Tituladas 17.2% · 34,339 de 199,415 descubiertas
Rescatado 94.6% · 90,776 de 95,911 páginas identificadas · 90,162/90,522 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Historia 54310 · de

Historia 54310 — capítulo 8

Estaba soñando lo sabía hasta con la ultima fibra de mi ser. Aquello simplemente no podía ser real.

Mi padre, mi madre y mi hermano.

Los tres había muerto hacía ya casi seis años por lo que aquello no era real, no podía serlo pensé cerrando los ojos con fuerza en un vano intento por despertar de aquel cruel sueño en que me mostraban aquello que se me había arrebatado para siempre.

Pero el sueño no se desvanecía y finalmente clave mi vista en ellos.

Ahora podía verlos como nunca antes los había visto; era como si de repente la fina tela ilusoria que me había cubierto los ojos durante toda mi vida hubiese caído en aquel sueño.

Mire a mi alrededor contemplando la verde explanada a la que íbamos cada fin de semana cuando ellos estaban vivos y luego fije mi mirada en mi madre que colocaba un mantel sobre la hierba con una enorme sonrisa en su rostro mientras observaba a mi padre y mi hermano que jugaban a atraparse entre risas.

Y no pude evitar que una nostálgica sonrisa se dibujase en mis labios mientras mis piernas avanzaban por si solas hasta quedar justo al lado de donde mi madre estaba arrodillada.

Acerque mi mano lentamente pasándola ante sus ojos solo para comprobar cómo ya suponía que ellos no podían verme.

Trate de tocar su rostro pero tampoco pude; mi mano la atravesó por que en aquel lugar ellos eran reales, y yo, era solo un fantasma que no debería estar allí.

Retrocedí para poder observarlos mejor.

Mi madre vestida con aquel largo y blanco vestido, sus largos cabellos rubios casi blancos meciéndose con la suave brisa veraniega de aquel lugar y aquellas señoriales alas del color del trigo maduro emitiendo suaves destellos metálicos bajo la cálida luz de un sol que yo no podía divisar.

Seguí observando sus alas; alzándose señorialmente hacía el cielo, alborotadas las plumas por el viento.

Aquella visión me dolía tanto y sin embargo solo pude apartar la vista de ella para clavarla en mi padre.

Vestido con ropas oscuras como siempre le había gustado perseguía a mi hermano entre risas, con su eternamente alborotado cabello castaño oscuro revolviéndose aun más con el viento y un par de señoriales alas.

De mayor envergadura que las de mi madre en esos momentos se extendieron alzando el vuelo para saltar sobre mi hermano que soltó una ferviente protesta.

Yo sonreí divertida ante aquello mientras observaba las alas de mi padre.

Negras como el carbón y reluciendo con el brillante verde venenoso que a veces alcanzaba su mirada cuando estaba realmente enfadado.

Si, en realidad mis padres siempre habían sido así de opuestos.

Como el día y la noche pero unidos por un amor inquebrantable que había logrado para ellos un eterno crepúsculo en que el día y la noche siempre estarían unidos.

Aquel amor que tanto admiraba y que en aquellos entonces; cuando ellos aun vivían anhelaba encontrar.

Pero llego la implacable muerte recordándome que no existían los cuentos hadas y que la vida no siempre era de color rosa y deje de anhelar aquel amor que siempre había admirado.

Lo deje todo de lado, mi corazón se fue congelando para el resto del mundo y con muy pocos permití que saliera a relucir un poco de aquel calor que antaño siempre había irradiado con todo mi ser.

Me había encerrado a mi misma en una jaula de dolor en la que no merecía amar ni mucho menos ser amada.

Y seguramente había escogido la mejor opción.

Pero ahora al ver aquella escena, al fijar mis ojos sobre mi hermano.

Vestido de gris y con aquellas pequeñas alas gris perla extendiéndose en el aire alborotando sus rubios cabellos y haciendo que sus mejillas se sonrojaran por el cortante aire.

Ahora volvía a anhelar aquel calor que antes sentía a cada paso de mi vida.

Cerré los ojos. Dejando que lagrimas que no había derramado desde hacía tantos años inundasen mis ojos y rodasen mis mejillas mientras contemplaba con la mirada borrosa el dulce rostro angelical de mi hermano menor.

-Siempre fuiste como un pequeño ángel- murmure sonriendo a pesar de las lágrimas cargadas de dolor que fluían por mis mejillas.

-¿hermana?- la pregunta salió titubeante de sus pequeños e infantiles labios haciendo que quedase completamente estática.

Chocada por el hecho de tener aquellos ojos entre el gris y el verde clavados sobre mí.

-¡hermana!- grito.

Dejando ver una enorme sonrisa en su rostro mientras corría a toda velocidad recogiendo sus alas mientras yo me dejaba caer de rodillas y en un acto puramente reflejo abría mis brazos para recibirle.

Permitiendo que el pequeño se aferrase a mí con fuerza mientras yo misma lo abrazaba igual.

Temiendo que de repente desapareciese y aquella cálida sensación se fuese con él.

-Pequeño- murmure, consciente de que de repente aquel no era el chiquillo de tres años que yo recordaba si no un niño de unos ocho o nueve años que reía y lloraba contra mi pecho.

Mientras mis padres que al parecer ahora si podían verme fijaban sus ojos abiertos de par en par sobre ambos.

-Mi niña- murmuro mi madre al borde de las lágrimas a pesar de la sonrisa que surcaba su rostro.

-¿Qué haces aquí mi niña?- pregunto con suma dulzura expresando con solo su voz todo el cariño que guardaba para mí y que hizo que las lagrimas volviesen a rodar por mis mejillas.

Pero ni si quiera yo sabía si eran de dolor o eran de felicidad, solo estreche a mi hermano contra mi escondiendo mi rostro en su cabello y trate de calmar la tormenta que se desataba en mi interior con fuerza implacable.

-No lo sé- logre contestar con el corazón encogido y un nudo en mi garganta que apenas me dejaba respirar.

-¿te han hecho daño?- pregunto la clara y grave voz de mi padre mientras su mano tomaba con suavidad mi barbilla y me hacía alzar el rostro.

Obligándome a mirar directamente a aquellos ojos verdes tan sumamente parecidos a los míos, hasta lograr que me perdiera en el calor y el cariño que desprendían.

Limpio mis lágrimas con sus dedos y nos abrazo a ambos con protectora suavidad.

-Yo… no lo sé… creo que algo me hace daño pero… no lo sé, no entiendo nada- murmure escondiendo el rostro contra su pecho y estallando nuevamente en lagrimas.

-Tranquila, lo entiendo pero no te preocupes pronto pasara- susurro en mi oído mientras los suaves labios de mi madre besaban mi mejilla y sus brazos se unían a aquel abrazo.

-Tu camino comienza ahora, no será fácil y seguramente sea largo y peligroso- susurro mi padre apartándose y llevándose consigo a mi madre y mi hermano mientras yo contemplaba asustada las negras nubes de tormenta que se cernían sobre hasta el momento idílico paisaje.

-No podemos ofrecerte más que nuestro consejo y nuestro incondicional amor por ti- expreso mi madre en un triste murmullo.

-Pero te preparamos bien y confiamos en ti, sabemos que podrás superar cualquier cosa si de verdad lo deseas- dijo mostrando esa vez una dulce sonrisa.

-No confíes en aquellos que se creen puros por pertenecer a una raza, pues sus ojos llevan largo tiempo cegados y no ven más allá de sí mismos- advirtió suavemente mi madre.

-Confía siempre en aquello que dice tu corazón y en los designios de tu alma pues serán en este camino tus mayores aliados-

-Entrega tu confianza solo a aquellos que te confían sus propias vidas-

-Y Elis- susurro mi padre con una amplia sonrisa en su rostro mientras la luz empezaba a crecer haciéndose insoportable para mis sentidos.

-No olvides que tienes un corazón mas allá de aquel que late en tu pecho- susurro antes de que un poderoso relámpago surcase el aire.

-Y ahora vuelve, vuelve al mundo de los vivos Elis y seguí tu propio camino-

Aquel susurro de sus voces fue lo último que escuche quedando sumida en una profunda oscuridad en la que solo podía oír y sentir el suave, firme y regular latido de un corazón que aunque lejano y ajeno era mío.