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Historia 52873 — capítulo 2
Saga de Conocimiento
Capítulo 2. Primer encuentro
Al finalizar la comida se retiraron bastante contentos. Lo dicho por Val había sido cierto después de todo, la comida había sido barata y deliciosa, además de que la chica parecía llevarse a la mar de bien con los propietarios, ya que en varias ocasiones mantuvo diversas y extrañas conversaciones con los dueños.
Los once amigos caminaron a la escuela, ya que se les hizo tarde para llegar a la última clase del día, y eso era algo que ni Ernesto ni Valentina se podían permitir, así que estos dos apresuraron al resto de sus amigos, los cuales venían muy felices charlando y dejando que la comida hiciera digestión. Pero mientras caminaban, Valentina termino rezagándose, ya que, había visto a alguien que sus amigos no podían ver. Una chica de cabello rubio teñido jugaba de forma ociosa con una cadena que parecía atarla a un poste de luz. Nadie se había dado cuenta de la presencia de esta chica y que Val se hubiera quedado atrás, mirando a la muchacha.
—Oye, no deberías jalarla tanto —la muchacha se detuvo y miró con miedo a Valentina.
— ¿M-me puedes ver? —tartamudeó, sorprendida. Val asintió con una sonrisa y dijo:
—Sólo puedo verlos cuando tiene emociones muy fuertes, porque cuando están tranquilos pasan desapercibidos para mí —la chica parpadeó y miro con mayor atención a Valentina, fijándose en su cuarzo violeta y lo señalo.
— ¿Tú crees en esas cosas? —Val miró su cuarzo y después a la rubia.
—No, pero no me queda de otra más que usarlo —se encogió de hombros y después miro a la muchacha— ¿Porqué estas todavía aquí y atada al poste?
—Ah… bueno —la rubia se rasco la nuca—, no tengo a donde ir además de que prometí que aquí esperaría a mi amiga… —Val se sorprendió bastante y se acercó más a la chica.
— ¿Cuánto llevas esperando aquí? —el fantasma parpadeó y se llevó una mano a la mejilla.
—Como unos veinte años, quizás más —miro a Val que parecía realmente preocupada— ¿Por qué?
—Porque eso es mucho tiempo —Val se rascó la barbilla— ¿Cómo te llamas? Quizás pueda encontrar a tu amiga.
—No te preocupes por mí, sé que ella se acordara pronto y vendrá por mí… además —señaló su pecho, de donde salía una cadena muy gruesa. El agujero era muy grande y parecía abrirse paso entre sus costillas—. Me duele mucho, es probable que pronto me tenga que ir —la chica cerró un ojo a causa del dolor y se mordió el labio—, mejor apúrate que tus amigos parecen estarte esperando.
— ¿Ah? —Val retiró su mirada del agujero y pudo ver a sus amigos gritándole y hacerle señas con los brazos para que se apresurara. — Sí, bueno espero pronto puedas descansar.
—Hasta luego… —susurró la fantasma, sentándose frente al poste y reprimiendo un grito de dolor.
Valentina se apresuró en alcanzar a sus amigos, mientras la imagen del agujero de la chica se deslizaba por su mente. No podía entender porqué la muchacha tenía semejante agujero en el pecho y seguía esperando a esa amiga que quizás la había olvidado hacía mucho tiempo. Le costaba creer que un espíritu tuviera que sufrir tanto para ir al cielo, ¿no se suponía que la muerte era una forma de aliviar el sufrimiento de la vida y pasar a una mejor etapa?
Al mismo tiempos e sentía sorprendida, ya que no solía ver fantasmas así porque si, simplemente los veía cuando estos tenían emociones muy fuertes y eso sólo en raras ocasiones, como la que acababa de pasar; su abuela alguna vez le había dicho asus padres, a escondidas de ella, que si comenzaba a ver fantasmas de la nada habría que buscarle alguna forma más poderosa para inhibirlo y no pudo oír el resto porque Marco la delató y tuvo que huir.
Dejo de correr cuando alcanzó a sus amigos que le preguntaron el motivo por el que se había tardado, a lo que ella, algo molesta les dijo que no les importaba y zanjo el asunto. Al llegar a clase, Val no pudo evitar recordar semejante agujero en el pecho de la fantasma, y el pánico que le había invadido al verlo. Era simplemente… terrorífico.
Salió de clase y se despidió de sus compañeros, alegando que no se quedaría más tiempo (a pesar de ser viernes), ya que había prometido llegar temprano a casa. Sus compañeros le pusieron mala cara y le pelearon un rato, pero dieron batalla perdida cuando ella se despidió de todos y se fue, como siempre, sola. Durante su camino regresó a casa no podía dejar de pensar en ese fantasma, hasta cierto punto la dejo consternada y asustada, tan metida estaba en sus cavilaciones que no noto ser seguida mientras caminaba para tomar el camión. El camino para llegar a su casa era largo, en especial porque estaba en la hora perfecta para el tráfico, donde terminaban las clases y se hacían embotellamientos bastante largos, pero que a ella le entretenían hasta cierto punto (y sólo si no estaba lleno el camión y el calor era asfixiante). Por fortuna no había tanto tráfico para llegar a su casa y el camión iba relativamente vació. Así que se sentó con tranquilidad, en un asiento solo y se dedico a mirar la ciudad por la ventana del autobús.
Por su mente pasaban diferentes cosas y todas giraban en relación a la chica y el hecho de que la pudiera ver, aún le costaba trabajo acostumbrarse a que a veces podía detectar fantasmas. De toda su familia ella tenía esa habilidad tan "peculiar" y su hermano mayor en menor cantidad, pero estaba casi segura de que veía fantasmas y nadie hacía o decía nada respecto a eso. Su hermano menor, Camillo, podía detectarlos ligeramente, pero de ahí en fuera, era un caso perdido. Ella era la única a la que le prohibían mencionar algo sobre espectros o espíritus o fantasmas, la abuela lo prohibía. Su ceño se frunció.
Su abuela, a la que cariñosamente llamaban nonna Agnese, era el principal motivo por el cual sus padres le preguntaban casiadiario: ¿cómo van los cuarzos? ¿Cuántos de te han roto? Desde que era muy pequeña había visto a nonna Agnese como una mujer bastante estricta, seria y de un temperamento sorprendentemente tranquilo. Ella controlaba la vida de casi todos sus hijos (a su padre sólo lo controlaba en el aspecto de su hija), y desde siempre había tratado como menos a Valentina, como si fuese alguna especie de anomalía en su familia. Y a pesar de eso, sus padres sostenían firmemente que eran inventos de su hija y que la nonna la adoraba. "Si no, no se preocuparía tanto por ti, Val" le decía su madre de forma cariñosa cuando iban a casa de la nonna. Y aún así, Valentina no la soportaba. Consideraba a su abuela como una déspota que sólo la hacía quedar en ridículo frente a sus amigas y la familia por mera diversión. Le decía que no era nada comparada con su hermano Marco o Camillo, y eso provocaba ataques de rabia en la chica que tan sólo podía sonreír y retirarse, echando humo por las orejas.
Quitó el pensamiento de su abuela de su cabeza, intentando pensar en algo agradable, en algo tranquilo y no en chorradas como su abuela y si veía o no fantasmas. Soltó un largo suspiró frente al espejo y cerró levemente sus ojos, cuando los abrió casi le da un infarto ¡se había pasado la parada de su casa! Se levantó rápidamente y tocó como desesperada el botón de bajada, hasta que al fin el chofer le abrió y ella salió disparada en dirección contraria para llegar a su casa.
Es por este motivo, que no se dio cuenta que aún estaba siendo seguida, por el mismo muchacho de las gradas que la miraba con bastante interés, como si estuviera sorprendido. Sus vestimentas eran negras y holgadas, similares a un kimono, en la parte de su estomago usaba un trozo de tela blanco a modo de cinturón, además de que las mangas en la parte final sobresalía un borde blanco. Cargaba con una espada larga a su espalda, y su cabello estaba desacomodado de forma casual, sus ojos eran de un rojo intentos, semejante a la sangre y su piel era blanca como la cal. Sonreía con tranquilidad, mientras se cruzaba de brazos al ver a Valentina correr y empujar a todos a su paso.
—Vaya… no creo que la Sociedad de Almas me moleste mientras esté aquí —murmuró mientras seguía con paso tranquilo a Valentina—. Además, Herman vater me quiere lejos por un rato.
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Valentina al fin llegó a su casa, agitada, sudorosa y cansada. Sus hermanos jugaban con el perro en el jardín de la casa, y se detuvieron al verla. El schnauzer gigante que tenía por mascota corrió y comenzó a ladrarle, abalanzándose sobre ella.
— ¡No, no Forseti! —dijo la chica, intentando hacer a un lado a su monstruoso perro negro. Al fin su hermano Marco se apiado de ella e hizo a un lado a la mascota—. Dio, Forseti eres tan pesado a pesar de ser un cachorro —dijo la chica mientras acariciaba la cabeza del perro, que dejaba colgar su lengua de forma graciosa.
— ¡Sorella, llegaste más temprano de lo normal! —Camillo se lanzó contra su hermana para abrazarla, pero fue detenido en el acto por la mano de su hermana.
—No me abraces, he tenido demasiados abrazos por hoy, Camillo —el chico hizo un puchero y abrazo a su perro.
—Noi Forseti, io ti amo —dramatizo mientras la mascota le soltaba grandes lamidas, en un intento de animarlo. Valentina tan sólo cerró los ojos y movió su cabeza, como diciendo: "Esto no tiene solución, che fastidio".
—Oye, Valentina —Marco se cruzó de brazos y Val se giro para encarar a su hermana.
—Cosa? —Preguntó justo en el instante en que su hermano le lanzo un trozo de tela—. Che palle! ¿Por qué me arrojaste esto? —la chica lo hizo a un lado de su cara y miró de forma molesta a su hermano mayor.
—Lo has dejado en las gradas y Camillo y yo tuvimos que traerlo, se más cuidadosa —dicho esto, se metió a la casa, dejando a sus hermanos y al perro con cara de: "Este sigue tratándonos mal cada día". Valentina miro el trozo de tela y lo descubrió como su toalla para limpiarse el sudor. Según ella la había metido a su mochila, pero quizás no, en fin, siempre le pasaba que se le iban las cabras y se le olvidaba meter las cosas.
—Voy a entrar a la casa Camillo, ¿vas a seguir jugando con Forseti? —el niño asintió con una sonrisa, aún abrazando a su perro. —Venga, entonces voy entrando.
La casa de Valentina era grande, de dos pisos y el color de esta era amarillo y blanco. Los techos del garaje y las vistas de la casa estaban cubiertos por tejas. El garaje era para dos autos, pero al familia tan sólo contaba con uno, el cual estaba estacionado fuera del garaje. La casa estaba "divida" en dos, por decirlo de alguna forma. En la parte alta se podía apreciar una brecha entre dos alcobas y un pasillo que conducía a ambas. La habitación principal (que tenía a los lados focos estilo inglés), era la de sus padres, que hacía conexión con la habitación de sus hermanos, que también daba al frente. Tenían dos jardines, el que daba a la calle y el trasero, el cual era cuidado por su madre. En la parte más alta, en el área trasera, la familia tenía una especie de bodega que debía servir para la limpieza, pero estaba abandonado y ahí se guardaban colchas, almohadas y demás material domestico que sobrara. El interior de la casa hacía más contraste conel exterior, ya que este había corrido por cuenta de su padre, por lo tanto no era tan serio el interior.
Una vez se entraba a la casa, de lado derecho se encuentra un cuarto de baño y un pequeño estudio, además de que se encontraban las escaleras. Justo de frente estaba el comedor y al fondo a la izquierda está la cocina. Del lado derecho, estaba la sala, que daba por un ventanal a la calle. La decoración de la casa era alegre, con tonos amarillos y naranjas, además de que en la pared de la sala había dos banderas juntas, la de Alemania y la de Italia. Desde la cocina se acercaba un aroma delicioso, similar al de la mostaza y las salchichas.
— ¿Val? Sind Sie? —es escuchó la cálida voz provenir de la cocina.
—Ja mutti, ya llegue —anunció mientras caminaba directamente a la cocina. Dentro de esta, su madre, vestida con una falda color caqui y una blusa blanca y delantal cocinaba. Estaba seria, pero al ver entrar a su hija su sonrisa más maternal apareció. Su cabello era ondulado y castaño claro, como el de su hijo Camillo, y sus ojos eran de un azul claro hermoso, al sonreír se formaban pequeños hoyuelos en sus mejillas y su barbilla contaba con un hoyuelo. Cuando Camillo le preguntaba a su padre porque se había enamorado de su madre, él siempre respondía que era por la bella sonrisa que tenía. — ¿Sauerkraut? Supongo que tendré que comérmelo más al rato.
—Tu hermano me dijo que habías ido a comer con tus amigos después del partido —Aroa regresó su vista a su trabajo. A pesar de ser una mujer maternal, era seria y algo seca como su hijo Marco.
—Sí, es que tenía un hambre que me mataba —sonrió acercándose a la chuleta y dándole un mordisco a un pedazo. Aroa la miró con una ceja alzada y su gesto más frío. Valentina sólo atino a sonreír.
—Ja, pero conoces las reglas de esta casa, Val —sentenció la madre dándole un rápido manotazo al ver que se acercaba a comer otro trozo de chuleta—. Si como fuera…
—… te preparas tu propia comida —Val terminó la frase por su madre, sobándose la mano. —Lo siento, sabes que yo no soy de comer en la calle. Por cierto ¿dónde está papá?
—Estaba aquí conmigo, pero al oírte armar escándalo por Forseti —Aroa abrió la tapa de la olla express—, ha salido corriendo a por ti.
—Qué raro, ni lo he vis… —pero su voz quedó opacada por el grito triunfal de su padre, que llegaba para abrazarla y darle muchos besos en las mejillas, a lo que Val tuvo que salir huyendo y ponerse a una gran distancia.
— ¡Pero tú estás loco! ¡No llegues así como así, bastardo! —gritó señalándolo con su dedo acusador. Vladimiro Romano era alto y muy parecido a su hijo Marco, excepto por qué Vladimiro usaba barba y su rostro era más sonriente.
— ¿¡Eh!? Que no me digas así, hija mal agradecida —le señaló de la misma forma— ¡Tus hermanos me han dicho que has perdido!
—Che diavolo?! ¡Si yo he ganado, mi equipo ha ganado! —Aroa pasó al lado de ellos, ignorándolos de forma casi olímpica.
—Vencer?! Les has ganado sólo por dos puntos —ambos seguían en la misma posé, señalándose mutuamente— ¿cómo osas apellidarte Romano si has ganado de una forma tan ridícula? ¡Tu abuelo Andrea estaría decepcionado de ti! —y entonces Valentina bajo su dedo al ver como si padre entraba en la faceta de: "contare la desgracia de nuestra familia frente a toda la sociedad italiana de México". Dio un largo suspiro mientras escuchaba la famosa y gastada historia de su fallecido abuelo Andrea, el cual había sido un veterano de la Segunda Guerra Mundial que participó en las Olimpiadas y ganó en la carrera de cien metros de forma arrolladora. Su padre disfrutaba de contarla una y otra y otra vez.
—Val, en lo que tu padre cuenta la vida del ahne Andrea ayúdame a poner la mesa —Val asintió dejando a su padre hablando solo en la cocina. A veces Valentina no sé podía creer que fuese jefe de Forenses con ese comportamiento tan infantil, y el hecho de que su madre se hubiera fijado en él, siendo como es, además de que ambos eran diferentes en muchos aspectos.
Al terminar de poner la mesa y la comida en sus platos, Aroa llamó al resto de la familia. La mesa era redonda y de cristal, por una extraña tradición que tenía su madre (la cual había comprado todos los muebles de la casa, dudando de los gustos de su marido) respecto al orden de las cosas. El primero en llegar fue Camillo, que con una sonrisa en su boca corrió a lavarse las manos y se sentó en la mesa, a él le siguió Marco que tan sólo hizo una mueca y se lavó las manos, sentándose al lado de su hermano. Valentina, a pesar de haber comido fuera de casa, tenía que obedecer una de las mil reglas de la casa: "Si todos están en la mesa, aunque hayas comido fuera, debes probar un poco de comida y acompañarnos", se sentó al lado derecho de su hermano Camillo. Sus padres se sentaron juntos y agradecieron la comida. Después de eso comenzaron a servirse.
Camillo comentaba sobre su día a sus padres, habló acerca del chico que lo molestaba en el colegio y lo mucho que eso le conflictuaba y papá le aconsejo sobre cómo tratar a ese muchacho. Su madre no comentaba mucho, ya que era de pocas palabras al igual de Marco y solo sonreía cuando era adecuado y mostraba su interés en silencio a diferencia de su esposo. Marco comentó algunas cosas y siguió comiendo y finalmente llegó el turno de Valentina. Su padre le animaba con la mirada, puesto que a nadie le agradaba oír sus aventuras en la morgue, disfrutaba escuchando las vidas cotidianas de sus hijos. Valentina jugó un rato con su chuleta antes de llevarla a su boca y comentó de forma bastante superficial su día, en especial el partido, sin querer meter el asunto de la fantasma, sabía que sus padres se consternarían y armarían escándalo.
— ¿Cómo ha estado tu cuarzo hoy, Val? —Aroa habló, mirando a su hija, de forma cálida y protectora a la vez. Val tragó mal y comenzó a toser. Esa parte era la que más odiaba del día.
—B-bien —tartamudeo apurando el agua de limón en su boca—, sólo se ha vuelto a romper el hilo, pero esta vez ha durado más que otros días —Aroa sonrió complacida y el resto de la comida fue un relato de su padre sobre su juventud y las risas de Camillo. Valentina miró a su familia, tan normal, tan absurdamente normal y se permitió una sonrisa triste; odiaba ser diferente a ellos, que vivían en esa tranquilidad y normalidad abrumadora.
Al terminar la comida se dividían los trabajos. Valentina recogía la mesa, Marco se encargaba de lavar los trastes mientras que Camillo los secaba. Papá limpiaba la cocina y la sala y mamá supervisaba que todos hicieran lo suyo. Por suerte, Valentina podía huir más pronto a su alcoba y no tener que aguantar los gritos de su padre cuando se comenzaban los deberes caseros, así que aprovechando eso se escabullo hasta su cuarto.
Su habitación era grande y estaba decorada con motivos multinacionales. Existía una armoniosa mezcla entre Alemania, Italia, Francia, España, Japón y México. Tenía muchos libros, discos y posters en el cuarto y una computadora. Además de su cama y un puff donde solía ponerse a leer o ver televisión de forma más cómoda. En las esquinas de su alcoba había tres bocinas, que estaban conectadas a la computadora, aunque también podían ser conectadas a la televisión para darle mayor sonido a una película o serie de acción. El suelo de su cuarto era mosaico, pero tenía una alfombra larga en la parte para ver televisión. El color de su alcoba era un azul muy claro, casi blanco y casi todo el cuarto era azul. Era su santuario, después de todo. Lo único que le faltaba era tener baño propio, pero por lo demás su cuarto era el ideal. No compartía con nadie alcoba ya demás su cuarto daba al jardín de su madre, el cual podía ver cuando la lluvia caía y eso le hacía sentirse tranquila.
Una vez que entro a su cuarto comenzó a hacer su ritual cotidiano. Se quito los zapatos y los guardo en su armario, cerró un poco las cortinas, pero aún dejando filtrarse el sol. Dejo su mochila al lado de su cama y encendió el televisor, que se sintonizo en un famoso programa de música y dejo que el sonido de la televisión embriagara su alcoba. Se sentó en su puff y miro el techo, mientras con una de sus manos jugaba con el cuarzo, pensando y pensando en todo lo que había sucedido y como no podía contarle nada a sus padres. Mientras pensaba en esto, lentamente se fue quedando dormida en una serie de sueños donde la cadena de la chica se volvía propia y nadie le podía ayudar.
Despertó una hora después, mientras el sol se ocultaba en el ocaso y se rascó la cabeza, con la angustia en la garganta. No le sentaba nada bien eso de tener pesadillas. Se levantó salió de su cuarto, pudo escuchar un poco de ruido provenir del cuarto de sus hermanos y la voz de sus padres charlando en alemán en su alcoba. Se acercó a esta última y le informo a sus padres que saldría a la tienda a comprar unas cosas, sus padres asintieron diciéndole que se apresurara y no comprara muchas frituras. Valentina asintió y bajo las escaleras dispuesta a salir de su casa y comprar algo en la tienda. Vivía en un fraccionamiento pequeño, que tenía su propia tienda, papelería y un parque. Había alrededor de doce calles de un lado y trece del otro. El fraccionamiento de dividía en dos pero aún así era un lugar cómodo para vivir. Forseti, su mascota, descansaba de forma ociosa en el jardín delantero y cuando la vio salir le movió la cola, pero sin intención de levantarse, a veces su mascota podía ser muy perezosa, en especial cuando pasaba horas y horas jugando con Camillo y Marco en el jardín.
Caminó hacia la derecha, dirigiéndose a la tienda, mientras pensaba en música y tarareaba algunas canciones. Comenzaba a olvidar el asunto del fantasma poco a poco, aunque le costaba mucho trabajo poder olvidar el sueño que solía atacarla. Pateó una piedra que había en el camino mientras cruzaba hacía el otro extremo de la calle, donde la tienda aguardaba. Entró y decidió comprar unas papas fritas y un refresco. Entregó el dinero al encargado y salió de ahí, con gesto taciturno. No tenía planeado tardarse mucho en llegar a su casa, pero quería cambiar un poco su rumbo. Camino hacía la derecha y tomo la calle continua a la suya, para llegar por atrás hasta su casa. Quién diría que este cambio de planes le cambiaría la vida.
Se dirigió con tranquilidad hasta la calle y fue mirando a su alrededor. Esa calle la desagradaba un poco ya que había muchos perros viviendo en las calles y le tenía algo de miedo a uno en especial que había mordido a su hermano pequeño. Mientras caminaba se iba fijando por donde pasaba, procurando verse fuerte y dispuesta a salir corriendo si tenía que. Había varios perros muy similares, que descansaban y alzaban la vista al verle. Se sintió tranquila cuando iba a mitad de la calle, pero toda esa calma desapareció cuando aquel perro enorme y negro salió gruñéndole de forma amenazante. Trago saliva y sonrió a medias, no le tenía tanto miedo, además de que sentía que podía tenerlas todas con ella, ¿cierto? Pero entonces, todo sucedió demasiado rápido y pudo ver como el perro corría hacía ella, listo a morderle. Cerró los ojos instintivamente y se cubrió el rostro para evitar la mordida del perro, más esta nunca llegó.
Abrió los ojos, asustada y pudo ver a un chico de cabello rubio platinado detener el ataque del perro con sus brazos y lanzarlo lejos. Valentina tragó saliva, viendo a aquel desconocido protegiéndole.