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¿Qué es una mami, papá? — capítulo 5

Dolor

El dolor…

¿Qué es el dolor?

Muchos considerarían esa pregunta muy fácil de responder, y en realidad no es difícil hacerlo.

Podríamos decir fácilmente, que el dolor es una experiencia sensorial,  que suele ser muy desagradable y que podemos percibir todos los seres vivientes que gozamos de un sistema nervioso.

Hay muchos tipos de dolor y podemos clasificarlos de muchas formas.

Existen dolores que pueden ser calmados con fármacos que, por lo general, suelen ser físicos; muchos han llegado a pensar que también con la mente podemos calmar este tipo de dolores.

El  dolor físico a veces puede desencadenar la muerte, que si lo vemos desde un punto de vista positivo es la cura ideal. Pero muchas veces, eso, que es la cura ideal para ti, hunde a quienes te quieren en un dolor diferente, pero no por eso menos fuerte.

Cuando el dolor rebasa lo físico y se transforma en espiritual suele ser más difícil de curar, tanto así que llegamos a considerar la morfina tan vital como un arete en la oreja. Cuando el dolor espiritual es insoportable, simplemente nos destruye y hace que muchos pensemos en esa que es la cura ideal como la única salida. Le doy toda la razón a Albert Schweitzer cuando dijo que el dolor es para la humanidad un tirano más terrible que la misma muerte.

Pero el dolor, cuando es soportable, es uno de los seres que nos enseña a ser más humanos y suele muchas veces transformarse de verdugo a anhelada medicina, a alimento para el alma, a gran maestro de vida… Nos enseña a amar, a ser dulces, a ser tiernos, a compadecernos del que sufre. Nos pule como lo hace el fuego con el oro, nos convierte en un material valioso de la forma más cruel que puede existir.

*Cuando lo consideramos insoportable y la única salida no es una opción, todo se vuelve más difícil, tanto así que empezamos confiar en uno de los seres más intemperantes que existen. Me atrevería a decir que es el más riguroso e inflexible…*el tiempo.

OooOooOooO

Era relajante… El sonido de la lluvia al caer hundía a todos los habitantes de la región en una inmensa paz. En cada rincón de ese sector se podía respirar tranquilidad, por eso ellos lo habían elegido para vivir, deseaban que su hijo -ahora hija- se criara en un ambiente de paz y tranquilidad, lejos de todo lo que los había hecho sufrir en un pasado.

Pero ahora, en la casa en la que se podía respirar tranquilidad, se sentía un desasosiego inmenso, y en vez de encontrar paz se encontraba una tormenta inmensa. Tormenta que sólo el tiempo podría calmar, y sólo el tiempo le daría la razón a quien la tenía.

Y Draco, con todo el dolor de su alma, ya había decidido que no dejaría a ninguno de sus hijos sin padre; lo único que tendría que hacer era convencer a Hermione de dejarle frecuentar a su pequeña. La iba a dejar, sabía que no soportaría ser la otra y sabía que en un futuro lo entendería. Y también sabía que con esa decisión un pedazo de sus almas estaba muriendo; la estaba destrozando y se estaba partiendo en pedazos junto a ella.

 Y ella lo supo en cuanto le vio llegar aquella tarde después de la prueba que tendrían que realizarse él y el pequeño… Realmente le dolió. Al ver en sus ojos un positivo reflejado, no pecó de ignorancia. Supo que tendría que decidir y entendió que ella no sería el obstáculo, que no alejaría al pequeño de su padre; porque en el fondo quería que el niño estuviese con él,  porque en el fondo intuía que él lo necesitaría.

La veía llorando y realmente le dolía; sentía una mano más fría que el hielo atravesar su piel,  irrumpir sin permiso a ese lugar en donde latía sin fuerzas su roto corazón y constreñirlo hasta lacerarlo a extremos irreversibles. Esos ojos chocolate que siempre habían tenido un brillo especial capaz de iluminar un salón entero, ahora estaban muertos, sin brillo alguno.

Y él también lloraba por verla así. ¿Qué mierda importaba el orgullo? Ya no podía evitar que las lágrimas salieran de sus ojos, no podía evitar el quebrantamiento que le causaba el verla así.

Su hija se acababa de dormir, había sido muy difícil hacerlo, la pequeña sentía que su mamá no estaba bien y la inquietud la había hecho llorar por horas hasta que el cansancio no pudo más con ella y Morfeo la tomó en sus brazos.

La miraba. Miraba a su hija con desesperanza. No estaría para ella como quería hacerlo, el castillo de su princesa se estaba derrumbando demasiado rápido. No le leería antes de dormir, no le daría el beso de buenas noches, quizás no estaría cuando dijera su primera palabra y diera sus primeros pasos. No la levantaría cuando cayera y la estaba condenando al vituperio social, la estaba convirtiendo en una bastarda. Su hija no llevaría su apellido y todo por su maldita estupidez y por el simple hecho de haber nacido siendo niña.

Maldijo su apellido, maldijo su pureza de sangre. Si por él fuera escupiría sobre su posición social, escupiría sobre el maldito contrato que le obligaba a separarse de su mujer. Si tan sólo la hubiese hecho su esposa a tiempo, nada de eso estaría pasando.

Al sentir como la mano de su hija apretaba fuertemente su pulgar entre sueños, su fortaleza terminó de caer. La tomó entre sus brazos, la acercó a su pecho que se agitaba por sus sollozos y caminó con ella hacia su habitación para dejarla descansar en su cuna. Besó su frente y apretó a la niña en un delicado abrazo de despedida, porque esa tarde las esperanzas de tenerla siempre junto a él terminarían de desaparecer, porque esa tarde una firma lo separaría para siempre de las dos mujeres que más quería en la vida. De sus dos mujeres.

-Adiós, princesita -alcanzó a decir con la poca voz que le quedaba-. Perdóname… perdóname por no ser lo que esperabas, perdóname por no estar…- Ya no podía seguir hablando. No quería separarse de ellas, no quería decir adiós, no quería.

Un sutil roce en su hombro, una  delicada mano haciéndole girar el rostro y nuevamente sus ojos, libres de lágrimas pero reflejando un inmenso dolor. No sabía qué hacer, no quería incomodarla con su estúpido llanto pero ya no podía parar de llorar por perderlas, por alejarse sin remedio de ellas.

La mano de ella subió hasta su rostro y lo acarició con delicadeza desde la mejilla hasta la quijada, subió hasta su ojo derecho y con delicadeza limpió sus lágrimas; tenía rabia, le dolía su engaño, pero más le dolía verle sufriendo, verle llorando. Nunca había visto sus lágrimas, nunca lo había visto tan roto y vencido.

Acercó su cara hasta su rostro poniéndose en puntillas y empezó a limpiar sus lágrimas con sus labios, con ternura y tristeza, con dulzura y tormento, con amor y dolor. 

El posó sus manos en su cintura con delicadeza y hundió su rostro entre su hombro y su cuello aspirando el olor que emanaba, ese que lo había vuelto loco desde el principio y del cual no se quería separar jamás. La apretó fuertemente, no la quería soltar, se sentía tan bien al tenerla cerca, al sentirla suya.  Subió sus manos hacia su espalda tocándola con necesidad y con frustración, como quien sabe que será la última vez.

Ella con sus manos levantó su cara y lo miró fijamente a los ojos. Él, que entendía lo que querían decir esos ojos la abrazó más fuerte y la pegó más a su cuerpo. Con apremio buscó sus labios y sin esperar más los unió a los suyos, pero fue diferente a todas las veces que la había besado. En sus labios no encontró el sosiego que esperaba, ya no había calma en ellos, no encontró esa euforia típica que lo llenaba cada vez que los probaba. Sus labios sabían a desolación, a angustia, a pena. Probó la sal de sus lágrimas y de las lágrimas de ella que había empezado a llorar nuevamente.

Dejó de besarla y se alejó de ella saliendo de la habitación de su hija. Dentro de poco tendría que partir, dentro de poco tendría que cumplir su condena, tendría que pagar por su error.

-Adiós, Hermione -dijo al ir por la mitad del pasillo-. Adiós, Rose.

Sin mirar atrás empezó a bajar las escaleras pero la voz de ella lo hizo detenerse y volverse.

-Draco…

Sólo escuchar su nombre en sus labios lo llenaba de una paz inmensa. Quiso ser sólo Draco, quiso dejar de ser un Malfoy, quiso dejar de ser un Black.

No supo por qué, pero en un impulso corrió hacia ella y la abrazó fuertemente alejando su cuerpo del suelo, levantándola y posicionando sus piernas alrededor de su cintura para acercarla más a sí mismo en un muy estrecho abrazo. Rápidamente buscó sus labios y los besó con frenesí, explorando toda su boca con su hábil lengua y gimiendo ante la ardorosa respuesta de ella.

Caminó con ella hasta su habitación, esa en la que habían compartido tantos lindos momentos; caminó con ella en sus brazos sabiendo que sería la última vez, su última vez. La angustia que sintió ante ese pensamiento hizo que buscara su cuello con más enardecimiento y se posesionara de él con ahínco, propinándole largas caricias con su boca que hicieron que la joven gimiera de placer.

Se sentía vivo. Amándola sentía que podía volar, sentía que podía lograr lo imposible, sentía que podía ser. Poco a poco se fueron despojando de lo que cubría sus pieles. Ella le quitó ese fino traje que le parecía tan desagradable, ese preparado para el terrible suceso que los alejaría definitivamente… Una vez más estaban expuestos, ella ante él, él ante ella. Tocándose sin pudor, explorándose nuevamente, acariciando cada pequeño rincón de sus pieles, besándose, probándose… amándose.

Al concientizar claramente que de verdad sería la última vez, él bajó la velocidad de sus caricias y ella se acostumbró rápidamente pero sin dejar de pedirle con sus gestos cada vez más. Más y más. Él besó todo el conjunto de su cuerpo, probando a conciencia ese lugar, el que más le gustaba, el que se encontraba justo debajo de su vientre en el cual se había encontrado su bebé hasta hace tres meses atrás, la besó, la lamió, probó a su mujer llevándola al clímax de una forma sutil y tierna.

Y poco a poco, despacito, suavemente, entró en ella, sin querer salir nunca jamás de ese, su lugar perfecto. Haciéndole el amor lentamente. Como si fuera la primera vez pero sabiendo que en realidad sería la última… Porque minutos después, ella misma lo ayudaría a vestirse, le colocaría delicadamente ese traje fino, y le pondría su corbata perfectamente, como solo ella sabía hacerlo. Se cercioraría de que su marido fuera perfectamente arreglado para su boda con Astoria Greengrass.

Este capi ha sido beteado por Soo_68... nuevamente ¡Mil gracias, Sofi!