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El cristal de luna — capítulo 3

No sé cuánto tiempo permanecimos parados enfrente de un poste de luz. Habíamos llegado a un parque solitario rodeado de árboles, sólo se escuchaba el susurro del aire filtrándose entre las hojas, sonaba como a risas de duendecillos…

Me empecé a desesperar, comencé a golpetear con los pies el asfalto. Fernando pasó por alto mi impacienciay continuó mirando fijamente el poste de luz. Tosí falsamente para llamar su atención.

-¿Qué pasa?- preguntó Fernando cuando se le hizo imposible pasar por alto mi desesperación.

-Acabo de dejar a mi mejor amiga y a su prima, que está bañada en vómito, en una pizzería para seguir a un niño que conocí hace unas horas.

-Lo dices como si fuera algo malo- dijo Fernando burlonamente.

-¡Lo es! Y ahora llevó como 10 minutos observando un poste de luz. - Fernando seguía con los ojos fijos en el faro y eso me irritaba más.

-Necesito concentrarme para abrir una entrada…- murmuró. Fernando tocó el poste y me pareció que la luz que palpitaba en el faro se volvía más cálida. Mi cuerpo se estremeció. Fernando soltó el poste. - Ahora tienes que hacer lo mismo.

Mis pies permanecieron adheridos en el asfalto como si les hubiera untado "pegamento ultra-agarre".

-¿Quieres quedarte aquí congelándote el trasero o quieres ver a dónde vamos?- lo fulminé con la mirada. Claro que quería saber a dónde íbamos, pero no sabía que tenía que ver eso con tocar un poste de luz. Finalmente concluí que Fernando me estaba intentando hacer una broma así que decidí seguirle la corriente.

Titubeante, coloqué mis manos sobre el tubo de acero, éstas se sumergieron en el poste. El metal que había adquirido una consistencia líquida y espesa se enrolló en mis brazos, como una serpiente que aprisiona y no deja escapar a su presa.

Grité cuando sentí que Fernando me daba un suave empujón para que me hundiera en ese mar de plata. Todo perdió el color.

…

Abrí los ojos y la luz que se filtró en mis pupilas me dio algo de claridad. Escuché una voz de trasfondo que decía:

-¿está bien señorita?- grité al ver un rostro peludo y unos ojos que parecían canicas. El perro Beagle, que vestía una camisa roja se me acercó caminando en dos patas y volvió a formular su pregunta. Me levanté de un salto para correr lo más lejos posible del perro pero unas manos me sujetaron.

-tranquilízate ¿quieres?-dijo exasperado Fernando mientras yo me retorcía para zafarme. Escuchar una voz familiar me calmó pero seguí aferrada a los brazos del chico.

-¿está bien la Señorita?- insistió el Beagle.

-No se preocupe. Solo está un poco emocionada-le contestó Fernando. El perro se veía severamente preocupado ante mi comportamiento de desquiciada- Es la primera vez que viene a la feria de Macbeth.

El perro se fue pero yo continué aferrada al pecho de Fernando manteniendo los ojos cerrados.

-abre tus ojos- me susurró

-la última vez que te hice caso terminé absorbida por un poste de luz.- le contesté-¿el perro estaba hablando o lo imaginé?

-Estaba hablando- dijo Fernando sereno- ¿Puedes abrir los ojos?- volvió a insistir

-NO

-Eres muy dramática- gruñó.

-¡No es verdad!- le empecé a dar golpecitos con el dedo mientras le decía- tu me trajiste a este lugar donde hay perros que hablan sin mi consentimiento.

-Tú aceptaste seguirme cuando nos encontramos en esa pizzería. -replicó ya enojado.

-Pero no sabía en qué me estaba metiendo- Fernando no respondió-¿qué?- pregunté.

-Ya abriste los ojos. - Me di cuenta que estaba en medio de una callecita que estaba bordeada por un montón de puestos con toldos coloridos y muy llamativos. Había animales y humanos por igual, curioseando en las tiendas y probando los diversos juegos. Entre dos postes había colgada una manta que tenía escrito "la feria de Macbeth" con letras curveadas que cambiaban de colores.

-¿vas a seguir mirando ese cartel por otros cinco minutos o te vas a dignar a moverte de una buena vez?- preguntó Fernando bastante malhumorado.

Mi menté se convirtió un torbellino de ideas descabelladas que incluían brujas, dimensiones alternas e inclusive extraterrestres.

-Eres un mago- exclamé luego de ordenar mis pensamientos

-Me impresiona tu capacidad de deducción - dijo sarcásticamente. Fruncí el seño y crucé los brazos.

-Si vas a estar así de irritable mejor regreso con Kim y Giovanna- caminé hacía el poste para atravesarlo.

-Espera- Fernando se puso enfrente de mí queriendo impedirme el paso. Perdón por pasarme contigo pero la paciencia no es una de mis cualidades- solté un bufido y un mechón de pelo se elevó de mi frente- pero entiende que llamas demasiado la atención si te pones a gritonear sobre los perros que hablan. Lo mejor sería que pretendieras ser una maga.

-No entiendo. ¿por qué debo fingir que soy una maga?

-Raquel todos aquí son magos, tal vez haya alguien que se quiera aprovechar de ti por tu falta de poderes mágicos.- tal vez fue porque su rostro adoptó un semblante serio o porque me enternecieron sus palabras de preocupación pero le creí.

-Entiendo

-¿entonces te quedas?- hice un gesto afirmativo con la cabeza y le sonreí.

Caminamos hacía el puesto más cercano. Ahí vendían máscaras de lo más extrañas, se adherían a tu rostro y parecía que esa era tu verdadera cara. Había desde monstruos horribles con muchos cuernos y escamas, hasta unas con facciones hermosas casi idealizadas.

Fernando saltó atrás de mí con una máscara peluda con la intención de asustarme. Yo me reí de él.

-Pareces un mono apaleado por abuelitas- Fernando se quitó la máscara y caminó, ofendido, a la siguiente tienda. Yo lo seguí, mordiéndome los labios para aguantarme la risa.

El siguiente puesto era atendido por una viejita encorvada con unos enormes lentes de botella (muy parecidos a los de Giovanna), nos ofreció unos dulces rancios que rechazamos educadamente y continuamos curioseando entre sus artilugios.

Entre las chucherías encontré un brazalete adornado con mariposas plateadas, era precioso. La ancianita sonrió, mostrando su desdentada boca, al ver que me gustaba aquel objeto. Debajo de la mesa sacó una cajita musical .Con señasme pidió la pulsera y se la puso en su raquítico brazo. Luego pasó la pulsera por encima de la cajita musical, la cual había asentado en el centro de la mesa. Se escuchó un "clic" y la cajita se abrió. En su interior había la figurilla de un hada que comenzó a bailar al ritmo de la melodía que se filtraba de la caja.

Fernando miró la cajita con indiferencia y con un ademán discreto indicó que nos fuéramos pero yo no podía despegar los ojos de la bailarina.Comencé a hurgar en mi bolsa para juntar todas las monedas que traía pero antes de terminar de reunirlas Fernando asentó dinero suficiente en la mesa.

-No es necesario que los pagues…

-No seas tonta, con lo que tienes no te alcanza ni para la mitad de la pulsera- Fernando recogió los objetos de la mesa y me los dio- tómalo como un regalo, la pulsera puede ser tu amuleto de la buena suerte.- Sonreí. Aunque a veces Fernando podía llegar a ser bastante odioso en el fondo era muy buena persona.

…

Seguimos caminando hasta llegar a una esquina donde había una masa de gente aglomerada.Atravesamos el gentío por medio de una lucha intensa en la que hubo golpes y algunos pellizcos hasta quedar en primera fila.

Todos estaban viendo a un chico quesostenía una flauta. Debía tener nuestra edad, unos 14 años. Se veía muy estrafalario con su atuendo de gitano y su cabello alborotado hacia todas direcciones le daba un toque atractivo.

El flautista estaba rodeado de recipientes que contenían fuego. Comenzó a tocar la flauta y las llamas brincaron al ritmo de la música. De repente las llamas se empezaron a enrollar entre ellas formando una torre inmensay en la punta apareció una cabeza de dragóny poco a poco la bestia nos rodeó a todos. El dragón abrió el hocico y todos creímos que iba salir una inmensa llamarada pero el animal se fue extinguiendo y en su interior aparecieron cientos de mariposas que brillaban como luciérnagas. Una de ellas traía una rosa y vino directo hacia mí para dejar caer la flor en mis manos.

Yo le sonreí agradecida mientras todos los espectadores aplaudían encantados. Fernando refunfuño y me sujetó de mano.

-Vámonos- gruñó y me sacó a rastras del gentío.

Pasamos por una heladería y nuestras panzas rugieron exigiendo alimento. Compre un helado de nueces y Fernando uno de coco.

-Sabes que no debes aceptar regalos de desconocidos- comentó Fernando.

-¿Por qué lo dices?- Fernando señaló la rosa y yo rodé los ojos.

-Entonces no debí aceptar la pulsera y cajita musical que me compraste- repliqué.

-No soy un desconocido para ti.- protestó

-Fernando sólo nos hemos visto dos veces en nuestra vida…- pero me callé al ver su que su rostro se había puesto pálido como si hubiera visto un fantasma

-Vámonos- murmuró Fernando

-¿Por qué?- cuestioné asustada.

-Mira atrás de ti-voltee y vi dos figuras negras sin rostro, parecían hechas de fango. Usaban ropa como si quisieran parecer humanos… pero no lo eran. Ambos seres nos dedicaron una sonrisa pegajosa y escalofriante que hizo que la piel se me erizara. Fernando me jaló para huir pero ya era demasiado tarde, estábamos rodeados por muchas más de esas criaturas… ya no había escapatoria.