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'Hermitage Road' — capítulo 63

Era la quinta vez que introducía su número de identificación en el huequito blanco que aparecía en la esquina superior derecha de la pantalla y seguía estando tan nerviosa como la primera vez, a pesar de ser consciente de que era muy improbable que el profesor hubiese subido las notas de Derecho Constitucional desde la última vez que había revisado su expediente; hacía tan solo cinco minutos. Para su asombro, tras introducir la contraseña y pulsar la tecla "Enter" un rectángulo azul se desplegó frente a ella donde, en palabras blanquecinas,la universidad confirmaba que disponía de nuevas calificaciones. Pinchó con el ratón la casilla adecuada y fueron apareciendo sus notas, las mismas que llevaba observando la última hora. La diferencia frente a la última vez que había entrado en la página web radicaba en que el último apartado que había sido activado aparecía acompañado de su calificación correspondiente.

-¡¿Qué?! ¡¿Un nueve y medio?! -Pansy salió de la página y volvió a entrar hasta tres veces más para comprobar que no había error posible. Había sacado un sobresaliente. No sólo eso, sino que, además, le acababan de conceder su primera Matrícula de Honor en dos años.

La chica se subió a la cama y empezó a dar saltos sin preocuparse de los muelles del colchón, que chirriaban con una débil queja. Antes de que Filch le llamase la atención, salió de la habitación y comenzó a expandir la noticia por los pasillos, entre los pocos alumnos que todavía quedaban en la residencia. La mayoría ya estaban de vacaciones e incluso los que habían suspendido alguna asignatura y tenían que presentarse a la recuperación en pocas semanas preferían marcharse a sus casas, en vez de pagar el suplemento especial por pasar las primeras semanas de junio en 'Hermitage Road'.

Cuando creía que, de seguir así, la bomba informativa llegaría al otro lado del planeta, regresó a su cuarto satisfecha. Subió las escaleras de madera y en un abrir y cerrar de ojos llegó a la primera planta. El número de escalones se reducía al tratar de pasar al segundo piso, pero ella no alcanzó ni siquiera el primer peldaño. Había alguien que no se había enterado de sus estupendas calificaciones y que, precisamente, debería haber sido la primera persona en saberlo por todo lo que la había ayudado con los estudios.

La habitación de Seamus se hallaba a tan solo cuatro pasos de ella y los nudillos de la mano le quemaban queriendo golpear su puerta. Necesitaba agradecerle todo lo que la había apoyado; era su deber moral hacerle saber lo mucho que había significado su ayuda y los excelentes frutos que habían dado las horas pasadas en la biblioteca durante las vacaciones de Pascua.

Una vez frente a la estancia de Seamus, colocó la oreja junto a la madera de la puerta, pero no escuchó nada. Cogió aire y, sacando un valor que no creía poseer, tocó brevemente a la puerta y esperó. Y esperó. Y volvió a esperar.

Susurró el nombre del muchacho, como si éste estuviera junto a ella, pero estaba claro que ni siquiera se hallaba en aquella planta.

Entonces, un desenfreno atroz se apoderó de ella y las ganas de encontrar a Seamus se impusieron por encima de cualquier otra. Bajó de nuevo las escaleras; esta vez, tan deprisa que casi llega abajo rodando y comenzó a registrar cada estancia de la planta inferior: Las cocinas estaban vacías; los baños, desiertos; la recepción estaba siendo reinada por Argus, como de costumbre; y en la sala descansaban Hermione, Ginny y Harry leyendo revistas y riéndose de las pintas de algún famoso. Sólo quedaba la sala de juegos como última alternativa. Desde allí le llegaron algunas voces, pero cuando entró sólo vio a Luna y a Rolf jugando al viejo futbolín.

Ya se volvía cabizabaja hacia la puerta de entrada a la sala cuando el olor a tabaco inundó sus fosas nasales. Aquel aroma picante y dulce a la vez y, en cierta parte, enfermizo, la transportó a una noche de lluvia intensa hacía unos cuantos meses atrás, cuando lloraba por su corazón roto tras la marcha de Draco. Entonces, hubo un chico fumador que le había alegrado la noche y, a partir de ese momento, había ido transformando su vida sin que apenas se diese cuenta. Ahora volvía a la misma sala de juegos en la que se habían conocido, y les envolvía el mismo olor a tabaco. Y ella seguía con el corazón roto, pero el sujeto de su amor había cambiado. 'Sería demasiado estúpido dejarlo escapar', pensó.

Apenas podía contener la emoción de encontrarse de frente con él y desvelar todo lo que había descubierto. No sólo hacía todo aquello para recuperarle, sino también por ella misma: para desembarazarse del rastro de duda y rencor que Draco sentía cada vez que la miraba. Sin embargo, por encima de todo, quería sacar la verdad por su hermana, para librarla de acusaciones que ensuciaban su nombre en vano. Daphne no se merecía quedar como la arpía que no era y que nunca había sido. Y aquella carta que guardaba celosamente entre las manos era la prueba de que algo perverso se había tramado detrás de ellos tres, algo tras lo que no habían estado envueltas las hermanas Greengrass. Unos pasos la pusieron sobre aviso y el nerviosismo alegre de Pipo la hizo saber que el chico rubio al que esperaba acababa de llegar. Draco no llamó a la puerta, sino que entró en la estancia haciendo uso de la llave que poseía y a la que nunca había dado uso, hasta que el silencio pasó a ser el "buenos días" de cada mañana.

-¿Qué quieres? -Preguntó de mala gana-. Sabes que si tienes dudas sobre los ejercicios, prefiero contestártelas en horario de prácticas, y no en mi tiempo libre.

-Ya vuelves a hacerlo -dijo la mujer.

-¿El qué?

-Hablar y hablar sin dejar que los demás medien palabra. Si no tienes ni idea de para qué te he hecho llamar, tal vez deberías callarte -respondió Astoria cortante.

El rubio comprendió que la invidente llevaba toda la razón del mundo y no pudo más que agachar la cabeza, abochornado.

-Llevas razón. -Vio cómo su alumna asentía y, sin perder el tiempo, le tendía la ya archifamosa carta que tanta repulsa provocaba en él.

-¿De verdad quieres entregármela? -preguntó horrorizado. Aquel maldito trozo de papel tenía la culpa de que por las noches no pudiera pegar ojo y de que por el día no pudiese concentrarse pensando en lo mucho que añoraba los besos, las caricias y la compañía de Astoria.

-Sí, y esto también. -Sacó del bolsillo izquierdo un segundo papel mucho más pequeño que el primero y menos estropeado.

-"Yo, Daphne Greengrass Silver-Arrow, confirmo la validez del cheque adjunto que garantiza los pagos de las terapias de la señorita Astoria Green…" -comenzó a leer el chico-. ¿Qué es esto, Astoria?

-Ahí lo pone bien clarito -señaló ella-. Es una de las notas que suelen acompañar a los cheques que Daphne envía a la recepción para pagar mi estancia aquí. Compara ambos folios.

El rubio hizo lo que la ciega le pedía y no necesitó más que un vistazo para entender lo que la joven quería destacar. Ambas hojas decían estar escritas por la misma persona y, sin embargo, la caligrafía era completamente distinta en una y otra nota.

-¿Qué cojones…?

-Te das cuenta, ¿verdad? -insistió ella emocionada-. Los cheques están escritos por mi hermana, así lo corrobora el banco y la secretaria de este centro. Sin embargo, ¡no tenemos ninguna prueba de que la carta que te enviaron correspondiese realmente a Daphne!

-¿Has conseguido hablar con ella de todo esto?

-Lleva semanas sin cogerme el teléfono y no entiendo por qué -confesó-. Sin embargo, el lunes me envió un mensaje de voz en el que me decía que estaba bien y que no me preocupase por ella. Creo que mencionó algo de una apuesta, o una broma… No sé, la verdad es que la voz se cortaba constantemente.

-Espera, espera… -la cortó Draco-. ¿Has dicho "una apuesta"?

-Creo que eso es lo que decía en el mensaje. ¿Quieres escucharlo? -le ofreció Astoria.

Draco esperó pacientemente a que ella le cediese el teléfono móvil y, después, siguió sus indicaciones hasta conseguir activar el buzón de voz en donde estaban guardados los mensajes que la chica había recibido. Escuchó un par de veces la grabación, de no más de veinte segundos, y empezó a atar cabos. Los indicios encajaron como las piezas de un puzzle que esperan a ser ensambladas. Apuestas, silencios que duran semanas, palabras muy comedidas, y escuetas, Exeter frente a Estados Unidos… La mente de Draco se iluminó como una bombilla y, de pronto, lo vio todo claro. Y lo que descubrió no le gustó nada.

Al cabo de cuatro minutos, el joven Malfoy salía de Chester hacia la estación de tren. Se había despedido brevemente de Astoria sabiendo que, si las cosas resultaban ser tal y como sospechaba, en su regreso sería mucho más cariñoso con ella.

Se acercó al chico y le quitó el cigarrillo, que acabó en el suelo aplastado por la suela de sus sandalias. Él ni se dio cuenta de la suerte que había corrido la colilla. No estaba prestando atención a lo que fumaba; su mente se hallaba muy lejos de allí, en realidad. Se recreaba en los recuerdos de la chica morena que le había atraído desde la primera vez y que se había ido ganando día a día cada parte de él. Internamente, su alma lloraba por haber perdido a Pansy de la forma más irrisoria y trágica: por terceras personas y un pasado que se le había escapado de las manos y que ahora le pasaba factura de la forma más cruel. Por eso le resultó aún más inverosímil sentir la presencia de la muchacha junto a él, con su perfume dulzón danzando por la habitación e inundando cada rincón. Igual que la primera vez que la había visto.

-Pan… -La presión de la mano de ella sobre sus labios le impidió seguir hablando.

-No, Seamus -dijo la joven-. Llevas semanas hablando tú, y yo no he querido escucharte. Ahora puedes marcharte si quieres porque no merezco que me prestes atención, pero necesito darte las gracias.

-¿Las… gracias? -preguntó él con cautela; todavía sorprendido por la repentina aparición de la mujer-. ¿Por qué?

-Por haberme ayudado a estudiar, a centrarme y a realizar los trabajos de clase sacrificando, para ello, tus vacaciones. -Finnigan pareció querer replicar, mas Pansy se lo impidió-. Pero, sobre todo, quiero que sepas que has conseguido que saque adelante y con unas notas envidiables una carrera que estaba a punto de mandar a hacer puñetas. Nunca podré agradecerte todo lo que has conseguido en mí. Gracias, de verdad.

El muchacho sonrió complacido y con las mejillas algo sonrosadas pues no se consideraba merecedor de nada. Todo el tiempo que había pasado con la morena lo había hecho de buena gana y sin esperar nada a cambio. Simplemente, ella no entendía el maravilloso regalo que suponía poder contemplarla cada día. No necesitaba nada más que eso. Pero, a pesar de lo que Pansy acababa de decir, Seamus estaba seguro de que no había cambiado de opinión con respecto al punto de inflexión en el que había quedado su amistad. Por si acaso, se apresuró a confirmarlo, ahora que la chica parecía dispuesta a oírle.

-Sobre lo que pasó con Ginny…

-Me da igual.

-Pero a mi sí me importa que lo sepas -protestó él con suavidad. Las palabras se liberaron como los chorros de una fuente cuando cogió aire y soltó de carrerilla todo lo que llevaba tiempo queriendo hacer saber al mundo-. Déjame decirte que todo aquello fue un gravísimo error del que me arrepentiré toda mi vida, pero que por nada del mundo pretendía hacer daño a Ginny. Te juro que sólo intenté sacar adelante dos relaciones que ya estaban desgastadas, pero fue querer abarcar demasiado. La situación se me fue de las manos de la peor forma posible y... -calló al ver que Pansy no dejaba de mover la cabeza de un lado a otro negando las palabras de Seamus.

-No me refería a que me daba igual lo que me fueses a decir, sino a lo que pasó con Ginny. Ya lo sé todo y me he dado cuenta de que nada de eso cambia la complicidad que había entre nosotros dos y que espero que se mantenga todavía. Sé que aquel Seamus que cometió una imprudencia no es el que está ahora frente a mí. Has madurado, y no has dejado de demostrarlo desde que te conozco. No necesito mayor prueba.

-Pero… -El muchacho intentaba explicarse. No por ella, sino por él mismo. Nunca había pedido públicamente perdón por todo el daño que había causado hacía ya casi cuatro años, y ahora que había salido a la luz el tema necesitaba sacar de su alma el arrepentimiento que había guardado celosamente durante tanto tiempo. Sin embargo, Pansy tenía planes distintos.

La chica, viendo que Seamus comenzaba un nuevo discurso que seguramente se alargaría durante varios minutos y en los que dejaría la imagen de su persona por los suelos, decidió actuar. Nunca lo había hecho; jamás se había atrevido a ser la primera. Siempre había estado en segundo plano, esperando a que alguno de sus cientos de amores platónicos representase su papel de príncipe azul. Sin embargo, aquel anhelo nunca se había hecho realidad y ella se había cansado de esperar. Estaba decidida a quitarse la venda de los ojos para comprender y asimilar que, por muy bonitos que fuesen los cuentos de hadas, eran mera ficción, y ya era hora de que viviese su vida de acuerdo a la realidad. Si seguía esperando, se quedaría sola. Sola y sin Seamus. Y la imagen de ese desértico futuro la aterrorizó de tal modo que corrió a engancharse de los brazos del chico temiendo que, si se soltaba, se descubriría en un pozo oscuro y sin fondo en el que no tendría a nadie en quien refugiarse.

Seamus no pudo menos que estrecharla con fuerza contra sí, inhalando el mentolado aroma que se desprendía del largo pelo azabache. Pansy alzó el rostro y se descubrió mucho más próxima a la barbilla del chico de lo que esperaba. Eso la hizo sonreír enormemente.

-De verdad que lo siento, Pansy -volvió a disculparse el chico, un tanto azorado por el calor corporal de su amiga y la proximidad de los rostros.

-Ya te he dicho que me da igual -susurró ella.

-Necesito que me digas que me perdonas de verdad. Los remordimientos me corroen por dentro y… -Los labios de Pansy sobre los suyos le impidieron continuar. Y no necesitó nada más.

La dulzura de ese beso perdonaba cualquier asunto pasado y, probablemente, también futuro. Porque para ambos jóvenes, aquella unión de piel contra piel era la prueba viviente de que encajaban, de que eran las dos partes que se complementan inequívocamente; los dos imanes que no se repelen, sino que se atraen con la fuerza que mueve el universo. Él, muy humano y sencillo, amargado por los días pasados, y esperanzador porque el futuro borrase sus cicatrices anteriores. Ella, poco realista y con ideales difíciles de comprender, que miraba al pasado con orgullo, y algo temerosa al futuro, aunque éste resultaba más positivo sabiendo que Seamus estaría allí para ella.

-Te siento tan hondo dentro de mí… -confesó Parkison en un segundo en que se detuvo a coger aire- que ya no puedo echarte de mi vida.

Seamus no sabía que contestar a aquello porque sospechaba que, si abría la boca, acabaría llorando de emoción y felicidad. Le resultó más sencillo volver a besarla, y besarla una vez más, hasta que les echaran de allí.

-Tiras las bolas hacia tu zona -se quejó él-. ¡Así no vale!

-¿Qué más te da? Es la única ventaja que consigo sacarte y ni aún así te gano.

-Sigue siendo "hacer trampas", Luna.

-De todos modos, el futbolín me empieza a aburrir. ¿Y si jugamos al billar? -propuso la rubia. Él resopló y negó con la cabeza lentamente.

-Apenas sé sostener el palo. Ahí sí que me ganarías de todas, todas -comentó quitándole importancia-. ¿No prefieres que echemos una partida a las cartas?

Luna se encogió de hombros y se acercó a la vitrina donde estaban guardadas multitud de barajas de todo tipo y forma. Incluso algunas habían sido específicamente diseñadas para hacer trucos de magia. Cogió la que más a mano le quedaba y se la pasó a Rolf, quien sacó los cartones algo viejos y pegajosos del continuado uso a lo largo de los años.

-¿A qué quieres jugar? -preguntó mientras el caballo de espadas y el as de oro bailaban entre sus dedos e intercambiaban sus posiciones.

-¡Mira! -indicó susurrando Luna, sin prestar atención a la pregunta de su compañero. Rolf siguió con la mirada la línea recta que dibujaba imaginariamente el dedo de la chica, que apuntaba al otro lado de la habitación, señalando a Pansy y a Seamus-. ¡Se están besando!

Efectivamente, en la esquina del extremo de la sala, los dos alumnos se besaban lentamente, pero con ganas. Rolf vio la mano del chico enterrándose en el cabello de Parkinson y, por un momento deseó estar en el pellejo de los dos. Deseó sentir lo que ellos estaban sintiendo mientras se tocaban fervientemente. Pero en su mente, los dedos se enredaban en una larga manta de pelo rubio blanquecino, y sus ojos se perdían en el azul de Lovegood. Salió de su ensimismamiento y rompió el contacto visual con la pareja para volver a centrarse en las cartas que todavía no había empezado a repartir.

Alzó la vista y se topó con la sonrisa de Luna, quien continuaba espiando a Parkinson y a Finnigan, lo que le redirigió de nuevo a sus propios deseos. El sentirse caprichoso por experimentar semejante escena con otra muchacha, y saber que la chica en cuestión estaba frente a él, hizo que los colores subieran a sus mejillas sin remedio.

-¡Rolfy! Digo… Rolf. -Se había prometido a sí mima no utilizar aquel apodo tras conocer la traumática historia de Scamander, pero la costumbre todavía le jugaba malas pasadas-. ¿Te has puesto rojo?

Él negó rápidamente la cabeza sabiendo que no engañaba a nadie. La evidencia estaba en sus mofletes rojos como el pelo de los Weasley.

-Eres realmente adorable cuando enrojeces -dejó caer la chica, para asombro de los dos.

'¿Qué ha dicho?', pensó Rolf.

'¿Qué he dicho?'.

Las alarmas de Luna saltaron. Sus pensamientos incontrolados volvían a las andadas haciendo que dijese frases sin pensar, como solía hacer de pequeña. En realidad, no había comentado nada grave ni de lo que se tenía que arrepentir o avergonzar. Solamente había insinuado que su amigo resultaba adorable cuando se ruborizaba. '¿Qué hay de malo en ello?', se preguntó, sabiendo de antemano que la situación era peor de lo que quería creer. Hacía mucho que no pensaba algo así, y recordó, con horror, que la última vez que había soltado algo parecido había sido a su novio de entonces, Neville.

¿Por qué ahora? ¿Por qué salían a flote sentimientos, imágenes y palabras que creía borradas de su alma? ¿Sería por la presión de los exámenes? ¿Era la cercanía del verano y su correspondiente calor? ¿O era Rolf el causante? ¿Tendría alguna similitud con Longbotton que no acertaba a vislumbrar? ¿Qué era lo que se le escapaba?

Su cabeza se estaba colapsada por preguntas sin respuesta, por lo que trató de dejar la mente en blanco y se concentró en el juego de cartas. No debió resultarle fácil porque no consiguió ganar ni una de las partidas que se disputó aquella tarde con Rolf, quien no volvió a comentar el asunto, como si hubieran firmado un pacto silencioso.

Para ambos, sería como si nunca hubiese pasado nada.


¡¡Hola!! =D

No ha sido hasta hace un par de días cuando me he dado cuenta de que el final de esta historia está muy cerca, pero según he ido escribiendo me he dado cuenta de que no puedo asegurar con exactitud cuántos capítulos quedan porque a veces escribo más de lo que tenía planeado y tengo que dividir la trama en más capítulos de los previstos.

De todos modos, a grosso modo, calculo que quedarán unos cuatro capítulos, sin contar el epílogo.

Si os dáis cuenta, tengo que finiquitar a todas las parejas en apenas dos semanas, así que el romanticismo va a estar por las nubes en la recta final de 'Hermitage Road' jeje

¡Hasta el viernes!

¡¡Un besitoo!! ^^