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Historia 52202 — capítulo 3
Estaban sentados comiendo los emparedados que Luna había alcanzado a hacer con una mezcla rara de mermelada de fresa y crema de avellanas, bajo el sol de la tarde, sobre sus toallas con los cabellos escurriendo; él pensaba en que se la estaba pasando bien pese a todo, ella pensaba en que la espuma de la corriente podrían ser en realidad seres pequeñitos pequeñitos que nadaran muy rápido; Ron se volvió a verla y en su cara plácida descubrió muchas de las cosas que había abandonado luego de su escape por lo de Neville y Hermione, suspiró pensando en eso mordiendo otra vez su comida y frunciendo el ceño.
Luna había dejado por un rato de pensar en los seres minúsculos que no podía ver a simple vista y se concentró en recordar las razones que la habían llevado a ir a visitar a Ronald; analizando todo y poniéndolo en balanza, eran tan pocas las razones y además tan confusas, que atinó mejor a pensar de nuevo en lo de antes, hasta que lo vio arrugar la frente y entonces, como siempre, resolvió ayudarlo dándole un empujoncito.
-Están confundidos… los tres. -Murmuró Luna mirándolo, él no dijo nada ni se volvió. -Estás en tu derecho de no querer volver, pero sería idiota.
-¿Idiota? -La miró conteniendo la rabia, ella sonrió segura, emocionada de ver que podía enojarse con ella, significaba que aún tenía corazón que usar.
-Claro… ella como sea, te quiere. -Aseguró convencida de que era la verdad, tanto que habría puesto la mano en la boca de un cocodrilo para confirmarlo.
-Claro… por eso dudó cuando él le propuso matrimonio… porque me quiere a mí. -Dijo irónico y Luna se perdió en la conversación, la palabra matrimonio relacionada íntimamente con la palabra Neville, le hicieron olvidar la existencia de otras cosas en el planeta y volverse a Ron casi llevada por un impulso ajeno a su propio cuerpo.
-¿Se lo pidió? -Preguntó en un tono bajo, con las cejas juntas en una mueca de aflicción que Ron nunca le había visto y que no le vio por estar viendo a otro lado, por estar como siempre, más ocupado en sí mismo.
-Sí, fue lo que me hizo rabiar… él sabía que Hermione era mi novia, lo sabía y aún así se lo dijo. -Ron no notó que Luna dejaba de comer, tampoco que había en sus ojos algo parecido a un ente acuoso y poco común.
-Pero no tiene sentido… es decir, Lavender y Ginny dijeron que… -Inició Luna y entonces el pelirrojo se volvió a mirarla con fijeza, se extrañó al ver que ella no terminaba la frase, que se había quedado aparentemente sin palabras.
-¿Dijeron qué? -Preguntó intrigado y como un golpe directo a la nuca con un mazo lo recordó, Ginny y algunas otras chicas pensaban o habían pensado siempre que Neville sentía algo por Luna, seguramente se lo habrían insinuado y ahora ella no comprendía ni lo que ellas habían dicho ni lo que él acababa de mencionar. -Luna…
-Ellas dijeron que él era especial… siempre creí que sentía interés por Harry. -Luna estaba afligida por eso y Ron se quedó con la boca abierta de la impresión.
-¿Qué? -Soltó indignado, ella siguió hablando.
-¡Oh pobre Harry!, ¡Qué tristeza!... otra desilusión en su vida, tantas pérdidas ya... siempre pensé que esos dos acabarían juntos. -Luna se secó con disimulo una lágrima y Ron palideció casi de muerte, para luego gritarle a voz en cuello.
-¡Pero si Harry es el novio de mi hermana y tu mejor amiga! -Luna le miró con la cara inclinada a un lado y los ojos muy abiertos.
-¿Y eso qué? -Ron arrugó la frente y tuvo que aceptar que era mejor no decir más nada.
Estaba terminando de poner todas las cosas en la canasta cuando vio esa mancha azul sobrevolando la bicicleta, donde Ron acomodaba el asiento y revisaba las llantas; se levantó y fue andando de puntillas sigilosa como un gato (o intento de) para verla más de cerca. La mariposa se posó sobre el manubrio, justo a espaldas de Ron que revisaba la llanta trasera con una atención digna de un erudito; no lo pensó dos veces, si la dejaba moverse más notaría su acoso y entonces iba a perderla, se acuclilló un poco y se lanzó intentando atraparla. Cosas de la vida, tropezó con una roca al caer al suelo viendo a la mariposa alejarse y sin siquiera pensar en sostenerse de algo se dejó caer al piso, llevándose al pelirrojo en la caída y con los dos a la bicicleta.
Las pecas en el rostro de Ronald Weasley responden a un orden caprichoso de la naturaleza, el rubio casi blanco de sus pestañas y el profundo azul de sus ojos, son meros antojos de la formación de su cuerpo y de cierta forma, el sonrojo de sus mejillas, era simple resultado del susto y del golpe. Luna Lovegood le puso un dedo en la nariz al chico con una intención más bien intelectual que de otra cosa, aunque él temiera por la integridad de su cabeza.
-¿Sabías que si se hace presión en la punta de la nariz, un poco hacia arriba, se evitan los estornudos? -Ron arrugó la frente y sintió ese empujoncito en su nariz afilada, contuvo las ganas de rascarse la nuca y se apoyó en sus manos para levantarse de arriba de la pobre rubia que empezaba a enrojecer presa de su peso entero.
-Eso es interesante… pero, ¿puedo saber por qué me tacleaste? -Preguntó con cierto tono cansino en su voz, ella se encogió de hombros y dejó que la levantara.
-No por una razón en especial… ¿viste la mariposa azul que estaba sobre el manubrio de la bicicleta? -Quiso saber buscándola en el cielo sobre sus cabezas; él no hizo caso a sus palabras algo raro había pasado, algo nuevo se le había cruzado por la cabeza y si ella había venido a verlo como una señal de… -Hay que volver a casa.
-¿Ah? -Preguntó confuso, sus ideas eran totalmente distintas a las que ella tenía, al verla se dio cuenta de que ella esperaba algo. -¡Ah sí!... vámonos. -Tomaron las cosas y montaron la bicicleta decididos a volver.
Pese a que el camino era largo y cansado, no sintió nada de pesadez por llevarla a cuestas, por el contrario, estar con ella le daba ánimos de volver a reír, hasta ganas de volver a Londres le estaban dando, todo gracias a ella, sus ojos claros y su cabello hermoso; sonrojándose comprendió sus palabras, la estaba apreciando como chica y se daba cuenta de su belleza, eso quizá no era bueno. Al llegar a la casa, el sol se había metido por el ocaso y la chica salió corriendo directo a la casa mientras él guardaba la bicicleta en su sitio; caminando con una calma pasmosa regresó a la casa no sin entender que ahora venía la parte densa de la situación, ella dormiría en la misma cama que él y eso para cualquier otro representaría todo un problema.
Para él representaba un miedo. Ella era rara, sólo Merlín sabía qué cosas tan extrañas haría antes de dormir o mientras dormía; consumido por el nerviosismo atinó a gritarle que se acostaría porque estaba cansado, entró al cuarto corriendo se puso la pijama y se metió en la cama a mirar el techo claro. Esperó minuto tras minuto y cada latido de su corazón parecía hacer más eterna la espera a que entrara, como un segundero incrustado en su oído, mientras sus ojos desorbitados miraban el techo usándolo como pantalla para proyectar los eventos de esa tarde, cada sonrisa de ella, cada carcajada de él, cada salpicón de agua brillante que la empapaba y la hacía esplendorosamente diferente.
Entonces se abrió la puerta y la chica entró tarareando alegremente. Se hizo el dormido, cerró los ojos y trató de respirar tranquilo, la escuchó ir al baño, cepillarse los dientes y salir, al lado de la cama escuchó cómo se desvestía y se ponía la pijama, mientras a él la saliva se le resbalaba por la garganta como una lava densa y quemante; al fin la sintió meterse en la cama y echarse la manta encima. Casi pegada a él, casi juntos dentro de la cama.
"Y donde más no cabe un alma…"
Luna se volvió a verlo y lo notó tenso, creyó que estaría soñando algo horrible y para consolarlo, se apoyó en su codo sobre la almohada y se inclinó sobre su frente para besarle; le puso el beso con suavidad en la frente y lo miró un instante fijamente notándole un cierto dejo de seriedad impropio en él. Entonces sonriendo le quitó el cabello de la frente y volvió a besarle para susurrarle con tiento y ternura.
-Buenas noches Ronald. -Se volvió al otro lado y se encogió para dormirse, quedándose envuelta en mariposas azules y agua clara al poco rato.
Mirando al techo, con los ojos desorbitados y tieso como un muerto, Ronald Weasley pensaba y repensaba esa humedad en su frente. Tragó saliva, convencido de que esa chica le daba miedo, tanto que temblaba entero; aunque el candor de su estómago y la revolución en su pecho, no eran precisamente síntomas de espanto.