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Te vi venir — capítulo 32

31º

Pvo. Marian

-Todo empezó cuando yo tenía dieciséis años. Ya sabes que conocí a Kira desde mi primer año en el instituto, y desde ahí fuimos inseparables. Te acordarás también de que no estábamos en buena situación económica. Vivíamos en una casa demasiado pequeña, papá estaba a punto de ser despedido del trabajo y vivíamos prácticamente del paro que cobraba mamá, muy poco dinero para una familia de cuatro componentes. Sentí la necesidad de ayudar, de hacer algo para ayudaros a papá, a mamá y a ti. Ahora me arrepiento de eso y más. 

Busqué trabajo, pero nadie quería darme alguno. Kira me ayudaba y también quería trabajar porque su familia tenía las mismas condiciones que nosotros en ese tiempo. Así pues no tuvimos éxito en nuestra búsqueda, y un día se me ocurrió. Había un empleo, uno solo que no habíamos intentado conseguir y nos lo darían de seguro. El trabajo más antiguo de la humanidad. Sí. Te hablo exactamente de eso-dije al ver su expresión.- De la prostitución.- Mi hermana abrió desmesuradamente sus ojos, pero no dijo nada y yo proseguí.- Al principio ni a mi ni a Kira nos pareció una buena idea, pero ambas deseábamos una mejor vida y si esa era la única forma de conseguir algo… Pues genial. Así que acabamos por contactar con un prostíbulo que se encontraba a las afueras de Naples, la ciudad donde vivíamos antes. 

(Ambiente -> ) 

El lugar restaba ubicado en la costa y allí iba gente de prestigio, de los que podían pagar mucho dinero por tener a una mujer entre sus brazos. Conseguimos por uno de los clientes el número de teléfono, y desde una cabina contactamos a la casa de citas. Nos dieron una entrevista con la Madame para la semana siguiente por la tarde-noche. Y allí estuvimos, temblorosas, inseguras pero sobre todo dispuestas a hacer lo que fuera por conseguir un puesto allí. Después de la entrevista; nos comunicaron que la Madame nos había aceptado. Acordamos ir cada noche al prostíbulo, y por la madrugada uno de los esbirros de la Madame nos llevaría a nuestras casas y nadie se enteraría de nada. La primera noche que estuvimos allí nos vistieron como nos vestiríamos cada vez que entrásemos a esa casa. Con lencería provocativa y enseñando lo justo para que los hombres nos escogiesen sin mucho esfuerzo de percibir nuestros mayores encantos, sin mencionar los impresionantes taconazos para lucir piernas que debíamos ponernos. La Madame nos había puesto un precio alto, nada más y nada menos que 500 euros ¿Adivinas por qué?-Chris dio un grito ahogado.

-¿Erais vírgenes?-dijo con un hilo de voz. Yo asentí.

-Exacto-suspiré-. Madame Yolianne debía sacar provecho de nuestra situación. Así se llamaba, o se hacía llamar… Madame Yolianne. El día en que perdí la virginidad tuve más suerte que Kira. Me escogió un magnate de los negocios ruso. Era joven, tendría veinticinco años, todavía recuerdo su pelo rubio y engominado hacia atrás, su trajeado que intentaba darle un aspecto serio, y sus ojos oscuros. Muy guapo a decir verdad, a pesar de sacarme tantos años. Eso en el negocio daba igual. A Kira la escogió la misma noche un hombre de treinta y cinco años, un mafioso según me contó, con una nariz muy afilada, boca fina y expresión malhumorada. Era un pervertido sexual e hizo a mi amiga hacer cosas que a mí el magnate ruso no. Kira estuvo deprimida y dolorida unos días, a mi solo me dolió al día siguiente porque aquel hombre no me hizo más daño del debido. Recuperadas ya, volvimos al trabajo. Y así estuvimos, todas las noches nos pedían hombres, y nosotras intentábamos hacerlo lo mejor posible. Pronto obtuvimos los beneficios. La suma del 50% de cada vez que nos habían pedido por todos los días de un mes. Pronto pude darle dinero a mamá y papá y les mentí diciéndoles que había conseguido trabajo en una cafetería nocturna los fines de semana y ellos se lo creyeron todo. Todo estaba bien siempre que ayudase a la familia. Y ahí cambié. Cambié al ver lo poco que podía valer una mujer para los hombres, cambié al ver que el mundo no era lo que imaginé.

-Pero yo recuerdo que justo en tu diecisiete cumpleaños, a papá le salió un negocio y ganó una fortuna que nos permitió venirnos a Roma. ¿Seguiste con… esa gente después de que nos fuésemos?

-No. Justo esa noche, el día que papá nos comunicó en la cena lo que había pasado, fue la última que pasé en el prostíbulo. Y yo todavía no sabía cómo decírselo a Yolianne. Ella tenía mucha fe en Kira y en mí, y aunque Kira podría seguir allí para seguir ayudando a su familia y tener la vida que siempre quiso, no podría seguir sin mí, pues estábamos juntas en esto. Se lo dije a mi amiga, le dije que pronto me iría y que tenía que dejar esto. Ella flipó, como era de esperar, pero me comunicó que ella también se iría a China, de donde había venido de pequeña. Así estaban las cosas, y teníamos que hablar con la Madame cuanto antes. Sus palabras cuando entramos a trabajar a ese lugar fueron: "¿Os ha sido fácil llegar hasta mi?-asentimos ambas, por que en verdad había sido sencillo.-Pues no os resultará tan fácil salir de este lugar y olvidaros de todo así como así". Y qué cierto fue. Nos lo volvió a repetir, se rió a carcajada limpia y nos pidió que no le hiciésemos perder el tiempo. Esa noche, como cualquier otra, nos pusimos a coquetear con los peces gordos que habían acudido. Esa noche me acosté con uno que aparentaba los cuarenta. Casado, pero a su mujer le importaban más sus implantes de pecho que él mismo, por lo que intentaba saciar su apetito sexual con otras. Todo empezó bien, la misma rutina de siempre, caricias, sexo oral, besos fogosos y demás, pero luego… Empezó a pegarme. Yo no sabía que le iba el rollo sadomasoquista. 

No me parecía mal, allá cada uno con sus preferencias, pero me estaba haciendo daño. Demasiado daño. Me dolía todo el cuerpo. Y ya no lo soportaba más. Le grité que me dejase, que parase, que me estaba haciendo mucho daño, pero estaba cegado por el placer y él seguía. No quise, de verdad que no quise, pero mi instinto de supervivencia pudo más que yo. Alargué una mano hasta un jarrón de porcelana de los de la habitación y le di con todas mis fuerzas en la cabeza. El jarrón estalló, a la vez que él se quitaba de encima de mí y caía al suelo. Mi respiración en ese momento era muy agitada, miré el trozo de porcelana que me había quedado en la mano. Era de mucho espesor, más del que imaginé. Me fijé en el hombre y vi cómo sangraba por la cabeza, luego me agaché y le cogí el pulso en el cuello. Estaba muerto. Salí en busca de Kira, ella era la única que podía ayudarme. La encontré saliendo de una de las habitaciones y colocándose el sujetador. La llevé hasta donde estaba el hombre y ella al principio se asombró, pero luego nos dimos prisa: había que deshacernos del cuerpo canto antes. Miramos por el balcón, y vimos que la planta donde nos encontrábamos era una baja, de un primer piso. Respiramos más aliviadas, sería más fácil. 

Envolvimos a aquel hombre entre sábanas y luego, con mucho esfuerzo, lo tiramos por el balcón. Cayó limpiamente entre la hierba. Cerca de allí estaba el río, en la parte trasera del prostíbulo.- No hice caso a las expresiones de asombro y angustia de mi hermana, porque sabía que lo que quería era que siguiese contándole todo.- Salimos a toda prisa escondiéndonos d nuestras compañeras, así como estábamos con picardías y ropa interior, llegamos hasta donde habíamos tirado al hombre. Allí escondimos nuestros tacones y entre las dos cogimos al tipo y lo llevamos al río. Por encima de este pasaba un puente peatonal, así que nos metimos bajo este. La noche era fría, y pronto empezó a llover. Se acercaba una tormenta. Le tiramos bajo el puente, y esperamos desde arriba a que la corriente se llevase. Yo me puse a llorar, Kira también lo hacía, pero estábamos algo serenas. Me dijo que era culpa suya, no de nosotras. Y esto-levanté mi mano derecha.- Es la marca de nuestra amistad, de una promesa. Prometimos que si algún día una necesitaba algo de la otra, nos ayudaríamos. 

-¿Y por eso ha vuelto?-inquirió ella.- ¿Para pedirte algo?

-Quiere contactar con Yolianne. 

-¿Qué hicisteis después de desaparecer el cuerpo?

-Después de ver cómo la corriente se llevaba el cuerpo del magnate nos fuimos de allí. Nos escapamos y llegamos hasta la ciudad, constipadas, pero vivas. Si volvíamos al prostíbulo, no saldríamos vivas de allí, es más, Yolianne nos aniquilaría con sus propias manos por que habíamos echado a perder tanto dinero. Luego Kira se fue, y al día siguiente nos vinimos nosotros. 

-Dios, no puedo creerlo. ¿Cómo has vivido todos estos años con eso en tus pensamientos?

-Existe una cosa, hermanita, que se llama bloquear los sentimientos. Eso he hecho desde hace mucho. No quiero recordar esto, nunca lo he querido. Ahora que Kira está de vuelta, todo ha salido a la luz. Así que ya sabes por qué soy así, ya sabes por qué me comporto tan manipuladoramente. Durante ese año entero estuve haciendo lo que la gente quería que hiciera. Y ahora yo quiero mandar, quiero ser yo la que consiga lo que quiere. Lo que quiero es casarme con Bruno, y lo voy a conseguir a como dé lugar. No me importa si tengo que pasar por encima de Kira, Aaron, Rebeca o la mismísima Yolianne para hacerlo. 

-¿Por qué vas a casarte con Bruno? ¿Para amarrarte a un hombre que no te quiere, y al cual tu tampoco quieres?

-Parece mentira. Quiero su fortuna. Es lo que me interesa. Quiero darme la vida que merezco. Después de lo que pasé en ese prostíbulo, mi vida cambió del todo. Ahora solo quiero vivir como me merezco. Como una reina.

-A veces me asustas. Marian tienes veintitrés años, y has sido prostituta, has matado a un hombre, has amenazado… No puedo creer que no tengas corazón. 

-Sí que lo tengo-respondí mirándola fijamente.- Está dañado, dolorido, podrido. Pero ahí está, latiendo a pesar de todo.

Pvo. Rebe

Había pasado el día en mi casa, teniendo bonitas conversaciones con mi madre, mi tía, mis hermanos y Alessandro. Habíamos puesto el árbol de navidad juntos y en un momento que iba recordando mientras volvía a la mansión Sánchez me vino a la mente. Nos habían dejado solos, sentados en el suelo bajo el arbolito de navidad.

:::FSB::::

Alessandro em puso el gorrito de navidad y me sonrió. Me di cuenta de que estábamos solos.

-¿Sabes? Te ves muy linda con ese gorro puesto.

-Gracias. A ti te queda la mar de bien la nariz de reno-le respondí, pues tenía una puesta. Nos reímos los dos suavemente. La música navideña del arbolito creaba una buena atmósfera. Estaba poniéndole leña al fuego cuando él me habló.

-Entonces has aparcado tus másteres en danza y música.

-Sí, el mundo no quiere que trabaje de ello. Aunque sigue gustándome, es mi pasión y a veces me pongo a bailar y cantar sola.

-Los ojos te brillan cuando hablas de música.

-Es que siempre ha sido mi sueño. Llegar a ser una buena coreógrafa o cantante.

Se quedó callado por un momento, y luego volvió a hablar cuando yo tenía la mente en otra parte.

-¿Y si yo puedo cumpliera tus sueños, R?

-¿Cómo dices?

-Si yo pudiera hacer tú sueño realidad… ¿te vendrías conmigo a Japón?

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No había sabido contestarle. Luego llegué a la mansión, y necesitaba estar sola, por lo que me metí ya de noche entre la maleza que llevaba a la casita, y de camino encontré a un Bruno desesperado por saber la verdad. Me pidió que le contase lo que supiese sobre Marian. Él todavía pensaba que era buena pieza. Ahora sería yo la que terminaría el trabajo que habían empezado Leila y la señora Evangeline, la que le abriría del todo los ojos a Bruno. Una vez en la cabaña y después de prender el fuego, me senté a su lado.

-Lo primero es que creo que esto no te va a gustar para nada. Marian no es ni de lejos la buena mujer que piensas que es.

-Da igual, quiero saberlo. Lo necesito.

-Muy bien. Allá va. Lo primero que tienes que recordar es el día en que me encontraste aquí llorando por algo que no te he contado.

-Me dijiste que fue porque tu novio te puso los cuernos y lo pillaste con las manos en la masa.

-Ya, pero esa "masa" también la conoces tú. Era Marian. Estaba tirándose a Max en la cocina, y no lo hizo por placer, sino para hacerme a mi daño.

-¿Por qué iba querer hacerte daño?

-Porque te miraba, solo por eso. Porque pasaba más tiempo mirándote a ti que a cualquier otro. Y ella te quiere solo para ella, ¿todavía no te has dado cuenta? Después, esa misma noche, fue a mi habitación y me amenazó. Me dijo que como me chivase a ti, movería sus contactos y haría que despidieran a mi madre, seguidamente me pondría de patitas a la calle y tu pensarías que era por mi culpa o dimisión. Así pues, me contó que lo que hizo con mi ex fue para demostrarme de hasta donde era capaz de llegar para arruinar mi vida, y eso solo era una pequeña muestra. Decidí callarme, no contarte nada. Y así seguí hasta hoy. Eso fue lo que me hizo a mí, claro, que estoy segura de que no soy la primera ni la ultima a la que amenaza de esa forma.

-¿Me estás diciendo que me ha sido infiel?

-y no creo que una sola vez, Bruno.

-Dios… Tengo que dejarla, es la única alternativa para quitármela de encima. Tengo que hacerlo.

-¿Ahora te das cuenta?-dije irónica. Me levanté- Bien, me alegro de ello, porque ya estoy harta de tener que esconderme para demostrarte que te quiero. Y si no los tienes bien puestos para mandar a esa ***** a la mierda, probablemente no seas el apropiado para mí.- Esas palabras me dolieron, porque sabía que eran del todo mentira.

Se levantó, al parecer enfadado.

-Yo no tengo la culpa de que ella esté encaprichada conmigo. No sabía que era tan mala, de haberlo sabido antes, hubiera cortado con ella. No digas ahora que no tengo valor, por que hasta hace nada yo pensaba que ella no había hecho nunca nada malo.

-Pues ahora te has dado cuenta del error que has cometido. Para que sepas que no puedes confiar en todo el mundo. Y ahora, te dejo solo para que reflexiones, por que por lo que veo te hace falta.

(Ambiente ->   )

Le rodeé y llegué hasta la entrada, pero vi cómo la puerta se cerraba de nuevo bruscamente. Me giré y no esperaba encontrarlo tan cerca de mí. En una fracción de segundo ya estábamos unidos por nuestros labios, moviéndose con sincronización los unos sobre los otros. Dios mío cómo había extrañado sus besos estos días. Pasé mis manos por su cuello, a la vez que nuestras lenguas empezaban a enredarse con ansias. Mi corazón se aceleró cuando él se agachó un poco y me subió en su pelvis, luego me apretó contra la puerta mientras seguíamos besándonos.

Bajó la cabeza y me subió más sin ningún esfuerzo para besar mi cuello, y sin decir una palabra y mientras seguía haciéndolo y yo susurraba su nombre de manera casi imperceptible, me llevó hasta la habitación donde estaba la gran cama de sábanas blancas. Allí se sentó y yo me quedé encima de él a horcajadas. Todavía ambos sentados, él seguía devorando poco a poco, con suavidad pero la vez con pasión, y siguió dando húmedos besos mientras me quitaba la chaqueta. Esta cayó al suelo. Yo me encargué de quitar la suya a la par sus besos seguían por mi clavícula. Me eché un poco hacia atrás, y él pudo quitarme la blusa de manga larga y la camisilla. Quedé en sujetador ante él y no me dio ninguna vergüenza, sino al contrario, olvidaba todo el pudor que alguna vez pude tener. Llevé mis manos hasta el borde de su camiseta y la tiré a algún lado de la habitación. Ahora era innecesaria.

Me incliné hacia delante para poder tener ahora un mejor acceso a su boca. Nos besamos ardientemente y sentía en mi pecho cómo nuestros corazones latían acelerados, cargados de pasión contenida por mucho tiempo atrás. Bajé hasta llegar a uno de sus pezones, allí me entretuve y los besé sin pausa, él decía mi nombre entre gemidos y yo sonreía entre beso y beso que daba a su torso, a cada músculo marcado, a cada abdominal que tenía. Llevé mis manos hasta donde empezaba su pantalón, y lo desabroché para dejarle sin ellos y rápidamente le besé de nuevo. De repente, y sin quitar mis piernas de su sitio, me situó bajo su cuerpo y fue besando el bordillo que formaba mi sujetador sobre mis pechos. Yo suspiré, con ganas de más. Se sentó y yo quedé encima de él. Eché mi pelo a un lado, y él desabrochó mi sujetador por la espalda. Dio un beso en cada hombro, donde habían estado las asillas de la prenda, y luego volvió a acostarme. Ahora llegó hasta mis pezones y me hizo disfrutar.

Bajó por el canal que formaban mis pechos, hasta mi ombligo, me hizo cosquillas que me hicieron reír. Luego desabrochó mis pantalones tal y como yo había hecho con los suyos, y quedé en un culotte de encaje azul, como sus ojos. Volvió a subir y me besó. Introdujo su lengua en mi boca y las movimos con sincronía. Mientras besaba mi cuello pude sentir perfectamente y con los cinco sentidos cómo un dedo travieso suyo llegaba hasta mi culotte y tocaba mi clítoris por encima de la prenda. También sentía entre mis muslos cómo su excitación estaba más que latente bajo su bóxer. Gemí como una loca.

-No pares-dije en su oído.

Como respuesta recibí un sonido ronco en su garganta. Giramos y ahora la que estaba encima era yo. Moví mis caderas para rozar nuestros sexos, él gemía mi nombre, y yo estaba en las nubes. A la vez que seguía moviéndome suave pero concienzudamente, me incliné y llegué hasta su oído.

-Te quiero, Bruno Sánchez-susurré.

Era lo que sentía, y lo sentí con toda mi alma. Volvimos a cambiar los papeles, y esta vez no estábamos dispuestos a esperar más. Bruno me quitó el culotte y me quedé desnuda ante él. Luego se deshizo de la única prenda que le quedaba y estuvimos en igualdad de condiciones. Se acostó encima de mí, yo abrí las piernas. Y mientras nos mirábamos a los ojos intensamente, él entró en mi interior.

-Ti amo-susurró en mi oído.- sono i più importanti della mia vita (Eres lo más importante en mi vida).

Y yo me sentía en el cielo. Cada una de sus embestidas era como una bocanada de aire fresco en un día caluroso. Me sentía contenta, me sentía feliz, y estaba en las nubes y más allá. Definitivamente Bruno Sánchez me había vuelto loca, me había enamorado de él completamente, y ya no había marcha atrás. No dejábamos de mirarnos a los ojos, y sentimos cómo llegábamos al límite de las fuerzas de nuestro amor. Unidos, juntos. Él se quitó de encima, y luego yo me puse encima de él. Yo no le pesaba. Él extendió una mano sobre la cama, y yo puse la mía encima, entrelazándolas con cuidado y suavidad.

-Eres increíble-le dije.- perché ti amo (por eso te amo).

Y a pesar de que nos intentasen separar, a pesar de que había gente dispuesta a hacer lo que fuese por quedarse o con él o conmigo, aunque estuviese Alessandro o Marian de por medio, nosotros nos amábamos. Y no había nada que pudiéramos hacer para remediarlo. Sólo dejarnos llevar por el maravilloso y verdadero sentimiento que pocos conocen a la perfección: El amor.