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Almas Gemelas — capítulo 8

Las vacaciones de Navidad transcurrieron sin ningún percance. Ya casi iban a terminar. Algunos chicos de su casa le habían regalado cosas (golosinas,algunos pasteles y ese tipo de cosas) en señal de respeto hacia él.

Aún así, Tom tenía la sospecha de que lo hicieron por miedo. Eso a él no le molestaba, al contrario, le entusiasmaba. Aparte de todo esto, el chico estaba relajado y confiado, precisamente por las evidencias de temor que causaba en el resto de sus compañeros. " Y esto es solo el principio" pensó maliciosamente.

Sin embargo, había aprovechado sus días de descanso para averiguar más cosas sobre su linaje: descubrió que hablar con las serpientes era toda una rareza y que, precisamente, Salazar Slytherin lo hablaba. Esto lo hacía sentirse más especial que nunca. Estaba obsesionado con ello: ser único. A pesar de todo, él era consciente de que le quedaba mucho camino por recorrer, pero también sabía que no se iba a rendir.

Cerró el libro que estaba leyendo en la biblioteca sobre las serpientes y lo colocó en su sitio. Las búsqueas pueden llegar a ser cansinas pero, al final, vale la pena. Al menos, para él sí.

De pronto, se encontró cara a cara, nada más y nada menos , con Albus Dumbledore.

  • Tom, que sorpresa. Ignoraba el hecho de que te gustara tanto leer- comentó aludiendo a la gran cantidad de libros abiertos que había sobre la mesa.

El muchacho le miró fijamente , con una expresión impenetrable. Al percatarse de su silencio, Dumbledore continuó:

  • Me alegra que leas tanto. Leer es aprender. No obstante, recuerda una cosa: hay conocimientos que no se hallan dentro del mundo de las letras, sino dentro de ti.

Sonrió enigmáticamente. Tom recogió todo los libros, los puso cada uno en la estantería correcta y dijo:

  • Lo tendré en cuenta, señor.

Salió de la biblioteca airado. Estaba molesto con la charla que había tenido con el profesor. Sus frasesitas filosóficas le sacaban de quicio. No había persona en el mundo que considerara más irritante. Excepto quizás Alexandra. Pero eso ya era otro caso...

Sacudió la cabeza, sacando esos pensamientos de su mente. Echó un vistazo a su reloj. No era muy tarde todavía. Soltó un suspiro de resignación. No sabía que hacer, estaba aburrido. Ya había terminado todo sus deberes para las vacaciones y no podía volver a la biblioteca de nuevo.

Tuvo una idea. Haría algo que hasta entonces no había hecho debido a sus prolongadas horas en la biblioteca. Ir al bosque prohibido. De repente,la curiosidad por saber como era ese bosque,por explorar sus dominios le consumía por dentro. Era esa sensación de "el mundo es mío" que conocía perfectamente y que sobre todo, la sintió cuando estuvo a punto de matar a Alexandra estrangulándola.

Sacó la varita por si las moscas. Se dirigió a aquel bosque. Era sombrío y tenía como un aura de misterio que le fascinaba. Tom sabía apreciar la belleza de las cosas. Y debía reconocer que aquel bosque era una uno de los paisajes más esplendorosos que había visto en su corta vida.

Se acercó más hasta queda justo en la frontera donde empezaban los primeros árboles. Si le pillaban , se metería en un buen lío. Pero él confiaba en que si se le presentaban problemas, le entraría ese curioso instinto había surgido dentro de él desde que llegó a Hogwarts.

Siguió caminando. La brisa era agradable. Era como si los árboles y el viento susurraran... Sentía una sensación agradable dentro de sí mismo.

De pronto,se giró bruscamente. Se había dejado guiar por su instinto una vez más. Y como lo había clavado... Ante él, había una escena realmente extraña pero llena de frescura y algo que ni él se pudo explicar: se divisaba, un poco lejos entre los árboles, un unicornio.

Con esa criatura, estaba Alexandra, acariciándo sus crines.