← Memorias de Idhún IV: La traición · de
Memorias de Idhún IV: La traición — capítulo 29
La hiedra azul parecía ser lo único que animaba a Sheyle en aquel momento. Habían pasado dos días desde que le diera a Erik aquel extraño líquido que no conocía.Acurrucada en una esquina de la húmeda celda, se encontraba ella. Ya no tenía lágrimas, se le habían acabado tras sollozar sin descanso, ahora lloraba sin lágrimas. Estaba algo débil, no había comido ni bebido nada de lo que le habían traído, había negado cada comida, ni siquiera había podido conciliar el sueño.
Escuchó pasos provenientes de las escaleras.
Otra visita.
Otro intento de interrogarla.
Los pasos se escucharon más cerca, pero los ignoró por completo, prefería sumirse en el vacío que ahondaba en su pecho, cada vez más profundo, odiaba que Erik fuera el hijo de Lunnaris, por ello podía sentir el sufrimiento de él. Si tan solo hubiera vuelto al bosque de Awa y se hubiera negado en quedarse en la casa de Asher.
La puerta se abrió y alguien entró.
El visitante observó en silencio a la muchacha, el cabello azul le caía en cascada impidiendo que pudiera ver su rostro. La notaba más delgada, el hombre que le llevaba las comidas que le había comunicado que no comía ni bebía nada y que, parecía estar presa de una gran depresión.
Se acercó a ella, ceñudo al ver la hiedra azul que crecía a su lado en la pared, incluso la propia planta parecía llorar.
— Sheyle.
La joven no reaccionó.
— ¡Sheyle! — gritó.
La semifeerica levantó la cabeza, como muestra de que le escuchaba.
— ¿Qué? — preguntó ella.
— ¿De dónde sacaste ese veneno?
Qaydar esperó la respuesta pacientemente, pero no la obtuvo.
— ¿Por qué lo hiciste?
De nuevo, silencio.
— ¿Qué clase de veneno es ese?
Qaydar caminó de un lado a otro, haciendo preguntas, ninguna de ellas sin contestar, Shay parecía que no estaba por la labor. Cuando se cansó de preguntar para nada y de caminar en círculos, decidió dejarlo. Si Sheyle no quería hablar por las buenas tendría que ser por las malas. Traería a un conocido suyo para que le sonsacara la información tan valiosa que se guardaba para ella.
Se acercó a la puerta y antes de cerrarla dijo sin mirar atrás.
— Me has decepcionado niña, la traición y el asesinato no es algo bien visto por nadie.
La joven pareció reaccionar ante esas palabras. Así que susurró:
— Yo no quise…
Qaydar paró en seco y se volvió hacia Shay.
— ¿Qué has dicho? Repítelo.
Sheyle se apartó el pelo del rostro y habló más alto, pero según hablaba, lo iba haciendo más bajo hasta convertirse en susurros.
— Yo no quise… me obligaron. La panacea no actuó como debía.
Qaydar se quedó estático.
— ¿Panacea? ¿Quién te obligó?
Pero la joven volvió a su mutismo.
Qaydar suspiró pesadamente y salió de allí. Todo aquello era extraño, una panacea curaba, no mataba lentamente. Había algo más.
El Archimago volvió a su despacho, entre la reunión de aquel día que no había traído buenas noticias y el interrogatorio, tenía la sensación de que faltaban piezas. Algo no encajaba en todo eso.
En otra parte de la torre, Christian observaba a Erea desde la terraza de la habitación de Erik, aquel plenilunio era importante, pero nadie más que él podía verlo. Las cosas iban sucediendo tal y como él había planeado, aunque aquello significara distanciarse de Victoria...