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'Hermitage Road' — capítulo 33
Estaba súmamente nervioso, y ese hormigueo que rebotaba sin cesar en las paredes de su estómago haciendo que sintiera un dolor en el vientre casi agradable apenas le dejaba pensar en otra cosa que no fuera el pitido de llegada del tren a la estación de Chester. Un sonido que, lamentablemente, todavía no se producía.
"Señoras y señores, el tren procedente de Cambridge llegará a la estación número tres en un minuto", anunció el viejo altavoz colgado en la pared de ladrillo de su derecha.
El corazón empezó a latirle a una velocidad que dolía y su mente no dejaba de pensar en los pocos momentos que habían disfrutado juntos, sin embargo, estaba decidido a no dejar escapar ni uno más. Desde los Encuentros Deportivos no se habían visto y, de hecho, la despedida fue bastante amarga. Uno tenía el pulgar entablillado y, el otro, llevaba puesto un collarín como precaución temporal. Cuando cuatro semanas atrás se habían despedido para retomar sus estudios y los exámenes en sus correspondientes universidades, los dos apenas se habían confesado lo mucho que se necesitaban y se iban a echar de menos. El tiempo había pasado lento para ambos, pero por fin volverían a reencontrarse y, esta vez, para no volverse a separar.
El silbido del tren traspasó sus oídos y, asomándo su cabeza por encima de las vías, distinguió a lo lejos el roñoso convoy que llevaba en su interior a la persona que más le importaba en el mundo.
Cuando el tren se detuvo del todo, se subió en una tarima de cemento situada en uno de los extremos de la terminal, desde donde pudo observar la totalidad de pasajeros que bajaban del vehículo portando maletas, carteras, bolsos o el periódico del día. Sus ojos se movían a la velocidad del rayo para que no se le escapase ninguno de los viajeros que abandonaban el transporte público por alguna de las cuatro puertas que comunicaban con el andén: una anciana con un collar de perlas falsas, la parejita con un niño pequeño entre sus brazos, un par de gemelas rubias que tiraban de enormes maletas púrpuras, un muchacho moreno de pelo ensortijado, un hombre tan esquelético como el perro guía que le acompañaba... "¡un momento!", exclamó su corazón mientras retrocedía su vista en pos del joven de piel tostada, "¡Es él!".
Dejó de contar calvas y melenas frondosas y echó a correr tras el chico de piel oscura que se camuflaba entre la multitud.
Durante el viaje de ida había ido incrementando su nerviosismo e ilusión según el tren iba alejándose del sur y se acercaba a Chester, sin embargo, una vez en la plataforma de su destino, la desilusión azotó su alma. "Si me hubiese echado de menos la mitad de lo que lo hice yo, estaría esperándome. Veo que no soy tan importante para él como pensaba".
Echó a andar apesadumbrado hasta la salida de la estación en busca de un taxi que le llevase a casa de su abuela. Casi había alcanzado la primera terminal cuando su nombre sonó lejano.
-¡Theo!
"No puede ser" se dijo el afroamericano. Se giró bruscamente, para el asombro de la mujer que tenía inmediatamente detrás, que dio un respingo y, después de sortearle con una mirada acusadora en su rostro, siguió su camino. Los ojos del chico vieron una inconfundible mata de pelo castaño y mechones azulados que sobresalía entre la gente. En su cara, una deslumbrante sonrisa floreció y, casi sin pensarlo, corrió a los brazos de Ted Lupin.
Nunca nadie le había abrazado con tanta fuerza, pero tampoco nunca nadie le había achuchado con tanto cariño. Por un instante, Ted abandonó la estación de tren, el bullicio de los pasajeros y el caos de la terminal para disfrutar de su paraíso particular, uno que tenía la piel ennegrecida y una sonrisa que le quitaba el aliento.
-No sabes cuánto he deseado que llegara este dia -confesó Teddy susurrándo las palabras en el oído de su compañero.
-A mi también se me han hecho interminables estas semanas -corroboró el otro-. Aunque reconozco que, al no verte en el andén, ya pensaba que te habías olvidado de mi.
Ted le soltó extrañado por las palabras de su amigo.
-¿Cómo demonios podría olvidarme de ti? -preguntó con mirada enloquecida-. ¡Eres lo más importante que me ha pasado nunca!
El joven Nott se derritió interiormente ante esa declaración pública y, sin ser muy consciente de sus actos, apresó el rostro de Ted entre sus oscuras manos y le besó apasionadamente. Un segundo después, mientras sus labios rozaban los del amor de su vida, se arrepintió de haber dejado que sus sentimientos floreciesen en medio de una estación de tren abarrotada de gente. Era consciente de que la homosexualidad todavía no era 100% aceptada socialmente y que tal vez a Ted le avergonzase su actitud; por no decir que, aunque era evidente lo que pasaba entre los dos, nunca habían hablado más allá que en términos de amistad.
Respiró hondo y, mientras se separaba con rostro culpable del chico pálido, rezó porque su idiotez no fuera castigada por Lupin.
-Lo siento. No tendría que haberlo hecho. Debería haberme controlado.
Teddy alzó una ceja.
-¿En serio te arrepientes? -preguntó-. ¡Qué pena! Y yo que pensaba devolverte el beso... -aclaró con una sonrisa traviesa en su para nada inocente cara.
Theo abrió mucho los ojos sin creer lo que acaba de decirle su compañero. Acto seguido, no pudo evitar que una sonrisa enorme dejase entrever sus dientes marfíleos. Sonrisa que se ensanchó a más no poder cuando Ted juntó su frente con la suya y se inclinó sobre él para devolverle el beso.
Ni las miradas desaprobatorias de un par de ancianos que arrastraban sus maletas de cuero negro, ni las expresiones sorprendidas de un par de chicas que se habían estado rifando a los dos muchachos, consiguieron frenar ni un ápice los sentimientos de la pareja gay. Llevaban esperando aquel beso más de lo que estaban dispuestos a admitir y, por ello, lo disfrutaron como agua de mayo.
Los labios rosados de uno acariciaron los tostados del otro, primero con ternura y cariño y, poco después, con pasión. Soltaron unas risitas tontas cuando sus lenguas se encontraron y acariciaron, por turnos, los paladares del contrario.
-Mmm... Ted -gimió Theo tratando de zafarse del abrazo de Lupin-. Espera.
-¿Qué pasa? ¿No te ha gustado?
-No... digo, ¡sí! -se apresuró a aclarar-. Es sólo que no estamos en el lugar adecuado, ni tenemos intimidad.
Teddy cayó en la cuenta de que, muy a su pesar, seguía en la estación de tren de Chester.
-Cierto. Volvamos a la resi.
Theo le agarró de la mano y le arrastró hasta la salida del edificio, donde cogieron el primer autobús que salía de la ciudad hacia los pueblos colindantes.
Marcharon juntos hacia Hermitage Road charlando de cosas vanales: de los exámenes, los amigos, etc., pero teniendo muy presente que aquello era el inicio de algo que les cambiaría para siempre.
Daba vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño. Había sido un día bastante intenso: la verdad de Daphne, el reencuentro de las dos hermanas... Por suerte, todo había acabado bien, pero él todavía sentía un gran peso sobre sus hombros.
Cada vez que cerraba los ojos veía una melena morena y brillante sobre él. Sabía que tarde o temprano tendría que enfrentarse a Pansy, pero no se sentía con fuerzas para hacerlo. Después de aquel mensaje que recibió en el móvil mientras estaba en el parque con Astoria, sabía que no podía dejar pasar más tiempo. Tenía que hablar urgentemente con la morena y aclarar sus sentimientos y, ya de paso, también los de ella, que eran los que más le preocupaban. No podía dejar que Parkinson se encariñase o, incluso, que se llegase a enamorar de él. Para Draco, Pansy era muy buena amiga, casi como una hermana. Nunca la había mirado con otros ojos que no fueran los de la ternura y el cariño; y nunca habría esperado que la chica se fijase en él como hombre. Simplemente, era algo que no entraba dentro de sus posibilidades.
Pensó en la morena. Era una chica muy guapa, nunca se había dado cuenta de cuánto. Era cariñosa, atenta, divertida, comprensiva... Entonces, ¿por qué se había fijado en él? ¿Por qué se encaprichaba de alguien que había entregado su vida y su vocación para cuidar de una invidente, en vez de ir a por un chico joven que la valorase como él no sabía hacerlo?
Apartó las sábanas y se propuso averiguar todas las respuestas.
Tarareaba suavemente la musiquita que solía escuchar en la tienda de ultramarinos. Normalmente solía cantarla a pleno pulmón, pero cuando el reloj rondaba las doce de la noche, no era hora para andar desgañitándose ni para molestar a los residentes de las habitaciones contiguas con sus desafines. Peinaba su oscura melena mientras se miraba en el gran espejo que coronaba la estancia principal. Los penosos resultados de sus exámenes ya no la atormentaban; su cabeza ahora daba vueltas en torno a otro concepto más importante para ella: Draco Malfoy.
No sabía qué le pasaba últimamente al chico, pero desde que la ciega había entrado en su vida, estaba distante con ella. Echaba de menos las tardes en las que ambos merendaban juntos en la heladería de Madame Rosmerta, cuando paseaban por los alrededores de Hermitage Road o, simplemente, cuando se quedaban hablando bajito en una de las habitaciones de la residencia por las noches. 'Ahora debería estar conmigo, como hemos hecho desde que nos conocemos', le dijo a su reflejo, que la miraba fijamente desde el otro lado del cristal.
Como si hubiese sido un deseo cumplido, la voz de Draco se oyó al otro lado de su puerta.
-¿Pansy? ¿Estás despierta? -la llamó tan suavemente que creyó haberlo soñado. Sólo los nudillos en la puerta la hicieron comprender que aquello era real, que su eterno enamorado estaba esperándola en el pasillo.
Abrió apresuradamente y se encontró al ojeroso rubio con el cabello enmarañado y una expresión seria en el rostro. Pansy no le dió importancia a ese hecho; estaba deslumbrante al sentir que las cosas entre los dos podían solucionarse.
Qué equivocada estaba.
Cinco minutos más tarde, ambos seguían en la misma posición del principio: él sentado en la cama de Pansy con la cabeza dándole vueltas a muchas cosas, y ella expectante por lo que Draco pudiera contarle aquella noche.
-¿Qué tal te va todo? -preguntó cautelosa-. ¿Qué tal... con ella?
Draco reprimió una sonrisa sarcástica. Sabía perfectamente que Pansy no nombraba a Astoria directamente porque, si pudiera, la mataría con la voz.
-Astoria mejora, y yo también. Me estoy acostumbrando a este ritmo de vida -soltó a bocajarro.
-¿En serio? -preguntó incrédula-. No tienes aspecto de estar pasándolo bien.
Estaba en lo cierto. Draco había desmejorado mucho desde que había comenzado a trabajar la reinserción de la hermana Greengrass, y eso no había palabra que lo ocultase. De todos modos, él trató de quitar hierro al asunto.
-Es que me implico mucho con mi paciente -dijo sin pretender añadir dobles sentidos a la frase. Sin embargo, Pansy sí los destapó y todas sus alarmas se dispararon.
-¿Te implicas 'mucho'? ¿Hasta qué punto? -se cuestionó recelosa.
Draco estuvo a punto de contarle la verdad: que entre él y Astoria no había absolutamente nada y que dudaba que lo hubiese nunca, pero luego recordó el motivo por el que estaba allí. Decidió que era preferible hacer sufrir a Pansy una sola vez y conseguir que le olvidara, a dejar que la chica se hiciera ilusiones con él para que, al final, la caída fuera más dura.
-Creo que... -comenzó dudoso- me estoy enamorando de ella.
Pansy sintió que alguien introducía una mano en su pecho y le arrancaba el corazón de golpe. Se sintió vacía de pronto, y todo lo que la había hecho feliz hasta entonces pareció desvanecerse como el polvo. Nada tenía sentido sin Draco.
Si hubiese sido por ella, se habría dejado caer al suelo a llorar desconsoladamente, pero tenía delante a Draco y no quería mostrarle esa debilidad. Por eso, trató de controlar su labio inferior, que temblaba violentamente, y le dió la espalda al chico para poder liberar las lágrimas silenciosas que ya no podía retener.
-Estás dispuesto a condenarte a una vida de dependencia eterna por una ciega -comentó como ida.
-No es dependencia. Precisamente mi labor es enseñarla a valerse por sí misma. En cuanto aprenda a desenvolverse, no me necesitará.
-¡Más motivo para reprimir esa 'cosa' que crees sentir por ella! -casi gritó furiosa-. Llevas tantos meses con ella, que estás confundido y te crees que es la mujer de tu vida, pero no es así. Es una maldita ciega que te tiene atrapado con su invalidez.
-No voy a permitir que la insultes, Pansy -dijo el muchacho, que empezaba a perder la paciencia por el comportamiento y la actitud de la que, hasta entonces, había sido su mejor amiga.
La joven se limpió las mejillas húmedas y se giró para enfrentarse cara a cara con él.
-¿Te has dado cuenta de que es muy posible, casi seguro, que ella no te quiera?
Draco, que descifró sus ojos enrojecidos de pena, trató de mostrarse inalterable.
-No me importa. Lucharé por ella.
Pansy sentía cada frase del rubio como un puñal que se le clavaba más adentro. Al final, una pregunta que llevaba oculta en el fondo de su alma salió a borbotones, sin ganas ni voluntad de ser reprimida.
-¿Qué puede ofrecerte ella que no pueda darte yo? -preguntó desesperada-. ¿Qué tiene ella que la haga tan especial?
Draco se supo muy cruel por lo que estaba a punto de decir, pero no podía permanecer en aquella habitación ni un minuto más.
-Ella, no eres tú. Por favor, no me hagas alejarte de mi sólo por el simple hecho de que estés celosa de Astoria. Tú sigues siendo importante para mi. -Y para que no hubiese errores ni malos entendidos, añadió con todo el pesar del mundo-: Pero ella lo es más.
Dicho esto, salió de la habitación dejando tras de sí a una desolada jovencita de ojos brillantes y claros empañados por las lágrimas.
¡Hola! :D
Draco ha sido duro, pero contundente con Pansy, ¿cierto? Creo que no es plato de buen gusto para nadie tener que rechazar un amor no correspondido, pero, en mi opinión, es más valiente quien se enfrenta a ello que quien lo deja correr.
De todos modos, supongo que es mejor quedarse con la parte más bonita y entrañable del capítulo, que ha sido el reencuentro entre Ted y Theo (qué monos!) -
¡La semana que viene más! ;)
¡Un besito! ^^