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Almas Gemelas — capítulo 17
La mitad de las aulas de Hogwarts no se utilizaban, por lo que aquellas personas que necesitaran tranquilidad y descanso podían hacer uso de ellas. Aquella en concreto era amplia pero no muy luminosa, así que era perfecta para el joven que se encontraba allí. A pesar del abandono del aula, las sillas y las mesas estaban colocadas en un orden perfecto, como si el sitio estuviera preparado para recibir alumnos. La tenue luz que traspasaba las ventanas por lo que era suficiente para poder ver pero también para no estar incómodo.
Tom había llegado a ese lugar después de huir de la pesada y molesta Druella Rosier. Se encontraba sentado encima de una de las mesas, con su mirada fija en la ventana pero sumido en sus pensamientos. Estaba harto de los saltitos y las risas del Gran Comedor, de las preguntas, de esos patéticos niños que le admiraban y le intentaban seguir a todas partes,en definitiva, de la gente.
Ese curso se había dedicado a observar y a conocer Hogwarts. Observar...Esa era su especialidad, entre tantas otras. Lo siguiente sería actuar, es decir, elaborar planes y entrar en acción, aunque tendría que reflexionar qué objetivos perseguiría. El primero lo tenía más claro que el agua: esquivar la muerte. Lo segundo ser el mago más poderoso de todos los tiempos y ser superior a los demás, ser especial. Esas eran sus metas prioritarias.
¿Cómo conseguirlo? No debería de resultar muy dificil teniendo en cuenta quién era él: una persona destinada a ser superior.
Pero si quería conseguirlo,tendría que empezar a actuar ya. Hogwarts era un lugar que contenía mucho poder y mucha sabiduría. Sin duda, le haría falta.
En realidad, era sencillo. Él mismo tenía dotes extraordinarias y era consciente de eso. Aquel curso se había conocido a sí mismo, había descubierto cómo reaccionaban los magos y brujas ante su presencia, y sobre todo, sus límites de persuasión y engaño habían llegado más lejos que nunca con las personas. Bueno, alguien se saltaba esa regla, pero Tom no le dio mucha importancia. "Al fin y al cabo, sólo es una bruja insignificante que no podrá jamás intervenir en mi destino". Ese pensamiento cruzó la mente de Tom durante unos segundos, aunque bastó para cambiar de curso sus profundas deducciones.
Decidió que comenzaría por desentrañar los misterior del colegio. Estaba seguro de que escondía muchos. ¿Qué hacer para conseguir información? Lo de siempre: persuadir, engañar, hacerse el inocente, buscar en los libros adecuados, comunicarse con las serpientes y ser paciente. No era demasiado para él.
-Buenos días, Tom.
Conocía esa voz demasiado bien. Odiaba al dueño de esa voz que siempre sonaba amable y gentil. ¿Por qué nadie le dejaba tranquilo de una buena vez? Decidió responderle para cubrir las apariencias.
-Buenos días, profesor Dumbledore.
El hombre cruzó el aula hasta situarse justo a su lado. Tom no levantó la vista, siguió mirando a la ventana aunque esta vez no pensó nada en concreto, ya que temía que Dumbledore usara Legeremancia con él y descubriera todos sus planes. No quería arriesgarse.
Pasaron unos largos minutos de silencio, pero ninguno de los dos parecía incómodo con la situación. Sin embargo, Tom estaba deseando irse de ese lugar pero, ¿a donde iría? ¿Al Gran Comedor para aguantar a la miserable de Druella y tener que soportar la sensación de inquietud que le traspasaba cuando Alexandra le miraba? "No, gracias" pensó sin darse cuenta de que Dumbledore estaba justo a su lado. Sin embargo, el hombre no mostró signos de haberle escuchado.
-¿Qué tal has pasado el curso, Tom?
Tom siguió sin mirarle a la cara y se limitó a responder con una sola palabra.
-Bien.
Dumbledore sonrió, divertido y curioso. "¿Ahora qué le pasa a este mequetrefe?" Esta vez tuvo cuidado con sus pensamientos.
-Es una respuesta muy simple para la pregunta que te he hecho. Un "bien" no basta para describir todo un curso, aunque me conformo con eso. Me alegro de que te haya ido bien.
Su voz dejó de tener ese matiz de amabilidad que le caracterizaba. Tom le miró por primera vez en mucho tiempo. Se fijó en que Dumbledore parecía preocupado y en que su sonrisa se había esfumado. Este último habló nuevamente.
-Te escondes demasiado, Tom. Deberías intentar abrirte un poco a las personas. Cubrir la verdad mediante palabras inservibles y vacías sólo conseguirá hacerte daño.
"Ya saltó con otra de sus frases,¿es qué siempre tenía que soltar algo filosófico cada vez que hablaba?". Los ojos de Tom relucieron peligrosamente durante unos instantes.
-Eso es asunto mío, señor.
Dumbledore esbozó una triste sonrisa.
Tom no lo pudo soportar más e hizo ademán de marcharse pero Dumbledore lo retuvo con unas últimas palabras antes de que se fuera.
-Lo sé, Tom. Sólo pretendía darte un consejo.
Nota de la autora: Perdón por la tardanza, estuve de vacaciones y no tuve tiempo de actualizar.