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Te vi venir — capítulo 30

29º

Pvo. Christina G

-Vale, ¿qué quieres?

Había llegado al parque cinco minutos después de la hora prevista, aunque tampoco es que tuviera demasiada importancia que llegase tarde. Al menos no para mí. Me lo encontré de pie apoyado en la barandilla, desde la cual se podía divisar una preciosa vista de mucho verde en Roma, con su inseparable chaqueta de cuero y su cigarrillo casi acabado entre los dedos índice y corazón de la mano derecha. Él sabía que yo estaba allí. Soltó suavemente una bocanada de humo por la boca, y luego me miró, con sus finos y atractivos labios ligeramente abiertos.

-¿Estás de mal humor hoy?-se hizo a un lado, invitándome a posarme en la baranda también. Yo lo hice.

-No-contesté.- Simplemente no me apetece mucho hablar hoy contigo, así que venga, cuanto antes me digas lo que querías decirme, antes podremos irnos los dos a nuestras casas y pasar de todo un poco.

Me miró ladeando un poco la cabeza. Odiaba cuando hacía eso; ese gesto significaba: no tengo la más mínima intención de darme prisa, así que espera sentada. Genial. Suspiré.

-Creas o no, se nota cuando faltas. 

Solté un bufido.

-Ya, seguro, no creo que tú lo hayas notado demasiado.

Él habría estado demasiado ocupado con Shena para darse cuenta de que yo no estaba. No creí que me hubiera echado demasiado en falta. Desde que mi amiga me había confirmado que aquella chica a la que vi que él besaba antes de irme a Canadá, era su novia, las esperanzas de que sintiera algo más allá de la amistad por mí se desvanecieron al instante. 

-No sabes lo que dices-objetó en cambio. Yo le miré, una suave brisa movió mis cabellos rubios hacia atrás.- Te he echado de menos, Chris.

-¿Dónde está Shenna?-inquirí.

-En casa, ¿por qué?-preguntó extrañado. 

-¿No le molestará que me digas estas cosas, y más a sus espaldas?

Me miró.

-Claro que no-dijo él.- No tiene por qué importarle que te haya echado de menos.

-Ya, ¿sabes? Pensé que eras un buen tipo, pero ya veo que me equivoqué. Si eres capaz de hacerle esto a ella, no eres quien yo creía.

Metí mis manos en los bolsillos de mi chaqueta y me giré para irme. Hombres. Todos iguales, siempre el mismo cuento. Siempre la misma historia. Hoy en día una no podía enamorarse, siempre acababan dándonos la puñalada trapera. 

-Espera-paré en seco cuando él habló.

El viento me azotaba los cabellos suavemente, giré un poco la cabeza desde mi posición, y pude ver que estaba justo detrás de mí, con la cabeza agachada. No hablé, pero había algo que me empujaba a quedarme ahí en silencio.

-¿Por qué crees que a ella debería de importarle?-dijo con voz suave. 

-Es tu novia, se supone que eso significa no ligar con otras, y tú no lo estás cumpliendo.

Soltó una suave risilla.

-¿Novia? ¿Yo? ¿Desde cuándo?

No me giré, no quería ver su rostro.

-Desde el mismo día que me fui a Canadá. Christina me contó que tenías novia, el otro día fui a visitarte, pero no estabas, en cambio me recibió Shenna.

-¿Piensas que Shenna es mi novia?-asentí con la cabeza. Él volvió a reír.- Entonces estás en un gran, pero grandísimo error. 

Pvo. Bernard

Acostado en la cama, a su lado, la acuné en mis brazos hasta que se quedó profundamente dormida. Llevé mis dedos a sus suaves mejillas, su preciosa tez me hacía ver que nunca había tenido a nadie igual que ella junto a mí. El miedo que sentí en el restaurante aun seguía muy hondo en mi interior, no podría soportar la idea de que a Leila le estuviese ocurriendo algo malo. 

Ahora que la tenía protegida entre mis brazos pasé a pensar en lo difícil que había sido que estuviéramos juntos. Christina era un gran impedimento, ella sentía alguna clase de obsesión por mí, pero a mí nunca me interesó de verdad. En cambio Leila era distinta. Ella había captado mi atención desde el primer día que yo llegué a la agencia. Cuando por primera vez nos hablamos en los baños sentí una gran conexión, y supe que estábamos destinados a ser algo más. 

Ahora que estábamos juntos, las cosas no eran como pensé tantas veces que serían. Leila estaba muy extraña. Era ella la que siempre estaba con una sonrisa en los labios, y ahora sonreía casi por obligación. Antes ella animaba a quien fuese, ahora había que animarla a ella. Si hace un tiempo era la mujer más segura de sí misma que existía sobre la faz de la tierra, en estos momentos lo dudábamos todos considerablemente. Ella luchaba por no estar sola, se le notaba.

Se presentaba a más castings que antes y estaba muy ocupada con la agencia siempre. Y cuando esto no sucedía, se quedaba hablando conmigo o con Eva, aunque en realidad no hablase ella, sino nosotros. Eva y yo nos echábamos miradas de incomprensión. Solo esperaba que fuese lo que fuese que Leila tenía, no fuera a peor, que este desmayo solo haya sido un bajón de azúcar o algo así, pero nada peor. No lo soportaría.

Cuando le quité la ropa para ponerle uno de mis pijamas, descubrí que lo que a simple vista parecía que estaba bien, en realidad no lo era tanto. Contemplé su cuerpo en ropa interior, y se me abrieron mucho los ojos. Si antes estaba delgada y buenísima, ahora… No lo veía así. Su piel dorada, había adquirido un tono pálido, y veía sus brazos y su vientre más chupados. Le puse el pijama y ella no se inmutó. Cogí su móvil y miré la hora: las diez. Tenía que llamar a su casa para avisar que no llegaría a dormir. 

-¿Diga?-era una voz femenina.- Casa de los Sánchez, ¿en qué puedo ayudarle?

-Hola, soy Bernard, un amigo de la señorita Leila. ¿Podría usted avisar a alguno de sus hermanos y decirle que hoy no irá a dormir? Se quedará en mi casa. Estábamos viendo una película y se ha quedado dormida-mentí rápidamente.

-De acuerdo señor, ¿algo más?

-No nada, gracias.

Me despedí de la mujer y colgué. Luego mi vista se dirigió a Leila, que dormía plácidamente a mi lado. ¿Qué se suponía que tendría que hacer ahora? Estaba claro que no se encontraba bien. Algo le estaba pasando, y tendría que averiguar el qué.

Pvo. Rebe

(Ambiente ->   )

Me quedé sola en la gran mansión. El silencio abundaba, y para remediarlo me dirigí a la biblioteca. Acaricié suavemente el precioso piano de cola negro, y me senté luego en el taburete. Mis dedos viajaron por las teclas para tocar una conocida melodía que sacaba de adentro todos mis sentimientos. Empecé a cantar.

Al principio todo era muy sencillo. Yo había entrado a trabajar a esta casa porque necesitaba ayudar a mi madre a mantener a mis hermanos. Pero ahora todo había dado un giro demasiado grande. Había pasado de tener un novio estable a perderlo por culpa de una psicópata. Gracias a dios me di cuenta de que él no me quería de verdad.

Luego esa misma mujer me había prohibido explícitamente que me acercase a su novio, mi jefe. ¿Qué sucedió? Que durante la semana de su ausencia nos hiciésemos amigos, y a raíz de eso, naciese el dichoso amor sin que ninguno de los dos nos diésemos cuenta.

Sin embargo, ahora por culpa de Marian no podíamos estar juntos. Estaba claro que esa mujer haría cualquier cosa con tal de tener a Bruno a su lado, y que no nos sería fácil deshacernos de ella. Intentos no habían faltado, pero ella siempre conseguía engatusar a Bruno. Y lo peor era que ahora no sólo eran novios, sino que se casarían en poco tiempo.

-No puedes evitarme eternamente-era su voz.

Me di cuenta de que había estado tocando y llorando al mismo tiempo, maldije por lo bajo y me sequé las lágrimas con el dorso de las manos.

-¿Qué haces aquí?-dije no sin dificultad. Todavía seguía de espaldas a él.- ¿No deberías estar en la empresa, o con tu novia?

-Rebeca, por favor, mírame.

Con mucho esfuerzo obedecí. Me giré en el taburete y miré sus azules ojos. Estos poco a poco se pusieron a mi nivel. Bruno se había agachado, y había apresado con delicadez mis manos entre las suyas.

-Lo he intentado, te lo juro por este amor tan grande que te tengo que lo he intentado-susurró, yo giré la cara, él se encargó de devolverla a su sitio.- Sabes que es así.

-Ya lo sé-dije con un nudo en mi garganta.- Pero no puedo seguir así Bruno, no puedo seguir con esto sabiendo que tú besas, abrazas y acaricias a otra que no sea yo, ¿entiendes? No puedo con eso. Es superior a mí.

-Te amo, te lo he dicho y lo reitero cuantas veces haga falta. Yo solo tengo ojos para ti.

Solté mis manos de entre las suyas y me levanté, me alejé unos pasos de él y le miré. Él se incorporó.

-Entonces demuéstralo-le reté. - Dile a Marian que lo vuestro se acabó. Si tanto me amas y ella solo es un obstáculo para nosotros, solo hazlo.

Me miró incrédulo.

-Ya has visto cómo se puso, anoche se lo dije, y casi se tira por el balcón del segundo piso. No podía dejar que se tirase.

-¿Y por eso le has dicho que la querías y que ibas a casarte con ella?-reproché.

-Si no se lo decía, no bajaría de ahí, yo no puedo cargar con la culpa de la muerte de alguien. Y menos si ese alguien no me ha hecho nada, ni a mí ni a ti.

Me eché los cabellos hacia atrás con ambas manos, pensé, y luego hablé, pero antes de eso bufé y me sequé las nuevas lágrimas.

-Te daré un consejo. Deberías conocer mejor la gente con la que vives. Yo te amo, por supuesto que lo hago, pero quiero que te quede claro que primero debes conocer de verdad a aquella que dices que supuestamente, no nos ha hecho nada.

No entendió lo que le dije, pero yo tampoco quería aclarárselo. Salí por la puerta de cristal de la biblioteca y me perdí por el bello jardín. Él no me siguió. Estaba segura de que nadie llegaba a imaginarse cuan duro era estar a su lado, lo difícil que se me hacía verle tan cerca y tan lejos todos los días, apreciar la proximidad de sus labios, a menos de un metro de distancia de los míos, y no poder besarle por miedo a que esa mujer destrozase mi vida.

Eso sí, no estaba dispuesta a soportar más que Bruno estuviese ciego. Tenía que saber a qué tipo de mujer había llevado a su lado los últimos tres años.

Pvo. Marian

En la casa de mis padres, el revoloteo de mi madre se me hacía casi insoportable. Que si el vestido por aquí, que si la decoración por allá… y yo tenía cosas más importantes en las que pensar. Bruno casi me deja. Estuvo a punto de sacarme definitivamente de su vida, pero gracias a mi destreza para manejar situaciones inesperadas supe evitarlo y salirme con la mía. Ahora debía darme más prisa con la boda. Los preparativos iban la mar de bien, y yo solo esperaba el momento en que él me dijese una fecha no muy lejana para que nos uniéramos para siempre.

-Marian-me llamó mi madre sacándome de mis pensamientos.- Te buscan.

Me extrañé. Ninguno de mis conocidos esperaba dar conmigo en casa de mis padres, siempre lo hacían en la mansión Sánchez. 

-¿Quién?

-Ven y lo verás-mi madre sonreía ampliamente, como si hubiese visto a alguien que hacía mucho tiempo no veía, y ese hecho le alegrase.

Me levanté y me dirigí al recibidor. De espaldas a mí se encontraba su inconfundible figura aun bajo toda esa ropa de abrigo. Sus cabellos eran inconfundibles a pesar de todo el tiempo que había pasado. No había cambiado de peinado. 

-Hola, Marian-me dijo con una gran sonrisa. Yo me paralicé.

Mi madre nos miró a ambas.

-Bueno, me alegra mucho volver a verte, como ya te dije, podéis pasar al estudio de mi marido, allí nadie os molestará y estaréis muy cómodas. 

Mi madre nos dirigió hasta el lugar y cerró la puerta después de irse. Yo me quedé de pie, pero ella se quitó el chaquetón, lo dejó en una de las sillas y se apoyó en la mesa.

-¿Te sorprende el verme aquí?-inquirió.

-¿Cómo has sabido dónde vivía?

-La guía telefónica de Roma puede llegar a ser muy útil según lo que buscas-esbozó una sonrisa.

-¿Qué quieres?-dije lo más fríamente que fui capaz.

-Verte, amiga, ha pasado mucho tiempo. Pero a pesar de eso, todavía recuerdo todo muy bien. 

Sonreí cínicamente.

-Me parece que no lo has entendido. Mi vida ahora es muy distinta a como lo era antes. Y quiero olvidar esa parte de mi pasado. Pero contigo por aquí me es imposible.

Ella fue la que sonrió esta vez.

-El pasado, querida Marian, no se olvida así como así, sigue en algún lugar muy rotundo de nuestra mente, lo comprimimos y lo encerramos para intentar no verlo nunca más; pero tienes que saber que hay cosas de las que no puedes escapar. Y te recuerdo que ambas compartimos un gran secreto que si se revela, sería muy perjudicial para ti.

-Y para ti también, Kira, no te olvides.

-lo sé, pero… ¿Acaso hay pruebas de que lo que digas sea cierto? Es tu palabra, Marian Giovanelly, la protegida por su prometido rico, contra la mía, la de una gran empresaria china. ¿Quién saldría ganando con todo esto?

-¿Qué coño quieres?-dije casi fuera de mis cabales.

-No me hagas usar mis artimañas, porque te recuerdo que en estos asuntos no eres más astuta que yo, es más, somos iguales, y no sé si con el tiempo has aprendido algo más. -No fui capaz de contestar-.En ese momento yo te apoyé, y juntas hicimos un pacto, ¿lo recuerdas?

••• FLSHB•••

Mi respiración era muy agitada. Debido a la adrenalina ya no sentía el frío que acechaba nuestros cuerpos. Ella me miró fijamente en la oscuridad.

-Esto no puede salir de aquí-le dije aun temblando, ella estaba igual de nerviosa que yo.

-Queda entre nosotras-dijo ella.- No se lo diremos nunca a nadie. 

-Ha sido mi culpa-dije llorosa.

-No, la culpa ha sido suya-apostilló ella señalando hacia allí.- Ni tu ni yo hemos tenido nada que ver.

-Cierto-nos miramos.

La tensión se podía cortar con un cuchillo. Saqué una pequeña navaja y me hice una pequeña herida en la palma de la mano izquierda, luego le pasé la pequeña arma a ella. Una vez nuestras manos estuvieron de igual manera, las unimos y apretamos con fuerza. Sangre con sangre, amiga con amiga. 

-Siempre será así. Si tú necesitas algo yo te apoyaré, y si yo necesito algo, tú lo harás por mí-dije en un susurro.

-Siempre-corroboró.

Pacto de amistad pagado con sangre, unidas por un vínculo.

•••FFLSB•••

Miré hacia mi mano izquierda a la vez que ella me enseñaba su palma. Todavía se veía aquella pequeña cicatriz que había disminuido con el paso de los años. Pero estaba ahí como una marca para la eternidad.

-¿Qué es lo que necesitas?-me rendí.

Lo habíamos dicho, y yo siempre cumplo mis promesas.