.

            -Bueno… ¡iré a avisar a Alexei! - masculló el señor Wallace, con fingida alegría plasmada en su sonrisa de plástico. - Seguro se pondrá muy feliz. Mientras tanto, ve y prepara tus ropas, nos encontraremos aquí en unos cinco minutos, si eres tan amable.

            -De acuerdo, señor Wallace.- musitó Gelsu. Y luego se alejó con aire distraído, mientras el señor Wallace lo veía andar por el pasillo, haciéndose cada vez más pequeño hasta torcer la esquina y desaparecer por completo. El hombre sacudió la cabeza, como si con eso pudiera sacar el mal presentimiento que tenía sobre el comportamiento de Gelsu. Fuera lo que fuera, no auguraba nada bueno, como una profecía que predice el fin del mundo con mucha convicción. A pesar de que él no consideraba prudente ignorar este hecho, decidió hacerlo. No se sentía con ganas de tener otro problema.

            Tocó tres veces la puerta del cuarto de Alexei antes de que ella gritara un "Voy" muy seco. Tuvo que pasar poco más de un minuto antes de que ella abriera titubeante, finalmente, la puerta. Alexei trató de mirar más allá del señor Wallace, como buscando algo. Al no encontrarlo, suspiro, y se apartó de la puerta para dejar pasar a Wallace.

            Wallace, por su parte, no había sido capaz de mirar otra cosa que no fuera la mirada hundida de Alexei, su rostro apagado, y la gran ausencia de su sonrisa burlona. El  hombre olvidó súbitamente el motivo por el que se hallaba ahí, parado sin hablar, ni moverse y ni siquiera respirar; en el umbral de la puerta, con la mirada  sin brillo fija en Alexei quien lo contemplaba como si sólo estuviera rogándole desesperada por un tipo de salvación, pero esforzándose por mantener el orgullo que le quedaba. Wallace reordenó inmediatamente sus prioridades, dejando a la noticia que llevaba en un segundo plano, superado inmediatamente por el estado melancólico y preocupante de su alumna. 

-¡Alexei!- exclamó, espantado. Notó como Alexei lo miraba alarmada y palidecía rápidamente, por lo que se apresuro a tratar de lucir más calmado, y enmendar su error agregando con un tono cariñoso y que se esforzaba por no sonar histérico. Incluso forzó una sonrisa, obligando a sus congelados y horrorizados músculos faciales a flexionarse para provocar el amable gesto. El hombre supuso que su sonrisa era tan falsa que parecería una mueca espeluznante digna del villano de una película de terror.- Eh, ¿cómo estás? ¡Te ves muy bien hoy!

Supo instantáneamente, como cuando leía un libro terriblemente predecible, que sus mentiras no habían convencido a la chica, y por lo tanto, tampoco a él mismo. El aspecto de Alexei le parecía espeluznante, más parecido al de un cadáver que había sufrido mucho en las últimas horas de su muerte: blanco como el mármol, las mejillas hundidas, los ojos tristes y la expresión de absoluto terror marcada en cada forma del rostro, desde la curva de la nariz hasta el acomodo de los tiesos y pálidos labios.

-Gracias, señor Wallace. Estoy bien.- Alexei respondió con una voz tranquila, que intentaba sonar alegre pero que terminó rompiéndose en la última palabra. La chica carraspeó, bajo la mirada, claramente incómoda, y lo instó a pasar con un gesto de la mano. Wallace no le creyó nada. La Alexei que hablaba parecía otra, una frágil muchacha desprovista de confianza y amor a sí misma, un tipo de figura de cristal rellena de tétricas tinieblas.

-¡Oh, no! No es necesario. - declinó la invitación con cortesía, negando suavemente con la cabeza, recordando súbitamente el motivo de su visita como si fuera una llama que aparece con un chasquido de dedos en medio de la oscuridad.- Tengo buenas noticias para ti. Logramos trasladarte al orfanato, Alexei. Volvemos a casa hoy mismo.

Casi se imaginaba Wallace la sonrisa que Alexei pondría en el rostro, o el repentino brillo que aparecería en su mirada, pero no lo hubo. El semblante de la chica permaneció igual, e incluso al viejo hombre le dio la sensación de que empeoraba un poco, si es que esto era aún posible. Alexei asintió en silencio. No tuvieron nada más que decir.

-Eh, bueno…prepara tus cosas, si eres tan amable.- pidió cortésmente. - Te estaré esperando en el pasillo.

Estiró su mano hacia la chica, deseando sacudirle el cabello o darle una palmadita amistosa en el brazo, pero se detuvo a medio camino. Algo le decía que no era una buena idea. Su intención era consolarla, de alguna manera, pero el señor Wallace no tenía mucha experiencia consolando gente, y ni siquiera sabía si realmente Alexei necesitaba consuelo. Seguramente estaba muy preocupada por el caso que definiría su destino, pero nada más. No debía haber otra cosa que alterara el ánimo de la chica.  Le pareció curioso que también Gelsu estaba actuando raro, pero no se le ocurrió en ese momento que ambos comportamientos pudieran estar relacionados.

Así pues, sintiendo que había hecho el ridículo estirando la mano de aquella manera y luego quitándola como si estuviera quemándose, se retiró con un asentimiento de la cabeza y una fugaz y falsa sonrisa. Su  nerviosismo era más que obvio.

Minutos después, apareció Gelsu cargando con una pequeña maleta negra. Wallace no encontró nada que decir, así que sólo asintió. Gelsu lo hizo a su vez.

Y un par de momentos más tarde, llegó la decaída Alexei con expresión de susto. A Wallace no se le pasó por alto que lo primero que sus alumnos hicieron fue lanzarse una rápida, pero notoriamente significativa, mirada. Sólo entonces, tuvo la sospecha de que algo había ocurrido entre ambos. Su viejo corazón empezó a temblar al pensar que quizás hubieran discutido. Se le ocurrió que quizás Gelsu hubiera ofendido a Alexei horrorosamente, conociendo al carácter impulsivo que el chico siempre había tenido.

¿Y si Gelsu la había acusado de ser una asesina? Se estremeció de sólo pensarlo.

Sabía que el camino regreso a casa sería incómodo y tan tenso que la requerida acción parecería  fuera de lugar.

Se preparo, pero no estaba seguro de que lo soportaría. Y así, en silencio, los tres se dirigieron a la entrada del hospital, donde dos guardaespaldas y un par de camionetas negras los esperaban, listos para protegerlos.


En el Orfanato Wammy, en las profundidades del bosque, se encontraba el reducido y nervioso equipo de Near, preparándose con para lo que venía. Las personas iban de un lado a otro, enciendo computadoras, descargando archivos, conectando cables y preparando conexiones inalámbricas. Comprobaban que las cámaras y los micrófonos instalados en los dormitorios de sus dos sospechosos funcionaran a la perfección. Y así era. Todo estaba tan meticulosamente cuidado para que ningún error ocurriera.

Kim bebía una taza de café mientras se aseguraba de que todas las cámaras funcionaban, era ya la tercera vez que lo hacía.  Odiaba el sabor del café, pero necesitaba la energía que la cafeína proveía. Tomó un pequeño y ruidoso sorbo. Sentía un nudo de nervios en el estomago.

-Así que por fin encontraremos al  verdadero bastardo, ¿eh?- masculló Brian, a lo lejos. Kim agudizó al oído inconscientemente.

-No es seguro, Brian.- respondió Near, con su voz de niño e inteligencia de un adulto.- Pero obtendremos información valiosa de esto. De eso sí puedo estar totalmente seguro.

-Información valiosa…-murmuró entre dientes Brian. Su tono pesimista dejaba en claro que "información valiosa" no era suficiente para él.

-Todo está en orden con las cámaras.- interrumpió Kim, poniéndose de pie Near contempló las múltiples pantallas que reproducían una imagen exacta de las habitaciones de Alexei y Gelsu. Estaban las dos en orden, ningún tipo de movimiento. - Wallace llegará en poco menos de cuarenta y cinco minutos. 

-¿Está todo listo?- cuestionó Near. Kim asintió, al tiempo que respondía:

-Todo. No puede haber ningún error.

-¿Ninguno?

-Ninguno. Ningún error.

-Eso espero yo también.- sentenció Brian, antes de retirarse.

Near y Kim observaron instantemente las pantallas. Las imágenes eran tan nítidas y definidas que casi podían notar el polvo sobre los muebles y las basuritas en el suelo. Los micrófonos les daban solamente el macabro e inquietante sonido del silencio. No había nada fuera de lo normal en ese par de cuartos. No por el momento, al menos.

-Near…-preguntó Kim tímidamente, como si pensara que su pregunta era estúpida. El chico no hizo ningún gesto de estar poniéndole atención, pero aún así Kim continuo.- He estado pensando sobre el plan. Anoche, recordé lo que sé sobre los shinigamis. No serán visibles ante las cámaras, y probablemente los micrófonos no podrán captarlos. Creo que ya has imaginado que cabe la posibilidad de que el shinigami del Hassassin le haya avisado sobre nuestro plan. Entonces… ¿qué quieres encontrar con este experimento? Siento que sólo veremos un par de adolescentes actuando naturalmente. No sabremos si uno es el Hassassin, no creo que sea lo bastante estúpido para usar su Death Note frente a unas cámaras. Entonces, ¿qué sentido tiene haber instalado toda esta tecnología? ¿Qué es lo que estamos buscando?

Near se tomó su tiempo para responder, y fue tan largo que Kim creyó que lo había ofendido o que simplemente él no le había prestado atención. Ya se estaba planteando la posibilidad de escaparse escurridizamente de ahí, cuando la voz de Near la sorprendió.

-Buena pregunta, Kim. No estoy buscando que uno de los dos use su Death Note frente a las cámaras. Estoy esperando algo como lo que está apareciendo en pantalla, justo en este momento.

Kim se giró a las pantallas inmediatamente. Noto que la mayoría de los presentes hacían lo mismo, se les había disparado su sentido de alerta al ver al muchacho que acababa de entrar a una de las habitaciones.

Primero creyó que era Gelsu, pero descartó la idea al instante. Aunque el muchacho y Gelsu tenían cierto parecido, debido a que el intruso poseía un aspecto oriental, con los ojos rasgados que tanto caracterizaban a los asiáticos; Kim detectó inmediatamente las diferencias entre ambos: el color del cabello y de los ojos, el porte…e incluso Gelsu parecía un ser más frío que el nervioso chico que había entrado en la habitación. Otras personas en la habitación lo señalaron impresionadas, y dijeron con voz avispada: "¡Es Gelsu!", acusación que Near negó con un simple movimiento de cabeza.

-No. No lo es.- dijo la apagada voz de Brian. - Esto chico yo lo he visto. Es otro huérfano.

-Su nombre es Kij. Iba a ser el sucesor de Hec. Pero Gelsu y Alexei obtuvieron ese puesto.- informó Near.

-¿Pero que hace ahí?- pregunto Gevanni, apareciendo súbitamente con un sándwich a medio comer en la mano derecha.

-Eso es lo que estamos por ver.- sentenció Near, y todos guardaron silencio.

Las pantallas mostraron al muchacho, que, claramente nervioso, echaba una ojeada a todas partes. A Kim le dio la sensación de que buscaba algo. El muchacho miró arriba y abajo, derecha e izquierda y terminó suspirando, con el ceño fruncido. Kim notó que al tal Kij le temblaban las manos, y su respiración era más que audible para los micrófonos escondidos.

-No puede estar buscando…-barbulló Brian, enarcando una ceja escéptica. Gevanni completó su frase con la oración que todos temían. 

-Las cámaras. Sabe que hay cámaras. Nos vio instalándolas. Lo sabe. No fuimos lo suficientemente discretos.

-¡O busca otra cosa!- alegó Kim, en voz muy alta para llamar la atención de todos. Notó como su propio corazón se había acelerado casi tanto como el muchacho de la pantalla.- La Death Note.- dijo en un susurro que le heló la sangre.

-Quizás ambas cosas.- dijo Near, sin apartar la mirada ni un segundo de las pantallas.

Kij había comenzado a buscar más meticulosamente. Se esforzaba por moverse rápido, y dejar todo como estaba, para dar la sensación de que nadie había entrado ahí. Pero por más que se esforzaba su nerviosismo y sus manos temblorosas dejaban pequeños errorcitos que seguramente los dueños de los dormitorios notarían, como los osos del cuento de Ricitos de Oro. Buscó debajo de la cama, detrás del televisor, dentro de los cajones, entre la ropa. Incluso buscó algún pedazo de piso suelto. Pero no había nada. De repente se quedaba quieto, pensativo y alerta de algún ruido peligroso y luego seguía con su búsqueda. El chico buscaba con cuidado y persistencia, casi como si estuviera seguro de que ahí estaba lo que buscaba. Finalmente, se dispuso a salir, antes  de echar un último vistazo para comprobar que todos estaba en orden.

El chico asintió y luego salió de la habitación tan escurridizamente como había entrado.

-Acaba de entrar a la habitación de Alexei.- anunció Kim, pero no era necesario, porque todos veían como el pomo de la puerta se giraba y luego aparecía el rostro asustado de Kij, pálido del nerviosismo, tan aterrado como estaría el  protagonista de una película de terror. 

             La mujer esperaba que Kij inspeccionara la habitación de Alexei tal y como había hecho con la de Gelsu, pero se equivocaba. En lugar de eso, el muchacho buscó algo en su bolsillo. Sacó con su mano temblorosa un pedazo de papel arrugado. Lo extendió rápidamente, y lo colocó entre sus manos, como si esperará que alguien pudiera ver lo que éste decía. Se movía por varias partes de la habitación, pero la mayoría del tiempo enseñaba el papel a una esquina, donde causalmente, había una cámara mirándolo todo. Sus intenciones eran más que obvias.

            -¿Qué es lo que dice? - preguntó hombre en la parte de atrás de la habitación, entornando los ojos. Kim abrió la boca seca para responder, pero Near se le adelantó.

            -"N, sé lo que buscas. Y yo puedo darte la información que necesitas."

            -Mierda.- musitó Brian. La palabrota sonó como un escupitajo. - Sabe de las cámaras. Y de la Death Note, por si fuera poco. Necesitamos a ese tipejo. - agregó con amargura.

            Contemplaron como Kij le daba vuelta al papel, mostrando otro mensaje.

            -"Necesito que me protejan. Sálvenme, por favor. 37" - recitó Gevanni.

            Y mostrado eso, salió de la habitación como un alma en pena. El ruido fue inmediato en la habitación, pero la voz de Near se escuchó claramente sobre todas las voces.

            -Hay que ir por él. No sé qué información nos puede proporcionar. Puede que sean datos inservibles. Pero no podemos correr el riesgo. Él sabe algo. Habitación 37.

            No fue necesario ordenar a nadie. Brian y Gevanni salieron sigilosos y determinantes por la puerta.


            Wallace agradeció el momento en que finalmente llegaron al Orfanato Wammy, después de un tortuoso e incómodo viaje. Wallace se había esforzado con toda la energía que tenía, utilizando todas sus capacidades, desde la lógica hasta su pequeña y escondida porción de carisma y simpatía para provocar una conversación en ese auto de muerto.  Bien parecía que se encontraban en el entierro de alguien muy querido. Las falsas risas del hombre, sus chistes malos y sus comentarios graciosos parecían totalmente fuera de lugar. Terminó por callarse después de un rato de ver que sus esfuerzos eran en vano: la felicidad de ese auto había desaparecido más radicalmente que los dinosaurios.

            Alexei y Gelsu ni siquiera parecieron darse cuenta del momento en que su viejo director se calló.

            Llegaron al orfanato para ser recibidos por una gran multitud mucho más alegre que Wallace. Gelsu fue recibido entre abrazos y besos, agradecimientos a Buda, Dios y Alá por haberlo salvado de aquel desgraciado secuestro; bienvenidas animosas y una invitación a disfrutar de una cena especial y deliciosa para posteriormente jugar un rato, quizás incluso a futbol, si la luz, el ambiente y las energías lo permitían. El entusiasta recibimiento logró causarle al chico una sonrisa sincera, y pronto se olvidó de todos sus problemas. Gelsu se sintió mucho más libre y tranquilo cuando vio a Misa, flotando lejos de él, sonriéndole y levantándole un pulgar en señal de alegría y suerte. El Hassassin sabía que su shinigami volvería. Nunca lo había dudado.

            Por su parte, el recibimiento de Alexei fue un poco más frío. Recibió un tímido y rápido abrazo de Jo, cargando con el bebé de Toasen en sus brazos. Alexei no respondió al gesto, y solamente puso los ojos como enormes platos. Ed y Cuer le sonrieron, y Ed pareció tener la intención de ponerle una mano en el hombro, pero al igual que Wallace había hecho hacía tan sólo unos momentos, se arrepintió. Jo la invitó cordialmente a la cena realizada en su honor, pero Alexei se excusó diciendo que "se sentía cansada y quería descasar". La mayoría se tragó su mentira, pero otros cuantos, entre ellos Ed y Cuer, reconocieron instantáneamente, casi como un leal perro al recibir a su amo; dudaron de que esto fuera cierto. Sea como sea, Cuer creyó que seguramente Alexei quería estar a solas después del secuestro para pensar. Ed supo que algo le había pasado. Y no tenía que ver con ningún secuestro.

            Así pues, mientras Ángel se iba a festejar y Alexei se apartaba para dirigirse a su habitación (sin imaginarse de las cámaras que se escondían en ella, dispuestas a espiar cada movimiento de la chica) después de convencer a Wallace por quinta vez de que estaba bien y que sólo se iba porque deseaba dormir; la fantasmal figura de Misa siguió a la chica en lugar de al dueño de su Death Note, su propio hijo. La shinigami contempló que Alexei iba tan distraída que ni siquiera había notado que Misa la seguía.

            -Alexei.- la llamó Misa en voz muy alta para hacerse escuchar claramente. Alexei no se detuvo y tampoco se giró para mirarla a los ojos. Solamente realizó un leve asentimiento de la cabeza para indicarle que la escuchaba. - Debemos hablar. Ahora. Hay algo que no sabes…y necesitas saber. ¡Detente, por favor! ¡Mírame a los ojos, que siento que estoy hablando sola!

            -¿Qué es lo que quieres?- preguntó Alexei, fríamente, en voz muy baja. A Misa le sorprendió su frialdad. Recordaba aún, y tenía  tatuada en su memoria, a la que Alexei que había abierto su corazón y llorado sin parar.

            -Near instaló cámaras y micrófonos en tu habitación. Y en la de Ángel.- escupió, rápidamente. Misa observó intensamente a Alexei, a la espera de una muestra de sorpresa, o incluso de agradecimiento. Pero no obtuvo más que una mirada helada y un rostro inexpresivo. - No hay puntos ciegos. Funcionan a todas horas. Ten cuidado. Un trato es un trato. Y yo estoy cumpliendo la mía.

            -Y yo la mía, Misa.- sentenció Alexei, como si fuera una oración que la declararía culpable de un crimen horroroso. Dio media vuelta y siguió andando hasta su habitación. Entró en ella con apariencia despistada e intentando lucir cansada, pero todos sus sentidos estaban en alerta. No había ninguna pista que le dijera que alguien había entrado ahí, pero sabía que la observaban. Ni siquiera podía comprobar que la Death Note siguiera en su escondite. Debía actuar normal.

            Tuvo el deseo de buscar donde estaba cada cámara, pero supo que sus propósitos serían rápidamente descubiertas y consideradas fugazmente malintencionadas. Así que en lugar de eso, se quitó los zapatos, los acomodó ordenadamente, desatendió su muy arreglada cama y se recostó, para posteriormente cubrirse hasta los hombros con una sábana delgada. Cerró los ojos, pero sus intenciones no eran dejarse llevar por los ojos de Morfeo.

            Sentía que la observaban toda. El equipo de Near había, posiblemente, rebuscado entre cada una de sus cosas. Sus ropas, sus libros, sus objetos personales. Sentía que un ardiente fuego empezaba a quemarla toda por dentro. La humillación, el odio, el terror, la decepción…eran sentimientos que no terminaban de bombardear su pobre y herido corazón una y otra vez. Se sentía inútil. Deplorable.

            Le parecía que había fallado. No sólo a ella. A todo el mundo. Su existencia era innecesaria. Podría morir y nadie la extrañaría. Quería desaparecer para siempre.

Pensó en el suicidio, por primera vez en muchos años. Pero ni siquiera era tan valiente para hacerlo. No se atrevía. Le aterraba morir. Estaba atrapada.

Durante las horas que pasó acostada, fingiendo dormir, sus sueños y metas fueron desapareciendo poco a poco. Se estaba sumergiendo en las profundas tinieblas de la depresión. Y seguramente, nunca saldría de ella.

Ya nada tenía sentido.

Ya nada valía la pena.

Ya nada importaba.

Cuando abrió los ojos, ya había anochecido. Escuchó las risas de los jugadores de futbol, que se divertían en los jardines.

Quería que todo fuera un sueño. Pero no lo era. Jamás lo había sido.

Había decidido qué hacer. Era la única solución. Lo único que aún podía hacer.

            Se levantó como si fuera un cadáver: pálida, sin vida, con la mirada perdida. Ya estaba muerta en vida.

            Sacó la Death Note de su escondite secreto, consciente de que varios pares de ojos la estaban mirando. Ya no le importaba.

            Se sentó en su pequeño escritorio de madera, con el cuaderno negro puesto como si fuera a escribir en él una obra maestra, una narración tan impresionante que los escritores alabarían y las futuras generaciones de lectores leerían una y otra vez. Tomó una pluma negra, como un caballero tomaría su amada espada, y con la mano temblorosa, tanto que casi le era imposible escribir, garabateó en la primera hoja del cuaderno un solo nombre, formado por simples dos letras.

            Su respiración era agitada. Podía oír el sonido de su propio corazón resonándole en los oídos, y en toda la habitación.

            Contempló, con horror, odio y orgullo mezclados, el único trazo que había hecho en todo el cuaderno:

"Ángel Matsuda"

Y se paralizó al darse cuenta de lo que había hecho.


La Death Note no afectara a aquellos que lleven vivos 780 días exactamente.


¡Hola chicos! J Aquí tienen su capítulo, espero que les guste ;) Seguimos sin teorías, pero supongo que ya están viendo porque…Los invito a realizar sus propias predicciones acerca de lo que se acerca. Lamento mucho la tardanza (como siempre) pero estaba un poco ocupada. Espero que este capítulo cubra mi deuda con ustedes por haberlos hecho esperar J

¡Nos vemos, y gracias!