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Almas Gemelas — capítulo 13

Alexandra observaba el amplio y silencioso lago, sentada sobre la verde hierba del patio de Hogwarts. La suave y dulce brisa jugaba con sus largos y finos cabellos. Estaba nublado, con lo cual, el sol no estaba allí para agobiarla. Era relajante estar lejos del barullo de Hogwarts, sobre todo, lejos de las desagradables acusaciones de Erik, a pesar de que ella misma era consciente de que eran ciertas. En estos últimos días, no había querido detenerse a pensar sobre lo que le estaba pasando, pero supo que ya era hora. Era mucho más fácil enfrentarse a sus miedos y sus dudas ahí fuera que dentro del colegio. Lo primero que debía resolver era descubrir si había cambiado tanto o sólo estaba mas distraída de lo normal.

Había algo que estaba clarísimo: lo que sucedió en aquel bosque le ha afectado, le guste o no. Se llevó una mano a la sien, intentando aclararse las ideas. Reconoció que ya no sabía que pensar sobre Tom, sobre todo, después de lo que ha pasado. Él tampoco parecía el mismo de siempre.

De pronto, divisó una figura demasiado familiar a lo lejos saliendo del castillo. Era Tom Riddle y parecía realmente frustrado por algo. El muchacho se acercaba a otro determinado punto del lago y repentinamente se agachó. Alexandra pudo ver como el chico cogía una piedra y, para sorpresa de ella, la lanzaba con rabia hacia el agua. "Este niño no es capaz ni de pensar  en las pobres criaturas que habitan en el lago" pensó la chica algo divertida, pués jamás había visto a Tom con esa actitud. Este parecía agotado y cansado, visto desde el punto de perpectiva de Alexandra.

La muchacha desvió la mirada, indecisa. Quería acercarse para poder hablar con él, pero por otro lado le daba un poco de miedo enfrentarse a la situación. Sacudió la cabeza, apartándo aquellos pensamientos de su mente. Lo comprendió todo y lo asumió. Erik llevaba la razón. Había cambiado y mucho porque antes no se hubiera acobardado a hablar con Riddle. Decidió recuperar su antiguo caracter y ser ella misma. Se levantó de golpe del suelo y se encaminó hacia él, dispuesta a acabar con esto de una vez por todas.

Tom se percató de su presencia y frunció el ceño, claramente malhumorado pero a la vez, inseguro. Por supuesto, como es habitual, su rostro no expresaba ninguna emoción al ver a Alexandra.

-¿Qué demonios quieres?-preguntó el muchacho bruscamente, sin intención de quedarse allí por mucho más tiempo.

Alexandra se molestó por esa insolencia tan inmadura. Entonces, se dio cuenta de que ella volvía a ser como era justamente charlando con Riddle. No era un pensamiento tranquilizador, precisamente.

-Sólo me parecía raro verte por aquí, cuando tendrías que estar estudiando-dijo Alexandra intentando provocarle la misma rabia y humillación que sentía ella.

Tom le dirigió su gélida y dura mirada. Estuvo a punto de decirle que no era de su incumbencia pero estaba cansado de esconder tantas cosas. Además, contarle el motivo no le iba a perjudicar. Tal vez incluso se divertiría.

-Lo estaba haciendo hasta que tuve un pequeño percance con alguien en la Sala Común. ¿Puedo hacerte la misma pregunta?

Alexandra se encogió de hombros, aliviada de que pudieran mantener una conversación normal. Al menos todavía.

-Me ha pasado algo semejante. De todas formas, necesitaba despejarme un poco. No me viene nada mal.

Tom enarcó una ceja, escéptico, formulándole otra pregunta.

-Así que has venido a despejarte y justo vienes a charlar con la persona que más te altera de todo este colegio.

Alexandra estaba desconcertada por aquella respuesta, ya que no se la esperaba. Sentía rabia por el tono sarcástico de Tom. Sin embargo, supo como devolverle la jugada.

-No te quejes. Al fin y al cabo, tú estás dejándo que la persona que más te altera de todo Hogwarts intercambie opiniones contigo.

Tom cerró los puños de la ira que estaba empezando a sentir, aunque no era el mismo tipo de enfado que el que tuvo con Druella.

-Yo no he dicho que quiera despejarme.

-Sin embargo, es evidente que quieres hacerlo, porque si no, no hubieras tirado esa piedra al lago con tanta furia. Eso sin mencionar que ni te has parado a pensar en los pobres peces - apostilló Alexandra con desdén.

-No estoy de humor para seguir hablando- le respondió el joven Slytherin.

Tom la miró solo un instante más para luego darse media vuelta y volver al castillo, lentamente.

Alexandra se quedó observándolo, nerviosa por la desagradable confirmación que acababa de aparecer en su mente.

Estaba empezando a depender de sus conversaciones con Tom Riddle. O lo que es lo mismo: estaba comenzando a depender de él.