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Memorias de Idhún IV: La traición — capítulo 2

El timbre que finalizaba las clases resonó por todo el instituto, dando a continuación una oleada de gritos eufóricos por parte de los alumnos, que abarrotaron los pasillos para salir y no volver pasado el verano. Nada más quedar los pasillos vacíos, como una sombra una figura recorría el recinto con pasos gráciles y silenciosos para irse a casa.

Eva se paró en seco enfrente de la puerta de la mansión D'Ascoli cuando, de pronto, oyó que alguien la llamaba. Sin embargo, la voz pronunciaba otro nombre: Lune. Miró a su alrededor, no había nadie. Otra vez volvió a oírlo, pero no en sus oídos, sino que en su cabeza. Se pasó la mano por el rostro pensando que ahora tenía alucinaciones. No era así. La voz volvió más fuerte haciendo que Eva diese un respingo.

«¿Quién eres?»  Se sintió como una tonta al preguntar.

«Me llamo Shizuko Ishikawa y creo que nos llevaremos muy bien.» Habló con tono amistoso. A Eva le pareció reconocer aquella voz y quiso saber algo más de esa desconocida que en realidad, no lo era.

«¿Eh? ¿Cómo puedes…?» Dejó a la mitad la pregunta.

«¿Cómo puedo comunicarme mentalmente? Para mí es muy fácil, igual que para ti.»

«¿Qué?» No entendía lo que le decía.

«¿Tus padres no te han contado nada sobre Idhún? Yo pretendo mostrarte cómo eres en realidad. Contarte la verdad que todos estos años te ha sido ocultado.»

«¿Idhún? ¿De qué demonios hablas? ¿Qué me han ocultado?»

«Tranquila, pequeña Lune. Todo a su debido tiempo; ahora, sin más dilaciones. Me voy.»

«¡Espera!» Pero ya era tarde, Shizuko ya se había ido y anonadada susurró—: De qué me estás hablando…

Estuvo media hora tirada en el césped bien cuidado, dejando que la brisa veraniega ondease su pelo castaño que le llegaba a media espalda. No podía parar de pensar sobre lo que acababa de ocurrir, pero apenas le encontraba una explicación. Al final llegó a la conclusión de que estaba perdiendo la cabeza y escuchaba voces imaginarias.

Oyó unas pisadas que se dirigían hacia ella, pero ni se inmutó. Sabía perfectamente que era Erik. Imposible no reconocer aquellas pisadas. Demasiado ruidosas.

—¡Eh, hermanita! ¿No deberías estar ya dentro? —preguntó con una sonrisa de oreja a oreja. Eva asintió con la cabeza y se levantó con ayuda de Erik. Se quedó mirando a su hermano mayor de 18 años y se dio cuenta de que no se parecían en nada. Él tenía los ojos marrones y cálidos, mientras que los de ella eran azules y fríos, capaces de dar miedo a cualquier persona que los mirase sin pretenderlo. En él todo era alegría, despreocupación y felicidad; ella, en cambio, era frialdad, inexpresividad y seriedad. Cualquiera habría dicho que no eran familia de no ser porque compartían la misma sangre y tenían rasgos de su madre, como la forma de la nariz.

—¡Hey! ¿Qué hacéis ahí parados los dos? ¡La comida se va a enfriar! —dijo una voz procedente de la entrada. Era su padre, Jack. Los dos chicos se dirigieron hacia él.

Eva sonrió, aunque Jack fuese su padre y le quería mucho, por alguna extraña razón no se sentía del todo cómoda con él. En cambio, con su tío Christian sentía una conexión diferente; lo sentía como un padre.

Christian. Un hombre que durante su juventud había sido famoso por ser cantante, ahora podía vivir tranquilamente con el dinero ganado. Aunque no trabajaba, siempre estaba de viaje y cada cierto tiempo se pasaba para ver a su familia. A la adolescente le encantaba escuchar sus canciones y, cuando se ausentaba, Eva le echaba mucho de menos; continuamente esperaba verlo en la entrada. De vuelta.

Ya por la tarde, Eva iba a salir a dar una vuelta. La comida había sido animada, como siempre; estando con Jack y con Erik era imposible no aburrirse, esos dos eran como un par de cómicos cuando se juntaban.

Necesitaba ordenar sus pensamientos. Aún se sentía confusa por lo ocurrido en su mente. Mientras bajaba las escaleras vio a su madre correr a la puerta para recibir a un visitante. No se esperaba ver a quien estaba al otro lado, supuestamente tenía que volver dentro de dos meses. La joven siempre le preguntaba a dónde iba cuando pasaba tanto tiempo fuera, si iba a Nueva York ellos podían ir allí a pasar unos días si querían, pero nunca decía ni una palabra de su paradero. Lo que ponía de los nervios a Eva.

Pensó en saludar, no obstante, de pronto la voz que había asaltado su mente antes volvió con fuerza y desesperación. Subió las escaleras lentamente sin que se dieran cuenta de su presencia y corrió a su habitación.

«¿Qué quieres de mí?»

«¡Que nadie te vea! ¡Sal por la ventana si es necesario! Te veré en tu instituto.»

«Un momento… ¿por qué debería hacerte caso? ¡Si ni siquiera te conozco!» exclamó enfadada, ¿qué se creía? ¿Qué porque podía oírla debía hacer lo que le dijera? No, claro que no. A lo mejor se estaba volviendo loca y lo que le faltaba era seguir las instrucciones de una voz producida por su mente.

«Claro que me conoces.» La voz sonaba impaciente. «Otra cosa es que no me recuerdes. Ha pasado mucho tiempo de la última vez que nos vimos. Quizá sea necesario que te lo recuerde.»

Así, sin más, todo alrededor de Eva se convirtió en una neblina y frente a ella apareció una niña que corría hacia la sala de estar de lo que parecía la casa de Nueva York de Christian. Era ella. En ese entonces, Eva debía tener unos tres años y cuando llegó frente a la puerta pensando que era su madre que venía de dar un paseo por Central Park, un Christian trece años más joven la detuvo y le pidió tenso que esperase en la habitación. La pequeña Eva se quedó observándole, pero una mirada bastó para que hiciera caso. Sin embargo, la niña era muy curiosa y se asomó a la puerta para ver quién era. Una mujer de aspecto asiático apareció al otro lado. Christian le ordenó que se marchara, pero Shizuko no le hacía caso. Según ella, venía a ver a la pequeña. Christian cogió a la mujer del brazo para echarla, pero ella se zafó y vio que Eva estaba allí mirando la escena, preguntándose por qué Christian estaba tan tenso y enfadado. Shizuko intentó acercarse a ella tras decirle hola, pero finalmente el shek la echó de la casa.

Tan pronto como apareció. La escena desapareció ante sus ojos para pasar a otra con una Eva dos años mayor. Se había encontrado con Shizuko en Central Park tras salir corriendo a buscar la pelota con la que estaba jugando con Erik. Tras que la mujer le dijera algo Christian apareció y volvió a echarla.

Cuando todo paso y volvió a la realidad miró a su alrededor desconcertada. ¿Qué había sido eso? Recordaba haber visto a esa mujer en varias ocasiones durante su vida, aunque nunca había hablado con ella sin contar cuando se la encontró con cinco años.

Dudó un buen rato de si debía ir o no a su encuentro. Aquello era tan extraño… no podía fiarse así como así de una desconocida, pero por lo visto no era tan desconocida. Al final decidió por ir. Total, no tenía nada que perder. Si iba y no había nadie sería la prueba perfecta de que por fin había perdido la cabeza.

Caminó con rapidez a su ventana. La abrió y se asomó a ella, pero al mirar hacia abajo lo que le echó hacia atrás no fue la altura, sino las rosaleras de su madre. Las rosas blancas eran preciosas, a su pesar estaban llenas de espinas. Pensó en salir por la puerta como si nada, pero recordó que su madre estaba con Christian abajo. Si se asomaba al pasillo podía oírles hablar. No le quedó otra alternativa. Tendría que asaltar la habitación de Erik para salir.

Por otra parte, Erik estaba tumbado en la cama escuchando música a todo volumen con los cascos puestos mientras, tiraba a la pared una pelota de tenis para que rebotase. Su habitación era un desastre. La ropa estaba esparcida por el suelo y por los muebles, había CDs, videojuegos y otra infinidad de objetos también repartidos por el cuarto; lo que hacía que apenas fuera posible ver el parqué.

La puerta se abrió de sopetón y Erik, que justo en ese momento se distrajo de la pelota que había lanzado, recibió un pelotazo en toda la frente al estar distraído al ver a su hermana entrar.

—¡Ay! —Se quejó frotándose con la mano izquierda la zona adolorida—. ¿Qué quieres? — preguntó a su hermana sentándose en la cama.

—Necesito tu ventana— dijo mientras atravesaba la habitación esquivando los obstáculos del suelo.

Erik, al ver que abría la ventana y se sentaba en ella dispuesta a saltar, se levantó rápidamente y corrió casi tropezándose con una camiseta.— ¿Qué demonios te crees que estás haciendo? — Agarró a Eva del brazo obligándola a mirarle, totalmente sorprendido.

—Tú no me has visto, ¿entendido? — susurró con firmeza y mirándole directamente a los ojos de una forma tan fría que provocó que su hermano se estremeciera. Sin querer aflojó su agarre intimidado, lo que ella aprovechó a su favor para saltar por la ventana.

Erik se quedó unos minutos con la boca abierta. No podía dejar de mirar donde antes había estado su hermana. Le había parecido ver a un felino esperando para cazar a su presa en vez de a su hermana pequeña…

  • * * 

Era muy tarde y Eva intentaba asimilar lo que le estaba contando Shizuko. Aunque lo que acababa de oír sonaba demasiado descabellado, en parte se alegraba de que no se hubiera vuelto loca. Le estaba contando todo: la profecía, los sheks, los dragones, los unicornios y demás cosas que a la joven le sonaban a cuento chino, pero  Shizuko se las había ingeniado para demostrarle a Eva que todo lo que le decía era real, por lo que de alguna forma había conseguido infiltrar un shek de pequeño tamaño en una zona apartada y enseñárselo. El shek había infundido un profundo respeto y admiración en la joven tras dejar atrás la sorpresa y el miedo de ver a una serpiente de tal tamaño con sus propios ojos.

—Bien. Ahí tienes toda la historia— dijo Shizuko levantándose.

—Espera, espera, espera. —Eva se levantó y le cortó el paso a la mujer asiática—. Hay algo que no comprendo, — se cruzó de brazos y frunció el ceño—, ¿por qué vinimos a la Tierra si estábamos bien allí?

Eva la miró directamente a los ojos haciendo que Shizuko se estremeciera.

—Eso no me corresponde a mí contártelo. Tendré muchos problemas si tus padres se enteran de lo que te he contado.

La joven la agarró del brazo hecha una furia haciéndole daño— ¡Me da igual que no te corresponda decírmelo! Me cuentas todo eso y ahora me vienes con la excusa de que tendrás problemas. Si es así, ¿por qué demonios me lo has contado? ¡No puedes dejarme así! ¡Quiero saber por qué vinimos mi familia y yo a la Tierra! — Y así siguió hasta que Shizuko la calló, lo que dio un respiro a Eva. Parecía que se había quedado sin aire.

—Mira… si sigues así, no te cuento nada más.

Eva la soltó, resignada.

—Me callaré y me estaré quieta, pero solo si me dices por qué— dijo desafiante.

—La gente te veía como una amenaza por ser hija de quién eres. Y no me refiero a Victoria.

—¿Entonces mi padre, Jack? —preguntó extrañada. Era incapaz de verle como una amenaza para otras personas. Vamos… ¡era Jack! ¿Qué podría haber hecho él? Aunque si lo pensaba detenidamente nada cuadraba. Si ella era considerada una amenaza por su padre, entonces Erik también lo habría sido, pero Shizuko solo se refería a ella como tal. Solo podía haber una conclusión para todo eso y a  Eva le asustaba descubrirla. Sentía que iba a desgarrar algo.

—Eva…—Shizuko la miró con aprensión—, esto que te voy a decir te va a marcar para siempre. ¿Estás segura de que quieres saberlo?

La joven negó, pero luego asintió fervientemente. Necesitaba oírlo para confirmar una sospecha que la reconcomía desde hacía tiempo y todo lo que acaba de descubrir hacía que se acercase más a algo que temía reconocer.

—De acuerdo—Suspiró. Lo que Eva no sabía es que la japonesa ardía en deseos de desenmascarar a toda la familia y provocar grietas en su relación. Necesitaba convencer a Eva de que se uniera a ella. La requería para poder cumplir un trato que había hecho en Idhún.

Miró a Eva, sus ojos le recordaban mucho a Kirtash. —Eva, cariño. Jack no es tu padre biológico, más bien es tu tío Christian. Aunque algo me dice ya tenías tus sospechas. Era raro, ¿no? Que te parecieses tanto a él.

Shizuko sonreía.