Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Almas Gemelas · de

Almas Gemelas — capítulo 18

Erik se maldijo a sí mismo una vez más cuando recordó el momento en el que Alexandra había salido corriendo después de la discusión en el Gran Comedor. Al final era lo mismo de siempre...Tom Riddle. Llevaba varias semanas cavilando la posibilidad de que entre Alexandra y Riddle hubiera ocurrido algo de lo que él no hubiera estado enterado. Sus sospechas se confirmaron a raíz de las maliciosas palabras de Druella y la conversación posterior con Alexandra.

Erik cerró su puño con fuerza, intentando contenerse para no golpear la mesa del Gran Comedor, mientras observaba el rincón por el cual Alexandra se había marchado harta de sus acusaciones.

Liz lo miraba preocupada. Los nervios de su amigo podían llegar a ser imparables cuando se enfadaba. Ella no sabía de que lado ponerse. Por un lado, ella también creía que Alexandra estaba tan rara por causa de Riddle; lo dedujo por la insistencia de la negativa de ella cuando Erik le preguntó sobre el tema en la discusión. Pero por otro no creía que la mejor forma de hablarlo con ella fuera así.

La chica intentó calmar la situación.

-No deberías actuar así. No niego que a mi también me ha dolido que Alexandra estuviera así sólo por ese imbécil pero no es asunto nuestro porque...

Erik la interrumpió, con un tono de ira en su voz.

-No me digas lo que tengo que hacer, Liz. ¿Sabes lo que pienso? Que eres una cobarde.

La aludida abrió los ojos de la fuerza con la que impactó en ella aquellas palabras. Antes de que pudiese replicar, Erik prosiguió con la misma dureza que antes, totalmente llevado por la rabia.

-Sí, efectivamente, eso es lo que eres. Me dices estas cosas justo cuando Alexandra no está- soltó una risa sarcástica, teñida de amargura-Siempre te haces la madura y la reflexiva en las discusiones, pero te diré algo, solo eres una maldita cobarde que tiene miedo de enfrentarse a los demás.

Erik se arrepintió de lo que dijo en cuanto pronunció aquellas frases pero ya era tarde. Lo hecho estaba hecho. Liz, muy dolida, se marchó del Gran Comedor sin decir nada y con lágrimas en los ojos. "Soy un imbécil" pensó el joven muchacho. Erik cuestionó la posibilidad de ir tras ella. Decidió que no...Ya esperaría a ver como continuaban los acontecimientos.

Mientras tanto, Liz recorría los pasillos ignorando a las personas curiosas que le preguntaban la causa de sus lágrimas. No sabía que le dolía más: que su mejor amigo la tratara de esa forma o la verdad que había en sus duras palabras...Ella siempre quería ayudar a los demás y ser útil pero Erik tenía razón. Siempre se mantenía al margen de los problemas sin sacar a luz su caracter.

-Liz...¿Qué te ocurre?

Alexandra estaba a su lado, mirándola incrédula y preocupada. Liz negó con la cabeza en un intento de reprimir el llanto.

-Liz, por favor...Puedes confiar en mí -insistió la muchacha con desesperación.

-No es cierto- respondió Liz entre sollozos- Me has ocultado cosas que te pasaban...Estás muy rara estos días y ni siquiera tienes valor para contarme lo sucedido...¡Soy tu amiga!

Hizo una pausa para poder respirar a pesar de que tenía la vista nublada por llorar. Alexandra abrió la boca para replicar pero no consiguió articular ningún sonido. Nunca había visto a su amiga tan vulnerable.

-¿Cómo puedo confiar en ti? Es más, ¡no puedo hacerlo con nadie! Ni contigo ni con Erik...Tu me ocultas cosas y él me trata como si fuera un objeto sin sentimientos...-sacudió la cabeza- No, no puedo...

Se marchó en dirección opuesta sintiendo mucho dolor, justo el que conducía a la Sala Común de Ravenclaw para desahogarse en soledad.

Alexandra se quedó allí parada durante un buen rato. Era desconcertante lo que acababa de vivir. Además tenía remordimientos...Ella tenía razón. ¿Cómo iba a esperar que Liz confiara en ella si precisamente ella no había sido capaz de hacer lo mismo? Había estropeado la amistad del trío...Había incluso olvidado la conversación con Druella, ahora sólo le importaba sus amigos.

Echó un vistazo alrededor y vio que el pasillo estaba vacío ya que los alumnos se habían ido a sus respectivas salas para celebrar las notas. La discusión con Erik y los sollozos de Liz la habían dejado sin energías. No supo a donde ir. Si fuera por ella, se quedaría en ese pasillo, relajándose con el silencio, apoyada contra la pared...

-¿No se supone que deberías estar con tus amiguitos en la Sala Común o en el Gran Comedor?- preguntó una voz que conocía demasiado bien, a sus espaldas.

Tom Riddle la estaba mirando con una sonrisa burlona. Hubiera sido tan fácil para Alexandra darse media vuelta y alejarse lejos de él...Sin embargo, se quedó allí sin saber muy bien el motivo.

-Lo mismo digo.

Fue la única respuesta de la chica. Tom la observó con curiosidad. La muchacha siempre conseguía desconcertarle y le hacía dudar de sí mismo ¿Por qué se había acercado a hablarle? Ni él lo sabía...Supuso que sería por su intriga.

-Me gusta estar lejos de los demás. El silencio y la soledad me proporcionan paz.

Al chico se le borró la sonrisa de sus labios. "¡Demonios! ¿Por qué maldiciones dije eso?" pensó Tom con frustración. No soportaba perder el control y mucho menos abrirse de esa manera.

Ahora era Alexandra la que sentía curiosidad. A ella también le agradaba el silencio. La soledad no, sólo la necesitaba a veces.

-Sí, va con tu estilo.

-¿Qué?-preguntó Tom confuso sin saber si aquello era un cumplido o una ofensa.

Alexandra suspiró con exasperación.

-Que eres muy misterioso y reservado. Es evidente que te sientes cómodo estando sólo y siéndo frío. Eso hace que me pregunte cómo es posible que te hayas acercado a mí para charlar.

Tom replicó molesto, sin siquiera pensar:

-Al menos yo estoy solo porque quiero, no porque mis amigos me hayan dejado de lado.

A la chica se le hizo un nudo en la garganta al recordar los momentos desagradables que había pasado ese día con ellos. ¿Por qué ese imbécil había tenido que sacarlo a luz ahora que estaba más tranquila?

-En realidad, he sido yo la que los ha dejado de lado sin darme cuenta...-respondió intentando sonar firme, pero a duras penas lo consiguió.

-¿Cómo se puede ser tan idiota?-preguntó Tom con sorna.

El nudo en la garganta le empezó a doler más. Alexandra sabía que no podría contenerse por mucho tiempo y no quería ponerse a llorar delante de él.

-Tú si que eres idiota.

Tom arqueó una ceja, pensando que seguramente era el modo de defenderse de la muchacha.

-¿Por qué? Si se puede saber...

Los ojos de la chica se empezaron a humedecer y empezó a sentir un dolor agudo en el pecho que le dificultaba la respiración.

-Porque es tu culpa.

Era la última respuesta que Tom habría esperado oír. Lo había dejado atónito y sin palabras. Alexandra soltó una pequeña risa teñida de histeria.

-Sí, ¡es tu culpa!

No pudo contener más las lágrimas y, sin previo aviso, abrazó a Tom entre sollozos.