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Memorias de Idhún IV: La traición — capítulo 25

Se escuchaban los pasos de la dísira que, como era su deber, tenía que dejar una bandeja con comida y agua para sus prisioneros. Esta vez iba contenta, Ailyn había conseguido romper el vínculo por parte de Eva, pero quedaban los pequeños hilos que aun la ataban con Erik…

Erik y Sheyle miraron a Pain ceñudos, cierto que la comida que les dejaba estaba rica, pero ya no aguantaban más tener que estar allí encerrados.

— ¿Cuánto tiempo tenéis pensado dejarnos aquí? —preguntó Erik en cuanto Pain quitó el hechizo que envolvía la celda.

— No seáis tan impacientes. Pronto os dejaremos salir —contestó con malicia.

Sheyle miró a Pain detenidamente, en sus palabras había algo que no le gustaba nada.

Pain sonrió, dejó la bandeja y cerró la puerta, pero no puso el hechizo, se quedó allí, esperando a que se comieran la comida que les acababa de dejar. No era la primera vez que lo hacía, esta era ya la cuarta vez, todo para que no pensasen que era una trampa. A Sheyle y Erik les había extrañado un poco al principio, pero no dijeron nada, por si acaso.

Erik cogió uno de los vasos y lo llenó con la pequeña jarra de agua fresca. Pain comenzó a sonreír, había cogido el Grenorhai que le había traído Christian y lo había echado con el agua en la jarra, al ser transparente e insípido no se darían cuenta. Erik le dio el vaso a Sheyle, que había cogido uno de los dos platos y bebió con avidez, desde que estaba en la celda se sentía muy en falta de energías al ser semifeerica, no tener vegetación cerca la dejaba sin fuerzas, de no ser porque Erik estaba allí no sabía cuánto tiempo podría haber aguantado si hubiese estado sola.

Erik bebió del vaso y comenzó a sentir algo dentro de él que lo hizo sentir vulnerable por unos instantes. Un escalofrío le corrió por la espina dorsal y sintió frío, como si el viento helado de Nanhai le atravesara para instalarse en su cuerpo.

— Erik, ¿estas bien? —le preguntó Sheyle preocupada al verle tan pálido.

— Sí, no es nada.

Erik miró de reojo a la dísira, quien sonreía mientras esperaba tranquilamente. El joven cogió uno de los platos y se comió la comida con una lentitud desesperante, aun seguía sintiendo algo extraño en su interior, en su alma...

Terminaron de comer y dejaron todo en la bandeja, Pain, harta de esperar ya que parecía que tardaban a posta, cogió la bandeja, salió y cerró la puerta con llave, pero fingió que ponía el hechizo de nuevo. Salió de allí tarareando una canción victoriosa por haber cumplido con su parte. Ahora era el turno de ellos dar el siguiente paso.

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Un dragón dorado surcaba los cielos de Idhún, los habitantes del planeta que en ese momento estaban despiertos, contemplaban al dragón maravillados por ver una criatura tan legendaria de verdad. Por ver a uno de verdad, a Yandrak, el último.

Los niños de Nandelt corrían por las calles intentando seguir el vuelo del dragón, quien se alejaba de su alcance poco a poco.

A cuatro horas del mediodía, los celestes que estuvieron dieciocho años atrás en el planeta, se llevaban una mano al pecho al ver a la dama Lunnaris en el lomo de Yandrak y recordar todo lo acontecido por aquella época, en parte, lo echaban de menos. Daba la impresión de que había pasado una eternidad desde la derrota de Ashran y de la bajada de los dioses a su amado hogar.

Yandrak batía las alas con fuerza, alcanzando más velocidad en su vuelo hacia un lugar que jamás había estado. Victoria le daba vueltas a todo el asunto, no entendía cómo Alsan le había dicho a Jack donde se hallaba Erik y que estaba en peligro, era algo incomprensible para ella, Alsan estaba muerto.

Victoria observó que los tres soles lucían en el cielo como tres grandes bolas de fuego, pero había algo extraño en ellos, como si aquel día estuvieran más apagados, como si algo malo fuera a ocurrir. Victoria sacudió la cabeza, debía ser su imaginación, los soles seguían brillando igual que ayer, no iba a ocurrir nada malo aquel día solo serían paranoias suyas al saber que su hijo estaba en peligro.

Miró hacia abajo, se encontraban en los límites de Celestia, pronto llegarían a Kash-Tar, después harían una pequeña parada en la torre de Awinor.

El tiempo fue pasando lentamente para los dos adultos, acostumbrados a un sol y a veinticuatro horas por día. Victoria sintió algo extraño en Shiskatchegg y recordó que hacía días que no veía a Christian, preocupada, contempló el anillo de la serpiente, pero el anillo no volvió a emitir señal alguna, sabía que Christian estaba bien, pero igualmente se sentía preocupada. Pensó en Eva, qué habría sido de ella durante todo aquel tiempo desde que estaban en Idhún, la última vez que la vio fue en la mansión D'Ascolli hará… ¿cuánto tiempo? Ni ella lo sabía.

Yandrak divisó una construcción humana a lo lejos, avisó a Victoria de que ya estaban cerca de la torre.

Yandrak aterrizó frente a la torre, estaba cansado al haber estado durante horas volando sin descanso, volvió a su forma humana después de que Victoria se bajase de su lomo. Poco después, una mujer ataviada con una túnica roja, salió a su encuentro.

╰☆╮╰☆╮╰☆╮╰☆╮

— ¿Qué hacemos? —preguntó Erik al cabo de unas horas de completo aburrimiento.

— Podrías… volver a intentarlo.

— No, la última vez te dañé y al intentar curarte te volví a herir.

Sheyle insistió, pensativa.

— Pero aquella vez concentraste demasiada energía en tus manos, inténtalo de nuevo, por favor —pidió casi implorante.

Erik suspiró. Se levantó y fue como un autómata hacia los barrotes, estaba cien por cien seguro de que no funcionaría y que Sheyle volvería a quemarse con el fuego que manara de sus manos.

Colocó las manos alrededor de dos barrotes, temeroso de que el hechizo volviera a actuar en su contra, agarró los barrotes con las manos temblorosas y dejó que el fuego se expandiera por su cuerpo hasta las manos, donde grandes llamaradas salieron de ellas.

En pocos segundos, notó como sus manos se aferraban a algo medio líquido, abrió los ojos sorprendido, detrás de él escuchó un jadeo de sorpresa. Retiró las manos y los dos barrotes, junto a los que había a sus lados, se habían fundido.

— ¿C-cómo?

— Rápido —exclamó Sheyle— termina antes de que alguien se dé cuenta.

Erik asintió, apretó los dientes con fuerza y fundió la cerradura de la celda, mientras, Sheyle miraba nerviosa las escaleras, esperando que no apareciera ningún dísiro.

— Vamos —dijo Erik abriendo la puerta.

Salieron de la celda y con cuidado subieron las escaleras en forma de caracol que les sacaría de los subterráneos.

Antorchas y antorchas que se encendían a su paso iluminaban los largos pasillos de los subterráneos como única fuente de luz. No eran conscientes de la cantidad de niveles que había, aquello parecía un completo laberinto, pero pudieron comprobar que les habían mantenido encerrados en la última planta del subsuelo.

Corrieron a través de los largos pasillos, los cuales, parecían abandonados, daba la sensación de que nadie pisaba aquel lugar hace décadas.

Sheyle, algo cansada de la carrera, se fijó en una celda con extraños grabados en sus paredes. Detuvo su carrera y observó fijamente los símbolos, tenía la sensación de haber pasado por allí varias veces.

La joven llamó a Erik, el cual retrocedió hasta su compañera.

— Creo que estamos dando vueltas, he visto esta celda varias veces.

— ¿Estás segura?

La semifeerica asintió.

— Me parece que este lugar no es tan grande como lo vemos, creo que en realidad estamos bajo una ilusión, es imposible que nos mantuvieran a tantos niveles bajo el suelo. Lo sabríamos desde un principio, como mucho deben ser tres pisos, no más.

Erik lo consideró durante unos instantes. Tenía que tener razón, no podían ser tantos niveles bajo el suelo, tendrían que haber salido de allí ya.

— ¿Y qué hacemos?

— Recuerda que soy medio feerica —dijo con una sonrisa— que no sea maga no significa que no pueda manipular la naturaleza.

Erik la observó, curioso.

Sheyle se acuclilló en el suelo y puso una mano sobre él sin llegar a tocarlo. Entrecerró los ojos y apretó los dientes con fuerza, al ser medio feerica le costaba más que a un feerico cualquiera usar su don. Dejó que la poca energía que le quedaba fluyera a través de su mano, una pequeña planta comenzó a florecer, extendiéndose por el frío suelo de piedra cubierto de cenizas. Los tallos se entrelazaron entre sí, como si formaran complicados capullos a través de nudos de los cuales salían flores blancas más grandes.

Erik observó atentamente las pequeñas hojas que parecían buscar los rayos de los tres soles, pero allí la única luz era la de las antorchas.

Sheyle sintió como las fuerzas la abandonaban poco apoco, estar tanto tiempo en la celda lejos de la flora le había pasado factura. La joven apoyó las manos en el suelo para no irse hacia delante y miró las blancas flores de nueve pétalos cada una, los pétalos se desprendieron y flotaron en el aire entorno a los dos chicos.

— H-hay q-que seguirlos —dijo la semifeerica con algo de dificultad.

Erik asintió y ayudó a Sheyle a levantarse

Los pétalos reaccionaron y dejaron de levitar alrededor de ellos para seguir un lento ritmo hacia la oscuridad del pasillo.

Siguieron los blancos pétalos a través de pasillos cubiertos de polvo y ceniza. Erik se preguntaba cómo aquellos pétalos los llevarían a la superficie, era algo fácil, buscaban la energía que fluía fuera.

Los pétalos se detuvieron al pie de unas escaleras, esperándoles. Erik miró interrogativo a Sheyle, quien asintió para que continuaran.

Subieron poco a poco los dañados escalones a causa de Sheyle, de vez en cuando tenían que pegarse a la pared por los pequeños desprendimientos de la roca de los escalones, cada desprendimiento hacía que resbalasen.

Llegaron a un pasillo completamente a oscuras, desde su posición podían oír pasos apresurados que se acercaban, las antorchas comenzaron a encenderse dejando ver a varios hombres encapuchados llevando tras ellos, atados a unas sogas, un yan y un humano torturados por orden de las ìdhisäne.

— ¿Qué hacemos? —preguntó Sheyle con miedo a que les descubrieran. Erik pensó rápidamente, si se quedaban allí les cogerían, pero si seguían el pasillo por el lado contrario las antorchas se prenderían y también los atraparían, independientemente de que tendrían ventaja por la distancia que les separaba.

— ¡Por aquí! —susurró Erik, le cogió la mano a la joven y la condujo por el oscuro pasillo a toda prisa.

Segundos después, una antorcha se encendió.

Erik maldijo para sus adentros y aun cogida la mano de la semifeerica comenzó a correr. Escuchó una exclamación de desconcierto proveniente de los encapuchados, uno de ellos gritó algo en un idioma desconocido para los dos jóvenes y pronto, se vieron siendo perseguidos por cuatro hombres que corrían a toda velocidad dispuestos a atraparles.

— No lo conseguiremos —dijo Sheyle después de mirar hacia atrás y ver que les estaban alcanzando.

Erik gruñó algo que ella no consiguió entender. Soltó la mano de Sheyle y dejó el fuego se formara en sus manos en dos perfectas esferas rojas que lanzaban pequeñas llamaradas a su alrededor. Aún corriendo, se dio la vuelta y lanzó las bolas de fuego a sus perseguidores. Volvió a correr de frente alcanzando en pocas zancadas a Sheyle sin saber si les había dado.

Uno de los hombres, el que iba al frente, creó un escudo de sombras que engulló el fuego. Sonrió y en un idioma más antiguo que el arcano ordenó que se disgregaran y fueran por caminos distintos para cogerles.

El encapuchado aceleró la carrera cuando los demás se separaron, preparó una bola de energía que podría desintegrar a cualquier ser como si nunca hubiera existido si le daba de lleno.

Tres pasillos diferentes se extendían ante ellos, Erik optó por coger la izquierda cuando unas manos desde las sombras cogieron a Sheyle y a él del brazo. Erik sintió como una extraña energía le rozaba el brazo izquierdo, creándole una grave quemadura y desintegrando parte de la camisa antes de la mano lo arrastrara a un pasadizo, cuya entrada se cerró nada más pasar.

Sheyle abrió la boca para gritar, pero una mano le tapó la boca.

— Cállate o estaréis en serios problemas —dijo una voz fría como el hielo que hizo temblar a la joven semifeerica de terror.

Sheyle asintió y se abrazó a sí misma.

— Seguidme —volvió a decir la voz.

— ¿Y si no? —preguntó Erik.

— Entonces tendréis que pelear contra seis dísiros, quizá más si no han dado la alarma. No es muy frecuente que un preso se escape de su celda. No sin la ayuda de alguien con el poder necesario para quitar el hechizo.

Erik y Sheyle cruzaron una mirada, al parecer Pain no había puesto el hechizo a posta.

Siguieron al desconocido, en el pasadizo no había antorchas, pero una débil luz blanca daba vueltas alrededor del hombre, quien también llevaba una capa que impedía ver su rostro.

El desconocido paró delante de lo que parecía una puerta con diferentes símbolos en arcano antiguo.

— Cuando paséis esta puerta os toparéis con una sala vacía. Ni se os ocurra mirar a nada que no sea una puerta negra. La puerta os llevará al exterior. Hay un puente a medio kilómetro, lo debéis cruzar, pero cuidado con los sheks que pululan por esa zona de la isla contigua. En el otro extremo encontraréis la libertad y volveréis a Celestia.

— Pero, ¿quién eres? ¿Por qué nos ayudas? — interrogó la joven de pelo azul.

— Quien soy deberíais saberlo ya, por lo menos tú, Erik— dijo mirando al chico— Tengo que entregarte una cosa, Erik.

El hombre sacó una espada escondida en su capa que aun yacía envainada.

— No la desenvaines ni toques el mango hasta que no te encuentres con… "ella".

Le entregó la espada sin decir nada más y se marchó a las sombras dejando a Erik con la palabra en la boca.

— Que tipo tan raro— comentó Sheyle.

— No es que sea raro. Solo es práctico— intervino Erik con una sonrisa al caer en la cuenta de quién era ese hombre— Yo voy a seguir sus indicaciones, ¿vienes?

Sheyle se encogió de hombros— No tengo nada mejor que hacer.