No me dejaste morir — capítulo 6
El camino por el pasillo se hizo larguísimo. Ni Snape ni Cheryl se hablaban ni se miraban, solamente se podía notar el aura de ira que los dos desprendían y que podría provocar chispas cuando contactaran. Sus pasos eran apresurados, tenían ganas de llegar frente al director.
Snape llevaba una sonrisa torcida dibujada en su rostro. Le encantaba hacer sufrir a alguien y sabía que ésta vez él tenía razón. Se la tenía jugada a esa bruja desde hacía mucho tiempo. El último día de clase de su promoción lo había dejado en ridículo haciendo un dibujo poco acertado sobre él. Un gran murciélago con la cara de Snape colgaba en el centro del Gran Comedor provocando risas en todos los alumnos y algunos profesores. No encontraron al culpable, pero él sabía quién era, había sido ella, la que ahora iba a su vera.
Cheryl por su parte iba ofuscada ¿Qué se creía el murciélago? Pensaba que en dos años podría haber cambiado un poco de carácter, pero estaba claro que bicho malo nunca muere, y Snape era ese bicho.Dumbledore debería darle la razón. Todavía seguía pensando cómo el director dejaba que ese hombre impartiera clases en el colegio. Tendría que haber muchos que diera esa clase mucho mejor.
Doblaron la esquina del pasillo en el que se encontraba el despacho del director. Cheryl sabía bien dónde se encontraba, sus años en Hogwarts habían hecho que visitara varias veces el lugar y casi todas por culpa de Snape. Llegaron frente a la gárgola que custodiaba el despacho de Dumbledore. "Meigas fritas" pronunció secamente Snape y la gárgola les dejó el paso libre hacia unas escaleras con movimiento ascendente. Cuando llegaron Dumbledore los esperaba con la puerta abierta.
— Buenas tardes. ¿A qué se debe tan grata visita?— preguntó con una sonrisa en los labios y haciendo una seña con la mano para que pasaran a su despacho. Cheryl no sabía como lo hacia pero el director siempre estaba pendiente de todo en el colegio, cualquier situación llegaba a sus oídos antes que nadie.
— Director, creo que esta situación le sonará familiar —susurró desganado Snape regalándole una sonrisa repulsiva a su exalumno— Como sabrá, la señorita Cheryl ha cuestionado mi forma de impartir clase delante de todo el alumnado…
— Si no hubiera maltratado verbalmente a mi paciente no hubiéramos tenido problemas — Cheryl interrumpió a Snape fulminándolo con la mirada.
— Eres igual de impertinente que siempre. Crees que tienes total libertad de hacer lo que quieras ahora que no eres alumna, pero no es así…
Dumbledore levantó las manos en son de paz al ver que Snape subía el tono de sus palabras amenazadoramente.
— Cheryl, ahora eres como una especie de alumna aunque no tienes que asistir a las clases, pero debes respetar a tus profesores— comentó Dumbledore mientras Snape comenzaba a dibujar una ancha sonrisa. —Y tú Severus— la sonrisa despareció al instante. No podía creer que a él también fuera a darle la reprimenda—, tienes que ser un poco más considerado con los alumnos. Aquellos que lo han pasado mal y la señorita Granger es una de las que más.
Cheryl sonrió anchamente, Dumbledore volvía a poner en práctica su sentido común, pero a ella todavía le parecía que era muy indulgente con Snape.
— Espero que no vuelva a suceder nada más entre ustedes, por lo menos algo desagradable como en este caso—recomendó amablemente. Dedicó una mirada significativa a Snape y este asintió de mala gana. Se dio la vuelta bruscamente y dejó allí a Dumbledore y Cheryl.
— Intenta comprender un poco al profesor Snape, Cheryl. Su vida no es fácil, no ha encontrado el amor aún…
Cheryl miró aturdida a los ojos azules del director ¿Qué quería decir con esa frase? Dumbledore le dio la espalda y se dirigió hacia su Fénix para acariciarlo. Cheryl entendió que era el momento para retirarse.
Al salir, pensó volver a la clase de Snape pero no estaba de ánimos para seguir escuchando sus burlas y sus miraditas asesinas. Sabía que no haría caso al director, él era así y nunca cambiaría.
Fue hacia el Gran comedor para esperar a Hermione en la cena. La clase de pociones no tardaría mucho en acabar. Su mente voló enseguida cuando se sentó en su antigua mesa, la mesa de los Ravenclaws. Dedicó miradas soñadoras y enternecidas a todo lo que se le pasaba por la vista: las ventanas, la mesa de los profesores, los relojes de arena… un momento… el reloj de arena de Gryffindor había perdido como veinte puntos. Eso era obra del murciélago.
Salió de su ensoñación cuando comenzó a escuchar jaleo en los pasillos. Ya debería haber terminado las clases. Dejó la mesa de Ravenclaw para ir a la de Gryffindor a esperar a Hermione. Los vio llegar a los tres: Hermione con el ceño fruncido y Harry y Ron con una ancha sonrisa en sus rostros.
— ¿Porqué te has enfrentado a Snape? — preguntó muy molesta Hermione soltando los libros de golpe produciendo un ruido sordo que atrajo las miradas de varios alumnos.
— Hermione, déjala. Esta chica cada vez me cae mejor— contestó Ron mientras se sentaba al lado de Cheryl.
Harry no dijo nada pero su sonrisa lo demostraba todo.
— Hermione, Snape no puede decirte esas cosas, ni a ti ni a nadie. Es un opresor y no voy a dejar que siga siéndolo. Ya aguanté bastante cuando era alumna, ahora tengo un poco más de poder—. Hermione seguía con el ceño fruncido—. Venga, venga — dijo Cheryl mientras la daba un pequeño abrazo—, vamos a cenar y olvida ya al murciélago amargado.
Cenaron tranquilamente. Hermione no hablaba mucho ni tampoco comía demasiado. Sus ojos recorrían el gran comedor. Gente feliz, gente con padres que en Navidad volverían a sus casas y los recibirían con un cálido abrazo. Unos ojos gélidos hicieron que volviera su vista hacia otro lado, su plato ahora le parecía muy interesante. ¿Qué le pasaba a Malfoy? Él no parecía feliz, ni siquiera tenía esa sonrisa suficiente que siempre enmarcaba su rostro. Él tenía que ser más feliz que nadie, tendría todo lo que quisiera en su casa, sus padres aunque fueran mortífagos, a él tendrían que darle mucho amor… cosa que ella ya había perdido.
Sola…
Hermione se levantó tranquilamente. Su mirada seguía clavada en el plato. Los chicos y Cheryl la miraron, no tenía muy buena cara.
— Me voy a la cama, no tengo mucha hambre— dijo sin mucho ánimo.
— Yo voy contigo— sentenció Cheryl levantándose también.
La castaña quería estar sola durante unos momentos, pero Cheryl siempre iba a estar pegada a ella.
— Cheryl, espero que no te moleste, pero me gustaría estar sola— comentó con aire indiferente, pero sus ojos demostraban una profunda tristeza.
— Hermione, no me molesta pero es imposible que te deje sola. Siempre tengo que estar a tu lado.
Esas palabras no le gustaron a la de los ojos miel. Cheryl estaba allí por obligación no porque realmente estuviera preocupada por ella.
— Realmente, admiro lo que haces por mí, pero pueden mandarte con alguien con el que disfrutes más.
Hermione salió corriendo del Gran Comedor sin dejar tiempo a réplica por parte de nadie. No sabía dónde quería ir, pero quería estar sola y pensar. Ahora mismo estaba sola, sola en el mundo, por muchos amigos que tuviera ellos siempre habían pensado que ella era una sabelotodo. Sus pensamientos la envolvían de tal manera que notaba como caía en una espiral de desesperación y oscuridad.
Cuando se dio cuenta volvía a estar sentada en el mismo rincón del cuarto de baño de prefectos, donde hacía tiempo había querido acabar con su vida. Ahora ese lugar la reconfortaba, lo encontraba como algo familiar, como algo allegado. Y recordó su sangre, el olor a óxido que impregnaban las paredes de aquél santuario impoluto, de los azulejos blancos teñidos de escarlata. Y quiso volver a verlo, volver a sentir que dejaba ese mundo, que podría ver de nuevo a sus padres.
Sin haber podido conjurar nada la puerta se abrió y allí aparecieron Harry, Cheryl y Ron. La morena le arrebató su varita con fuerza, Ron la abrazó para tranquilizarla y darle calor y Harry se colocó delante de ella para hablarle claro y conciso.
— Hermione, mis padres tampoco están, ni siquiera los recuerdo, pero debes de ser fuerte. Tienes que conseguir poder, ser la mejor bruja de la historia y poder ayudar a este mundo corrupto. Tú puedes hacerlo, tú tienes la valentía y el coraje para hacerlo. Esta no es la Hermione que conozco, Hermione no es débil.
Esas palabras impactaron a la castaña. Miró a Harry con el rostro surcado en lágrimas. Susurró un pequeño Graciaantes de que sus ojos de anegaran aun más de lágrimas. No pudo ver bien debido a la cristalina agua de sus ojos, pero pudo advertir como una rubia cabellera huía de la puerta del baño.
— ¿Cómo sabíais que estaba aquí? — Preguntó jadeante mientras la levantaban para llevarla a su habitación.
— Una lechuza del colegio entró por la puerta del Gran Comedor, fue muy extraño, y traía una nota diciéndonos dónde estabas…— comentó Ron aún sin dejar de abrazarla.
— ¿Quién la enviaba?— preguntó Hermione un poco más tranquila
— La misma persona que te escribió al hospital.
Cheryl le pasó de mala gana un pequeño pergamino dónde estaba escrita su ubicación cuando desapareció. Era la misma letra que el pergamino que recibió en el hospital diciendo que se recuperara. Le sonaba la letra, pero no sabía de quien era.
La morena ordenó a Hermione ir a su habitación y allí la obligó a tragarse una desagradable poción que contenía un potente somnífero. La de los ojos castaños cayó rotunda a los brazos de Morfeo y Cheryl salió de la habitación.
Allí estaban esperando Harry y Ron muy serios.
— Queremos ayudar—dijo Ron decidido.
— Y aquí tenemos la solución para que ella no esté sola nunca.
Harry sacó de su bolsillo lo que a Cheryl le pareció un viejo pergamino arrugado.