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Te vi venir — capítulo 28
27º
Pvo. Marian
Todo estaba saliendo a las mil maravillas. Estaba organizando ya mi boda con Bruno, mi madre y mi hermana me ayudaban y en una semana tuvimos todo planificado, solo faltaba ponerlo en práctica. Estaba muy entusiasmada, pero aun me faltaba algo por resolver. Desde mi vuelta a Italia no había hablado con Aaron, más que nada porque él me había estado esquivando, y ya hacía una semana que la intriga me carcomía. La mosquita muerta de Rebeca se comportaba como toda una criada de verdad, no hablaba con ninguno de los dueños de la casa si ellos no le dirigían antes la palabra a ella. Que hablase con los demás me daba igual, pero que lo hiciese con Bruno cambiaba mucho las cosas.
Esa mañana me desperté más temprano de lo normal, a mi lado Bruno descansaba plácidamente así que le dejé dormir. Mientras me daba un baño relajante me pregunté por qué él no había querido hacer nada conmigo desde mi regreso. Se le veía distante, aunque me respondía los besos y esas cosas, en cuento me ponía más fogosa de lo necesario paraba e intentaba alejarse, claro, siempre como un buen caballero, por eso no podía reclamarle nada. Algo me olía a chamusquina en todo esto y estaba dispuesta a averiguar qué estaba pasando. No era normal que Bruno a cada dos por tres intentase… ¿dejarme? ¡No, eso es absurdo! Él nunca haría eso, soy muy importante en su vida para que desista de tenerme en ella.
Cuando salí para vestirme él ya estaba despierto. Le di los buenos días con un beso corto pero entusiasta y una gran sonrisa y sin mediar palabra conmigo fue a la ducha. Dispensé las ideas raras de mi cabeza y me puse ropa rápidamente para ir a hablar con Aaron. Desgraciadamente cuando pregunté por él al servicio, me informaron que había salido más temprano que nunca. Tendría que esperar hasta la noche para solucionar mis dudas.
Pvo. Rebe
Me arrinconó contra la pared de la cabaña de madera de roble y juntó sus labios con los míos en un beso ansiado donde nuestros labios y nuestras lenguas jugaban entrelazándose, rozándose y mezclándose en un baile sin fin. Mi cuerpo entero estaba allí, sintiendo el suyo pegado al mío y sus brazos apoyados en la parte baja de mi espalda. Pero mi mente estaba en otro sitio. Marian Giovanelly y Bruno Sánchez iban a casarse, y todo por un malentendido. Cuando más pensaba en esa frase más me daba cuenta de que lo que hacíamos estaba mal.
-¿Te pasa algo?-me preguntó dejando de besarme. Yo negué con la cabeza.-No mientas.
-Está bien-suspiré.-Para variar, me pasa que estoy liada con un hombre que próximamente va a casarse-dije con voz monótona, pues siempre que veníamos a la cabaña por la noche, hablábamos de lo mismo.- ¿Contento?
-Rebe, lo he intentado.
-Y lo sé Bruno-respondí.-Pero no puedo evitar pensar que todo esto está muy mal.
Me cogió al cara entre las manos e hizo que el mirase a los ojos.
-Sé que te sientes incómoda y que esto no te gusta, créeme que a mí tampoco, porque me gustaría no tener que esconderme para estar a tu lado. Créeme que querría pasearme todos los días por las calles de Roma agarrado de tu mano y saber que siempre vas a estar ahí. He intentado hablar con Marian y ella no atiende a razones, no me deja continuar. Parece que se huele lo que le voy a decir. Quiero dejarla, te lo juro. Rebeca has roto todos mis esquemas. Yo creía que con ella estaba bien pero ahora me doy cuenta de que todo era costumbre. Apareciste y me has hecho darme cuenta de lo que es el amor.
Sonreí tímidamente. Bruno era un cielo. Decidí dejar de pensar en boberías, todo se solucionaría tarde o temprano, la cuestión era si acaba ría bien o mal…
Bruno dirigió su boca hacia la mía para besarme de nuevo y se lo agradecí. Pasé mis brazos por su cuello y él bajó sus manos hasta mi cintura, luego dejó de besarme y me abrazó. Él ya me había dicho que me quería, yo no había sabido contestarle. Se me ocurrió algo y aun abrazados le hablé.
-¿Está por aquí la guitarra de la otra vez?
-Sí, está al lado de la chimenea.
Me dirigí hacia allí con una sonrisa y cogí la guitarra, el fuego de la chimenea estaba encendido y las luces de la estancia eran tenues. Fuera el viento azotaba los árboles y hacía bastante frío, pero dentro de la casita el ambiente era muy agradable. Él me miró extrañado cuando le pedí que se sentase a mi lado en el sillón.
-¿Qué piensas hacer?-preguntó curioso.
-Tú me has dicho lo que sientes por mí, pero yo te he contestado todavía-sonreí.
Él esperó expectante a que empezase así que me coloqué la guitarra y, mirándole fijamente, los acordes empezaron a sonar como si de un equipo de música se tratase, llenándolo todo con su melodía. Al poco tiempo la acompañó mi voz. No dejé de mirarle ni un momento a los ojos, quería que supiera que esta canción decía todo lo que yo sentía por él.
Pvo. Leila
No me lo creí del todo, pero hice como si nada hubiera pasado. Durante una semana hice como si lo que hubiera visto en la agencia aquel día no fuera cosa mía y no influyera en mi vida. Pero lo cierto es que sí que lo hacía. Yo me conformaba con que esa arpía no se metiera entre nosotros de nuevo. Bernard y yo habíamos empezado a salir al día siguiente de esa pelea, y Eva estaba de lo más feliz por nosotros. Estos días habían sido perfectos. Era como estar en una burbuja donde los problemas no me afectaban, claro, esto solo era cuando Bernard o Eva me acompañaban. Si ellos no estaban para levantarme el ánimo… Todo estaba mal.
Cuando estaba durmiendo en mi casa por las noches, algo no me dejaba, era la conciencia. Me levantaba a mitad de la noche y me miraba al espejo. Me veía gorda. Iba al baño. Lloraba. Me metía los dedos índice y corazón en la boca y las arcadas me daban en seguida. Vomitaba lo poco que había comido durante el día. Y así durante una semana entera. No sabía por qué lo hacía, simplemente rechazaba comer.
Hoy por la noche había quedado con Bernard para ir a cenar a un restaurante en plan parejita. Me había agradado la idea a excepción de que implicaba comer por la noche, comer mucho, y comer por la noche engorda. Pero no iba a hacerle un feo a mi novio así que intenté ponerme lo más guapa posible antes de que se pasase a buscarme en su coche. Me decanté por un vestido marrón de algodón, bufanda de pelo falso, unas medias y botas de tacón negras. El pelo me lo dejé suelto y con el adorno de un lazo negro. He de admitir que para lo poco agraciada que me había visto estos días estaba bastante bien. -Leila-llamaron desde la puerta. Era Rebe.
-¡Hola!-saludé alegre.
-Hola, vaya qué guapa que estás.
-Gracias.
-Por cierto, un chico te espera abajo, dice que se llama Bernard.
-Oh, vale gracias por avisarme.
-Para eso estamos-y con una sonrisa se fue.
Bajé las escaleras y me encontré al chico más guapo que mis ojos habían observado. Iba elegante pero informal, perfecto. Le saludé con un corto beso en los labios y salimos de mi casa en dirección a un restaurante. Estás preciosa Leila.
-Gracias-le dije sonriendo.
-Pero… ¿te encuentras bien cariño?
-¿Por?
-Hace días que te veo rara, como pálida, claro que hoy estás mejor pero no sé…
-No me pasa nada.
-Leila si te preocupa algo, sea lo que sea… Sabes que puedes decírmelo a mí.
-Ya, pero el caso es que no me pasa nada, tranquilo.
Llegados al restaurante Bernard pidió la mesa que había reservado. Todo era muy bonito y privado, pero sin pompa, como a mí me gustaba. El maêtre me echó la silla hacia atrás para que yo me sentase, pero en el momento en que me moví sentí como la vista seme nublaba momentáneamente, y luego esa sensación se volvió permanente. Perdí el conocimiento y escuché a Bernard llamarme a lo lejos, un sonido muy apagado, casi inexistente.
Pvo. Christina G.
No me quedaron ganas de esperar a Marcos después de ver a Shena, por lo que le di a ella una excusa y me fui sin más. A los días siguientes él me había estado llamando pero yo no se lo había cogido. Una semana después de eso, me salté la última hora de clases: Educación física. Salí del recinto escolar en mi coche y llegué a la mansión Sánchez. A estas horas mi amiga y tocaya estaría en la agencia y no quería ver a Marco ni de lejos. Así que iba a visitar a mi hermanita. Cuando ella nos contó en casa que se iba a casar con Bruno nos sorprendimos bastante, pero lo cierto es que ya llevan años de relación y si se querían, todo estaba bien.
Pregunté al servicio por el paradero de Marian y me dijeron que tendría que estar en la sala superior. Subí las escaleras y llegué hasta allí. Al abrir la puerta me encontré a Marian de espaldas a mí, con su portátil. Recordé aquella vez que la había pillado buscando información en Canadá, ella me había echado de allí y no había contestado a mis preguntas. Observé sobre su hombro lo que estaba viendo ahora.
En el buscador de Google había puesto: Franklin Belmont. Y ahora estaba buscando en los apartados que salían. Intenté hacer el mínimo ruido posible para poder seguir viendo lo que encontraba. Entró y salió de varias páginas, obviamente no encontró lo que necesitaba. Se detuvo en una, yo sentía mi corazón palpitar en mis oídos a causa de la rapidez con que lo hacía.
Franklin Belmont, abogado Italiano especializado en…
¡Mierda! Ella iba a girarse, lo más rápido que pude salí de esa habitación, salí de la casa y me subí a mi coche, aun con el corazón desbocado. Conduje hasta un lugar tranquilo y me paré a pensar. ¿Franklin Belmot, abogado? No sabía qué tenía que ver ese hombre con mi hermana, pero pensaba averiguarlo. El móvil me sacó de mis pensamientos. Era un número privado.
-¿Diga?
-¿Tengo que llamarte por privado para que me cojas el móvil?-reconocí esa voz en seguida.
-He estado ocupada poniéndome al día en clase.
-Ya-no se lo creyó.-Bueno, tengo que hablar contigo.-No contesté.-Quedamos en el parque de siempre a las ocho.
-Vale-dije después de un silencio.
Ambos colgamos y yo empecé a volverme loca. ¡¿Qué querría este ahora?!
Pvo. Marian
Una vez acabamos de cenar y Aaron se hubo ido a su habitación, entablé una corta conversación con Bruno.
-Amor, ¿qué piensas hacer ahora?
-Tengo asuntos de MaxSa pendientes-respondió solamente.
Se levantó de la mesa y yo le seguí los pasos hasta la escalera, donde le detuve. Pasé mis brazos por su cuello.
-Bruno… ¿cuándo vamos a tener tiempo para nosotros?
Él se encargó de bajar mis manos cuidadosamente de sus hombros y las puso a cada lado de mi cuerpo.
-Tengo cosas que hacer-se excusó.
Una vez le vi desaparecer por las escaleras di una patada con fuerza al suelo y gruñí. ¡Aaaag! ¿Qué coño le pasaba? Subí hasta le piso de arriba decidida a ir a la habitación de mi cuñado, pero antes me asomé por una rendija del despacho para comprobar si él se encontraba allí. Efectivamente Bruno estaba ordenando unos papeles y con el ordenador encendido. A juzgar por el tiradero que tenía le quedaba para rato. Toqué dos veces seguidas la puerta de Aaron y no esperé a que nadie me abriese. Le encontré sentado en su sillón de cuero negro mientras leía atentamente. Levantó la vista del libro para mirarme con indiferencia.
-¿Qué quieres?-me interrogó.
Cerré la puerta tras de mí y me acerqué a él con los brazos cruzados sobre el pecho.
-Respuestas, cuñadito, respuestas a las preguntas que te he hecho.-no contestó.- Todavía no me has contado nada de lo que ha pasado aquí.
-Quizás es porque no hay nada que contar-dijo con calma.
-No me lo creo.
Se levantó.
-Mira Marian, hace tiempo que quiero decirte algo. Ya no quiero seguir con esto.
-¿Ah no?
-No, estoy harto de esto, no me parece justo. Rebeca no ha pasado más tiempo con Bruno del que debería como la criada que es. Así que creo que toda esta historia es paranoia tuya. Rebeca no tiene intenciones con mi hermano.
-Vaya, qué bueno te has vuelto, te dejo solo un tiempo y mira lo que pasa. A ver Aaron, ¿tú no querías la presidencia de la empresa?
-Sí la quiero, pero… No quiero seguir con esto y punto. Olvídate del trato.
-No pensé que cambiarías de opinión, sobre todo cuando yo puedo hacer desaparecer de los documentos oficiales todo lo que sucedió en tu adolescencia.
-Podrá desaparecer de lo oficial, pero no de mis recuerdos.
Le miré extrañada.
-¿Se puede saber qué coño le pasa a todo el mundo que está tan raro? Bruno y tú lo estáis desde hace mucho, será que es de familia.
-No me eches el muerto a mí, no tengo la culpa de que no sepas satisfacer a tu novio-sonrió de lado y me dieron ganas de pegarle una cachetada.-Ahora, si me disculpas, sigo con mi libro, que estaba muy entretenido.
Volvió a sentarse y adoptó la misma pose que le vi cuando entré. La conversación había terminado. Al salir de allí y entrar en mi dormitorio me di cuenta de que lo que había dicho podría ser cierto; quizás eran paranoias mías. Quizás Rebeca solo sea muy sociable y me estaba montando locuras para nada. Pero no podía dar eso por sentado, no sabiendo que ahora mismo mi novio y prometido se comportaba de manera tan extraña conmigo.
Pvo. Bruno
Acabó de tocar y yo no podía apartar la vista de su bello rostro, tomando un color anaranjado por las llamas del fuego. Sus ojos brillaron cuando me miró y sonrió. Sin decir una palabra me acerqué a ella y la besé tiernamente. Sus besos eran como una droga, un vicio prohibido pero encantador y adictivo. Nuestras lenguas se entrelazaron haciéndome sentir que volaba. Aparté al guitarra y la posé cuidadosamente en el suelo, y sin dejar de besarla la recosté en el sofá. Rebe pasó sus manos por detrás de mi nuca y aferró mis cabellos suavemente entre sus dedos. Bajé mis labios hasta su cuello, donde deposité un corto beso, muy suave, como el roce de una pluma. Luego me separé y ella me miraba sonriendo.
-Te quiero Bruno. Cada vez que te beso es como estar en las estrellas, y cuando te miro puedo ver que esto no es uno de los tantos sueños que tengo siempre, que es real.
-Tan real como que estamos en esta cabaña, solos…-puse su mano encima del lado izquierdo de mi pecho.- Y que nuestros corazones laten el uno por el otro.
Con grandes sonrisas volvimos a fundirnos en un beso cargado de cariño y pasión. Hubo muchos más, pero no podíamos tardar mucho. Fuera de este lugar mágico nos esperaba el mundo real. El difícil y complicado mundo real.