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Memorias de Idhún IV: La traición — capítulo 3
Eva se quedó paralizada al confirmar las sospechas que jamás se había atrevido a decir. Aquellas palabras se le grabaron a fuego en su mente, no quería creerlo, pero sabía que Shizuko no la mentía. Un torbellino de sensaciones la inundó por dentro; comenzó a marearse y sabía que no tardaría en desmayarse.
Unos segundos después, una voz conocida gritó iracunda. —¡Shizuko! ¡Te dije que ni se te ocurriera acercarte a Eva jamás!
—Kirtash, Kirtash… ¿en serio creías que existiría alguna posibilidad de que te hiciera caso? Jajaja deja que me ría— se carcajeó y empezó a acercarse a Eva.
—No te acerques ni un paso más a ella —dijo con un tono amenazador el moreno de 36 años—. ¡Eva! ¡Sube al coche!
Eva reaccionó y negó varias veces con la cabeza y, mirando al suelo y apretando con fuerza los puños dijo con toda la rabia que había en su interior—: No pienso ir con unos mentirosos como vosotros que han estado engañándome toda mi vida. —Levantó la mirada hacia Christian, sus ojos echaban chispas hacia aquel que era su padre. Nada más decirlo echó a correr con lágrimas en sus ojos azules. Oyó como la llamaban desesperadamente y lo que hizo fue correr más deprisa.
Se adentró en un callejón y se tiró al suelo entre unos cubos de basura, exhausta.
"Nadie me encontrará aquí." Pensó. Estaba arrepentida de haber insistido en que se lo contara, prefería no saber nada y seguir viviendo en la ignorancia. Ya no pudo contener las lágrimas y se desbordaron sin cesar. Lloraba inconsolable.
"¿Por qué? ¿Por qué yo?" Por mucho que intentaba entenderlo no era capaz de hacerlo, ¿qué había llevado a sus padres a ocultar algo tan importante? Entendía que no hubieran dicho nada de Idhún, pero ¿que la mintiesen acerca de su padre? Era algo inconcebible para ella. Muchas familias tenían hijos de padres o madres diferentes, ya fuera por un engaño o por tener una pareja diferente. Lo mínimo que podía pedir en ese momento era que se lo hubiesen contado.
Siguió llorando hasta que se quedó dormida mientras la Luna iluminaba el cielo justo encima del callejón. Eva siempre se había sentido insignificante ante tal belleza y frialdad; a veces se pasaba horas observándola, pero aquella noche le parecía demasiado fría para ella.
* * *
Erik se sentía acorralado contra la pared, como si fuera un ratón atrapado en una esquina por un gato. Sus padres le habían obligado a sentarse en el sofá para acribillarle a preguntas sobre el paradero de Eva. Él no tenía ni la más remota idea, cosa que no paraba de decir. Lo único que podía apuntar era que su hermanita había saltado por la ventana de su cuarto. No lo mencionó. Sabía de sobra que su madre se pondría más histérica creyendo que estuviese herida. Cuando pararon creyó que se habían cansado de oír la misma respuesta, entonces se escuchó cómo se cerró la puerta principal de un portazo.
—¡Christian! ¿La has encontrado? —Victoria corrió a su encuentro. Miró detrás suya esperando que el cuerpo del hombre tapase a su hija, pero no vio rastro de Eva.
—La… había encontrado. Estaba con Shizuko. —Las últimas tres palabras las dijo casi escupiéndolas. Con odio. Todavía se preguntaba por qué había dejado pasar la oportunidad de matarla cuando pudo; nadie le habría visto—. Pero salió corriendo después de decir que no quería estar con unos mentirosos como nosotros.
—Entonces Shizuko le ha hablado sobre Idhún. —Señaló Vic sombría y con la mirada baja.
—¿Qué es Idhún?
Erik estaba asomado en la puerta del salón viendo la escena con curiosidad. Nunca había oído hablar sobre una persona, ser o cosa que se llamara así.
—Vete a tu habitación— le mandó Jack, pero como el chico no parecía hacer caso y seguía mirándoles inquisitivo, le agarró de la oreja y se lo llevó al piso de arriba.
—¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! —A Erik le parecía injusto y sobre todo que su padre le hubiese cogido de la oreja para sacarlo de allí. Después de dejar a su hijo enfurruñado en su habitación bajó las escaleras escuchando a Victoria, que hablaba histérica.
—¡Tenemos que encontrarla! ¡Mi niña…! ¡Puede estar en cualquier parte!
—Vic… Vic. Mírame. —Jack colocó sus manos sobre los hombros de ella—. Iremos a buscarla, pero necesito que te calmes. —La abrazó para intentar calmarla y diez minutos después salieron a la calle. Estaba diluviando.
* * *
Eva se despertó de golpe. Había empezado a llover con brusquedad y en poco tiempo estaba empapada de arriba abajo. Decidió volver a casa, aunque tuviera que enfrentarse a sus padres. Se levantó y echó a correr, pues la tormenta veraniega empeoraba por momentos.
Tardó en llegar a la casa. El callejón estaba muy alejado de la zona donde ella habitaba. Cuando estuvo frente a la puerta se detuvo; estaba agota y tenía mucho frío. Apoyó las manos sobre los muslos mientras respiraba con dificultad por la boca intentando coger aire y, le dolían los gemelos. Tras recuperarse un poco se quedó pensando en qué pasaría nada más abrir la puerta. No le gustó, pero no tenía otro sitio al que ir. Le costó introducir la llave en la cerradura ya que no hacía más que temblar y en cuanto lo consiguió la giró; entró en la casa y para su sorpresa estaban las luces apagadas. Ya fuera el motivo que fuera para la ausencia de movimiento en el interior, caminó de puntillas para ir a su habitación. No quería arriesgarse a que sus padres la pillasen.
Pero para su mala suerte alguien encendió la luz. Seguro que la puerta al cerrarse la había delatado, por mucho cuidado que tuviera siempre hacía mucho ruido para su gusto.
—¿Eva? —preguntó una voz masculina desde lo alto de las escaleras. Ella se tensó unos instantes y luego comprendió que solo era Erik así que sus músculos se relajaron—. Eva, pero qué… nos tenías muy preocupados —dijo bajando las escaleras casi corriendo y la abrazó dándole un escalofrío que le recorrió la espina dorsal—, dios… estas helada. —Erik se separó al instante. Sentía como poco a poco el frío se adueñaba de su cuerpo.
—¿Hay alguien aparte de ti? —preguntó la joven con la garganta adolorida.
—No. Fueron a buscarte. —Miró a su hermana preocupado. Eva no paraba de temblar—. Vamos a hacer que entres en calor.
Eva fue al baño y dejó que el agua caliente inundara la bañera mientras se quitaba la ropa mojada. La joven le estaba agradecida a su hermano por preocuparse por ella y que siempre estuviese dispuesto a ayudarla. Se metió en la bañera sintiendo el gran contraste entre la temperatura del agua y su cuerpo, que provocaba que su piel se quemara. Pero se quedó media hora allí; sobre todo, muy a gusto al empezar a entrar en calor. Miró por la ventana y vio que ya había parado de llover. Al salir se dirigió a su cuarto y se puso un pijama morado. Su favorito.
Bajó y Erik la llevó al salón. Allí había dejado una manta bastante gruesa en el sofá beis y chocolate caliente en una taza humeante sobre la mesita de café. Eva se enfundó en la manta y bebió con ansia. No había cenado y eran casi las cuatro de la mañana.
Segundos después Erik fue a la entrada a abrir la puerta. Se habían dejado las llaves con las prisas. Victoria, Jack y Christian habían acudido lo más rápido posible nada más recibir la llamada del chico diciendo que Eva estaba en la casa. Victoria corrió al salón y abrazó a su hija. Esta tenía la piel de un tono enfermizo, pero al menos parecía estar mejor. La madre se sorprendió de que Eva no le devolviese el abrazo, por lo que se separó lentamente y la miró. Vio en sus fríos ojos odio, mientras que su cara se mantenía impasible, tanto que le dio un escalofrío.
—Eva… —Le iba a tocar la mejilla, pero retiró la mano con pesar cuando Eva apartó la cara y se fue corriendo a su habitación. Erik la siguió, preocupado. Seguía sin saber qué había ocurrido.
Los dos hombres se quedaron mirando la escena y fijaron los ojos en Victoria, que se había quedado paralizada y con lágrimas amenazando escapar de sus ojos.
Erik subió tras Eva y se quedó en la habitación sentado en la cama, intentando consolarla; Eva había apoyado la cabeza en su hombro.
"¿Por qué habré hecho caso? Ni siquiera la conocía, solo fui a su encuentro porque unas estúpidas imágenes me convencieron. No es propio de mí…" pensó recordando las escenas que le había mostrado Shizuko. Ahora, tras saber quién era su verdadero padre, tenía sentido para ella que siendo pequeña pasase más tiempo sola con Christian en Nueva York que con Jack y Victoria. Poco a poco los ojos se le cerraron y la oscuridad se cernió sobre ella.
Cuando Erik notó que se había dormido, la tumbó con cuidado, la tapó y cerró la puerta haciendo el menor ruido posible.
Bajó las escaleras, sin embargo, se detuvo al llegar al pasillo. Los tres adultos hablaban de algo que llamó su atención y para no interrumpir se escondió tras la puerta cerrada que llevaba al salón y agudizó su oído:
—Entonces sabe la verdad y nos odia por ello— Jack caminaba de un lado a otro por todo el salón.
—Sí, pero lo que de verdad me importa es que sabe que Christian es su padre. No debería haberse enterado de esa forma— dijo Victoria, quien estaba sentada en el sofá con la cabeza apoyada en las manos y no apartaba la mirada del suelo.
—¿Cómo pudo esa alimaña contarle todo eso?
—No lo sé. Seguro que quería que Eva nos odiase. Me odiase. —Christian apretó los dientes con fuerza—. Podía haberla matado y no lo hice. ¡Maldición! —Dio un golpe a la mesa provocando que los demás se sobresaltaran, ya que normalmente controlaba su temperamento.
—Tarde o temprano tendrían que saberlo. —Jack suspiró dejándose caer sobre el sofá.
—Sí, pero Erik no sabe nada y tal vez no…
Pero Jack la interrumpió, cortante—: Victoria, tenemos que decírselo. Hemos esperado demasiado tiempo.
—Jack tiene razón. —Christian se puso de su lado.
—Pero, ¿cómo crees que se tomará que no pertenece a este mundo, sino a Idhún? —Victoria intentó evadirles de su decisión. Había sido ella quien había decidido años atrás que era mejor no decir nada a sus hijos para que pudieran vivir como terranos normales. Jack y ella serían una pareja casada con dos hijos y Christian sería el tío de los dos. Así nadie haría preguntas ni se entrometerían en sus vidas.
—No lo sé, pero ya es hora de contar la verdad. Ya son mayores y seguro que lo entienden.
Erik se quedó de piedra al oír todo aquellos, no quería escuchar más así que se encerró en su habitación.
* * *
Al día siguiente Erik no paraba de dar vueltas en su cama. No había pegado ojo en toda la noche o lo que quedaba de ella y se sentía terriblemente extenuado. Al final se levantó cansado de hacer lo mismo y bajó a la cocina, donde se encontró con Jack tomando una taza de café.
—¡Hola, chaval! —exclamó de forma alegre.
—Buenos días —saludó de mala gana abriendo la nevera para buscar algo que desayunar.
—¿Te pasa algo?
—No, nada —dijo con tono cortante. Jack le miró nada convencido y se preguntó por qué estaría así. De pronto se le ocurrió que quizá su hijo sabía más de lo que aparentaba—. Tú por casualidad no sabrás nada sobre algo llamado Idhún, ¿verdad?
Erik le miró extrañado y un poco asustado por la manera en que Jack lo había dicho—: No, ¿por qué?
—Porque te voy a contar una historia muuuy larga. —Movió la silla que tenía a su lado y le ordenó que se sentara.
Jack tardó en contarle todo pues Erik no hacía más que intentar interrumpirle. Según iba contando la historia el chico no hacía más que poner caras extrañas totalmente incrédulo. Le costaba mucho creerse todo eso. Llevaba mucho tiempo aguantando para no estallar, pero no pudo contenerse y explotó—: Pero ¿tú te crees que me voy a creer todo eso? ¿¡Estáis como una cabra!? ¡¡Crees que nací ayer, porque si es eso dilo ahora!! —Erik se había levantado de golpe tirando la silla.
—Vale, tranquilo. Tranquilo. —Jack había palidecido ante la reacción de su hijo—. ¡Te voy a demostrar que no estamos locos! Pero solo si te calmas y dejas de gritar.
—Bien—dijo intentando calmarse—. ¿Cómo puedes demostrarme que todo eso es verdad? Que eres un dragón y todas esas tonterías que solo existen en las películas y en los libros.
Erik le miraba escéptico. ¿Qué su padre era el último dragón, su madre el último unicornio y Christian era un sek, shiek, shek… como fuera, una serpiente gigante con alas? Empezaba a creer que tendrían que hacer una visita a un psicólogo, porque la historia que se habían montado era imposible. Lo único que podía creer era que Eva fuera su hermanastra y que entre sus padres y Christian había una relación muy extraña.
Jack le condujo al sótano, donde, en un arcón guardaban el báculo de Ayshel y Domivat. Cogió lo último y desenvainó la espada legendaria que tantos recuerdos le traía; apenas podía creer que hubiera pasado tanto tiempo de la última vez que la utilizó. Erik trató de tocarla, Domivat le parecía de juguete y las llamas efectos especiales que se producían al pulsar un botón, pero dio un grito al quemarse la mano y la apartó rápidamente mientras daba unos pasos hacia atrás.
—¿Pero qué demonios? ¡Esas llamas son de verdad!
Jack soltó una carcajada al oírle. Guardó la espada ya en su funda y le llevó con Victoria para que le curase. Por el camino el joven no hacía más que quejarse y preguntaba a su padre por qué no se quemaba y él sí, si llevaban la misma sangre.
Victoria le curó sin ningún problema. Hacía tanto tiempo que usaba su poder que ya no recordaba la agradable sensación que le producía. Erik se quedó atónito mirando su mano sin rastro de quemaduras y empezó a tartamudear. ¿Acaba de curarle con magia?
Sin embargo, en otra parte de la casa, Christian dudaba de si entrar o no en la habitación de su hija. Tenía la mano a pocos centímetros de la puerta, ¿era buena idea? A lo mejor debía esperar un poco más de tiempo para hablar con ella, pero no podía posponerlo. Había esperado quince años para poder actuar como padre y no como el tío de la muchacha. Al final se decidió y llamó a la puerta. Como no hubo respuesta la abrió un poco y encontró a Eva sentada en la cama; estaba apoyada en la pared mirando a la nada.
Él se acercó, pero no le miró hasta que no se sentó a su lado. Los dos se evaluaron cada segundo que pasaba sin apartar los ojos del otro. Christian veía en los de su hija mucho dolor, confusión y miedo al haberse enterado de esa manera de que él era su padre. La miró preocupado y la abrazó. Esperaba que Eva se apartara y al no hacerlo le sorprendió; sonrió, ya no parecía odiarle. Se separaron y Eva sonrió. Era una sonrisa muy pequeña y tímida, pero de todos modos era una sonrisa y era para él, su padre.
—Chris… —Eva sacudió la cabeza y se corrigió pronunciando con esfuerzo—. Papá.
Christian la miró enternecido al oír esa palabra. Creía que nunca se la dedicaría a él. Decidió quedarse con ella todo el verano, pero primero resolvería unos asuntos que no le tomarían demasiado tiempo. Pasaría más tiempo con su hija y recuperaría fuera como fuera años que le habían sido arrebatados.