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'Hermitage Road' — capítulo 60
'Los primeros recuerdos que tengo de mi infancia corresponden a las cucarachas que se paseaban de un lado al otro de la habitación. Eran la mejor compañía en aquel orfanato mugriento y casi olvidado por las autoridades estatales. No sé cómo llegué allí, y tampoco nadie me lo dijo nunca, pero supongo que a estas alturas no importa. La cuestión es que aquel edificio estrecho era el único refugio con el que contaba.
Los chicos mayores nos pegaban a los huérfanos más jóvenes porque nos tenían envidia. Cuanto más pequeño eras, más oportunidad tenías de conseguir que alguna familia se interesase por ti y te sacase de aquella vida de mala muerte. Los adolescentes que continuaban allí sabían que su destino ya había sido marcado para siempre: trabajarían en el campo como recolectores, o de peones en las fábricas; todo para alimentar al resto de compañeros. No me acuerdo de ningún adulto en especial que se encargara de nosotros. Supongo queno había nadie a quien le importáramos lo más mínimo como para cuidarnos y estar pendiente de nosotros las veinticuatro horas del día.
Por suerte, sólo viví en aquel orfanato hasta los seis años.
De la noche a la mañana, una pareja algo mayor se interesó en mí en su primera visita al edificio en el que vivíamos y me adoptó. Descubrí por primera vez lo que era el cariño de una familia junto a Aberforthy Dolores. Fueron los mejores años de mi vida pero, lamentablemente, no duraron mucho. El hombre sufrió un accidente laboral que lo mantuvo en el hospital hasta el día que murió y, después de aquello, Dolores no pudo ocuparse más de mí. Aberforth era quien aportaba los mayores ingresos en casa y, aún así, no eran muchos. Con el escaso salario de una empleada de hogar no podíamos vivir los dos ni afrontar los gastos del tratamiento de Dolores, que había entrado en una profunda depresión tras morir su marido. Es por eso que volví al orfanato a los trece años, pero no me quedé mucho tiempo allí: cinco meses más tarde cerraron la institución y a los internos nos repartieron por diversos internados y orfelinatos del país.
Yo acabé en uno algo más moderno que su sucesor, pero con los mismos problemas de salubridad. Además, a partir de los diez años, todos los jovencitos teníamos que trabajar para ayudar económicamente al centro. En mi caso, me levantaba a las cinco y media de la mañana para cargar leña desde unos almacenes hasta los camiones que transportaban los troncos a varias fábricas de la región. Era un trabajo agotador que me destrozaba los hombros y la espalda por cuatro duros, pero no me quedaba otra salida. A mi edad, era prácticamente imposible que me adoptase nadie.
Sin embargo, he comprobado que los milagros existen, pues a los dos años un hombre firmó los papeles de mi adopción y los de un compañero de diecisiete años. Los dos pensábamos que nuestros días sintiéndonos como despojos humanos habían terminado, pero todo lo contrario. Si hubiésemos sabido lo que nos esperaba, ambos nos hubiéramos quedado en el orfanato. Allí, por lo menos, no nos pegaban ni pasábamos hambre.
El hombre que se había convertido en nuestro tutor no buscaba hijos que alegrasen su vida, sino trabajadores para su negocio en las minas. Jamás había experimentado una sensación tan desalentadora como lo es estar diez horas al día bajo tierra, sin poder ver la luz del sol, sudando a más no poder del calor que hacía allá abajo. Tom y yo sacábamos fuerzas de donde no había para picar las rocas y rascar la tierra con apenas un mendrugo de pan en el estómago. Algunos mineros se compadecían de nosotros porque sabían que no cobrábamos nada por nuestro trabajo, además de tener que soportar las soberanas palizas de nuestro tutor por dormir más de la cuenta. El patrón no se cansaba de repetir que nuestro único salario consistía en un techo bajo el que refugiarnos por las noches y pan y agua suficientes como para levantarnos al día siguiente listos para trabajar. Nos acostábamos rezando por que un golpe de suerte nos sacase de allí y nos despertábamos lamentándonos de seguir bajo las órdenes del capataz.
Dos semanas antes de que Tom cumpliese los dieciocho años, una de las techumbres del túnel en el que trabajaba se derrumbó y la avalancha de rocas acabó con la vida de varios trabajadores, Tommy entre ellos.
Nunca supe si aquella catástrofe fue un accidente o si nuestro tutor trató de desembarazarse de un chico que estaba a punto de ser legalmente adulto, pero el caso es que supe que ya no podía quedarme allí ni un minuto más. Temí por mi vida; me aterraba pensar que tratarían de silenciarme para que no contase lo ocurrido, así que me largué sin mirar atrás en cuanto tuve ocasión. Me quedé lo justo para asistir al entierro de los trabajadores y para saber que a mi amigo lo habían sepultado bajo el nombre de "Tom Riddle" para evitar que los servicios sociales llegasen a descubrir el fatal destino que nuestro tutor había reservado a aquel muchacho.
Estuve vagando por las carreteras durante una semana, alimentándome de la basura que dejaban los conductores en las áreas de descanso. Mi aspecto ceniciento y más propio de un vagabundo no me ayudaba a la hora de hacer autostop, pero a los trabajadores de las gasolineras les daba lástima y conseguí trabar amistad con un par de ellos que me llevaron hasta la ciudad, donde tenía más oportunidades de prosperar. Con los estudios mínimos y cierta experiencia trabajando no debía resultarme complicado encontrar un empleo estable. Sin embargo, la edad jugaba en mi contra: con quince años no había empresario que se atreviese a violar la ley. Por eso, no me quedó otra que sacar el dinero y la comida de la forma más burda y vergonzosa posible: robando.
Me convertí en un ladronzuelo sin experiencia alguna, pero guiado por el instinto de supervivencia. Ni siquiera me importaba terminar en un reformatorio. Allí me darían cama y comida gratis.
Antes de que mis deseos se hiciesen realidad, me encontraron "Los merodeadores", una banda de ladrones que se repartían los barrios de la ciudad para desvalijar el mayor campo posible de carteras y bolsos. En cuanto se enteraron de que había un chiquito rubio haciéndoles la competencia, se las ingeniaron para atraparme y llevarme hasta el zulo en el que se reunían.
"Los merodeadores" se lo montaban muy bien: estaban organizados jerárquicamente y cada uno sabía en qué lugar del escalafón se encontraba. El líder indiscutible era un tal Sirius, un hombre desgastado por el paso del tiempo y con experiencia en delitos menores, así lo atestiguaban los tatuajes que lucía a lo largo de su arrugada piel y que daban cuenta de sus años en prisión. Lo cierto es que aquella fue la única vez que hablé en persona con Sirius "Black", apodo que aludía a su negro corazón. Los compinches siempre recibíamos las órdenes directamente de sus secuaces: Crabbe y Gregory "El gárgola". No sé si eran sus nombres verdaderos, si eran apellidos o simples motes porque entre los miembros de la banda te encontrabas de todo. A mí me conocían como… Rolfy.
Al principio pensaba que la banda era lo mejor que me podía haber pasado. Tenía comida abundante, mi propia habitación en una de las propiedades de "Los merodeadores", una comisión por cada robo llevado a cabo con éxito y lo más parecido a una familia que había experimentado en años. Los compañeros no eran muy charlatanes, pero siempre estaban dispuestos a echar una partidita a las cartas cuando no tenían una "misión" que cumplir. Además, el ingreso en la banda de ladrones no cambió mi idea de labrarme un futuro como cualquier otra persona normal. Ésta era sólo una medida temporal que abandonaría en cuanto consiguiese estabilidad económica. Así, por las mañanas robaba y por las noches estudiaba.
Con el paso del tiempo, me di cuenta de que no es oro todo lo que reluce. A veces, alguno de los muchachos que trabajaban para Sirius desaparecía inesperadamente. El resto del grupo pensaba que había abandonado la vida de ratero, pero yo siempre sospeché que la policía hacía bien su trabajo y detenía a los secuaces con más frecuencia de la que queríamos creer. Otras veces, "El gárgola" nos despertaba por la noche y nos mandaba empacar nuestras cosas para después meternos en una furgoneta y aparecer en una nueva ciudad en la que empezar de cero. Era cuestión de tiempo que nos pillaran y que desmantelaran la organización. Y así sucedió una vez cuando ya había cumplido los diecisiete años.
Todo fue muy rápido y apenas recuerdo los detalles porque estaba durmiendo cuando sucedió la redada, pero para cuando quise darme cuenta ya me habían metido en el coche de policía e iba camino de comisaría. Cuando vi a Sirius esposado en la sala de interrogatorios supe que todo había acabado. Y en parte me alegré por no tener que seguir viviendo de hurto en hurto. Seguía pensando que el reformatorio era el mejor sitio para mí, y gracias a Dios, allí es donde acabé.
Fue como volver al orfanato, pero sin niños pequeños, ni trabajos forzosos. Además, no me costó hacer amigos porque la mitad de los que ingresaron conmigo pertenecían a "Los merodeadores".
Más o menos hará un año salí del reformatorio; fui el primero al que dejaron marchar porque no tenía antecedentes penales. Durante unos meses sobreviví gracias al dinero que había ahorrado en mi época de ladronzuelo y a un par de pagas-extra que me dio algún que otro vecino a cambio de pequeñas chapuzas en sus casas.
Seguí estudiando y, cuando se abrió el plazo de inscripción, me presenté a las pruebas de acceso a la universidad. Me salieron suficientemente bien como para conseguir una plaza en la facultad de Bellas Artes.
El año pasado por estas fechas, supe que Dolores había fallecido y que me había legado todos sus ahorros en su testamento. Su dinero, sumado a lo que yo había ahorrado durante mi época con la banda de Sirius, me ha permitido pagar el primer año de residencia. Este verano me buscaré un trabajo para seguir ahorrando y poder pagar el siguiente curso en 'Hermitage Road', y así haré hasta que me licencie.'
Cuando terminó su relato, se quedó mirando la interesante pared blanca que tenía frente a sí, esperando a que Luna dijese algo. Como la muchacha no parecía interesada en hablar, se giró hacia ella y no pudo evitar reírse flojito. Los azules ojos de la chica abiertos desmesuradamente conjuntaban perfectamente con su boca abierta en forma de 'O'. Él cerró su boquita subiéndole la mandíbula poco a poco.
Se dirigió al baño y bebió agua para aclarar su garganta, algo resentida de tanto hablar. Se miró al espejo y no se avergonzó de la persona que le devolvía la mirada; todo lo contrario: repasar su vida le había servido para darse cuenta de la enorme fortaleza interior que tenía y de que había sabido salir adelante por sí solo, sin que nadie le echase una mano. Eso le enorgulleció. Al regresar junto a Luna, sonrió al ver que ella no había variado ni un ápice su postura.
-¿No vas a decir nada? -le preguntó.
La rubia parpadeó antes de contestar.
-¿Te das cuenta de que parece que me acabas de contar el argumento de la próxima película de Spielberg?
-Ojala fuese una película y no la asquerosa vida que me ha tocado -confesó Rolf antes de sentir los suaves brazos de la chica rodeándole con un afectuoso apretón que trataba de transmitirle compañía y cariño.
-Podrías escribir un libro con todo esto.
-Prefiero desahogarme pintando. Escribir no es algo que se me dé bien.
-¿Nunca… -Luna suspiró un poco y trató de reunir fuerzas para seguir adelante con la pregunta- nunca has pensado en denunciar a aquel hombre que te adoptó para explotarte en las minas? Aunque sólo sea para honrar la memoria de Tom.
-Yo ya no quiero saber nada de mi pasado, Luna -contestó apesadumbrado-. Ahora que estoy encauzando mi vida, no quiero mirar atrás. Además, sería la palabra de un chico con antecedentes contra el dueño de un negocio minero.
-¿Y los orfanatos? Nunca he tenido la oportunidad de visitar ninguno, pero estoy segura de que las condiciones en que os tenían no entran dentro de la legalidad.
-En cuanto a eso, ya está hecho todo lo que se podía hacer. -Sonrió ampliamente-. Hace un par de años atrás se abrió una investigación a razón de las denuncias interpuestas por algunos huérfanos que habían tenido que soportar las condiciones en las que se encontraban los centros. Lo último que supe de aquel asunto era que se habían cerrado media docena de orfelinatos.
Luna sonrió con él sabiendo que se estaba haciendo justicia. No le había importado nada los delitos que el rubio había acumulado, ni las experiencias tan duras que había vivido. Todo ello había hecho que el Rolf que conocía estuviese en aquel momento junto a ella.
Volvió a abrazarle sintiendo que sólo se tenían el uno al otro. Pero eso no era cierto del todo. Ella contaba con su adorado padre y el recuerdo de su difunta madre, mientras que Scamander no tenía ni una mísera foto de sus progenitores.
-¿Y tus padres biológicos? -Rolf la miró con curiosidad por lo que estaba insinuando-. ¿No se te ha pasado nunca por la cabeza intentar encontrarlos?
-Luna, nunca he sabido quiénes son mis padres ni por qué me abandonaron -explicó-. De todos modos, me da igual. No tengo ni interés ni ganas de empezar una búsqueda para encontrar a unas personas que, si hubiesen querido saber algo de mí, podrían haberme localizado fácilmente. Todos mis datos están en los orfanatos por los que he pasado y en alguna comisaría de policía, así que hay pruebas más que de sobra para dar conmigo. ¡Si aparezco hasta en Internet!
-¿Y si quieren encontrarte, pero no buscan en el lugar adecuado?
-En ese caso, prefiero que no me encuentren. -Su amiga alzó una ceja con expresión incrédula-. Te estoy diciendo la verdad. Para mí, Aberforth y Dolores son mis verdaderos padres y no quiero que unos extraños empañen su recuerdo.
La muchacha reflexionó un momento sobre las palabras de su amigo y, como llevaba haciendo toda la noche, comprendió sus motivos. Asintió con la cabeza para que Rolf supiese que contaba con su aprobación y que respetaría todas y cada una de sus decisiones, fuesen cuales fuesen. Al fin y al cabo, ella no había vivido la vida de Rolf y era incapaz de decidir qué era lo mejor para él.
Bostezó con disimulo, pero al joven no le pasó desapercibido el gesto de sueño, por lo que señaló su cama y la invitó a descansar el par de horas que les quedaban antes de que el sol anunciase el comienzo de un nuevo día.
¡Holaaa, lectorcillos!! =DD
Me gustaría que ninguno se sintiese decepcionado con la historia de Rolf, pero como nunca llueve a gusto de todos, seguro que alguien se esperaba más. ¡Pues esto es lo que hay! jajajaja
Siento deciros que este viernes no podré subir un nuevo capítulo, porque, tal y como os anuncié en marzo, me voy a la premiere de Harry Potter en Londres, así que tendréis que esperar una semanita para leer el próximo capítulo. De todos modos, creo que os vendrá bien esperar; ¡que os tengo muy malcriados!! xP
Por el mismo motivo, sólamente podré contestar los comentarios que me dejéis en las próximas horas. El resto los responderé cuando regrese el domingo.
Ahora es cuando me toca agradecer a Potterfics el haberme puesto en contacto con personas que empezaron siendo lectores y escritores, después se convirtieron en amigos a distancia y ahora son compañeros de viaje por una misma afición: el universo de Rowling. ¡GRACIAS POTTERFICS POR EXISTIR!
¡Hasta el martes que viene!
¡¡Un besazooo!! ^^