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'Hermitage Road' — capítulo 50
Su mente se nubló completamente durante unos segundos.
'Quiero besarte', había dicho, y su cuerpo no podía estar más de acuerdo con aquella afirmación. Sin embargo, su mente seguía atormentándola con imágenes de Ron revolcándose con un par de tetas y una risa afilada.
La sensación de querer llorar de rabia se amontonó con la de correr a por los labios de Ron. El resultado fue un portazo que asustó a los habitantes de La Madriguera, y más aún cuando, al buscar la causa de tremendo ruido, se encontraron con el menor de los hombres Weasley tras la puerta de la habitación destinada a Hermione, con cara de incredulidad.
-¿Qué ha pasado? -preguntó Luna, que era la primera que había llegado a la tercera planta, mas el pelirrojo se abstuvo de responder que había sido despachado de la habitación de la chica sin condescendencia.
Bajó las escaleras ágilmente para desaparecer por la puerta de la cocina. No quería que nadie le atosigase a preguntas, y menos su familia, siempre tan dada a meter las narices donde no le incumbía.
Lloraba y lloraba sin poder parar. Las lágrimas caían imparables y recorrían sus mejillas hasta acabar escondidas en la comisura de los labios, bajando por su escote o en el regazo. En los últimos meses no había hecho más que lamentarse de su ceguera, hasta que se había convencido así misma de que lo había superado. Entonces, se dio cuenta de que cuando parecía que las cosas empezaban a arreglarse con su hermana o cada vez que sentía la oscuridad como una virtud, más que como una losa, siempre había algo que la devolvía a la realidad, donde no era más que una discapacitada, una invidente que no tenía ni presente ni futuro.
Ella era consciente de sus limitaciones y de que se había convertido en una carga para las personas que la rodeaban, pero había sido muy duro escuchar cómo los padres de Draco la despreciaban por su minusvalía.
Al principio, incluso le había hecho gracia que Lucius y Narcisa viesen una posible relación entre Draco y ella. 'Draco nunca se fijaría en mi', sonrió con lástima, aunque no podía negar que la había sorprendido la ilusión que había sentido al imaginarse así misma besando apasionadamente a su educador.
Escuchó crujir las hojas del laurel que se hallaba a unos metros tras ella. Alguien se acercaba. Esperó a que esa persona la saludara, pero pasaron los segundos y nadie hizo acto de presencia. Sin embargo, Astoria sabía que allí había alguien porque tras medio año de ceguera absoluta, había aprendido a diferenciar con exactitud los sonidos que producían las personas de los de los animales.
-¿Quién hay ahí? -preguntó sin esperar respuesta.
Tal y como imaginaba, nadie respondió, pero la sensación de sentirse observada no la abandonó en los minutos siguientes. A pesar de todo, olvidó el suceso cuando, a lo lejos y frente a ella, cobraron fuerza unas pisadas fuertes y seguras que corrían y que se acercaban al banco donde ella estaba sentada. Se apresuró a limpiarse la cara levemente, pero era imposible borrar la pena de los ojos hinchados y enrojecidos.
-¡Astoria! ¡Estás aquí! -gritó Draco jadeante-. Te he buscado por todas partes…
El chico se sentó junto a su alumna para recuperar el aliento.
-¿Dónde te habías metido? Quería practicar unos ejercicios contigo antes de cenar… -Se paró de pronto al escudriñar el rostro de la muchacha y no poder pasar por alto los ronchones que adornaban la pálida tez de la Greengrass. Incrédulo, volvió a mirar elcuello húmedo y empañado y los ojos sin vida y ahogados por las lágrimas que la joven no podía evitar derramar.
La chica dio un respingo cuando sintió las yemas de los dedos de Draco acariciando sus párpados sensibles, que desplegó incapaz de aguantar la vergüenza y la pena. Pensó que el rubio se mostraría preocupado o furioso, pero la sorprendió con una actitud firme e impasible.
-Ahora mismo me vas a decir qué te pasa, y no acepto el silencio por respuesta -la advirtió.
Astoria entendió que no tenía escapatoria y que tendría que confesar el desprecio que los padres del muchacho habían mostrado hacia ella por ser ciega. 'No', recapacitó; 'no por ser ciega, sino por la posición social'.
Los siguientes quince minutos siguientes los pasó desahogándose con su acompañante, quien no dejó de abrazarla, de achucharla y de transmitir seguridad por cada poro de su piel.
Cerró la puerta de la alacena bajo la escalera con cierta añoranza. Cuando había estado observándola por dentro lo había encontrado todo exactamente igual que cuando se marchó: los cuadernos de anillas llenos de apuntes y dibujos de superhéroes, el álbum de fotografías donde guardaba la totalidad de recuerdos sobre sus padres, algún soldadito de plomo que había sobrevivido a las sesiones de limpieza de su tía.... Los mismos bártulos de siempre, pero con alguna capa extra de polvo.
-No quería tocar tus cosas sin tu permiso.
El muchacho desechó de su mente aquel viejo trastero y se giró para encontrarse con su huesuda tía, que lo miraba emocionada.
-Me gusta recordarte ahí tumbado, junto a tus libros.
Harry sonrió.
-Debía aburrirme mucho porque más de una vez me quedé dormido aquí dentro -rió señalando el hueco bajo la escalera que encerraba más de la mitad de su vida entre sus cuatro paredes.
-Y no veas lo que me costaba sacarte de ahí en brazos -se quejó Vernon, que aprovechó para besar en la cabeza a su esposa-. Voy pelando las patatas, ¿vale?
Petunia asintió con un gesto de cabeza, lo justo para que el hombre corpulento se encaminase a la cocina dejando a los otros dos en el pasillo.
-Llévate todo lo que quieras a la residencia, y lo que desees conservar lo metes en una de las bolsas azules que tengo en el patio -le explicó la mujer justo antes de que el timbre de la casa sonara estrepitosamente-. Ése debe de ser Dudley, que trae al nuevo rey de la casa.
Petunia dejó al muchacho de gafas redondas junto a la escalera, mientras ella corría a abrir a su hijo.
Una vez se vio solo, Harry suspiró melancólicamente. Aquel espacio debajo de los desgastados escalones había sido su refugio durante su infancia y, aunque le costaba reconocerlo, también a lo largo de la adolescencia. Pero la alacena no había vuelto a ser usada desde que se había marchado de Privet Drive, y era ahora cuando la familia Dursley la necesitaba como caseta para el nuevo perro de Dudley, Ripper.
Los ladridos del animal pasarían a ser música rutinaria en aquella casa, pero, a pesar del nuevo ocupante, Harry sabía que la alacena siempre tendría algo de él que ni el bulldog podría borrar.
-¿MIS PADRES? -gritó enfurecido. La rabia le cegaba por momentos, tanto como lo estaba su amiga. Se sentía tan impotente que tenía ganas de liarse a puñetazos con la columna de mármol del pórtico bajo el que se encontraban-. ¡¿Cómo han podido ser tan rastreros?! ¿Cómo han tenido el valor de anteponer la posición social a la felicidad de su hijo?
-T…Tal v-vez… -Se sonó la nariz con un pañuelo que Draco le había dejado al inicio de la conversación-, tal vez piensan que t-tu bienestar está con alguien de tu ni-nivel.
-Mi bienestar está con la mujer a la que yo ame, independientemente de su nivel económico, social o cultural -zanjó el chico sin opción de réplica-. Además, eso no justifica la crueldad con la que te han tratado.
Astoria no pudo evitar que una calidez especial se aferrase a una parcela de su corazón que llevaba mucho tiempo vacía. En otro momento habría luchado contra ese sentimiento, pero se sentía demasiado martirizada y desprotegida como para intentar no enamorarse de Draco.
El hombre hizo ademán de levantarse para hablar seriamente con sus progenitores, pero la chica le agarró del antebrazo y le suplicó en silencio que no la dejara sola. Él, entendiendo que en aquellos momentos Astoria era su prioridad número uno, volvió a sentarse y acarició el fino cabello de ella hasta que la muchacha se tranquilizó un poco.
-Muchas gracias, Draco.
-No las merezco; cualquiera en mi lugar habría hecho lo mismo.
-Me refiero a gracias por todo -aclaró la mujer-. Desde que te conozco no has hecho otra cosa que preocuparte por mí, y lo acabas de demostrar otra vez. Es más de lo que nadie ha hecho nunca por mí.
Por única contestación recibió un dulce beso en la mejilla, que fue sucedido por otro en la sien, y otro más en la frente. Astoria sintió un escalofrío recorriendo su espina dorsal, mientras todo su cuerpo temblaba suavemente.
-¿Estás bien? -susurró Draco en su oído.
La chica, que apenas podía controlar los suspiros, asintió con la cabeza. Se sentía más débil que antes, pero esta debilidad era diferente a todo lo anterior. No era la sensación de estar indefensa frente al mundo, todo lo contrario: una fuerza interior se había apoderado de ella e impedía que nada ni nadie pudiese derribarla. Excepto el causante de aquel sentimiento, que la estaba destrozando de gozo con cada beso que depositaba en ella.
El rubio la observaba con un brillo especial en los ojos. Se sentía tan mal por lo que le había sucedido a Astoria… 'Si no la hubiera traído aquí, nada de esto habría pasado y ella estaría tranquila', pensó con rencor hacia sus padres. 'Astoria no se merece nada de lo que le ha pasado'.
Ajeno a las sensaciones que sus besos habían producido en la chica, sólo podía centrarse en sus propias emociones. Se culpaba así mismo por alegrarse de encontrar en aquella situación a su alumna. Era despreciable, pero no podía evitar pensar que gracias al dolor de la muchacha, ahora la tenía entre sus brazos como tantas veces había soñado.
Siguió acariciándola y, de vez en cuando, se atrevió a soltar algún otro beso en la nariz de ella, en su pelo o, incluso, en su cuello.
La noche cerniente sumada al par de copas de champán que Griphook le había ofrecido a regañadientes potenciaba sus acciones y le invitaba a dejarse llevar. Por eso, no pudo negar a su corazón la petición lacerante de besar los labios de Astoria. Se acercó a ella sabiendo que la ciega no podía ver su pretensión en sus ojos grises, pero se arrepintió en el último segundo y desvió la trayectoria a la comisura de los suaves labios de la joven que lo había vuelto loco sin que se diese cuenta.
El beso le supo a gloria por lo mucho que se había acercado a ella, aunque también fue muy duro tener los deliciosos labios de Astoria a unos milímetros y no poder profanarlos. Cuando se separó de la chica, creyó oír un suspiró, pero no supo si lo había emitido la mujer o su desesperado corazón, que se paralizó durante un segundo cuando Astoria habló con la voz ahogada de deseo.
-No pares -fue lo único que pudo decir-. Por favor… Draco.
Los sentidos de Draco se nublaron por completo y, aunque se creía sin fuerzas de mover un solo músculo, nada pudo frenarle. Sus manos abrazaron la cintura de la invidente y la apretaron contra él. Cuando la cabeza de Astoria se dejó caer hacia atrás, él bajó su rostro hasta acariciar los labios de ella con los suyos. Fue un primer beso tímido y tembloroso, que dio paso a la pasión desbordada cuando las manos de Astoria se aferraron a los rubios cabellos de Draco.
Una vez llegados a este punto, ninguno de los dos podía detener sus impulsos y anhelos: Ni Draco, que llevaba tanto tiempo deseando ese momento, ni Astoria, que acababa de despertar el amor sincero que guardaba en su interior, interrumpieron ese beso, ni los siguientes que se sucedieron.
No fue hasta que las luces del patio se encendieron para hacer frente a la noche cuando la pareja regresó a la casa haciéndose carantoñas como dos enamorados.
Apenas unos metros tras ellos, una sombra que había permanecido oculta toda la tarde tras el enorme laurel se retiró silenciosamente del jardín con un plan en mente para evitar a toda costa la peligrosa unión entre Draco y Astoria.
El sol del atardecer le arrancó unos reflejos de su pelo de fuego poco antes de desaparecer por el horizonte. Miró su reloj de pulsera y supuso que su madre no tardaría en empezar a preocuparse. Llevaba más de cuatro horas y media en el jardín, oculto para que nadie le encontrara ni le pidiera explicaciones.
Desde que había huido literalmente de su casa para camuflarse entre las altas hierbas que crecían cerca del gallinero, no había dejado de pensar en Hermione. Esa muchachita le sacaba de quicio, pero le encantaba que lo hiciera. Era orgullosa, tozuda y algo puritana (o tal vez es que él se había acostumbrado a relacionarse con jóvenes demasiado "sueltas"). Pero, por otra parte, también era cariñosa, tranquila, inteligente y trabajadora; cualidades que él sabía apreciar muy bien y que le encantaban en una mujer.
Había tardado mucho tiempo en darse cuenta de que su curiosidad inicial por ella había derivado en interés, después en aprecio y atracción hasta desencaminar en un tonto, pero muy bonito enamoramiento adolescente. Y ahora que realmente quería empezar algo con ella, era Hermione quien no quería saber nada de él. No la culpaba por ello, pero tampoco iba a tirar la toalla. 'Eso nunca'.
La brisa acarició su cuello antes de tornarse lo suficientemente gélida y molesta como para que Ron decidiera que ya era hora de cenar.
-No me voy a rendir contigo, Hermione -prometió al aire-. Ni ahora ni nunca.
¡Hola de nuevo! =D
Esta vez no he tardado mucho en actualizar, eh? ;)
Ya no me atrevo a deciros cuándo subiré el próximo capítulo porque, aunque parece que mañana me tienen arreglado el ordenador, algunos días estaré muy liada, etc. Sólo os garantizo que el próximo capítulo lo subiré pronto.
Ya sé que queréis matarme por haber distanciado en apenas cuatro líneas a Ron y Hermione, pero lo bueno se hace esperar (y los que me seguísteis en mi anterior fic lo sabéis mejor que nadie) xP
En cuanto a Draco y Astoria, sobran las palabras jejeje
¡Hasta.... dentro de poco! XD
¡BESOS! ^^