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Memorias de Idhún IV: La traición — capítulo 4

Había pasado dos semanas desde que Eva supo la verdad. Ahora estaba ansiosa por que su padre volviera a casa; se había marchado tres días por asuntos que solo él conocía. Le había prometido que, cuando regresase le enseñaría a pelear y que la llevaría consigo a pasar el resto del verano en Nueva York. Así estaría con él más tiempo.

Se había vuelto a apuntar a clases de taekwondo en la academia en la que trabajaba su madre de forma parcial, aunque su verdadero trabajo era otro. Justo la misma academia en la que Victoria había dado clases años atrás.

Era por la mañana y se estaba vistiendo para ir a la clase de taekwondo. Sacó casi toda la ropa de su armario y tuvo que tirarla toda en la cama para poder encontrar algo. Aquello era un desastre. Normalmente le daba igual qué ponerse, pero aquel día estaba inquieta y no sabía por qué. Al final cogió lo que había sacado al principio. "Tanto rollo para nada", pensó mientras se vestía con unos pantalones vaqueros cortos, una camiseta de tirantes de rayas negras y blancas, y unas sandalias blancas. Guardó todo lo que necesitaba en la mochila de deporte y se quedó mirando el amanecer por la ventana tras meter la ropa en el armario. Siempre se despertaba muy pronto, así que de alguna manera buscaba algo con lo que entretenerse.

Tres horas después llamaron a la puerta mientras dibujaba. Sabía perfectamente lo que significaba; era uno de esos días en lo que era imposible despertar a Erik y a ella le encantaban. Salió de la habitación y abrió la puerta de su hermano sin molestarse en llamar. Se lo encontró despatarrado en la cama como siempre. Se acercó sigilosa y le empezó a acariciar la cara apenas rozándola con los dedos. Al instante profirió un grito y dio un salto. Eva se rió tanto que le acabó doliendo la tripa.

—Muy graciosa —arrastró las palabras recuperándose del susto. Erik odiaba que su hermana le despertase, sentía como si le tocara una serpiente que intentaba morderle. No le gustaba nada aquel instinto. Su padre le había dicho que era probable que hubieran heredado parte de sus esencias, pero que era improbable que nosotros pudiéramos convertirnos en otras criaturas. Ahora tenía sentido por qué siempre le producía esa sensación la cercanía de Eva, por qué había algo que le repelía.  No obstante, todavía se le hacía difícil creerse esa historia, nunca había creído en la magia y resultaba que provenía de un planeta llamado Idhún donde abundaba la magia.

Eva sonrió. Erik era una de las pocas personas que le sacaban una sonrisa. Cerró la puerta para que pudiera prepararse, él llevaba años yendo a la academia a clase de esgrima en verano y hoy, al igual que ella, empezaba las clases.

La joven se fue a la cocina a desayunar. Jack estaba tomándose un café y Victoria estaba preparando el desayuno para sus hijos. Cuando terminó Erik entró en la cocina.

—¿Qué tal te has despertado? —preguntó Jack divertido. El grito se había oído por toda la casa.

—¡Uf! ¡De maravilla! Si a eso lo llamas que te den uno de los mayores sustos de tu vida —contestó Erik fulminando a su hermana con la mirada. Jack le dio unas palmaditas en la espalda antes de irse a trabajar al hospital.

El chico tuvo que desayunar rápidamente para que se fueran a la academia de una vez.

Cuando llegaron a la academia cada uno se fue por su lado. Erik se metió en el vestuario para ponerse lo que traía en la bolsa. Se metió en la clase, donde como todos los años, al principio se daba una pequeña charla de presentación para los nuevos. Al profesor no se le veía muy animado hablando y Erik, aburrido, se quedó dormido.

De pronto sintió una sacudida por parte de uno de sus amigos—: ¡Eh! ¡No te duermas!

Dio un brinco y el resto de la clase se rió.

La mañana no iba nada mal, hasta que en el descanso un amigo y él hacían el tonto con los floretes. Su amigo lanzó una estocada y Erik se debió distraer unos momentos, ya que sintió como el filo le hacía un corte en el brazo izquierdo. El joven gimió de dolor. El profesor les quitó los floretes dándoles una buena reprimenda ya que era lo suficientemente mayores como para hacer esas tonterías que podrían resultar fatales. Se llevó a Erik fuera donde Victoria le dijo al profesor que ya se encargaba ella de curarle. Por suerte el corte no sangraba mucho.

Madre e hijo se metieron en una pequeña sala donde guardaban algunos materiales que usaban en las clases. Allí le curó con su magia y un rato después de echarle la bronca por jugar dejó que volviera a clase.

Por otra parte, Eva estaba en clase de taekwondo. Había pasado un año de la última vez que fue; había dejado de ir por motivos personales. Aun así había practicado en casa y ahora iba casi igualada con un chico con el que tenía que luchar. Él era cinturón rojo punta negra y parecía preparado para ascender de grado, mientras que ella era cinturón rojo.

En el momento que le iba a dar una patada lateral un profundo dolor le atravesó el brazo izquierdo. Gimió y perdió el equilibrio cayendo estrepitosamente contra el suelo.

Le dolía una barbaridad y no había hecho ni recibido ningún movimiento para provocarlo. Nunca mostraba lo que sentía y en ese momento sus ojos estaban llorosos por el dolor.

—¿Eva? ¿Qué te pasa? —Su compañero, Lucas, se agachó arrodilló en el suelo muy cerca de ella.

—El brazo… me duele…— Se mordió el labio tratando de contener las lágrimas.

Lucas le cogió el brazo y para su sorpresa la manga estaba manchada de sangre. Inspeccionó su brazo y vio que tenía un corte—: ¡Menudo corte! Espera, que te paro la hemorragia —dijo tranquilo tratando de infundir calma en la muchacha.

Los dos se miraron. Lucas debía tener unos años más que ella y era quince centímetros más alto y su pelo era negro como el azabache. Eva se quedó atrapada en sus ojos negros; eran muy cálidos y electrizantes, le transmitían protección. No sabía qué era, pero ahora que se fijaba bien… sus ojos reflejaban algo extraño, como si el joven no fuera normal. Como si ocultara algo. La castaña notó que algo se removía en su interior y la calidez que emanaba el cuerpo de Lucas llegó a ella a través de su contacto.

—Ya no me duele —dijo cortando el contacto visual, a pesar de que lo había dicho para tener una excusa para apartar la mirada, se dio cuenta de que lo que había dicho era verdad. Ya no le dolía, era como si no se hubiera hecho nada.

—¿Pero qué dices? Si estás sangrando y es un buen… —no terminó la frase. Se quedó atónito mirando donde antes había habido un corte. Sus cálidos brazos sostenían el de Eva y con cuidado, recorrió con sus dedos una fina línea rosada, que destacaba en su nívea piel. La joven se ruborizó ante el contacto que le producía un ligero cosquilleo. Era una sensación agradable. No obstante, el momento no duró mucho. Enseguida fueron interrumpidos, cosa que molestó a los chicos.

—¡Vosotros dos! ¿Qué hacéis ganduleando? ¡Vamos a empezar con los grupos! —Al parecer el nuevo profesor se había dignado a venir tras desaparecer de repente en mitad de la clase. Este era muy antipático y huraño a comparación del antiguo profesor, quien se había jubilado el año anterior. "Una lástima" pensó Eva. Le caía bien.

—Tenemos que seguir —murmuró la joven mirando al suelo con la cabeza agachada. Tenía la esperanza de que Lucas no hubiera visto su rubor, pero el chico la había visto sonrojarse y había sonreído.

Se separaron y continuaron la clase. Sin embargo, no conseguía quitarse de la cabeza aquellos ojos que la habían cautivado. Tenían algo especial, algo maravilloso ocultaban y habían captado la curiosidad de Eva.

Y durante el entrenamiento, no podía dejar de mirar de reojo al chico.

Tras las clases los dos hermanos volvieron solos a casa.  Su madre se había quedado en la academia. Durante el trayecto Erik no dejaba de observar a Eva, no parecía la chica de siempre, había algo raro en ella. Su mirada era menos fría de lo normal.

—Eva, ¿te pasa algo? —preguntó nada más abrir la puerta.

—¿Eh? No, nada. —Bajó la mirada dando por zanjado que no iba a decir nada más.

—¿A que no sabes que me ha pasado hoy?

La adolescente le miró, intrigada. Y Erik comenzó a contarle todo. Eva se rió cuando mencionó que se había quedado dormido, después describió las tonterías que había estado haciendo con su amigo a lo que ella le miró mal.

—No me sermonees tú también. El profesor y mamá se te han adelantado —dijo con cansacio.

Continuó y cuando mencionó lo del corte y cómo Victoria le curó, Eva se quedó estática. Erik le enseñó una delgada línea rosada en su brazo a lo que su hermana le miró todavía más sorprendida.

—Pero… ¿qué demonios? —soltó Eva. No podía ser una simple coincidencia. Allí pasaba algo extraño.

—¿Qué pasa? —preguntó Erik confundido por la reacción de su hermana.

Eva le mostró su brazo. La cicatriz era igual y estaba en el mismo sitio que la suya. Se rascó la cabeza mientras pensaba sorprendido. ¿Acaso ella también había estado jugando con cosas afiladas?

—Estaba en clase a punto de dar una patada lateral cuando me empezó a doler, entonces no sé cómo, al caerme tenía un corte que no paraba de sangrar —explicó Eva haciendo gestos con las manos recreando su caída.

—Eso no es normal… deberíamos decírselo a papá y mamá cuando lleguen.

Eva asintió y se marchó.

Erik subió las escaleras y se dirigió a su habitación. Observó la guitarra que descansaba en un estuche negro. "¿Por qué no" pensó encogiéndose de hombros; hacía tiempo que no tocaba. Mientras afinaba la guitarra escuchó un *"¡joder!"*del piso de abajo, que hizo que pegara un salto en la silla. Unos segundos después su mano comenzó a arder como si la hubiera puesto en una sartén con aceite hirviendo.

—¡Mierda! —exclamó lanzándose hacia delante intentando que el instrumento no acabara en el suelo. Lo colocó sobre la cama y bajó corriendo a la cocina preguntándose qué le había pasado a Eva.

Entró en la cocina a la carrera, pero tuvo que agarrarse a la encimera al frenar para no perder el equilibrio. Eva agitaba la mano a la altura de su boca mientras la soplaba; se la había quemado y tenía toda la palma roja. Tenía lágrimas en los ojos y su rostro, que habitualmente era impasible mostraba dolor.

Erik alternaba su mirada de una mano a otra. La suya estaba quemada, sí, pero la de su hermana estaba mucho peor. Empezó a atar cabos. El corte, la quemadura… parecía que nada más hacerse algo uno, al instante aparecía en el cuerpo del otro. Pero no tenía sentido, nunca les había pasado algo parecido.

Eva se sentía confusa. Se había distraído intentando averiguar qué ocultaban los ojos negros de Lucas y el agradable cosquilleo que le había producido en el brazo y, en vez de coger la cacerola por el asa, tocó el acero candente. Había apartado la mano enseguida, pero aun así no la había salvado de quemarse tanto.

—Tú… ¿también te has quemado? —preguntó la joven con un hilo de voz, asombrada.

Erik asintió acercándose a ella. Cogió la mano de Eva y la observó detenidamente. Sí, sin duda la tenía mucho peor que él. Sin querer rozó un poco la zona quemada a lo que la adolescente reaccionó echándose hacia atrás y soltando un pequeño gemido. No tuvo la oportunidad de disculparse ya que el ruido de una puerta al cerrarse distrajo a los dos.

Los dos miraron hacia la entrada.  Christian acababa de volver a la casa y para sorpresa de los hermanos portaba lo que parecía ser una espada colgada de un cinto en la espalda. Solo podían ver el mango, que ya de por sí hizo que a Eva le pareciera preciosa.

—¡Papá! —La joven fue corriendo a su encuentro. Christian abrió los brazos para recibirla con un abrazo que hizo que diera un paso hacia atrás tratando de recuperar el equilibrio, ya que Eva se había lanzado a sus brazos.

Erik sonrió al ver la escena. Le había costado aceptar la extraña relación entre sus padres y el shek, pero se alegraba de que por fin hubieran decidido confiar en ellos y contarles la verdad sobre su procedencia. Rozó con los dedos la mano quemada y se sorprendió al comprobar que no le dolía al tocarla. Rápidamente bajó la mirada y vio con los ojos muy abiertos que ya no tenía ninguna quemadura.

—¿Pero qué…? —se preguntó a sí mismo lo bastante alto para atraer la atención de lo demás.

—¿Qué pasa, Erik? —interrogó el shek.

—La… la quemadura. ¡Ya no está! —exclamó confuso mirando primero a Christian y luego a Eva—. Tenía una quemadura en la mano y ha desaparecido de la nada.

Eva entrecerró los ojos al darse cuenta de que cuando había abrazado a su padre no le había dolido la mano. La alzó a la altura del pecho para cerciorarse de lo que decía el chico y estupefacta miró a su hermano—: ¿Qué ha pasado? ¿D-dónde está mi quemadura?

El shek, queriendo saber qué ocurría inquirió—: ¿Estáis diciendo que los dos teníais quemaduras y ya no las tenéis?

Los chicos asintieron con efusividad y Eva dijo:

—Es más, me quemé al tocar la cacerola y poco después apareció Erik en la cocina con la misma quemadura. Y ahora, así porque sí ya no las tenemos.

Christian entrecerró los ojos a la vez que movía ligeramente la cabeza hacia un lado torciendo el gesto.

—Y esto, ¿os ha pasado antes? —indagó queriendo saber más.

—Esta es la segunda vez. Esta mañana ha sido la primera. Me corté en el brazo sin querer—Erik prefirió no decir que estaba haciendo el tonto con los floretes— y por lo visto a ella le apareció también.

—¿Y os curasteis así de la nada?

—No, mamá me curó —repuso el joven.

—Que suceso tan extraño—dijo el shek enarcando una ceja. Se puso a cavilar en el porqué de aquellos acontecimientos. Solo llegaba a meras suposiciones, pero más tarde se encargaría de averiguar qué ocurría. Cuando volvieran Jack y Victoria se lo contaría.

Tras eso, Christian les mencionó que Jack y él habían decidido que les llevaría a Limbhad para que conociesen el lugar, ya que no podían llevarles a Idhún. Algo sería algo. Y por mucho que les gustase volver al planeta y que sus hijos lo viesen, sería muy peligroso para ellos. En especial para Eva. Si alguien descubría que estaban en Idhún no dudaban de que fueran capaces de secuestrar a Erik con tal de conseguir al shek y a su hija.

Erik preguntó que qué ocurría con lo que les pasaba a los dos, pero Christian dijo que ya se ocuparían de eso más tarde. Además, había prometido a Eva que la enseñaría a luchar con una espada y lo haría.

El shek llevó a los adolescentes a Limbhad con la ayuda de Alma y, al llegar, Eva y Erik se quedaron maravillados al ver la casa. Christian les dejó inspeccionar la casa y sus alrededores.

Eva recorrió toda la casa, a excepción de la sala de entrenamiento, la cual tenía la puerta cerrada bajo llave. Aunque estaba impresionada no paraba de estornudar por el polvo acumulado durante tantos años y agradeció salir por fin al exterior. Se dirigió al bosquecillo y no muy lejos encontró un sauce. Se recostó entre las gruesas raíces y observó las ramas llenas de hojas que se movían al compás del viento. Era de noche, siempre lo era allí y entre las ramas podía entrever innumerables estrellas. Se sentía extasiada al estar allí. Era todo tan tranquilo y bello que quería quedarse a vivir en Limbhad, cuando ya no hubiera tanto polvo, claro.

Se quedó un largo rato allí. Incluso se quedó dormida acunada por las raíces y el murmullo del agua de un arroyo. Su sueño era oscuro, gente encapuchada pasaba a su alrededor sin verla aunque ella misma fuera la única fuente de iluminación de aquel lugar. Se acercó por instinto a un pequeño grupo y uno de ellos alzó la mirada hacia ella haciendo que retrocediera. Lo último que vio antes de despertar fueron dos ojos negros como grandes pozos sin fondo.

Se despertó sobresaltada al sentir una mano en su hombro, cuyo contacto no le agradó en absoluto. Jack la miraba con una sonrisa—: Buenas noches.

Eva sonrió algo ensimismada. Se había obsesionado con unos ojos y no le gustaba nada.

Se reunieron los cuatro en la sala de entrenamiento. Jack había traído consigo a Domivat y no pudo evitar que la nostalgia le invadiera. Sentía todo tan lejano en el tiempo que tenía la impresión de que todo había sido un largo sueño. Recordó tiempos pasados en los que Alsan le entrenaba en esa misa sala; siempre le consideraría un hermano mayor, a pesar de que ya no estuviera vivo.

—Sígueme, Eva. Voy a enseñarte a luchar con una espada.

La joven se entusiasmó—: ¿Usaremos espadas de verdad?

Christian sonrió.

—No, vamos a usar estas. —Cogió cuatro espadas de madera y le tendió una. A Eva se le borró la sonrisa de la cara al ver con lo que iba a entrenar, decepcionada. Tenía ganas de coger a Haiass, pero sabía que su padre no le dejaría. El shek  les entregó las espadas a los demás y comenzaron a entrenar.

Como Erik daba clases de esgrima y siendo más joven Jack le había enseñado, no necesitó aprender lo básico y a diferencia de cuando su padre era un adolescente, no arremetía con tanto ímpetu a su oponente y lo hacía con más calma. En cambio, Eva tuvo que aprender cómo coger bien la espada y lo esencial antes de que Christian y ella pudieran empezar a entrenar como lo hacían Jack y su hermano.

Tiempo después Christian consideró que Eva era capaz de defenderse dejó que se enfrentara primero a Jack. Cuando Victoria llegó a Limbhad los dos muchachos estaban peleando.

Eva y Erik estaban cansados, pero no lo demostraban; seguían de pie, más por orgullo que por otra cosa. Erik llevaba la delantera la mayor parte del tiempo; tenía experiencia, aunque pelear de esa forma era muy diferente a usar un florete en una clase; además, las estocadas de su hermana que daban en el blanco dolían bastante. Aunque acabase de empezar, Eva había tomado buena nota de los movimientos de su padre con la espada y la manera que hacía las fintas; aprendía rápido. Se mostraba segura y las estocadas que no podía parar las esquivaba con agilidad esperando el momento oportuno para asestar el golpe final.

Al mirarles, Victoria tenía la impresión de que no eran sus hijos los que luchaban, sino sus padres. Pero sus hijos eran tan orgullosos que cuando uno perdía empezaban de nuevo y encima, no hacían más que picarse.

Debía ser casi medianoche en Madrid y sus padres les dijeron que ya era la última, que para ser la primera vez no debían excederse tanto como lo estaban haciendo.

Empezaron de nuevo. El que dejase fuera de juego al otro ganaba definitivamente. Tras varias estocadas algo extraño sucedió: cuando las maderas chocaron, Eva congeló su espada y Erik hizo que la que empuñaba estallara en llamas, pero no parecieron darse cuenta. La espada de Erik debía haber caído al suelo hecha cenizas, pero por algún motivo tanto el hielo como el fuego se mezclaron en ambas espadas. Siguieron luchando, pero sus padres les miraban preocupados y alarmados.

—¡PARAD! ¡Es suficiente por hoy! —gritó Jack, pero los chicos no parecieron escucharle.

Eva tocó a Erik haciendo que un halo de luz les rodease. Sus padres tuvieron que taparse los ojos con las manos medio cegados por la luz; miraban como podían la escena, incrédulos sin poder moverse del sitio preguntándose qué estaba pasando.

Una pequeña llama emanó de la mano de Eva y agua de la de Erik al volver a tocarse. Parecían en trance. Ella lanzó una estocada, pero él no consiguió parar el golpe o al menos, esquivarlo. Su espada cayó al suelo chamuscada. Parecía que se iba a hacer cenizas de no ser porque estaba congelada.

Christian, Jack y  Victoria por fin pudieron reaccionar y corrieron hacia ellos, preguntándose que acababa de pasar. Creían que ellos no heredarían parte de su otra esencia.

Eva estaba paralizada, estupefacta. Mirada su espada y luego la de su hermano, una y otra vez. El hielo que rodeaba la suya se estaba derritiendo por el fuego que antes la había tocado.

—¿Qué…? —Erik sacudió la cabeza volviendo a la realidad. Sus padres se preguntaron si eran conscientes de lo que acababa de pasar. Aquel halo de luz que cubría a los dos hermanos era diferente; se miraron entre ellos y vieron que el de él era de un tono rojizo y el de ella azulado…