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Bloody Mary ( the true story) — capítulo 10
Una muchacha de unos trece años yacía tumbada en la cama, exhausta, sudorosa y con la cara desencajada de puro terror. Su respiración era acompasada, aunque de sus labios se dejaba escapar algún jadeo junto con algún que otro gemido. Por las mejillas de la chica bajaban varias lagrimas rojas, que descendían y manchaban en edredón blanco sobre el que se encontraba tumbada de lado. Las manos finas y delicadas de ellas parecían entrelazadas con las de alguien, y en su mirada temerosa y aterrada se reflejaba algo mágico indescriptible, ella no estaba sola, se podía percibir una presencia, una presencia angelical que inundaba la habitación en la que, hacía apenas unos instantes, se había llevado a cabo un exorcismo, sin saber que esa joven no estaba endemoniada, e ignorando que aquel era el decimocuarto cumpleaños de la joven, aunque tampoco le importaba demasiado.
Mary miró a su compañero, aún sentía el miedo dentro de ella, corroyéndola, aún sentía como le ardía el corte que esos salvajes le habían hecho en su brazo blanco y pálido. Se sentía sola, sentía que ese Dios en el que sus exorcistas creían, se había olvidado de ella.
-Él no se olvida de nadie- le dijo su compañero acariciándole el rostro con suavidad y delicadeza, como si temiera que ella desapareciera.
Ella no le respondió. Tan solo cerró los ojos y por sus mejillas bajaron varias lagrimas rojas.
-¿Y por qué permite esto?- preguntó ella con una mezcla de autocompasión, dolor, frustración, incertidumbre y odio.
Harold bajó su fantasmal mirada y entrelazó sus manos con las de la joven exorcizada.
-No lo sé- reconoció él.
Ella lo miró a los ojos y él se estremeció.
El joven ángel odiaba cuando exorcizaban a su amiga, pues cada vez que lo hacían, sembraban más odio en el alma de su amiga y Mary iba guardando ese odio, para descargarlo algún día, y eso era malo, si seguían con esos exorcismos, acabarían por matarla.
De pronto, la puerta del cuarto se abrió, dejando al descubierto a un cura que llevaba un enorme rosario en el cuello. Mary sintió un odio increíble odio hacia ese ser que se hacía llamar Padre, pero ella sabía que era un demonio personificado.
-Vaya, veo que los exorcismos no sirven para nada- dijo mirando con cierto odio a la joven y hermosa muchacha, que seguía tumbada en la cama manchada de sus lagrimas rojas.
Harold la miró y se percató de las sinuosas curvas que su amiga estaba empezando a presentar, lo hermosas que eran sus largas piernas blancas y lo bien que le quedaba ese simple camisón que intentaba ocultar las curvas aún por desarrollar de Mary.
Mary se levantó de la cama y miró al cura desafiante, a sabiendas de lo que quería y sabiendo que esa sería su única oportunidad de librarse de su agonía.
-¿ Qué quieres?- le dijo ella desafiante.
-Más respeto lo primero- exigió él mirándola de arriba abajo, y en su mirada, tanto la joven Mary como el joven Harold detectaron lujuria- sé tu pasado, y podría contarlo, chica endemoniada, hija de Satanás.
Mary sonrió con una media sonrisa siniestra, demasiado siniestra para su rostro, por el cuál aún quedaban rasgos de la niña que entregó su inocencia con un arma.
-Pero me deseas.- dijo ella- te excita que sea la hija de Satán- tentó ella - aparte, soy una jovencita de trece años- recordó ella contoneándose y revolviendo con la mano su melena azabache repleta de bucles.
El cura se lanzó directamente sobre ella, arrojándola a la cama. Mary sonrió, como un lobo que saborea su futura victoria.
-Ni te atrevas a tocarme, maldito pecador- dijo de repente ella empujando al cura hacia un lado.
El cura la miró con un deseo incontrolable reflejado en su rostro arrugado ya por los años, pero en el que se reflejaba sadismo y crueldad. Mary sacó un puñal que tenía oculto en su camisón y lo blandió ante el cura, que ahora la miraba con odio y horror.
"Mary no, por favor no" Oyó que le suplicaba Harold con tristeza. Mary lo miró por el rabillo del ojo y dudó si matar a ese miserable. Harold le decía que no lo hiciera, y una parte de su corazón quería arrojar el puñal,haciendo caso al ángel, y otra parte, deseaba descuartizar a ese pervertido que la había exorcizado, y que acabaría por matarla.
De pronto, Mary sintió como si alguien quisiera introducirse en su cuerpo, echando a su alma, y eso le hizo gritar de dolor.
Sentía como expulsaban a su alma de su cuerpo, y eso era un dolor espiritual, indescriptible, mientras que su espíritu era sustituido por una presencia grandiosa, repleta de luz, poderosa e imponente. El cura debió notar ese cambio, porque se estremeció y comenzó a orar.
-¡DEJA DE ORAR, MALDITO PECADOR!- gritó el ángel que se había apoderado de Mary.
-¿ Eres un enviado del Señor?- preguntó el supuesto exorcista con el miedo reflejado en sus pupilas negras.
El ángel no respondió, pero Mary se veía bastante superior y poderosa en comparación con el cura, que yacía en suelo aovillado miserablemente.
-Has manchado la pureza de tantas inocentes niñas- le recordó el ángel- ¡SU PUREZA!-rugió Mary con una voz imponente que se mezclaba con la de ella- Lo que has echo no tienes perdón, y serás condenado en el Infierno toda la eternidad.
Mary miró al cura y éste, al mirar sus fríos ojos azules gritó. El ángel que poseía el cuerpo de Mary veía exactamente lo mismo que el cura: Los rostros de las niñas de las que había abusado mientras gritaban, mientras suplicaban, lloraban, sus rostros aterrorizados, desencajados y los rostros de las muchachas días después: rostros sin ilusión, apáticos, serios, fríos, pero en ellos se reflejaba un profundo odio, hacia el cura, hacia los curas, hacia la Iglesia, hacia la Religión, hacia Dios que las había dejado solas a la intemperie y tolerando que les arrebataran su virginidad , su pureza y su inocencia.
-No permitiré que a ella le hagas lo mismo- sentenció el ángel.- y a partir de ahora vivirás con esos rostros grabados en tu mente, cada vez que desees a una mujer, verás los rostros de esas inocentes niñas, te perseguirán para siempre, junto con sus desgarradores gritos de dolor.
El cura miró a Mary, como pidiéndole piedad, pero el ángel no se apiadó de él, ya comenzaba la maldición. En esa muchacha cuyo nombre era Mary, en vez de ver sus curvas sinuosas, su cara aún aniñada, lo que veía eran las caras y los cuerpos de las otras muchachas, de la misma edad que Mary, todas ellas frías y sin expresión en los rostros. El hombre se levantó del suelo y salió corriendo de la habitación, nunca más volvería a tener contacto sexual con nadie, y nunca más se dedicaría al exorcismo, pues la maldición del ángel lo perseguiría de por vida.
Mary sintió algo parecido a nauseas y expulsó al ángel que la había poseído fuera de su cuerpo, mientras que su alma volvía a entrar en su cuerpo. La chica tosió y buscó a Harold, que permanecía a su lado seriamente mirando hacia la puerta con un aire imponente y superior que no eran propios de él.
-Me has poseído...-logró murmurar Mary sin terminar de creérselo.
El ángel se volvió hacia ella y le dedicó una torva sonrisa.
- Lo siento, no podía permitir que te arrebatara tu pureza o que por su culpa mancharas tu alma.
Mary miró a Harold y se aproximó hacia él.
-Te debo la vida, y el alma- le dijo la chica mirando a su amigo a los ojos.
Harold se retiró uno de los mechones de su melena rubia, que le caía hasta la altura de los hombros aproximadamente y miró a Mary a sus ojos mientras su mano de tacto fantasmal tocaban el brazo blanco de su amiga, mientras ella entrecerraba los ojos, bebiendo de aquel contacto.
Ella entreabrió los ojos, topándose con la mirada penetrante y profunda de Harold y de pronto, una especie de magia se apoderó de los dos, haciéndoles olvidar a ambos jóvenes sus condiciones de mortal e inmortal, de humano y ángel. Sus rostros se fueron aproximando lentamente.
Mary no sabía exactamente que pasaba. Su corazón latía tan alocadamente que temía que se le saliera del pecho y su rostro y el de Harold estaban peligrosamente cerca y para su sorpresa, ella quería que sus labios se encontraran.
Harold desconectó. Si hubiera tenido corazón, éste hubiera latido desenfrenadamente, pero aún así, se estremeció levemente. Su rostro y el de Mary estaban cada vez más cerca, peligrosamente cerca, y todo su ser quería besarla, demostrarle que la quería.
Mary no pudo continuar y miró a Harold. Ambos necesitaban un empujón y, tras mirarse mutuamente pidiéndose ayuda, ambos se transmitieron mediante esa mirada la fuerza suficiente como para que sus labios por fin se encontraran, desafiando todas las leyes existentes.
Mary sintió los fantasmales labios de Harold sobre los suyos y a pesar de todo, sintió ese beso tanto en sus labios como en su alma. Sentía como la esencia de ambos se entrelazaba, como sus labios se movían en una especie de baile perfectamente coordinado, mientras en su viva boca inexperta penetraba una especie de luz que la invadía por dentro, limpiando sus malos recuerdos, sus rencores, sus malos sentimientos.
Harold sentía los labios de Mary posados sobre los suyos y sintió como si el tiempo se parara, olvidó que él era un ángel y ella una humana, pero no se olvidó para nada de ella. Le parecía increíble que pudiera besar, jamás pensó que sería capaz de hacerlo, y sus labios fantasmales hacía siglos que no besaban, así que se mostraba inexpertos, al igual que los de la joven. El joven Harold sintió como si las esencias de ambos se encontraran y se entrelazaran, como si pudiera acariciar el alma de Mary, y como una parte de él se introducía dentro de ella, pero la muchacha no parecía sufrir, más bien parecía irradiar luz de su boca y de su pecho.
Las bocas de ambos se separaron lentamente, como si no quisieran que ese beso cesara nunca. Los dos jóvenes permanecieron un momento quietos, con los ojos cerrados, frente con frente, mientras larespiración de Mary rozaba agradablemente la piel fantasmal de Harold, mientras sus manos se entrelazaban y sus cuerpos se acercaban, finalizando así con un abrazo intenso.
Ambos se separaron y se miraron, no había nada que decir. Había ocurrido, y ambos lo habían querido así.