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Eva Monte & Alec Vulturi — capítulo 15

La historia de Alec

Cuando su mano descendió por mi tronco, para quedarse en mi muslo. Me sentí insegura y recordé lo que me había prometido.

-Alec...-dije entre jadeos.- no...

Se paró y me miró a la cara.

-¿Qué pasa?- eché la cabeza hacía atrás.

-solo que no...-me callé colorada como un tomate.- yo... no... puedo... no... estoy... preparada.

-vale, no te dejare ir mas lejos-dijo riéndose.

Me sentí más segura y deje que sus labios presionaran los míos con una dulce sensación de calor. Él no paraba de besar mi cuerpo semidesnudo. Me situó encima de el. Yo coloqué mis piernas en sus costados.

Así seguimos bastante tiempo hasta que sentí que empezaba ha hacer frió.

Me separé de él suavemente y permanecí sentada encima de su cintura. Estábamos jadeantes, se incorporó con intención de besarme pero yo le empuje suavemente para dejarlo tumbado, puso sus manos en la parte posterior de mis muslos.

-sabes que está mal jugar conmigo. ¿Por qué lo haces pues?

-¿no lo notas?- fruncí el ceño.

-¿el qué?-se apoyó en un codo y lo volví a empujar.

-ha, ha, el frío que esta empezando ha hacer.-

-Ah, eso... contigo encima, pues no-

-ya... te tengo a mil ¿verdad?-

  • ¿a mil?- frunció el ceño.-

-sí, ya sabes. En el tema, cachondo, caliente...- me encogí de hombros- veras yo no hablo así me parece una ordinariez pero... ¿como quieres qué te lo diga?

-ya veo...- subió sus manos hacía mi espalda y tiró de mi para besarme- no, yo no soy tan impulsivo.

Me separé de él y me levanté. Me empecé a poner la ropa. Me di cuenta de que estaba echa una pena.

Tenia barro, hojas y desgarrones.

-Uf, como no me has dicho que tenia la ropa hecha un asco. ¿De donde voy a sacar otra?

Me abrazó por la espalda y puso sus manos en mi cintura.

-ya encontraremos el modo de sustituirla. Ahora de lo que te tienes que preocupar es de no dejar que eche de menos tus besos.- me di la vuelta para besarle.

-ya pero me ibas a explicar todo.- se puso tenso y eche mis brazos a su cuello y le bese de nuevo.

(ALEC)

Estuve en el cielo más de cuatro horas. Sentí que estaba atardeciendo.

Eva se separó suavemente y se quedo sentada en mi cintura.

Yo tenía la respiración acelerada cosa que rara vez, ósea, nunca había pasado hasta ahora. Yo quería seguir con sus labios en los míos.

Me incorporé pero ella sonrío y me empujo suavemente. Puse mis manos en la parte posterior de sus muslos. Decidí bromear me sentía contento.

-Sabes que está mal jugar conmigo. ¿Por qué lo haces pues?

-¿No lo notas?- Frunció el ceño. ¿A que se refería?

-¿el qué?-me incorpore sobre un codo pero ella me volvió a empujar. Parecía divertirse con ello.

-ha, ha, el frío que esta empezando ha hacer.- Ahora que lo decía note la brisa nocturna que tanto conocía.

-Ah, eso... contigo encima, pues no-se puso roja como un tomate.

-ya... te tengo a mil ¿verdad?- dijo con una sonrisa picara. Nunca había visto esa sonrisa en ella. Además ¿que significaba "a mil"?

-¿a mil?- fruncir el ceño.

-Sí, ya sabes.En el tema, cachondo, caliente...- se encogió de hombros- veras yo no hablo así me parece una ordinariez pero... ¿cómo quieres que te lo diga?- lo comprendí de pronto.

-ya veo...- subí mis manos por su espalda y tiré de ella para besarla, nunca me cansaba de hacerlo- no, yo no soy tan impulsivo.

Se separo de mí y se levantó.

La necesitaba, de repente sentía mucho frío.

Se puso la ropa. Que pena, me gustaba semidesnuda. La observe mientras se bestia.

-Uf, como no me has dicho que tenia la ropa hecha un asco. ¿De donde voy a sacar otra?

Parecía apenada. Me levanté y me abroche la camisa muy rápido. Me acerque a ella en menos de un segundo después de hacer todo eso.

La abrace por las espalda y puse mis manos en su cintura.

-Ya encontraremos el modo de sustituirla. Ahora de lo que te tienes que preocupar es de no dejar que eche de menos tus besos- se dio la vuelta para besarme y una sensación cálida me volvió a recorrer todo el cuerpo.

-Ya pero me ibas a explicar todo.- me puse en guardia enseguida, tenia la esperanza de que se le hubiera olvidado pero esa esperanza había sido una estupidez ya que la conocía demasiadopara creer que se le olvidaría como a los demás mortales.

Me echó los brazos al cuello para, acto seguido besarme.

Debía de pensar que así me calmaría.

-Eva...- me puso las manos en la boca para hacerme callar.

-Me lo prometiste y me lo debes.- me miró con los ojos brillantes por curiosidad o cautela.

-¿Quieres que te expliqué todo lo que pasó en el palacio?- se estremeció y me volvió a mirar a la cara, asintió.

-lo necesito.- me dijo mientras se juntaba contra mi pecho.

-bueno... creo que te gustaría sentarte.

¿Como se lo iba a decir? Saldría como alma que lleva el diablo antes de que me diera tiempo a reaccionar. Se sentó en la manta y cruzo las piernas. Me miraba expectante. Me dí la vuelta y me llevé las manos a la cabeza, al cabo de un momento decidí como lo haría. Me puse de cuclillas y la cogí las manos.

Ella aprovechó para darme un beso de nuevo y yo lo intente prolongar hasta que separó sus manos de las mías y las poso en mi rostro, se separó lentamente hasta quedar a un centímetro de mis labios.

-Alec… por favor me lo prometiste- me separé de ella y la miro a los ojos estaba triste. ¡Dios! No la puedo negar eso, con todo lo que ha aguantado por mi culpa, tiene razón se lo debo.

  • vale pero prométeme que vas ha esperar a escuchar toda la historia por favor- me mira desconcertada.

-claro que voy ha escuchar toda la historia- me mira a los ojos y no puede evitar el querer sumergirme en ellos.

-prométemelo-la miro con tal intensidad que se queda momentánea mente paralizada.

-eh… claro te lo prometo, pero no creo que sea tan grave- ahora vería si es tan grave. Cojo sus manos y clavo la mirada en ellas para no ver la expresión de su rostro.

Con un suspiro organizo mis ideas para contárselo de la manera más amena posible.

-yo nací cuando la santa inquisición todavía tenia el poder absoluto y mataban a cualquiera acusado de brujería o por herejía, Has de comprender que la mayoría acusados de brujería eran inocentes y que cualquiera confesaba hasta de haber matado a Jesucristo.

-pero… ¿por qué lo hacían? Me refiero a confesar cosas que no hacían.- su voz sonó tranquila. La miré.

-Por que después de someterte a cualquier persona a torturas como el apaltacabezas, desgarrador de senos, garrucha, cepo, la pera…retorcidos nombres que hacen justo honor a los instrumentos tan terribles usados por los inquisidores para arrancar confesiones en tiempos de brujas, hechiceros, herejes de todo tipo y miedo al demonio, un miedo rayando en la obsesión que provocaba que miles de inocentes acabaran con sus carnes en la hoguera. Eso sí, después de haber pasado un auténtico calvario a manos de sus torturadores. Pues eso, que al reo lo colocaban en artilugios tan elaborados como macabros, instrumentos ideados por las retorcidas mentes de aquellos que, enfundados en sus oscuros hábitos, decían servir al bien y a Dios cuando lo que hacían era sembrar el mal; que los verdaderos herejes, en ocasiones, fueron ellos…- mi mente se vio lanzada a esos tiempos y me llene de amargura.

-Pero… ¿tan terrible eran los instrumentos que usaban? No me mal interpretes, es que por mucho que me lo intento imaginar no lo consigo.- La miro y esta sonrojada, he decidido que quiero contarle todo, confesarme de algún modo. Nunca había hablado a nadie de mi pasado.

-sí… eran terribles- me siento a su lado y ella se tumba, la imito y ella se acurruca en mi pecho- como una silla de tormento cuyas púas arrancaban la carne a las sospechosas de brujería, que acababan confesando cualquier cosa, desde vuelos nocturnos a orgías con el maligno; el potro que, forzando al máximo las articulaciones, dislocaba los huesos del reo y en ocasiones terminaba arrancando alguno de sus miembros en medio de terribles dolores; la pera, que, con su forma circular, era introducida en el ano, la vagina o la boca de la víctima, y se accionaba en su interior mostrando unas afiladas púas que desgarraban al desdichado en las redes de la inquisición… -me callo perdido en el tiempo. Recuerdo que ella esta hay cuando gime un poco. Eso asustaría a cualquiera.

-Pero ya volveré a eso. Yo tenía 17 años y mi hermana tenia 15. Has de entender que eran otros tiempos con esa edad ya eras todo un hombre. Tenia que cuidar a mi madre… Caterina y mi hermana Jane. Estaba en el pueblo cuando noté que la gente me miraba de forma extraña, algo se cocía, no era la primera vez que me miraban de esa forma. La gente pensaba que éramos raros.

Termine en el pueblo y volví caminando a mi casa que estaba bastante lejos. Yo vivía en el campo como cualquier hijo de campesino.

No sabía quien era mi padre ya que mi madre había sido forzada por un señor.

Esa noche cuando estábamos cenando llamaron a la puerta. Mi madre fue a abrir y gritó. Cerró la puerta de golpe y nos dijo que echáramos a correr lo más rápido que pudiéramos. La puerta calló al suelo y mi madre fue tirada hacia tras. Era la santa inquisición.

-de que se nos acusa- pregunte intentando parecer tranquilo y no el amasijo de nervios y miedo que estaba hecho.

-lo sabes muy bien brujo. Mata a la madre y nos los llevamos.-Era un error pero no me extraño. Jane estaba llorando y muy asustada, vimos como le cortaban el cuello a mi madre. Nos agarraron y nos llevaron a los sótanos. Estuve sometido a todo tipo de torturas ya que había pedido que a mi hermana no le hicieran nada. Al final confensé. No podían más, con cada minuto que pasaba anhelaba la muerte. Me metieron en una celda apartada para que me pudiera despedir de mi hermana y ella de mí. No podía ni levantarme. Me desmayé por las torturas sufridas ese día. Era de noche cuando oí el ruido de una baya al caer. Miré por la ventana que daba al suelo. Jane estaba asustada y se tapaba la boca para no gritar. Vi unos zapatos que venían.

-Apártate chico- era la voz de un hombre.

Dio una patada a la reja que callo para dentro como si fuera de madera. Se agacho y me tendió la mano, no podía ver su rostro estaba cubierto por una capa negra.

-vamos no hay tiempo, deja subir a tu hermana primero.- Ayude a Jane a subir a pesar de que me dolía todo el cuerpo. Después subí yo.

Salimos corriendo hacia la entrada del pueblo. El hombre tenía dos rocines muy hermosos. Nos ayudo a subir en uno, Jane iba delante y yo detrás para controlar las riendas. Ató el suyo al nuestro y salimos galopando.

Al cabo de un tiempo llegamos a un pueblo pequeño y amurallado. Nunca había visto un pueblo tan bello, a la luz del amanecer, parecía hecha de oro puro con banderas rojas en las fachadas de los edificios. Llegamos a lo que parecía una plaza, una fuente presidía el centro de esta y un gran edificio se encontraba en frente de esta…-

-¿ese pueblo era Volterra, verdad?- solté una carcajada pequeña. La acariciaba el brazo con el que se agarraba a mis costillas.

-muy observadora, si era Volterra pero en esos tiempos se llamaba la ciudad de Oro.-

-¿Por qué se le llamaba así?- la miré divertido, y con una sonrisa burlona en el rostro.- vale.., te dejo seguir.

-El hombre que nos había ayudado se identifico como el padre Marco. Nos ayudo a bajar y a mi me paso un brazo por los hombros para sujetarme y evitar que cayera a tierra. Entramos en el edificio cuando el pueblo empezaba a despertar. Estaba ricamente decorado. Más tarde se nos dijo que era el palacio Dei priori. Se nos acogió allí y se nos presento a sus habitantes. Los dueños eran 3 personas. Aro, Marco y Cayo.

Una noche estaba dormido, me había curado, pero todavía me dolía el cuerpo. En la silla de al lado de la cama estaba Aro, era muy amable pero esa noche me dio miedo, además escuchaba los gritos de mi hermana. Sin mediar palabra me mordió en el cuello, yo intente desesperadamente apartarle pero era inútil. Cuando se apartó empezaron los dolores. Eran terribles. Parecía que me estaban quemando por dentro.

Cuando me desperté todo era muy brillante y oía el rocé de cualquier cosa.

  • Hola, suponía que despertarías hoy ya que tu hermana lo hizo ayer, Eh de admitir que has tardado mas que otros.- me puse alerta. Y me senté, mi cuerpo iba tan rápido como mi mente. Aro se convirtió en un borrón por un instante.
  • ¡Usted me mordió en el cuello!- me lo palpe pero no había nada.

-Sí pero ibas a morir de todos modos así que preferir despertarte a la eternidad con tu hermana, seguro que sois muy interesantes.

Con el tiempo descubrí que tenía un don, podía derribar a cualquiera como si los anestesiase. Y he permanecido en la guardia hasta ahora. Siempre han sido mi familia y no me importo hasta que apareciste tú, mi vida había dejado de tener sentido, pero tu me devolviste todo lo que había enterrado en lo más hondo de mi ser.- No dijo nada y pensé que se había quedado dormida pero por como estaba de rígida, supe que no.-

-Por favor di algo, lo que sea- suspiró y levantó la cabeza hacia mí. En sus ojos había lágrimas.

-yo…-

(EVA)

Me había quedado helada con su historia, al principio pensé que se lo estaba inventando pero había demasiados detalles.

-Por favor di algo, lo que sea- Le mire y tenía lagrimas, era una historia muy dura. El parecía asustado.

-yo… - no era capaz de hablar.

-Me temes- el se tumbo y se tapo la cara con las manos.

-No ¿pero como es posible que lleves tanto tiempo en la tierra? ¿Existe de verdad la piedra filosofal?- se quitó las manos de la cara, me incorpore y el se apoyó en un brazo.

Nos miramos durante bastante rato.

-No, la piedra no existe. Eva yo…soy un vampiro- ¡Zas! Noqueada. Intente responderle.

-Esto… yo… vale, entonces los tíos esos y la zorra psicópata…son Vampiros-

-Exacto, y la zorra psicópata es Jane mi hermana.- me levanté y empecé a andar por la cueva.

Al cabo de un rato le miré y me observaba atento. Me coloque sobre sus piernas con las rodillas a los costados.

-Esto ya lo he asimilado, mi novio es un vampiro pero no me importa. Sé que tendría que salir corriendo pero eres la primera persona a la que he amado con toda mi alma y bueno… yo también tengo que contarte algo…- me besó de golpe y se encontraba sobre mí en menos de un segundo.

-Entonce no te importa que sea un asesino- me miro aliviado, con una mano al lado de mi cabeza para mantenerse un poco separado y la otra la tenia en mi muslo que estaba a su costado.

-No me gusta pensar en ti como un asesino no me lo digas por favor-me besó.

-Vale pues solo te puedo contar mis suposiciones de porque te a atacado mi familia.

  • Vale pero después te cuento lo mió- me beso y rodó para que estuviese situada encima de el.

-Vale, pues veras. Creo que te quieren matar porque yo, en el poco tiempo que te conozco, e mentido, discutido y gritado. Yo no era así vieron que algo se cocía, entonces al saber de ti. Mandaron a los tres de los cuatro guardias más despiadados a matarte. Debieron de pensar que así seria el mismo de antes pero lo que no sabían es que no te quiero dejar marchar. Porque ahora siento el respeto que no había sentido en mi existencia por la vida humana. Y quiero que vengas conmigo a America.- me quedé anonada, el hizo la pausa para besarme con una pasión ardiente lo que provocó que mis piernas se entrelazasen en su espalda.- ¿Qué me dices?