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Te vi venir — capítulo 26
25º
Pvo. Aly
A la mañana siguiente, Rebeca se levantó más temprano de lo normal. Pero yo no tenía ganas de levantarme de la cama todavía, así que me quedé allí acostada. Recordé el roce de sus labios con los míos y sentí el calor subir a mis mejillas. Dios. El recuerdo de la noche anterior me estremecía para bien. Había sido una sensación increíble besa a Aaron Sanchez. Pero... ¿qué pensaría él de mí? ¿Que soy una impulsiva? Claro, no era para menos. Después de besarle había salido por patas de su habitación, y todavía le quedaba algo por contarme: quién le había pegado una paliza de ese calibre, claro, que al saber de su pasado... no era muy difícil imaginarlo.
Cuando por fin me decidí a levantarme me di una ducha rápida y me puse el uniforme, preparada para afrontarme a un nuevo día de trabajo. Me encontré a Rebe en la cocina, terminando de hacer lo que parecían ser tortitas. Me puse a ayudarla.
-Rebe, ¿qué tal ayer?-pregunté.
-¿Ayer?-preguntó confusa, parecía algo ida.
-Sí mujer, con Ales, ¿qué pasó?
-Bueno… en general todo fue bien. ¿Sabes a dónde me llevó?-negué.- Al restaurante que íbamos a cenar cuando estábamos juntos. Y luego dimos un paseo por los mismos lugares que antes visitábamos. Por cierto, está forrado. En serio, he llegado a preguntarme si lo hace a posta para hacerme recordar todo lo que vivimos, o si me lleva a esos sitios solo porque le gustan de verdad.
-No creo que lo haga por nada malo. Si te soy sincera, se le ve que quiere que volváis.
-¿Volver? ¿Con Alessandro?-me miró flipando.-No, creo que no.
-¿Por qué? Cariño, ha sido uno de los hombres que mejor te ha tratado en tu vida, es guapo, está buenísimo y para colmo de males no le falta el dinero, es más le sobra. Y no me vas a negar que sabes que ha vuelto a Italia para reconquistarte.
-Créeme que lo sé amiga… Pero eso es lo que me asusta.
-Mira que hace dos décadas que te conozco pero aun hay veces que me desconciertas. Quién te entiende, dejar escapar a un hombre así…
-¡Pues sal tu con él a ver!
-No, gracias, yo ya tengo quien me mime.
Dejó lo que estaba haciendo y me miró con la boca abierta.
-Aliana, guapa, ahora mismo me cuentas todo porque tengo un cuchillo en las manos y no dudaré en usarlo para sonsacarte lo que haga falta.
-Te lo contaré-le dije.-Pero ni aquí ni ahora. Las paredes oyen y no creo que sea muy conveniente, tenemos trabajo que hacer.
Pvo. Leila
¿Me quería? ¿y no solo como amigos? Con ese pensamiento apenas pude conciliar el sueño. A la mañana siguiente me levanté justo a la hora de desayunar. Lo hice a toda prisa y luego me subía mi coche para arrancar echando leches de mí casa, ¿dirección? La agencia. No sabía exactamente por qué tenía tanta prisa porque una vez viese a Bernard, ¿qué iba a decirle? No tenía ni idea.
Cuando paré en el aparcamiento, me tomé unos minutos para reflexionar. Recordé cada palabra que me había dicho, de apoyo y no tanto, para intentar devolverme a la realidad. Y además de eso me había dicho que me quería. ¿Y yo a él? Estaba claro que me gustaba, porque para no gustarme un chico como él tendría que estar totalmente ciega y… Sí, le quería, yo también le quería. Dios, para que luego digan que la vida del adolescente es fácil.
Bajándome del coche recibí una llamada. Era Eva.
-¿Dónde demonios estás metida?-dijo susurrando.
-Estoy en el aparcamiento, ¿por?
-Tienes que ver algo-dijo muy seria.-No te va a gustar.
-¿Dónde estás?
-En la puerta de la sala seis.
-Voy para allá.
Colgué y subí lo más rápidamente que el ascensor me permitió hasta las salas de photoshoots. Efectivamente en la puerta de la seis estaba Eva, que al verme se llevó un dedo a los labios como gesto para decirme que fuera muy silenciosa hasta donde ella se encontraba. Cuando llegué allí, me señaló hacia el interior.
Por una pequeña rendija de la puerta pude ver algo que no creía que tendría que presenciar nunca en mi vida. Encima de una silla de las que utilizaban para maquillarnos se encontraba sentado Bernard, pero no estaba solo. Sentada encima de él estaba Christina. Se estaban besando muy fogosamente, ella parecía una gata en celo, y él… Tenía sus manos posadas en el trasero de ella. El fuego de los celos, la rabia y el asco invadió mi interior. Me largué seguida de Eva hacia la terraza de esa misma planta, necesitaba aire fresco.
-¿Cuánto llevan así?-pregunté a Eva cuando fui capaz de hablar.
-Unos segundos, desde que te vi llegar aquí, les quité la vista de encima un momento y mira. Antes estaban hablando y no podía enterarme de nada. Pero igual me dio mala espina y te llamé.
-Gracias por avisarme-le dije, pero no podía sonreírle para demostrar que fuera cierto.
Preferí callarme, tragarme toda esa rabia interior que sentía aunque algún día pudiese explotar y todo fuera peor. Ahora no me sentía con ganas de hablar, solo las tenía de dejarme resbalar hasta caer en un rincón de esa terraza y dejarme ir. Mi amiga me preguntaba por mi estado y yo no respondía, solo le decía que estaba bien, que necesitaba un momento a solas. Aceptó y me dejó allí pero sin dejar de preocuparse. Mientras el silencio me llevaba a pensar y pensar, llegué a preguntarme el por qué de muchas cosas. Pero también me di cuenta que la mayoría de mis preguntas no tenían respuesta, y si la tenían, no eran buenas noticias para mí.
Spoiler:
No pasó mucho tiempo cuando le vi aparecer. Sabía que él era el dueño de los zapatos que podía ver desde el suelo pero no quise mirarle, y tampoco lo hice cuando se agachó con intenciones de verme mejor. Estaba demasiado dolida para poder afrontarme a sus ojos, aquellos que me hipnotizaban muchas veces. No iba a ser yo la que rompiera el hielo, por mí que entre nosotros todo se quedase helado, ya no me importaba.
-Leila-me llamó, no le miré, hice oídos sordos a sus palabras. Aunque tuvieran esa voz que a mí me quitaba el hipo. Antes estaba lo que él había hecho.-Leila por favor, dime qué te pasa-. ¡Hipócrita! ¡Como si él no lo supiera! Encima se hacía el tonto.- Háblame por dios, grítame si hace falta, pero di algo.
Esto era el colmo, lo que me faltaba. Me levanté y le miré fijamente, con reproche en mis ojos y ganas de mandarle a la mierda. Es más, eso iba a hacer en cuanto fuera capaz.
-¿Qué qué me pasa?-inquirí por lo bajo, casi reí.-Y todavía tienes la cara para preguntármelo.
-Si es por lo de anoche….-parecía no saber de lo que estaba hablando.
-No, no es por eso, pero tiene mucho que ver.
-¡Entonces habla de una maldita vez Leila!
-¡Tú!-espeté.-¡Tú eres lo que me pasa!-se quedó igual de desconcertado.-No hay quien te entienda. Anoche me dijiste que me querías, ¿y esta mañana vengo y te encuentro pegándote el lote con la ***** de Christina? Nunca pensé que tú serías de esos que juegan doble. Pero ya veo que las apariencias engañan.-Una lágrima resbaló traicionera por mi mejilla. La sequé rápidamente pero él alcanzó a verla.
-No…
-¡Que no es lo que parece! ¡Claro y yo voy y me lo creo! Es lo que siempre dicen los tíos, y nunca es cierto. Y yo, de tonta e idiota sí que lo he hecho. Me he enamorado de ti como una imbécil y ya no me importa lo que pienses sobre eso. Desde hace meses ver tu cara por las mañanas bastaba para alegrarme todo el día, y ahora lo que siento al mirarte es desilusión. -Recogí mi bolso del suelo y me lo puse, dispuesta a irme, pero cuando estaba ya unos pasos alejada de él me giré un poco. Me quedaba algo por decirle-, Lo primero que pensé cuando te vi fue: este chico será muy importante para mí, lo presiento. Ahora veo que me equivoqué por completo.
Con las lágrimas desbordando ya de mis ojos marrones me fui de allí. No avancé mucho cuando de repente sentí que unas manos me agarraban de la cintura, me habían girar sobre mis talones y me apretaban a un cuerpo que quitaba la respiración. Unos labios se aproximaron a los míos con rapidez y no tuve tiempo de reaccionar para apartarlos cuando ya se estaban moviendo sobre los míos.
La sorpresa me dejó paralizada. Él me estaba besando. Y esta vez no era un sueño. Movía sus labios sobre los míos con ímpetu y yo… Le respondí. Moví también los míos en un intento de hacerme creer a mi misma que esto era un buen momento, pero no pude evitar que fuese un beso amargo. Su lengua buscó la mía, y ambas se movieron con tristeza y fuera la una sobre la otra, entrelazándose, juntándose, matándome. Cuando se separó apartó los rubios cabellos rebeldes de mi cara y me miró sin pestañear.
-No te equivocabas. Quiero ser importante en tu vida, y lo seré si tú me dejas. Christina ha sido la que se me ha tirado encima, yo ahora no tengo mente para otra chica que no seas tú.
Pvo. Bruno
-Ma… Marian-tartamudeé.
-Bruno, cariño, ¿me has echado de menos?-repitió ella. Se levantó de la silla y se acercó hasta mí con su peculiar andar, contoneándose. Cogió mi cara entre sus manos y me besó corta y fogosamente.-Ya sé que si, no hace falta que contestes.
Yo seguía en shock.
-Ha… ¿hace cuánto has llegado?
-Hace como media hora. ¿Por qué la pregunta?
-No has avisado ni nada… ¿y tu equipaje?
-Lo mandé para la casa con mi hermana.-Asentí. Vale, todavía no estaba preparado para decirle lo que tenía que decirle pero debía mentalizarme.-Amor ¿es que no te alegras de volver a verme? Hace mucho que no te doy cariñitos ni nada…
Agarraba las solapas de mi esmoquin mientras hablaba, juguetona y seductora como siempre. Pero ahora eso no me interesaba ni me llamaba la atención, en mi mente y mis pensamientos había otra mujer.
-Marian-me alejé de ella lo más delicadamente que pude y solté el maletín sobre la mesa.-Tenemos que hablar de algo muy seriamente.
-Por dios Bruno, ahora no quiero seriedades-volvió a pegarse a mí y a besarme, yo intentaba separarla pero parecía tener tentáculos en vez de manos-. Me haces mucha falta, ha sido tedioso estar en Canadá sin ti a mi lado.
-Pero esto es importante-dije firmemente. Le agarré las manos, que en ese momento volaban por mi pecho con intención de desabrochar los botones de mi camisa, y se las pegué al cuerpo.-Y es necesario que lo hablemos ahora.
-Vale-dijo aburrida.- Cuéntame eso tan importante que tienes que decirme.
Respiré hondo para armarme de valor.
-He estado pensando en nuestra relación, y creo que estamos en un punto algo…
-¡Sí!-dijo emocionada.-Dios Bruno sí, claro que sí.- Em… ¿sí a qué? No entendía el por qué de su emoción.-Casémonos.
Mis ojos se salieron de sus cuencas. ¿Había escuchado bien? Es más, ¿había escuchado Ella bien lo que yo había dicho? ¿Casarnos? No, eso no era lo que yo iba a decir, no. ¡NO!
-Marian no es…
-¡Oh qué emoción!-seguía pegando chillidos.-Amor no puedo creerlo, ¡Por fin vamos a darnos la vida que merecemos! Esto tiene que saberlo alguien más. ¡Oh cariño qué emoción!-se acercó a mí y yo observé shockeado cómo ella me daba un leve abrazo, un ligero beso en los labios, cogía su bolso y salía como un torrente de mi oficina.
¡¿QUÉ DEMONIOS…?! ¿Ahora cómo le explicaba esto a Rebeca? ¡Yo no quería casarme con Marian Giovanelly! A la única mujer que quería en mi vida era a Rebeca Torres, nadie más.
Pvo. Rebe
Me encontraba a las diez en la casita del lago. Había llegado cinco minutos antes de la hora prevista y ahora le esperaba sentada en el porche de madera. Me había avisado con una nota que había dejado en el bolsillo de mi delantal mientras servía la cena.
Todavía tenía la ilusión de esta mañana, cuando me dijo que me quería. En ese momento el corazón empezó a latirme desbocado, pero él no pudo escucharlo porque debía irse. Ese pequeño encuentro había sido muy romántico, le había planteado mi duda y él me había prometido que la dejaría, y yo sabía que lo haría.
En cuanto a Aly… Cuando me contó que estaba loca por Aaron no pude creerlo, no se parecían en nada, ella extrovertida, él cerrado, ella alegre y él misterioso… Dos polos opuestos, pero bien dicen que estos se atraen. Hoy él no había ido a trabajar y eso era muy extraño pues él no era de los que faltaban ni enfermos a su trabajo. Les deseaba lo mejor, más que nada porque sabía que en el interior de Aaron se escondía una buena persona y por que Aly era mi mejor amiga que ya necesitaba algo serio.
Claro, n o todo podía ser perfecto siempre. Cuando Christina Giovanelly se apareció en la mansión Sanchez con las cinco maletas y el bolso de mano de su hermana mayor, mi mundo de por sí inestable se vino al piso. Hice una rabieta encerrada en mi habitación de cinco minutos y me obligué a pensar en positivo, cuando antes volviera esa víbora de Canadá, antes Bruno hablaría con ella, y antes me dejaría en paz. No, no me dejaría en paz, al menos no era seguro que lo hiciera. Yo le había quitado al novio y eso no iba a perdonármelo tan fácilmente. Pero en cuanto Bruno sepa qué clase de mujer es con la que ha estado estos últimos años de su vida me ayudaría, estaba segura de ello.
Su voz llamándome en susurros interrumpió el hilo de mis pensamientos. Me levanté rápidamente y le vi aparecer entre la espesura del descuidado jardín. Una sonrisa se extendió en mi boca al igual que la suya. Todo estaba prácticamente a oscuras, la única luz provenía de la bella luna que nos acechaba en el cielo nocturno. Nos reunimos en un beso en el cual nuestras bocas se buscaron ansiosas por encontrarse. La forma en que nuestras lenguas jugaron era urgente, ávidas de saborearse con su par. Nos separamos y él me cogió de la mano para llevarme hasta el interior de la casita. Solo él tenía la llave.
El interior era acogedor en una noche fría como la de hoy, tal y como yo lo recordaba. Ya dentro, Bruno me frotó los brazos bajo la chaqueta que llevaba para que entrase en calor. Fuimos hasta la cocina y allí preparamos entre los dos chocolate caliente. Nos quedó buenísimo. Yo estaba ansiosa por saber si había hablado ya con Marian. A ella no se la vio en la cena ni durante todo el día.
-Bruno-me armé de valor.- ¿has hablado ya con…?
Hizo una mueca que no me convenció.
-Sí, o al menos lo he intentado.
-¿Qué quieres decir?-pregunté.
-Me ha malinterpretado. Ha creído que decía otra cosa en vez de que quería dejarla.
-¿Y qué ha creído exactamente?
-Que quería que nos casásemos.
Casi me atraganto con el chocolate. ¡¿QUÉ COÑO HABÍA DICHO?! Se levantó apresurado para ayudarme, me dio un vaso de agua y cuando pude hablé.
-¿Que qué? ¿Pero está loca? ¿En qué coño estaba pensando ella?
-No lo sé ni yo, la verdad.-Suspiró con pesadez.-No sé qué hacer, seguro ya sabe de eso toda su familia.
-Pero ¿estás seguro de que le dijiste lo que tenías que decirle?
-No me dejó terminar de hablar. Y cuando quise volver a explicárselo tampoco me lo permitió.
Me quedé callada y la realidad cayó ante mis ojos. Lo sabía, ella sabía que él iba a dejarla. Por eso ha jugado bien sus cartas, y ahora gracias a su astucia y su lengua viperina… Iban a casarse, y yo aquí sobraba.