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Te vi venir — capítulo 10
9º
Pvo. Rebe
Me giré, y cuando vi lo que vi casi em da algo. Frente a mi, se encontraba uan imagen a la vez que sexy, angelical y provocativa sobre todo. Me costó agarrarme a la puerta de las nevera ara no desfallecer. Su única prenda consistía en un pantalón de pijama de seda blanco, con el torso al aire. No se había percatado de mi presencia en kla cocina, por que supuse que el sueño y la tontería no le dejaban divisar la tenue luz del aparato eléctrico al que me hallaba agarrada. Sui ancha, gran y extensa espalda estaba relajada, pero su musculatura se podía apreciar sin mucho esfuerzo. Decidí carraspear para hacerle saber que yo estaba allí.
-Oh-dijo cuando se giró, su cara de sueño y niño bueno era de lo más... ¿cómo decirlo? Perfecta. ¡Dios Rebeca, estás con novio mujer!
Juraría que el vi analizarme de arriba abajo, pero pensé que eran alucinaciones mías, así que esperé a que dijese algo. Y como no abrió la boca, me tocó hablar a mi.
-Señor.. no esperaba encontrarle aquí-me di cuenta de las pintas que llevaba-, y disculpe mi indumentaria.
-No pasa nada, me he levantado para espavilarme un poco, tengo un sueño de los mil demonios.
No quise meterme en mis asuntos, a saber por qué tenía que espavilarse a estas horas... preferí no imaginarlo.
-Señor-dije sin pensar-, ¿por qué está tan decaido estos días?
-Em.. cosas del trabajo-contestó algo seco, se acercó a la nevera, y yo retrocedí al sentirle tan cerca.
-Disculpa mi impertinencia-contesté-. No debí preguntar.
-Eres curiosa, eso no es nada malo, aunque la curiosidad mató al gato...-bebió el agua-m, puedo decirte que a ti te dejó ilesa.
Para mi soprpresa, se sentó en la mesa de la cocina y me ofreció sentarme en uan silla, a su lado aunque algo alejada. Cuando em hube sentado, me contó qué le sucedía, pero en uan voz baja, supuse que no quería que nadie le escuchase.
-Mis padres y yo... no nos llevamos bien, en realidad, ellos no piensan lo mismo. Creen que todavía me dejo manejar, y no saben lo equivocados que están. Ellos se fueron, se largaron aun negocio mejor y no em dejaron ni respirar de salir de la universidad cuando me metieron de jefe supremo en la empresa de publicidad.- en su mirada vi reflejado que le tenía rencor a sus padres, después de todo, con menos de veinticinco años, que te dejen una responsabilidad así... cuesta-. Nunca les he perdonado el tener una infancia algo... ajetreada. Mis hermanos iba por libre, pero al parecer tenían más espectativas que sacar de mi.
Nos quedamos en silencio, en el cual sólo pude contemplar de sus manos fuertes, firmes y bien cuidadas a sus ojos azul turquesa que te hechizaban, y que estaban mirando el vaso.
-No tenía por qué contarme esto, si tan mal le pone-dije en el mismo susurro. Esbozó una sonrisa tristona.
-A veces hace falta que gente con otro punto de vista sepa lo que te sucede.
Se levantó sin decir nada más, dejó el vaso en el fregadero y se perdió por la puerta. Creí que me endcontraba sola, pero eso sólo fue hasta que escuché un:
-Buenas noches-sacado de su voz, la cuyal haría temblar hasta a una monja sacramentada.
Vlví a mi habitación con el pensamiento de que no podía seguir mirando como una tonta a jefe cada vez que le veía, tampoco quedarme embobada con sus ojazos. Además, ¡qué tontería! ¿que estaba bueno?, ¡Pues sí! ¡Y mucho cabe decir! pero de ahí a que me interese para algo más que alegrarme la vista era mucho camino. Yo tenía a Max, que tampoco estaba nada mal.
Pvo. Marian
Ok, esto tenía que salir lo que se dice: perfecto. Me levanté una mañana, hacía un mes que la chiquilla esa trabajaba en la casa, la verdad no me había causado problema alguno, pero hoy las cosas iban a ser distintas... iban a ser mejores. Claro que para mi. Hoy tenía decidido echar a Rebeca de la mansión a como de lugar, por supuesto haciendo que dimitiese. ¿que cuál era mi razón? Eso mismo me preguntó mi hermana cuando salimos de compras el día de la fiesta.
-Marian...-dijo mi hermanita mientras miraba unos zapatos de tacón algo orteras-, ¿puedo saber por qué necesitas que se vaya esa pobre chica
-¡¿Pobre?! ¡Pobre yo!-salté exasperada.
-¿Qué te hizo ahora para caerte mal?-dijo en tono cansino-, ¿Miró arrugando la frente tus pantalones como aquella pelirroja, o se le cayó uina gota de agua encima de tu vestido de Versace como pasó hace un mes?
-No, esta vez fue mucho peor.
-¡Espera que adivino! Te colocó mal uno de los vestidos de Gucci en el armario haciéndoiles una arruga.
-¡No idiota!-le contesté-, esta vez se ha pasado mirando lo que es mío.
-Anda por favor, qué dramática eres...-cogió otros zapatos-¿a que son monos?
-Perfectos, ¡pero escuchame, joder!
-Ok, te escucho-contestó dejando los zapatos a un lado.
-¿No te has dado cuenta de cómo esa barriobajera mira a Bruno?
-¿eh?-dijo ela sin entender.
-¡Cómo se nota que sólo tienes diecisiete años, joder! A ver... ella se pasa casi todo el día mirando a Bruno, a lo gata en celo.
-Vamos, me he enterado de buena fuente que ella tiene novio, tranquila, que no pensará en quitartelo-dijo quitándoile importancia al asunto.
-¡Pues parece que el noviecito no le da candela por que vamos...!
Nos pasamos al tarde comprando y planteando qué hacerle a la mosquita muerta de Rebeca. La noche llegó y con ella, mi hermana y yo nos pusimos guapas. Yo me había decidido por un bestido de corte imperio con un pequeño pico en el escote. Caía en capas con leopardo estampado, vaporoso, ligero y adecuado para uan fiesta en la piscina. Unos taconazos negros, el cabello liso y suelto, sombras marrones y brillantes para resaltar mis ojos verdes y perfecta. Mi hermana se puso un vestido de cierre en el cuello, holgado, blanco y con detalles de varios colores. Unos zapatos de tacón a juego y se recogió el pelo, dejando su fleco de lado suelto y alisado. He de admitir que ambas tenemos un gusto exquisito para la ropa, y espero que siga así. Me dirigí con Bruno a recivir a nuestros invitados. Éramos los anfitriones de la fiesta, en la cual se celebraba nada más y nada menos que una buenísima empresa de cosméticos había tenido un gran éxito con el anuncio que Beaussy (la empresa de Bruno) les había hecho. La gente era sofisticada, alegre, totalmente del tipo de personas con las que a mi me interesa relacionarme. Mirando cómo había quedado todo, la decoración, la música ambiental de la piscina, y de más cosas... ¿Cómo iba a salir algo mal?
Pvo. Leila
-Bern-le saludé cuando le llamé.
-¡Lei! ¿Cómo estás?
-Bien, pero necesito tu presencia a mi lado.
-Ha sucedido algo?
-Sí, mi hermano, bueno, más bien su n ovia, ha organizado una fiesta de estas muermos, y tengo que acudir como parte de la familia, así que si tu te apereces por aquí e impides que mis ganas de suicidarme aumenten cuando escucho a los empresarios hablar de negocios, te lo agradecería en el alma-. Él se echó a reir.
-Ok, pero... ¿Seguro que puedo ir?
-Claro que sí.
-¿Hora?
-Las ocho y media en mi casa, pregunta por la mansión Sanchez a la salida suroeste de Roma.
-De acuerdo-me dijo riendose.
Colgamos, y suspiré, recordado que tenía que hacer una segunda llamada. Sonó tres veces, y luego lo cogió una de mis compañeras, Eva Whendell, de dieciocho años y americana, ojos grandes, penetrantes y marrones y melena oscura y espesa con labios carnosos.Ella también se apareció al poco tiempo, y cuando me hube vestido, Bernard tocó la puerta de mi habitación.
Me decidí por un vestido corto que dejaba ver mis piernas tostadas. Unos taconazos rojos de hinfarto y el cabello en ondas definidas y suelto, a parte de poco maquillaje.
-Ok... ¿vives en serio en una mansión?-dijo cuando entró, la verdad es que estaba realmente guapo.
Bernard se había convertido en un amigo indiscutible junto con Eva. Los tres éramos inseparables, aunque él y mi amiga se la pasaban peleando, la mayoría de veces era en broma y se reconciliaban en seguida para volver a la normalidad. La causa era que su carácter era muy distinto. Ella era fuerte, no le mportaba decir lo que pensaba y eratambién muy sincera, en cambio Bernard era más reservado y sabía cuanod callarse las cosas.
-Sí, ¿no te dije que preguntases por ella?-le contesté antes de ponerme el perfume.
-Ajá, pero pensé que lo decías de coña, guapita, que por cieerto, hoy lo estáis las dos.
Nosotras le sonreimos. No recordaba que Bernard pensaba que yo no era rica. Y tampoco me importaba, prefería que se llevase la impresion de que no tenía dinero y me quisiera por lo qu soy, en vez de que me quiera por lo que tengo. Con Eva pasó lo mismo, y ahora somos inseparables. Bajamos a la fiesta, si no lo hacíamos ya, poco tardaría en bajarnos mi hermano y Marian, la segunda para quedar bien, más que por otra cosa.
Me fijé en que las chicas del servicio iba de aquí para allá con las bandejas llenas de copas de champan y otras bebidas alcoholicas. Después de dos horas de fiesta y tres tequilas con limón, me entraron ganas de ir al servicio. Me introduje en la casa, y pasé al baño de los criados puesto que quedaba más cercano. Me paré en seco cuando escuché unos ruiditos. Ok, no eran ruiditos normales. Era algo parecido a unas respiraciones agitadas y unas risillas entrecortadas... ¿qué estaba sucediendo? Agudicé el oído para percibir mejor de dónde venían... La cocina.
Tendría tres tequilas encima, pero escuchaba perfectamente y todavía no estaba templada. Alguien estaba en la cocina haciendo algo... y dudaba que fueran cosas buenas.
Pvo. Bruno
La fiesta... ¿Cómo decirlo sin que suene mal? en fin, da igual... odiaba las fiestas formales, con música de piano y violín para ambientar y refrigerios por todos lados. Ese no era mi estilo, aunque he de admitir que poco tenía mi forma de festejar con esto. Decidí hacer como que me gustaba y me senté a pensar en mis cosas. no supe por qué em vino a la mente el recuerdo de hace unas semanas, cuando em encontré a Rebeca en tan minúscula ropa en la cocina. Pude admirar sus esbeltas piernas en todo su esplendor, y casi babeo. Menos mal que em supe controlar.
La verdad es que necesitaba desahogarme, y me había ayudado decírselo a alguien que no se decantase por nadie. Mis padres se habían quedado uan escasa semana y con la misma rapidez que vinieron, se fueron. Me costaba crer que yo fuese su hijo siendo tan distinto a ellos. Ok, el grado de aburrimiento que llevaba encime estaba superando al media de lo que podía soportar. Sí, me enteraba a la parfección de cada uno de los detalles que me hablaban lso empresarios, que para algo lo había estudiado, pero eso no quitaba que me aburriera siemrpe de lo mismo.
Disculpenme-le dije a un grupò de señoras que estaban chismoseando, y a la vez saturando mi vía de escape.
Me introduje por una pequeña puerta de madera del jardín, en ella resaltaba un cartel que ponía "PROHIBIDO EL PASO", eso lo había puesto yo expresamente. Caminé por el camino de hierva con la música de fondo qque cada vez se escuchaba más baja de volumen. Este pasadizo sólo lo conocíamos mi hemana y yo, Leila ni se debía de acordar de su existencia. Lo descubrí cuando era muy pequeño. Consistía en un camino que se desviaba por el jardín, tras una puerta de aspecto descuidado y un poco macabra. Si seguías caminando, desembocabas en un pequeño lago, con un embarcadero y una cabaña muy sencilla y rural en frente.
Me encantaba este sitio, me sentía tranquilo y en paz con migo mismo cuando estaba allí. Al llegar, me senté en el filo del embarcadero y respiré hondo, sólo escuchando la tranquilidad y el sonido de la brisa nocturna con los ojos cerrados.
Los recuerdos asaltaron mi mente, recuerdos de cuando era pequeño, cuando a penas tenía cinco años y mis padres me trataban como a alguien normal, no con un intelecto superior al de los demás. cuando crecí, era un adolescente y les dije lo que quería ser, se rieron y me obligaron practicamewnte a estudiar lo que soy ahora sin darme otra alternativa. Por supuesto, yo mismo me pagué mi pasión oculta, de al cual nadie sabía nada, ni mi hermana pequeña y confidente, Leila.
Abrí los ojos cuando un sonido extraño asaltó el silencio. Era un sollozo. Fruncí el ceño y me levanté silencioso para poder escuchar y dirigirme al sonido. Salí del embarcadero, y cuando llegué a la puerta de la casita, sentada en el suelo, hacía uan pesona que lloraba aferrándose las piernas el pecho. Se em encogió el corazón, y me arrodillé a ver qué sucedía.
-Eh... ¿estás bien?-pregunté, cuanso levantó su mirada, pude ver que no, sus ojos estaban rojos, y por su rostro corrían innumerables lágrimas -¿Me ves cara de estar bien?-dijo cortante.