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Te vi venir — capítulo 31

30º

Pvo. Leila

Al abrir mis ojos, me encontré con que estaba en una cama y lugar desconocidos, pero al abrir bien los ojos y fijarme me di cuenta de que no lo era tanto. Era la habitación de Bernard, y yo estaba sola. Me levanté de la cama, pero mis pies me fallaron y sin querer solté un pequeño grito y caí a la cama. En unos segundos mi novio estaba a mi lado, preocupado.

-¿Qué ha pasado, estás bien?

-Sí, tranquilo. Me han fallado las piernas, eso es todo.

No dijo nada. Me ayudó a levantarme y me llevó con él hasta la cocina, donde estaba preparando el desayuno. Me alarmé cuando vi en el reloj que eran las ocho y media.

-¡Mierda que llegamos tarde a la agencia, Bernard!-le dije. Me dispuse a levantarme pero apoyó sus manos en mis hombros y me lo impidió.

-No señorita, hoy ni tu ni yo iremos a la agencia. 

-Pero si es sábado. Tenemos que ir.

-No. He llamado para avisar de que no estaríamos y que nos pusieran suplentes para las pruebas de vestuario y demás cosas. 

-Pero por qué…

Me quedé sin palabras. Esto era rarísimo. Mi novio puso sobre la mesa un plato lleno de tortitas, había sirope de chocolate y miel para untarlas. Café, chocolate caliente, tostadas y huevos. Mis ojos se abrieron desmesuradamente al darme cuenta de la enorme cantidad de calorías que tendría todo eso. Él empezó a comer tortitas sin decir palabra, mientras yo me bebía pacientemente una taza de café sin azúcar.

-¿Por qué no comes?-me dijo después de ver que no tenía intenciones de coger nada de eso.

-No tengo hambre-me excusé.

Dejó de lado su plato, extendió una mano sobre la mesa para agarrar la mía y luego mirarme a los ojos.

-No me mientas.

-No te miento.

-Entonces no me digas que no comes porque no tienes hambre. No comes nada desde ayer al mediodía, y lo hiciste porque te obligamos Eva y yo. 

-¿Desde cuándo me tratas como a una cría?

-Desde que me preocupo por ti. Leila ayer te desmayaste en el restaurante y tuve que traerte aquí. He llamado a tu casa para que sepan que estás conmigo. Ahora tú me vas a contar qué demonios te está pasando. 

-Nada, no me está pasando nada. Estoy bien Bernard. Solo me tomo en serio mi trabajo, por eso ahora paso más tiempo en la agencia que antes. Quiero que mi carrera avance.

-Y eso no me parece malo, pero ¿por qué estás tan… triste? No eres la misma chica que conocí hace ya meses. 

No podía aguantar esto. Me levanté de la mesa y fui a donde estaba mi ropa. Me la puse en un momento y cogí mi bolso.

-¿A dónde vas?-preguntó él cuando estaba con la mano en el picaporte.

-No te importa a dónde voy-le dije fríamente. 

Salí del edificio echa una furia, y empecé a andar en dirección a mi casa. A los cinco minutos, un coche pasó por mi lado bajando la marcha. Lo reconocí al momento.

-Leila sube, yo te llevo.

-No, puedo ir caminando, no está muy lejos.

-No seas tonta, vamos sube. Voy a estar jodiendote todo el camino como no me hagas caso.

Al final accedí. Me subí y me llevó a casa. No le miré ni una vez y no cruzamos palabra, solo hasta que él quiso romper el silencio antes de que me bajase del coche.

-Leila, no quiero que te enfades conmigo.

-Entonces no te pongas tan pesado con lo de hacerme comer. Si digo que no tengo hambre, es que no al tengo y punto. Estoy harta de que todos los días sea la misma historia. 

Me agarró suavemente la barbilla con dos dedos y me miró a los ojos.

-Yo solo quiero que te cuides. Te quiero demasiado y no quiero que te pase nada malo.

A pesar del enfado que tenía, intenté sonreír un poco y le di un pequeño beso. Luego entré a mi casa y me metí inmediatamente a mi habitación, a pesar de la rapidez que llevaba me di cuenta de que la decoración de Navidad ya estaba puesta por toda la casa. Diez minutos más tarde en los que me había entretenido viendo la tele, llamaron a la puerta. Era Bruno.

-Hola-me dijo sonriendo. Le dejé entrar y nos sentamos en mi cama.

-Hola-contesté.

-¿Qué tal te ha ido estos días?

-Bien… ¿Y a ti? Me han dicho que has estado muy liado con la empresa y todo eso. Y… También con tu boda con Marian.

Mi hermano respiró hondo. 

-Sí, ando ocupado. 

-No se te ve muy ilusionado. ¿Es la empresa la que te trae de cabeza, u otra persona?

-Me da que mi caso es el segundo. 

-¿Marian?

-Sí, ella… Quiero dejarla.

-¿Ahora que os ibais a casar te das cuenta de lo arpía que es? ¡Aleluya! Más vale tarde que nunca.

Él me miró extrañado.

-¿Arpía? ¿DE qué me hablas?

-Ups…-me excusé.- Creo que metí la pata. Como si no hubiera dicho nada.

-No, ahora me lo cuentas.

-Pensé que la querías dejar porque te diste cuenta de cómo es en realidad.

-¿Y cómo es en realidad Marian Giovanelly, según tú?

Parecía muy interesado en conocer esa información. Yo no era quien para ocultarle algo que hacía tiempo debía saber.

-Bruno, siento ser yo la que te saque de tu nube, pero es mejor que lo sepas. Todos en esta casa, desde la abuela Evangeline hasta el último criado, saben que tu novia no es trigo limpio. En primer lugar, ¿en serio te creíste que las criadas aquí duraban tan poco y dimitía por que se aburrían? No hermanito. Ella es la culpable. Esas chicas te miraban bastante, cómo no hacerlo si hasta yo que soy tu hermana se que estás buenísimo. Y ella les hacía la vida imposible a las chicas, hasta el punto de que tenían que irse para no acabar locas en esta casa.- Veía en la cara de mi hermano cómo no podía creerse lo que le estaba contando.- Y eso no es todo. Aunque es de lo que me he enterado yo. Todavía no sé hasta qué punto puede llegar Marian, pero de algo estoy segura. Te manipula como le da la gana. ¿Crees que lo del otro día, lo de tirarse por el balcón, no fue una estrategia suya?

Bruno no cabía en sí de asombro, se le notaba a leguas. No quiso escuchar más, salió de mi habitación. Yo por una parte, estaba contenta de que mi hermano por fin recapacitase y quisiese dejar a esa mala pécora, pero por otra todavía me preocupaba lo que haría ahora que le había contado lo que yo sabía. Mientras pensaba un poco en todo eso, mis pies me guiaron solos hasta el baño. Cerré la puerta tras de mí y me arrodillé ante la taza del váter.

Lo mismo de todos los días. 

Al acabar, sentí un alivio enorme cuando pensé en que gracias a esto, nunca me despedirían de la agencia. 

Pvo. Aly

Ese sábado yo fui por la mañana a comprarme un conjunto muy mono de ropa para salir con Aaron. Hoy iríamos a dar unas vueltas para observar las luces de Navidad que había por toda Italia. Simplemente nosotros dos, una velada romántica, y Aaron a mi lado. Iba a ser perfecto. No escondíamos nuestra relación, pero dentro de la casa y en horario laboral, preferíamos tratarnos como lo que éramos: señor y sirvienta. Una vez daban las doce, siempre nos encontrábamos en algún lugar de la casa. 

De repente, un guante negro me atravesó la cara para posarse en mi boca. Me quedé helada. Luego alguien me arrastró, a pesar de mi resistencia, a un callejón oscuro. Con el corazón latiendo desbocado y palpitándome en los oídos, sentí cómo ese hombre me pegaba fuertemente a la pared, sin destaparme la boca, y haciéndome daño.

-¿Eres Aliana Longman?-dijo con voz ronca. Yo asentí muerta de miedo y a punto de derramar lágrimas.- Bien, tengo un mensaje. No creo que haga falta que te diga para quién es. Queremos lo que nos debe, y como nuestra espera se remonte a después del veinticinco de este mes… No quiera saber lo que pasará. Lo que es seguro… Es que tú, pequeña Aliana, estarás en nuestros planes.

Me dio un empujón hasta sacarme del callejón. Caí a la acera junto con las bolsas que llevaba con mi ropa. Un hombre que pasaba por allí me ayudó a levantarme y me preguntó por mi estado, pero yo no podía responder. Estaba demasiado impactada fijándome en el oscuro callejón, ahora vacío, donde alguien totalmente desconocido me había encomendado una misión. 

Pvo. Aaron

A las tres y media todavía estaba en el trabajo. Mi secretaria me llamó. Estaba al terminar un informe para mi hermano que había estado haciendo durante toda la mañana.

-Señor Sánchez, hay alguien que desea verle. Le he dicho que estaba muy ocupado pero ha insistido.

-¿Cómo dice que se llama?

-Aliana Longman.

-Déjela pasar, Martina.

-Pero señor, tiene que acabar para dentro de media hora ese informe y…

-Martina, dígale que pase. Gracias.- Le dije cortante.

Dejé de lado mis papeles y me levanté justo cuando ella iba entrando. Cerró la puerta y al verme se tiró a mis brazos. Estaba temblando, y tenía bajo sus ojos lágrimas secas. 

-Aly, ¿qué pasa? ¿Qué haces aquí?

-Aaron-dijo con voz temblorosa.- Él… él…

-¿Quién? ¿Algún tío te ha hecho algo?-Me estaba preocupando.

Le di un poco de agua y la senté en mi sillón de cuero. Cuando se relajó un poco por fin pudo hablar. Hubiera preferido que no lo hiciera.

-Quieren lo que les debes. Tienes hasta el veinticinco de Diciembre para entregárselo. Sino… Tomarán represalias. Me ha dicho que yo… Estoy en sus planes.

Lo sabía. Sabía que esta felicidad no podía ser eterna. Era todo demasiado bonito para ser verdad. Los vendedores a los que les debía el dinero de las últimas ventas que supuestamente tuve que hacer hace ocho años, ahora volvían a buscarme. Y no felices con eso, amenazaban a la persona que más amaba.

-Aaron ¿qué vamos a hacer?

-Te dije que soy una mierda de tío. Te lo dije aquel día, y aquí tienes la prueba. Aliana te he puesto en riesgo al aceptar que estemos juntos.

-No, no digas esas cosas, sabes que no es así.

La furia me inundaba. Me di la vuelta, pasé una mano por mi pelo y le pegué un puñetazo a la pared. Esto no podía estar pasando. Sentí sus manos pasar por mi pecho, y me apretó contra sí. Sentí su respiración calmada en mi espalda, un susurro: "juntos podremos con esto, te lo juro". Me giré y la abracé. Ella era la única que podía calmarme, la única con quien podía ser yo mismo, y ahora… Todo estaba volviéndose casi imposible.

Pvo. Bruno

No sabía qué hacer. Primero mi hermana me decía que Marian no era buena pieza, y lo que mi abuela me confió cuando fui a hablar con ella fue: "esa mujer nunca me ha gustado para ti. Tú eres muy bueno y ella es demasiado mala. No es una buena combinación". Y después de que ella me contase unas barbaridades sobre Marian, añadidas a la lista que me hizo mi hermana, daban el resultado de mi agobio repentino. Fui a la casita del lago, pero no entré. Me quedé fuera, sentado en el porche a pesar de que ya era de noche, a la espera de que las ideas se me aclarasen. Tenía en mi mano el collar que me había dado mi abuela. Después de un rato con la mente arremolinada me di cuenta de que nada iba a solucionarse así, por lo que fui a buscarla a ella. En medio del pequeño bosquecillo que separaba la casa de la cabaña, la vi. No me hizo falta llegar hasta su habitación. Llevaba ropa de calle y al verme, desvió la mirada. 

-Tenemos que hablar-le dije.

-Ya está todo dicho. Mientras Marian siga en tu vida, no hay espacio para mí-respondió ella.

Yo no me di por vencido. Caminé hasta donde se encontraba y le cogí las manos.

-¿A qué te referías con que no la conozco bien?

-No es de tu incumbencia.

-Por favor, necesito saberlo… Me estoy volviendo loco. Rebeca te amo, y no puedo estar contigo porque dejarla a ella es arriesgarme a que se mate. Pero ahora no sé siquiera si eso es verdad. Leila me ha dicho que es una arpía, manipuladora y mentirosa. Mi propia abuela, a la que creía que le caía bien ella, me ha dicho que es mala y nunca le gustó para mí. Rebeca por favor, ya no sé qué hacer, no sé a quién creer.

Ella me miró a los ojos un momento, luego suspiró y me llevó de la mano hasta la casita. Abrí con la llave y sin mediar palabra me senté en el sofá de la sala. Ella se levantó para prender el fuego de la chimenea, y todavía ahí acuclillada me miró.

-No quiero hacerte daño.

-Yo quiero saber la verdad. 

-Has estado con ella bastantes años. No sé si te dolerá demasiado lo que te voy a contar.

-Podré, te lo seguro.

-Entonces ponte cómodo, relájate y sobre todo escúchame. - Asentí. Quería saberlo, lo necesitaba.- Bruno Sánchez, ha llegado la hora de que abras los ojos y descubras a la… buenísima mujer que has tenido al lado los últimos tres años y pico. No te va a gustar, pero como mucha gente dice: la verdad duele. 

Pvo. Marian

-Quiero que me ayudes a encontrar a Yolianne.

-¿Qué? No puedo creer lo que me estás diciendo. ¿Estás loca?

-No, estoy perfectamente cuerda.

-¡Pero esa mujer es…!

-Es en lo que nos hemos convertido nosotras a lo largo del tiempo, Marian. 

-no te voy a ayudar a encontrarla. ¿Para qué? ¿Para qué nos haga pagar lo que debemos? No, eso sí que no.

-Marian, Marian, Marian… mira la palma de tu mano. Siempre has dicho ser una mujer de palabra. Ahora necesito tu ayuda. Debes ayudarme a dar con Yolianne. Es importante.

-¿Qué quieres con ella?

-Tengo una oferta que hacerle. 

-No quiero saber qué clase de negocio haces en China para precisar su ayuda. 

Kira sonrió con malicia. Yo estaba demasiado tensa para moverme.

-Soy la vicepresidenta y accionista mayor de Riyuka. No es nada malo, corazón, simplemente necesito la ayuda de Yolianne. 

-¿Qué es Riyuka?

-No quieras enterarte. No te conviene.- Se puso su chaqueta, cogió su bolso y se arregló el pelo. Luego pasó a mi lado, allí se paró y se pegó a mi oído.- Ambas somos igual de perras. No me hagas una jugarreta de las tuyas, que nos conocemos. El lunes me pasaré por aquí sobre las siete de la tarde. Quiero al menos tener su número de contacto. 

-¿A qué estás jugando, Kira?

-Esto no es un juego, Marian. Es el mundo real. 

Se rió de la manera más cruel y se fue de allí. Yo fui rápidamente hasta la planta superior de mi casa y me metí en la habitación que antes ocupaba. Me eché en la cama y empecé a gritar apagando el sonido con las almohadas. Dios, no podía ser. Ahora no, por favor. No quería buscar a esa mujer, no quería que Kira volviese a mi vida. Un rato después de estar pensando abrazada a la almohada cómo conseguir el número de Yolianne, escuché cómo la puerta se abría. Era Chris.

-¿Qué quieres?-le dije.

-Mamá me ha contado que Kira ha vuelto. Ella era tu amiga.- Hablaba despacio, queriendo escoger bien las palabras-. Y ahora eso ha cambiado. ¿No es cierto?- No le contesté.- Marian, ¿qué pasó para que fueras así? Porque tú antes eras… distinta. 

-Antes era una ingenua que lo veía todo color de rosa. ¿Y sabes qué? Sí, te lo voy a contar. ¿Quieres saberlo, cierto?-ella asintió y se sentó a mi lado en la cama.- Pero no es algo agradable, así que si no te gustan las historias con finales tristes… Mejor vete.

-Si te sirve para que lo saques todo de adentro, entonces te escucho.

Respiré hondo y me preparé para contarle por primera vez a alguien y desde hacía seis años, lo que me había hecho cambiar. Lo que me había hecho ver otra perspectiva del mundo totalmente distinta a como yo imaginaba que era. Ese pasado oscuro, incierto y que había querido enterrar a toda costa ahora saldría ala luz para que Christina, mi fiel hermana, lo supiera.