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Memorias de Idhún IV: La traición — capítulo 7
Era por la noche. Eva estaba soñando un sueño hermoso para ella, aunque...
Estaba en un bosque, iba caminando lentamente entre la vegetación de vivaces colores. Había curiosas criaturas en él, al igual de que también había personas, pero no eran personas corrientes, no, no lo eran, eran feéricos. Me conducían a un pequeño claro, donde había un chico de 19 años esperando. Su pelo y ojos negros resaltaban a la luz de las tres lunas, estaba mirándome detenidamente. Los feéricos se fueron. Para dejarnos intimidad crearon una barrera en la que nadie podía ver que pasaba allí y tampoco pasar.Me acerqué a él lentamente, me cogió de la cintura y enseguida nos fundimos en un ardiente y apasionado beso que los dos ansiábamos desde hace mucho. Estuvimos así hasta quedarnos sin aire.Nos separamos jadeando, me abracé todo lo que pude a él. A mi enemigo, no podía dejar de amarlo.De improviso, me soltó y cayó al suelo, sin vida. Grité...
Eva se despertó de golpe quedándose sentada, estaba empapada de sudor y jadeaba. Cuando al fin consiguió calmarse, se levantó y miró la hora. Las 00:00 Salió de su cuarto y escuchó voces procedentes del piso de abajo, no se inmutó, se fue al baño, necesitaba una fresca ducha. Al terminar, se puso su bata y se dirigió a su habitación, donde se puso ropa de calle. Necesitaba aire fresco. Se puso unos jeans blancos, una camiseta negra sin mangas y unas sandalias. Bajó con cuidado las escaleras y salió de la casa sin hacer ningún ruido. Llevaba una hora caminando, cuando se topó con una cara conocida, Shizuko.
- Hola, Lune.
- Shizuko - saludó fríamente.
- ¿Qué tal estás? Espero que bien, me gustaría mostrarte algo. Eva iba a decir algo, pero Shizuko no la dejó, la cogió del brazo y se teletransportaron con la ayuda de Rhiz, Eva no se había fijado que lo tenía delante. Se mareó un poco con el repentino viaje. Nada más de dar vueltas todo a su alrededor, observó que no estaba en Madrid, sino cerca de un lago, a saber donde.
- Bien, seguro que te preguntarás por qué te he traído aquí tan repentinamente, ¿me equivoco? - Eva negó con la cabeza.
- Ahora mismo lo sabrás. ¡Zassel! - nada más decir aquel nombre, unos cuantos sheks aparecieron del espeso bosque. Eva se quedó fascinada al ver aquellas criaturas, el shek de su interior quería salir, volar con los demás, sentirse libre, pero ella no tenía ni la más remota idea de como hacerlo.
- Que, ¿quieres volar ir con ellos? - preguntó Shizuko cuando los sheks echaron a volar.
- ¿Que...? - Eva lo ansiaba - Sí, claro que quiero.
- Pues, ve.
- ¿Cómo? - se giró, dejando de prestar atención a los sheks.
- Busca en tu interior al shek que llevas dentro, deja que su esencia recorra todo tu ser, libérate de ese débil cuerpo que tienes comparado con tu esencia - a Eva no le gustó que llamase débil a su cuerpo, pero de todos modos, le hizo caso. Lanzó un grito que dejó helados a los sheks, los cuales se acercaron, curiosos. Eva se tiró al suelo, sentía su piel desgarrarse dejando paso a escamas de un tono azul, casi verde, pero brillante. Estuvo minutos así, dejó de gritar para solo llorar, estaba cubierta de sangre, enseguida cuando pensó que el dolor no podía ser peor, sintió un dolor mucho más profundo que hizo que se le arqueada la espalda, ahí no pudo contenerse y gritó muy fuerte, tanto que casi dejó sordos a Shizuko y Rhiz. Se le hicieron dos finos cortes en la espalda dando paso a unas membranosas alas. Chilló con todas su fuerzas al salir estas. Eva se quedó un buen rato jadeando de dolor arañando la tierra.
- ¡Eva! ¡Debes volver a tu forma humana ya! "¡Que fácil es decirlo!" pensó, se concentró, intentando volver a su verdadera forma, lo consiguió, a duras penas, pero lo consiguió. Se levantó con dificultad, estaba llena de sangre, tenía todo el cuerpo lleno de cortes que seguían sangrando, la ropa estaba toda destrozada y parecían harapos. Se tambaleó y Rhiz la sujetó antes de que volviese a caer.
- Has que pare de sangrar, o morirá desangrada. Después llévala a su casa y vuelve. Rhiz asintió. Hizo que sus cortes dejasen de sangrar, no la curó del todo, a él le daba igual esa cría. Se la llevó de ahí. Se transportaron a su habitación y ahí la dejó. Eva estaba mareada, había perdido demasiada sangre. Con una gran dificultad abrió la puerta y caminó casi arrastrándose por el pasillo. Llegó a las escaleras, de pronto sintió que perdía el conocimiento y caía.