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Historia 54988 — capítulo 3
Capítulo III
Lo temible
La risa de Pansy se extendió por la biblioteca mientras se dejaba caer en el mueble. Draco permanecía serio, apoyado contra la pared mientras sus ojos grises se fijaban en su prometida.
-No puedo creerlo! Es que debe ser un maldito sueño!- dijo Pansy recobrando la paz aunque dejando escapar algunas risitas. Su cabello negro caía como un manto sobre ella mientras que sus ojos oscuros y seductores parecían llenarse de una maldad extrema. - Compraste a Granger! Esa sangre sucia debe estar muriéndose en este mismo momento al saber que ha caído en nuestras manos!
-De hecho, no es así.- respondió Draco sin moverse de donde estaba. Su rostro permanecía inexpresivo.
-A qué te refieres?- preguntó Pansy la exuberante morena dejando de reir definitivamente.
-Perdió la memoria. No tiene idea ni siquiera de quién es.
Pansy no dijo nada por unos instantes. Draco caminó hacia el escritorio y se sentó en la silla de cuero negro mientras jugaba con una daga que yacía en el centro de la mesa.
-Si no recuerda nada no vale la pena siquiera torturarla. Mátala, y envía su cabeza a Potter.
Draco sonrió.
-No eres nada original.
Pansy pasó su lengua por sus bellos labios.
-Soy bastante original en otras áreas mucho más interesantes.
Draco no dijo nada ante esto. Se mantuvo pensativo, y Pansy supo al instante que planeaba algo.
-Qué es lo que piensas hacer con la Granger ahora?
-Podría mandarla directamente a la sala de torturas, y enviarle a Potter y a Weasly un howler con sus gritos.
-Ni se te ocurra.- dijo una voz grave proveniente de la entrada de la biblioteca. Lucius Malfoy entró pero su imponente presencia no perturbó a Draco, quien era lo bastante pedante como para no inmutarse.
-Señor Malfoy.- dijo Pansy inclinándose.
-Pansy, cuánto gusto verte. - dijo él aunque ya sabía bien que ella había pasado la noche en el castillo, siendo más precisos, en el cuarto de su hijo.
-Supongo que ya te enteraste entonces de todo, papá.- dijo Draco con cierto tono de ironía al pronunciar la última palabra. Lucius sonrió.
-Sí, y no podría resultar más conveniente.
-A qué se refiere?- preguntó Pansy.
-Por cierto, felicitaciones Pansy, no tuve tiempo de decírtelo en tu iniciación como mortía.- dijo Lucius mientras se sentaba en el mueble. - Volviendo al tema, tenemos otros planes para Granger.
Draco pareció interesarse repentinamente por lo que su padre tenía qué decir. Se inclinó colocando los brazos encima del escritorio y fijando sus ojos grises en los de Lucius. Algunos mechones rubios calleron por su frente, su aspecto habría sido exacto al de un ángel de no ser por aquella mirada corrompida por el odio.
-Granger es mía.- aclaró el rubio. - Quiero ser yo mismo quien me encargue de ella, de torturarla.
-Eso, mi querido hijo, no va a ser posible.- dijo él tomando seriedad en su rostro. - Al menos, no por ahora.
-Qué es lo que planea entonces?- intervino Pansy.
-La pérdida de memoria no pudo ser más conveniente para nosotros. El señor oscuro está perfectamente escondido y con más fuerzas que nunca, pero Harry Potter insiste en su búsqueda, y bien sabemos, que no podemos permitir que ambos luchen. No por ahora.
-No me interesa.- dijo Draco fríamente.
-Pues debería; eres un mortífago, y ya es hora que empiezes a pensar antes de actuar. ¿Qué es lo que más nos conviene ahora? Entretener a Potter y a sus amigos, hacer que su atención se desvíe de encontrar al señor oscuro. Especialmente porque algo grande está a punto de comenzar, la revolución de las bestias.
Draco no preguntó sobre lo último que su padre había dicho. Lucius mantenía ese tema con discreción.
-Piensa, Draco, qué es lo que heriría más a Potter y a los de ese grupo que tanto repudias…
-La muerte de Granger.
-Piensa con más fuerza Draco! La muerte es algo muy simple y poco creativo.
-Pero muy placentero
-Hay cosas que lo son más, y con astucia podemos conseguir el infierno para Potter.
-Sé bien lo que pretendes!- dijo Draco mientras repentinamente se levantaba de la silla y miraba con odio contenido a su padre. - Quieres que introduzca a Granger entre las guerreras esclavas, quieres que trabaje para nosotros!
Lucius sonrió.
-Por un momento creí que te habías vuelto estúpido.
Draco entró en cólera.
-Quiero destruirla no entrenarla! De todas las asquerosas sangre sucias no hay a nadie quien deteste más que a ella! Quiero tomar su cuello y aplastarlo, verla gritar y suplicar! Quiero que se humille!
Lucius se sentía complacido. Su hijo, con tan solo 18 años, parecía superarlo en ímpetu y odio contra la raza inferior. Sabía que sería un gran líder, y que llevaría la revolución en alto.
-Pero es así como vamos a proceder. Piénsalo cuando estés tranquilo¿tienes idea cuántas vidas vas a destruir cuando conviertas a Hermione Granger en tu guerrera? Qué hará Potter y Weasly cuando sepan que su amiga trabaja para los Malfoy? Y ella, Draco, se convertirá en lo que más odia: una simple esclava dispuesta a complacer tus órdenes.
La última frase que su padre pronunció calmó repentinamente la ira de Draco. "..Dispuesta a complacer tus órdenes", la sola idea le era irresistible. Sus ojos grises se encendieron repentinamente. Granger, siendo su mascota; la idea le era mucho más atractiva que la de torturarla. Draco Malfoy era un ser inhumano, y la maldad que existía dentro de su alma era tan fría que podía congelar y así asesinar todo lo vivo a su alrededor. Dentro de su mente calculadora una estrategia placentera se había formado, y pretendía ponerla en práctica. De repente, comprendió la esencia de los mandatos de su padre, y no pudo más que odiarlo por no habérsele ocurrido primero a él aquella idea.
-Ni siquiera sé cómo llamarte.- dijo Elisa mientras engullía la poca comida que les habían dado. La noche había llegado con rapidez, y Hermione permanecía más tranquila. No recordaba quién era, ni siquiera qué era ¿cómo actuar ante aquella situación si ni siquiera podía saber cómo ella habría actuado en condiciones normales? -Sabes lo bueno de no recordar nada?- dijo Elisa como si le hubiera leído la mente. - Que puedes decidir qué clase de persona deseas ser. ¿Qué te parece si creamos tus características juntas?
Hermione dejó de comer por un segundo y se quedó pensativa.
-Creo que soy una buena persona, para empezar. - dijo sonriendo.
-Eso ya lo sabemos! Por merlín que te hace falta creatividad..- dijo Elisa.
-Soy fuerte.- agregó la castaña. - Inteligente…
-Obediente.- dijo Elisa con seriedad repentina. - No sé si lo habrás sido en el pasado, pero es importante que la nueva tú lo sea en el presente. No quiero que te lleven a la sala de torturas por ningún motivo.
-Obediente…- dijo Hermione casi para sí y pensativa. Había algo que no le convencía de aquella palabra.
-Por favor, prométeme que vas a obedecer. Yo tengo fe en que el imperio mortío va a caer algún día, y quiero que cuando ese día llegue tú yo estemos vivas para contarlo. Vale la pena un poco de sacrificio para preservar la vida; vale la pena, humillarnos un poco para servir a estos monstruos, lo vale, porque al final seremos nosotros quienes les pondremos fin.
Hermione se acostó en el frío suelo y se durmió pensando en las palabras de su amiga. No tenía ni la más mínima idea de que al día siguiente su destino cambiaría radicalmente.
Draco Malfoy se levantó con el alba, se colocó la misma camisa blanca semi abotonada, su capa negra de mortío, y salió de su habitación. Bajó escaleras hasta llegar al primer piso, se dirigió a la sala principal, un enorme sitio lleno de muebles y adornos lujosos y suntuosos. Uno de los sirvientes calvos se acercó haciendo una reverencia. Ellos eran quienes controlaban todo en el castillo, a los esclavos, para ser más precisos. Sangres puras desde la raíz, y orgullosos de serlo. -Señor, buenos días¿puedo ayudarle en algo?
Draco no habló durante unos breves segundos. Sus ojos grises parecían pensativos.
-Tráeme a la esclava.
-¿A cuál de todas Señor?
-A la que golpeé.- dijo el rubio ariscamente.
-Pero Señor, ahora se encuentra en la lavandería.
Los ojos fríos de Draco se fijaron en el sirviente, y éste sintió miedo.
-Tráela ya!
El sirviente dio la vuelta automáticamente y salió disparado a los pisos subterráneos. Draco se mantuvo sentado, con la mirada perdida. Minutos después apareció el objeto de su obsesión, y sus ojos se encendieron de odio reprimido cuando la vio ante él.
Sí, allí estaba. Sus ojos marrones se encontraban fijos en los de él, incapaces de mirar hacia abajo. Ni siquiera habiendo perdido la memoria era capaz de perder ese orgullo en su mirada. Contuvo el impulso que tuvo de levantarse y matarla con sus propias manos; sabía que debía actuar de una forma completamente distinta.
-Quítale los grilletes.- ordenó
-Qué?
-Que se los quites.- dijo irritado por segunda vez.
El sirviente hizo lo que su amo le ordenó. Hermione no pudo evitar reflejar en su rostro satisfacción al sentir fuera de sí el peso de aquellos aros de acero. Pudo ver que sangraba en los lugares en los que habían estado puestos los grilletes, pero se mantuvo serena. Era preferible así, se lo había prometido a Elisa. Al fondo se la sala había un espejo, y por primera vez desde que tenía memoria vio su reflejo. Se sintió terriblemente disgustada: su cabello estaba completamente enmarañado, largo hasta su cintura, su rostro manchado, y las prendas que usaba estaban inclusive en peor condición. Sus labios estaban partidos y sin color, al igual que sus mejillas. Lo único que encontró reconfortante en sí misma fueron sus ojos, ojos que permanecían grandes y brillantes, acompañados de unas pestañas largas. Sus ojos le daban esperanzas.
-Tienes alguna idea de por qué estás aquí?- dijo Draco repentinamente. Sus ojos clavados en ella.
-No.- le respondió.
-Insolente!- intervino el sirviente. - Respondes dirigiéndote al amo como "Señor"
Hermione miró al hombre calvo con desprecio y volvió la mirada al rubio, pero justo cuando iba a reparar su error él levantó la mano en signo de que se callara.
-No. Está bien, no importa.- dijo Draco, luego fijó sus ojos en el sirviente. - Llévala al segundo piso y asígnale una habitación. Va a entrenar con las demás.
Los ojos de Hermione se abrieron como platos mientras sentía que su corazón comenzaba a latir con fuerza. ¿Se convertiría acaso en una guerrera¿En un arma para mortíos? Y si era así, eso significaba que tendría que ver más seguido a ese chico, al rubio de ojos grises. Hermione no entendía por qué sentía tanto miedo al estar cerca de él, y sin embargo, no era capaz de despegar los ojos de los suyos.
Draco se levantó del sillón y el sirviente intervino.
-Señor, el hechizo oblivate…
-Ella ya ha perdido toda la memoria sin nuestra ayuda, no seas inepto.- dijo Draco con tranquilidad, pero con cierto hastío en su tono. Caminó hacia Hermione y paró justo a su lado. Viéndola de perfil habló. - Muéstrale cómo funciona el baño, y asegúrate que se asee. - dijo mirándola de arriba abajo desdeñosamente.
Draco caminó hacia las escaleras cuando el sirviente lo paró.
-Señor, ella no tiene nombre..- le dijo con cierto nerviosismo.
El rubio se volteó y recorrió el cuerpo de Hermione con su mirada. Se mantuvo pensativo durante unos segundos, como si estuviera encontrando un apelativo para ella.
-Niobe.- dijo finalmente. - De ahora en adelante ese será su nombre.
Niobe, pensó Hermione mientras subía las escaleras siguiendo al sirviente. Por lo menos ahora tenía un nombre. ¿Por qué la había escogido él a ella¿Por qué quería convertirla en una guerrera? Todavía recordaba las palabras que él le había dirigido "¿lista para conocer el infierno?". Draco Malfoy, aquel joven que no parecía tener más de 18 años, (la edad que suponía ella también tenía), pareció odiarla desde el primer instante. Sin embargo, aquella mañana él no la había tratado con tanto desprecio como la primera vez. De cualquier forma, ella seguía sintiéndose terriblemente incómoda cuando estaba cerca del rubio, no tenía idea por qué. Tal vez se trataba de sus ojos, esos ojos completamente fríos. No sabía por qué, pero cada vez que estaba cerca de él sentía ganas de llorar, se desesperaba, se asfixiaba; era como si en el fondo de su ser supiera la mucho que podía lastimarla. Cuando llegaron al segundo piso Hermione se sorprendió. Aquel lugar no era nada parecido al subterráneo. El techo era alto, suntuoso, las paredes tapizadas y con movimientos, estatuas en cada esquina de monstruos mitológicos. Era magnífico en todo sentido. Ante ella aparecía un corredor que parecía no tener fin. Caminaba siguiendo al sirviente, viendo las puertas que habían a sus lados. El suelo era de mármol negro, y las puertas de color negro también con cerraduras bañadas en plata real. La elegancia era sofisticada. Hermione podía ver cómo cada puerta tenía una insignia plateada con el nombre de alguien. Debían ser los nombres de las guerreras que dormían allí.
Repentinamente el sirviente paró frente a una de las puertas. Levantó su varita y escribió dejando salir plata pura el nombre "Niobe" en el centro de la puerta. Se volteó para mirarla.
Entra, esa será tu habitación. Báñate, haz algo para parecer presentable y vendré a recogerte en una hora. Comenzarás a entrenar lo más pronto posible.
Con esto el calvo de fue, dejándola sola frente a una enorme puerta negra con su nombre en ella.
Soy Niobe.- se repitió como convenciéndose de que ahora en adelante ese era su nombre. Y abrió la puerta.
Quizás Hermione no pudo notarlo, pero su boca había quedado semiabierta mientras ingresaba a lo que sería su habitación. El piso era completamente de marmol negro, y las paredes, oscuras con grandes ventanas que permitían entrar a la luz. El techo parecía tan lejano, imposible de alcanzar, como el cielo. Una cama grande cubierta con terciopelo color plata se mostraba ante ella. Hasta hace poco había estado durmiendo en el piso de una fría mazmorra, y ahora no solo tenía una cama, sino una habitación llena de lujos y comodidades.
Caminó como en un trance hasta la gran ventana que tenía frente a ella. A través de ésta pudo ver la inmensidad de las afueras del castillo, y por supuesto, del bosque de Tirania. Hermione no supo cuanto tiempo observó la grandeza y majestuosidad de aquel terrible bosque; solo supo que cuando reaccionó tenía la piel erizada y ambas manos clavadas en el cristal. Era absurdo, pero sentía como si el bosque la llamara.
Pronto descubriría que sus sospechas estaban muy lejos de ser absurdas.
Luna entró al edificio de la Orden de Merlin, guiada por unos sujetos que la habían ido a buscar a su propia casa. Ella no tenía idea de lo que estaba sucediendo, ni siquiera podía imaginarlo. Cuando aquellos hombres habían llegado a buscarla, pensó que se trataba de su trabajo en la Orden, pero entonces recordó que había renunciado. -Tal vez no quieran aceptar mi renuncia… pensó mientras entraba al ascensor.
Sus ojos azules oceánicos se fijaron en el botón que el hombre presionaba. Piso 4550. Pero la espera fue mucho más corta de lo que ella imaginaba. En el tiempo que había trabajado en la Orden, jamás había subido tantos pisos. Con algo de curiosidad infantil miró a los hombres que la guiaban y sonriendo inocentemente les dijo:
-¿Podrían decirme dónde está el baño?
Cualquier otra persona habría preguntado "a dónde me llevan?", pero no Luna. Ella vivía en otro mundo, radicalmente apartado al mundo en el que todos los demás vivían. Por eso fue al baño sin preocupación y salió de la misma manera. Ni siquiera se asustó cuando entró a una sala completamente oscura excepto por una luz central que alumbraba una mesa de conferencias. Se sentó con tranquilidad, jugando con sus dedos mientras esperaba.
Sus nervios solo se vieron afectados cuando Snape apareció ante ella.
Luna se levantó bruscamente de la silla dejándola caer tras ella y sacó su varita apuntándolo con ella.
-¡Usted¿Cómo se atreve a presentarse frente al mundo después de lo que ha hecho¡Asesino¿Es que nadie en esta Orden lo vio entrar¡Llamaré a seguridad para que lo arresten y lo lleven a azkaban!
-Será mejor que se siente y se calle de una buena vez.- dijo Snape con serenidad. - Y no soy ningún asesino.
Los ojos de Luna se llenaron de lágrimas de indignación.
-¡Usted mató a Albus Dumbledore!
-Eso no es cierto.- dijo una voz al fondo de la sala.
Y la sangre de Luna se congeló.