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Te vi venir — capítulo 29
28º
Pvo. Bruno
Estaba decidido. Era ahora o nunca. Tendría que afrontarla, obligarla a escucharme a como dé lugar. No podía permitirme herir a la mujer que amaba.
-Marian-la llamé, ella estaba distraída mirando en su portátil alguna información que no era de mi interés.
Era casi por la noche, el día anterior Rebeca me había dicho que me quería, me encontraba con Marian en el salón-bar de la planta superior. Desde ese momento supe que no podíamos seguir más así. Rebeca daba todo lo posible por estar junto a mí, y yo quería hacer lo mismo por ella, sólo podría hacerlo en una manera: Tenía que dejar a Marian Giovanelly, e iba a ser una tarea difícil. No sabía cómo lo había hecho, pero Rebeca había cambiado todo en mí, había roto mis esquemas y me había abierto los ojos. No estaba enamorado de Marian sino de ella.
-¿Sí, cariño?-seguía dándome la espalda, con la vista fija en la pantalla del ordenador.
-Tenemos que hablar.
En ese momento sí dejó de hacer lo que estaba haciendo y clavó su vista en mí.
-Está bien, tú dirás… Justo ahora estaba mirando las invitaciones para la boda por Internet-sonrió.- ¿Sabes? Hay unas muy lindas que…
-Marian, cállate-dije en el tono más caballeroso que me fue capaz. Mi paciencia tenía un límite. Ella me miró con los ojos como platos.
-Bruno, ¿qué te pasa? Nunca te había visto así amor.
-Marian yo…
-Ya sé-me interrumpió.-Estás nervioso porque aun no tenemos fecha para la boda y quieres que sea cuanto antes. ¡Dios, Bruno yo tampoco puedo esperar a que nos unamos para pasar juntos el resto de nuestras vidas-la emoción al embargó en un instante. Se sentó a mi lado y me cogió de la mano- mm… ¿qué tal el…?
-¡Marian, déjame hablar joder!-dije harto de esta situación. Ella se calló y lo agradecí en el alma.- Siento que esto no va a ninguna parte.
-¿Qué estás diciendo? ¡Si vamos a casarnos!
-No, eso lo has inventado tú. Desde hace tiempo intento decirte que nuestra relación no va a ningún lado, pero tú y tus malditos preparatorios de boda no me dejáis hablar. Así que ahora me vas a escuchar. No voy a casarme contigo, no quiero seguir con esto.
Nunca me creí capaz de decirlo, pero lo hice. Marian me miró durante un momento, confusa y abrumada por la cantidad de información, yo no sabía qué haría; si se echaría a llorar, si me gritaría como una loca histérica o si haría algo aun peor que ambas cosas juntas. Pero hizo lo que nunca esperé que hiciera. Se levantó y se quedó parada frente a mí.
-Eso es lo que piensas-afirmó, yo asentí.- Que no valgo una mierda, que todos estos años juntos deben desvanecerse así como así.
-No eres una mierda Marian, lo que pasa es que ya no siento lo mismo que antes sentía por ti.
Respiró hondo, cerró los ojos por un momento y luego los volvió a abrir a la par que una gran sonrisa surgida de la nada acudía a sus labios.
-Haré como que no has dicho nada, ¿de acuerdo? Solo estás nervioso por la boda y punto. Sí, eso es lo que sucede.
Me levanté.
-No, te equivocas-ahora el confuso era yo.- Te acabo de decir que quiero que terminemos.
-No-dijo rotunda.-Tú no me vas a dejar-posó sus manos en mi pecho y me miró a los ojos.- Bruno no sabes lo que soy capaz de hacer si me dejas.
-¿Qué…?-no entendía nada.
-Si me dejas soy capaz de matarme, porque yo sin ti no puedo vivir.
-No digas tonterías Marian, no sabes de lo que hablas, es imposible que…
-Lo haré. Si me dejas me mataré.
-No serás capaz-dije incrédulo.
-¿Ah no?
Apretó sus labios con lágrimas a punto de salir con sus ojos y se dirigió hasta el balcón con paso decidido y apresurado. Vi como apoyaba su cuerpo en la baranda y se inclinaba hacia delante, luego pasó sus piernas por el otro lado de manera que quedase sentada allí encima. Me asusté. Fui hacia ella y la agarré de al cintura lo más rápido que fui capaz.
-¡Pero qué haces!-casi grité.- ¡Estás loca!
-¡Loca por ti!-me respondió a voz en grito.-Y yo sé que me quieres, pero no entiendo por qué estás así y me dices estas cosas…-se calló un momento, no me miraba, yo seguía sosteniéndola para que no se cayese.- ¡Claro, ¿hay otra? ¿Es eso?!-gritó de nuevo.
Y lo cierto era que había dado en el clavo. Me sentí como un capullo integral. Pero no podía decirle que era por eso que la dejaba.
-¡No, por dios no hay otra!-le respondí.- Marian baja de ahí por favor, no quiero que te hagas daño.
-¡Claro que me bajaré!-gritó.- ¡Pero me bajaré tirándome!-hizo un impulso para lanzarse hacia delante pero la sostuve mucho más fuerte contra mí.
-¡Para ya! ¡No hagas una locura!
-¡Déjame, quiero acabar con esto de una buena vez! ¡Si no me soportas te ahorraré el sufrimiento!-se agitó, me estaba costando sostenerla.
Si Marian caía de este balcón y se mataba, y no podría soportar la culpa que quedaría tras ello.
-¡No voy a dejarte!-dije desesperado.- ¡Baja de ahí por favor, no pienso dejarte ¿de acuerdo?!
Dejó de moverse entre mis brazos y giró un poco la cabeza hacia mí.
-¿Seguro? ¡No! ¡Lo estás diciendo para que no me mate, pero en cuanto me baje de aquí vas a mandarme a la mierda y te vas a olvidar de mí!
-¡No Marian, yo… yo te… te quiero!-metí lo más creíblemente que pude.- ¡No te tires por favor! ¡Bájate ya!
Temblando se bajó de la baranda poco a poco, y cuando lo hizo me abrazó fuertemente pasando sus brazos por mis hombros. Había estado tan ocupado intentando convencer a Marian que desistiera de suicidarse que no me había dado cuenta de que los gritos los había escuchado toda la casa. En la puerta estaban mis hermanos y mi abuela, y bajo el balcón el servicio. Vi a Rebeca que ahora mismo no sabía dónde meter la cabeza, al igual que yo.
-No vas a dejarme-decía Marian respirando entrecortadamente.-No lo harás.
Pvo. Aly
-¿Qué crees que habrá sucedido ahí?-le pregunté a Aaron.
Después del espectáculo tan flipante que había dado Marian, yo había acudido a la habitación de Aaron a las doce, como cada noche. Estaba recostada en su pecho mientras que él se apoyaba del cabezal de la cama y hacía dibujos en mi hombro izquierdo con sus labios.
-¿No lo escuchaste? Al parecer mi hermano quiere dejarla pero ella ha montado un drama y creo que no le va a ser tan fácil esa tarea.
-Dios, esta casa es una locura.
-¿No me digas?-noté como sonreía contra mi piel, los vellos se me erizaron. -He vivido aquí toda mi vida, y siempre ha sido una pelea tras otra, un conflicto cada día. Siempre igual.
-Me lo puedo imaginar.
Subió sus labios y su calmada y cálida respiración hasta la base de mi cuello, cerré los ojos.
-¿Tú quieres provocarme?-solté medio en broma medio en serio. Porque lo cierto era que cada vez que me tocaba, mi corazón se aceleraba y mis vellos se erizaban.
-Me parece que sí-dijo pícaro.
Me incorporé un poco y me puse de rodillas en la cama, encima de él.
-¿Ah sí?-susurré en su oído.- ¿Y qué tal si ahora me toca un poco a mí? Chupé levemente el lóbulo de su oreja. Él jadeó debido a que no se lo esperaba. Seguidamente me dirigí a sus labios y allí di un ligero beso húmedo, luego otro más profundo que él me respondió. Nuestros labios se movían de manera sincronizada, como si hubieran nacido expresamente para esto. En el silencio neutro de la habitación solo se escuchaba el sonido de nuestros corazones latiendo acelerados a causa de ese fogoso beso. Me separé mordiendo su labio y llevándolo conmigo. Cuando se lo solté sonreí pícaramente.
-MM… Entonces todo tuyo-dijo con la misma expresión que yo.
( Ambiente -> )
Aaron hizo un rápido movimiento y me puso bajo su cuerpo sin llegar a aplastarme. Me miró fijamente a los ojos y creí perderme en los suyos de un azul oscuro tan misterioso y enigmático como él mismo. Sus labios volvieron a fundirse con los míos. Suspiré contra su boca. Llevé mis manso hasta sus cabellos, con una mano los agarré sin jalarle, pero que notase que no quería que parase, y la otra la paseé hasta donde alcanzaba por su ancha espalda.
Sentí cómo una de sus manos se deslizaba suavemente por mi costado izquierdo, bajando por la curva de mi cintura, mis caderas, y deteniéndose en la curva de mi rodilla para subirla y ajustarla a su pelvis. Dios, si eso no era una erección no quería ni imaginarlo cuando lo fuera. Se separó un momento de mí para poder quitarse la camiseta, y luego volvió a la carga dando besos a mi cuello, arrancó un jadeo de mis labios. Cuando se separó me dio la oportunidad de sentarme a horcajadas encima de su pelvis, y comencé a moverme lentamente y en círculos mientras me quitaba la blusa, todo sin dejar de mirarle desde mi posición. Quedé en un sujetador negro y liso. Me recosté un poco más sobre él y sin dejar de moverme besé sus labios ardientemente, luego bajé por su cuello, su clavícula, los pectorales, los abdominales…
Con mis manos desabroché sus vaqueros, pero él me detuvo y me puso bajo él. Se deshizo de sus pantalones rápidamente y volvió a besar mi cuello de manera febril. Enrosqué mis piernas en su pelvis, donde podía notar ese bulto que crecía por momentos, y sonreí mordiéndome el labio. Él se sentó conmigo sobre sus piernas y volvimos a fundirnos en otro beso en el que nuestras lenguas se entrelazaron ansiosas por hacerlo más profundo. Sus manos viajaron a mi espalda y desabrocharon con maestría mi sujetador. La prenda quedó olvidada en algún lugar de la habitación, y él me observó maravillado, como si nunca hubiera visto nada tan bello, y me hizo sentir eso, bella, perfecta, como la reina de su mundo. Nuestro mundo.
Me recostó con delicadeza sobre la cama y dio ligeros lametones por la superficie de mi clavícula que aceleraban mis pulsaciones a cada instante. Llegó a la cima de uno de mis pechos y allí se detuvo para besarlo, chuparlo y rodearlo con su lengua, haciéndome disfrutar de manera sobrehumana. Hizo lo mismo con el otro y luego siguió el camino que dibujaba el centro de mis costillas con besos húmedos. Contraje mi vientre cuando llegó a la parte baja de mi barriga y allí se paró, desabrochó mis pantalones y me los quitó con rapidez. Ahora estábamos en igualdad de condiciones. No supe describir lo que sentí cuando sus manos fueron a los bordes de mis braguitas y las bajó lentamente. Vi su cabeza hundirse en mi entrepierna y gemí. Su lengua presionaba mi clítoris suavemente y se movía en todas direcciones, luego un dedo travieso se introdujo en mi sexo. Allí jugó con mi cuerpo. Jadeos y gemidos salían de mi boca sin control, siempre en tono bajo que me costaba adoptar para que nadie nos escuchase. No tardé demasiado en sentir un gran orgasmo, y luego Aaron volvió a mi boca y me besó profundamente.
Yo quise cambiar los papeles, ahora la que estaba arriba era yo. Me deshice de sus calzoncillos rojo oscuro y a mi vista quedó una gran erección. Vi cómo sonreía al ver mi expresión de asombro. Me puse sobre y empecé a rozar nuestros sexos moviéndome en círculos encima de él. Aaron se apoyó en el cabezal para poder quedar algo más sentado y tener fácil acceso a mis pechos. Yo no dejé de moverme en ningún momento. Su expresión de placer era inmensa.
-No sabes las cosas que me haces sentir-susurré con voz ronca por la pasión del momento en su oído.
-Solo sé que te quiero-contestó.
Su boca buscó la mía, nuestros labios tocándose, nuestras lenguas jugando, nuestros sexos rozándose. No aguantaba más, y al parecer él tampoco. Alargó su mano y sacó un preservativo de la primera gaveta de su mesita de noche que se puso rápidamente, y luego yo agarré su miembro con una de mis manos y lo introduje suavemente en mi interior, él cerró los ojos por un momento al igual que yo, y volvimos a abrirlos cuando me moví de arriba abajo, sacándolo de mi interior y metiéndolo de nuevo innumerables veces. Él pasó sus manos por mi espalda y la recorría de arriba abajo mientras que yo sentía el placer más inmenso que hubiera sentido jamás. Si me hubieran dicho cuando empecé a trabajar aquí que acabaría de esta manera con Aaron Sanchez, probablemente me hubiera reído en su cara a más no poder. Pero ahora no era capaz de imaginar mi presente o mi futuro con la ausencia de ese hombre. Mis gemidos mezclados con algún que otro jadeo suyo, palabras de amor, sentimientos, todo ello desbordaba cuando llegamos al placer más grande en conjunto.
Me quedé con su miembro en mi interior hasta que retomamos el aliento. Él apartó mis rubios cabellos de mi hombro, los echó hacia un lado y depositó allí un suave beso. Me bajé de encima de él, puse mi cabeza sobre su pecho y nos miramos a los ojos. Una gran sonrisa iluminó nuestros rostros. Yo llevé una de mis manos hasta su mejilla. Nunca había sentido algo así, nunca me había pasado esto. Nunca en mi vida había mirado a una persona como lo miraba a él.
-Te quiero-susurré.
Pvo. Rebe
Mi vida era definitivamente una locura. Y esta situación lo era más. Cuanto más me paraba a pensarlo más me daba cuenta de que estaba muy mal. Yo estaba liada con mi jefe, el cual tenía una novia que me había amenazado para que no me acercase a él. ¿Y qué hacía yo? Pues nada, enamorarme de él. ¿Y qué hacía ella cuando él quería dejarla porque en realidad me amaba a mí? Decirle que se mataría si hacía eso. Yo no era así, yo nunca le había quitado el novio a nadie, y mucho menos si había pasado al grado de prometido. Pero ahora mi vida había dado un giro de 360 grados. Una llamada interrumpió el hilo de mis pensamientos cuando ya era casi la una de la madrugada. Me hice la dormida ante Aly para que no me preguntase lo que me pasaba, pero cuando me di la vuelta para coger el móvil me di cuenta de que ella no estaba en la habitación. Tampoco había ido esa noche a la cabaña, no tenía valor para hacerlo después de ver lo que estuvo a punto de hacer Marian. Casi se suicida por nuestra culpa. Esto era superior a mí.
-¿Diga?
-Hola R.
-Hola Alessandro, ¿Cómo estás?-al menos me distraería.
-Bien dentro delo que cabe, ¿y tú?-si yo le dijera…
-Podría decirse que igual. ¿Y eso? ¿ha pasado algo para que me llames a estas horas?
-Perdona si te he despertado.
-No, tranquilo.
-Es que hace días ya que no hablo contigo ni sé nada de ti. Sé que al intentar besarte el otro día me precipité pero... No pude aguantarme.
-Ya te dije que no importa-le recordé.- Y para que sepas que es verdad lo que te digo, ¿Qué te parece si te pasas por mi casa el sábado? Es mi día libre y voy a pasarlo allí con mi familia.
-De acuerdo, gracias por la invitación.
-De nada. Y no quiero que te sigas volviendo loco por cosas insignificantes, ¿vale?
-Vale. Entonces… ¿amigos?
-Pues claro.
-Perfecto.
Después de hablar un rato más nos despedimos y me dispuse a dormir de verdad cuando la puerta se abrió. Miré asombrada cómo Aliana hacía su entrada con una espléndida sonrisa que lo decía todo y con pasos que parecía que estaba flotando. Se puso su pijama rápidamente y luego se sentó en su cama dando un enorme suspiro agudo. La sonrisa no se apartaba de su expresión.
-¿Qué te has chutado?-dije en primer lugar.
-El amor-contestó sonriendo.-El amor querida Rebequita.
-¿Eing?-no entendí nada. Ella volvió a suspirar.
-¿Sabes esa sensación de estar dentro de una burbuja de perfección y creer que nada ni nadie puede arruinarte el momento?-asentí, porque en realidad la conocía mucho más de lo que ella pensaba.-Pues así me siento yo.
-Y déjame adivinar, Aaron tiene algo que ver en todo esto.
-Va a ser que sí.
-Quedaste de contármelo todo y todavía no me has dicho nada, así que amiga querida ahora vienes, te sientas aquí y me lo cuentas.
Aliana se trasladó a mi cama y empezó a contarme lo que estaba pasando, porque yo todavía no sabía nada de ello.
-Vamos a ver si me aclaro-le dije.- En primer lugar Aaron te gusta mucho, en segundo lugar tú a él también, luego él te cuenta su pasado, y más tarde ambos se dan cuenta de que están enamorados el uno del otro. Y ¿me estás diciendo que acabáis de hacerlo?-asintió con las mejillas sonrosadas.
La rodeé con mis brazos.
-Ya era hora de que encontrases a alguien que te quisiera de verdad. Me siento muy feliz por ti hermana.
-¿Ves?-se pasó un dedo bajo los ojos.- Estas cosas son las que me hacen quererte tanto.
Pvo. Bernard
-Tengo que llevarte al hospital.
-No-me dijo rotunda.
-Pero Leila, acabas de desmayarte en medio de un restaurante, recapacita por Dios, algo tiene que pasarte. Y para averiguarlo tenemos que ir al hospital.
Ella no había querido que fuésemos, me había obligado a llevarla a mi departamento, y ahora estaba acostada en mi cama. La veía mal, estaba pálida, sus ojos apagados, no con ese brillo y la vitalidad que tenían cuando la conocí. Ahora estaba cambiada, y lo peor es que eso era desde que estaba conmigo.
-No, Bernard, no quiero ir al hospital, no me pasa nada, ha sido una simple bajada de tensión y punto. No sigas con esto por favor.
Respiré hondo. Hacía ya media hora que la estaba intentado convencer para que fuésemos a urgencias, pero ella no quería de ninguna manera. Yo tenía miedo, porque eso de que no le pasaba nada… No me lo creía del todo.